EL MIEDO LA LEVADURA Y LOS MUERTOS. LA ISLA (3)

La isla

Han llamado otra vez al teléfono. Desde hace quince días varios hombres sin trabajo, los "parados", hacen zumbar ince­santemente el aparato... Su problema es tan redondo, tan aplas­tante, ocupa tanto su cuerpo que se agarran a la primera tabla que han encontrado. Vienen con el ejemplar de "Destino" en el que describía una parte ínfima de su drama. Para mí todo se redujo a presentarme una mañana en la Plaza de Urquinaona y a salir huyendo, casi inmediatamente, de aquel avis­pero. Me asomé por unos instantes a la pendiente en que se hallaban situados aquellos hombres. Vi sus rostros macilentos, las grises ojeras de las largas noches de insomnio, el pelo lacio, oscuro de polvo y de caspa, los zapatos y las suelas comidas de tanto patear las calles en busca de trabajo y me enseñaron los recibos que atestiguaban que habían cobrado la paga de la sangre.
Pero, a la mañana siguiente, la plaza de Urquinaona, como tantos otros lugares de la ciudad, continuaban siendo una isla a donde arribaban los últimos vencidos. Volvieron de nuevo con el manojo de herramientas envueltas en trapos y deposi­tadas cuidadosamente en el fondo de las bolsas. Se sentaron en la calzada y en los bancos, a la espera de que el día se pre­sentara propicio.
También aquella mañana me acerque a la Plaza, pero la bordeé en automóvil, viendo fugazmente a los hombres con los que había hablado la víspera. Conté una parte ínfima de las confesiones que me hicieron y ni siquiera me referí a otras cosas que pude ver. Allí estaba, apoyado en el mismo árbol, el hombre alto que ocultaba la mitad de su rostro con un ancho sombrero de paja. La cámara del fotógrafo pudo captar el día anterior la mirada sorprendida y amedrentada del hombre y el movimiento rápido de las manos para taparse la cara. Era evidente que huía de algo y que se hallaba en aquel lugar lle­vado tan sólo por el último impulso de supervivencia. Y me acordé del proverbio chino que dice que cuando el pobre es demasiado pobre y el rico demasiado rico, puede ocurrir cual­quier cosa.
Los hombres de la plaza de Urquinaona forman una excep­ción dentro del ambiente de paro y de crisis económica. Hay que apresurarse a decir, no obstante, que la excepción es nu­merosa y se repite en otras partes. Significan una levadura que puede fermentar de manera insospechada. Puesto que no se trata de esconder la cabeza debajo del ala, ni de elaborar un mito demagógico, un acercamiento profundo al universo de estos hombres nos descubriría que aquel lugar es un pol­vorín. Formaron casi todos ellos el peonaje tan solicitado du­rante los últimos años. Tuvieron que huir de los pueblos del Sur, atraídos por el estímulo que les ofrecía la gran ciudad. Hasta el momento de emprender la marcha, a pie o en vago­nes de tercera, o debajo de la lona de los camiones, habían sido únicamente siervos. Trabajaron las tierras del señor por un mísero jornal, se sentaron en las plazas de sus pueblos a la es­pera de que apareciera el capataz montado a caballo, apenas pudieron calentarse una comida al día y vivieron en constante inseguridad y temor. El miedo roía sus sueños. No obstante, había que vencerlo para lograr subsistir. Había que hacerse cazador furtivo, poner trampas en las heredades del señor, sa­lir al anochecer a coger de los campos algunas espigas o aceitu­nas o verduras. La pendiente se iniciaba el día del nacimiento. La elección estaba ya hecha. Fatalmente. Cuando el pobre es demasiado pobre y el rico demasiado rico, sus vidas se dispa­ran pendiente abajo o pendiente arriba. Hasta que un día se encuentran, también fatalmente, en el punto de mira de las escopetas. Dar la voz de alarma no tiene que significar forzo­samente ejecutar un acto subversivo, sino presentar las piezas que intervienen en un juego en el que los intérpretes no se co­nocen.
No aprendieron a leer, ni a escribir. Se ha abusado tanto de este argumento que las palabras han perdido su fuerza de­cisiva. Pero el cerebro de estos hombres se ha cerrado. No en­tienden nada, salvo que el estómago les arde cuando se halla vacío y que la sangre hierve cuando los hijos piden pan, o hace frío y llueve sobre el techo frágil de la barraca. Están movi­dos tan sólo por el instinto más elemental. Entonces, la vida se convierte en pura lucha que anula los conceptos abstractos. Supervivencia y autodestrucción son las dos piernas que co­rren alocadamente por la pendiente.
No nos vengan ustedes con discursos —me dijeron en la Plaza—. A nosotros no nos importa nada de nada, salvo que hoy no tenemos trabajo y no confiamos en hallarlo mañana. Pero, vaya usted a nuestra casa y enfréntese con los críos y con la mujer. Sienta en su carne el miedo de no poder llevar comida. Y cuando se haya metido en nuestro papel, compren­derá que todo lo demás no importa.
Somos peones porque nadie nos ha enseñado a hacer otra cosa. ¿Qué habría hecho usted si a los siete años hubiera teni­do que marcharse a robar fruta para alimentar a los hermanos pequeños y si a los ocho le hubieran puesto a cuidar cabras? No hemos hecho otra cosa que vivir con la angustia de encon­trar la comida del día.
— La mayoría de nosotros somos campesinos fracasados. Pero ¿tenemos alguna culpa? ¿Es que no nos gustaría traba­jar de sol a sol en una tierra que fuera nuestra y que rindiera lo suficiente para vivir? Nuestro sitio no está en la ciudad, sino fuera de aquí, a muchos cientos de quilómetros
.

Se sintieron en la ciudad como un clavo incrustado en la corteza de un árbol. Lo he dicho en otra parte. Vinieron en oleadas cuando hacían falta brazos, cuando no había máqui­nas para sustituir a cien hombres. Trabajaron en las peores condiciones, sin levantar la voz ni la cabeza. Habían reci­bido una herencia de siglos de servidumbre y de acatamiento a los conceptos abstractos. No es en el peón donde radican las mejores condiciones del proletariado, no es sino un hermano bastardo. No tomaron conciencia de clase porque vivieron en la dispersión, enclaustrados en el estrecho tubo de las urgencias cotidianas. Pero fueron útiles. Para la mente del empresario y del técnico se convirtieron en puros instrumentos, suscepti­bles de ser rechazados en cualquier ocasión.
Algunos me han acusado de haberme dejado llevar por el romanticismo. No estoy entonando ningún canto de los peo­nes. Tendemos, mal que les pese a muchos, hacia una humani­dad más libre en el concepto total de la expresión. El peonaje tiende a desaparecer. ¿Ha pensado alguien que es totalmente inhumano ver a un hombre convertido, por mimetismo, en la prolongación de su instrumento de trabajo?
Hoy, la puerta permanece cerrada. Aprisionados dentro del embudo, los peones sin trabajo experimentan un sabor ex­traño en la boca. Brutalmente, han nacido dentro de ellos los interrogantes que pueden impelerles a hacer saltar la caldera en que se cuecen.
Había indicado tan sólo dos direcciones. Y empezó la caza del hombre. Las damas se reunieron, discutieron, sintieron en­ternecerse y derramaron algunas lágrimas agridulces. Se pusie­ron manos a la obra. No tuvieron que hundirlas excesivamente en los bolsillos para sacar varios miles de pesetas.
Me negué en rotundo a participar en el estrambótico safari. A descender de los rutilantes coches en medio de las calle­jas llenas de barro y a pregonar nuestra generosidad entre la miseria. Aquello distaba mucho de ser un juego. Había visto a los hombres en la plaza, pidiendo limosna en el Metro, reco­rriendo incansablemente y desesperadamente los centros de tra­bajo. ¿Por qué motivo había que elegir un nombre o dos y convertirse en un deus ex machina, en una trampa del drama? Si se han visto centenares de rostros humillados, seleccionar unos pocos equivale a predicar la bondad de las falsas solucio­nes. Optar por la adormidera. Intentar salvar dos estómagos, es reconocer a priori que los otros han de ser condenados.
Pero, el juego continuaba. Y esta vez participaba también en la partida. ¿Por qué, si no, me había sentido tan orondo, sumido en estas consideraciones, como la dama de los salarios? Estaba convencido de que el problema es una pieza más del enorme mecanismo que es necesario reconstruir desde la base. Pero, mientras tanto, de la multitud de rostros anónimos, se destacaban aquellos que habían sido seleccionados para expli­car su drama individual. Y no permanecieron en silencio, sino que insistían, hacían zumbar el teléfono, se agarraban a la úl­tima tabla, la única que había aparecido en su horizonte.
Andrés Sánchez, el que habita con su familia en la barraca de Montjuich, se presentó a los dos días en la redacción.
Al verlo pensé en lo difícil que resulta, de todas maneras, morirse de hambre. Los síntomas de la larga agonía eran evidentes. Las escleróticas estaban empañadas, en su mitad infe­rior, por una finísima tela amarillenta que daba a la mirada un tono mortecino y abstraído. Los lóbulos de las orejas pen­dían flácidos y la piel, tensa al contacto con los huesos pro­minentes, se impregnaba del color de las velas del sebo. Las manos, en cuyo haz dibujaban las venas un curso bien defini­do, se agitaban con el temblor de los animales ateridos. Ama­rillas, también, como el fermento de la saliva y de las reaccio­nes estomacales, acumulado en el intersticio de los dientes. Me dijo que desde que hablara con él, no había probado ningún alimento, pero que aquello no le importaba.
—Lo que ocurre es que mi nena, la más pequeña de todas, se está muriendo. La he llevado esta mañana a la clínica y ne­cesito dos mil pesetas. No se curará y llegaremos tarde, pero yo necesito ese dinero. Se está consumiendo como una cerilla y ya no tiene fuerzas ni para llamarnos. Necesito ese dinero. Créame que lo necesito.

Eran visibles los esfuerzos que hacía para soltar una lágrima, sin conseguirlo. Su actitud era la caricatura del hombre doliente. Agotado, seco como un pozo abandonado. En esta época los hombres ni siquiera pueden llorar. Asunto liquidado. A fin de cuentas, ¿cuánto tiempo hacía que había muerto él? A la misma edad que su hija, o quizás antes.
Las cáscaras de limón cocidas. El apaleamiento por haber hurtado una fruta de la propiedad del señor. Los críos, con los dientes afilados y los ojos rotos, se escondían en el recodo del camino, acurrucados detrás de las piedras, aguantando la res­piración como el buceador que debe recuperar tiempo en una peligrosa ascensión, pegado el rostro a la tierra, soltando en ella el último hilillo de baba. El pastor caminaba delante, se paraba y blandía el cayado de punta retorcida, manchada de sangre y de excrementos para ahuyentar al ganado y no per­mitirle que saciara su voracidad en los tiernos tallos de los ár­boles frutales. Los perros saltaban, rebotando contra el lomo de las cabras y mordiéndoles, en la caída, las patas. Los críos escuchaban la señal y se arrastraban fuera del escondrijo, lle­gando a gatas al camino. Agarraban a los últimos animales rezagados, las viejas madres de ubres pesadas que no habían sido ordeñadas todavía. Y desaparecían otra vez entre las pie­dras, al fondo del talud. El animal pugnaba por soltarse, ate­morizado y bravucón, dirigiendo los cuernecillos hacia los críos, sin poder embestir, ni patear, ni lanzar un gemido a tra­vés del morro amordazado. La madre, pasado el primer mo­mento doloroso, se dejaba manosear las ubres y los críos be­bían ávidamente, abriendo la boca y moviéndola de derecha a izquierda y de arriba abajo para que el hilillo de leche es­pesa cayera sobre la lengua. Los críos habían librado la batalla de cada día y regresaban a sus casas gritando y palpán­dose el vientre hinchado, arrastrando los haces de romero.
—Tienen que ayudarme
—decía Andrés, sin convicción—. La pobrecilla tiene la barriga hinchada y el médico me ha dicho que no se salvará.
Aceptaba las cosas tal como venían. Y las damas se escan­dalizaron cuando comprobaron que el hombre no interpreta­ba bien su papel. Y se sentían incómodas porque no les faci­litaba su tarea. No les ayudaba a ser verdaderamente piadosas.
Lo sentimos nosotras más que él. Esta gente tiene el cora­zón endurecido. Se le muere una hija y se queda ahí, plantado, sin hacer otra cosa que pedir dinero.
—No saben lo que es perder un hijo...
—Así, se puede tener un rosario de críos...
—Sólo buscan el placer de un momento. Y, luego, los de­jan morir sin derramar una lágrima...

(Para  leer completo el capítulo:  "La isla")

Eliseo Bayo, del libro © "El miedo, la levadura y los muertos", publicado en la Editorial Nova Terra, en el año 1968, cuya edición , íntegra, fue censurada, mandada retirar, y guillotinada por orden del ministro de Información y Turismo de la época, Manuel Fraga Iribarne.

Capítulos anteriores publicados en http://eliseobayo.blogia.com/
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Prólogo

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Introducción

03/09/2009 16:21. Editado por Gatopardo. enlace permanente. Tema: ELISEO BAYO.

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gravatar.comAutor: pau

Aquí ya no hay hambre, hay pobreza y desesperanza, pero hambre no. Pero el problema es el: aquí.
Aquí ya no existe. El mundo es el aquí, o lo que a algunos tanto les gusta decir: aldea global.
Hemos solucionado un problema local socializando el alimento y lo hemos trasladado lejos, allí donde no molesta a la vista. Y, por si acaso no se conforman, hemos invertido mogollón de dinero en rejas, helicópteros y lanchas de vigilancia, no fuera que vengan a estropear el paisaje social.

Hace días, circulando por Barcelona con la bici (no veas lo distintas que se ven las cosas con ella), descubrí bastantes plazas Urquinaonas. Las hay de todos colores: blanco, negro, magrebí... excepto el amarillo; pocas veces mezclados.

Un abrazo.

Fecha: 04/09/2009 05:53.


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