En los temas y enlaces de Gatopardo, hay un puñado de valientes dispuestos a desmenuzar el fraude contractual que sufren los ciudadanos en un estado corrupto. Como en La gran corrupción, donde Rafael del Barco explica quienes y como se prevalieron de sus cargos durante décadas para amenazar y extorsionar, procesar y encarcelar a algunos empresarios. Si pagaban, se les dejaba libres y sin cargos. Si no podían o no querían pagar, o convenía hacerlos víctimas de un montaje, comiéndose las culpas de otros, el juez Estevill dictaminaba "¡L’ocell a la gàbia!" (el pájaro a la jaula), como fue el caso de Rafael del Barco, una de las víctimas de esta asociación de malhechores liderada por el juez corrupto Pascual Estevill y el abogado trapisondista Piqué Vidal, auxiliados por toda la red de jonjoberos, abyectos, indignos, rastreros, lagoteros y rufianes con puestos clave en la Banca, en Hacienda, la Judicatura, y en las más altas instituciones del Estado. En su bitácora, "La gran corrupción", cuenta esta historia y otras más con la flor y la nata de la alta sociedad catalana, que es lo mismo que decir la clase caciquil calcada de la Sicilia reconquistada por la mafia italo-americana y la Democrazia Cristiana, y de la Argentina neoperonista de Menem y los Kichner; pero rebozada con la falta de horizontes que tiene esa subespecie humana que medra con el aldeanismo nacionalista. Actualmente, mientras permanece cada mochuelo en su olivo, guardándose muy mucho de solidarizarse con quien ha sido enfilado por la bota de los poderosos, creyéndose a salvo y al margen, hay ciudadanos que acuden a este ágora de Internet, dispuestos a rescatar el reportaje social, la investigación periodística, el artículo de denuncia, y ese viejo adagio que reza: "Hoy por ti, mañana por mí", que nunca deberíamos haber olvidado. Porque la solidaridad ciudadana no es una cuestión ética y moral solamente: es imprescindible si no queremos perecer como idiotas incapaces de unirse frente al enemigo. No dejemos solos a estos combatientes que aún no han sido silenciados por el tedio, la desesperación, o la mordaza avalada con una sentencia judicial, aunque sólo sea porque saben con qué mimbres se ha urdido nuestra perdición y nuestra jaula.
Es norma de Gatopardo, si alguien se pone a tiro, sea plebe, sea duunviro, que no se escape sin dardo. Si la víctima en cuestión es melifluo y sin humor, y persiste en el error, va derecho al paredón. Si es honesto ciudadano, observador de la ley y santurrón como buey, le colgamos un campano. Si mujer y sufridora, y nos cuenta su diario, que alegre su antifonario y se haga acosadora. Si tiene cierto interés por mostrar carné y nombre, que luego no se asombre si recibe algún revés. Bienvenidos los goliardos, golfos, rebeldes y bordes, mentes inmisericordes, por apellido: Bastardos Y que no nos den la lata ni meapilas ni legales: somos los Irregulares, somos gente de Zapata.