HOTEL CELINE

      HOTEL CÉLINE, es un artículo de Guillermo Piro, que me habría gustado haber escrito yo.

      El enlace permanente a la bitácora WIMBLEDON de Guillermo Piro estará en portada, y os prometo que vale la pena leerlo.

      Yo leí con veintidos años a Céline para odiarlo y negarle el derecho a permanecer en las Bibliotecas, porque era un escritor antisemita.  Y fue deslumbrante, arrasador, y lo más hermoso que jamás hubiera leído: daba igual qué pensara y qué dijera, porque su forma de narrar y mirar me hizo considerar que la plenitud de su obra era más importante que mis sentimientos de venganza, que confrontados con sus textos me parecieron mezquinos.

      En las imágenes, Céline,  Bébert, su gato, y Lucette, su mujer.

HOTEL CÉLINE

      Tal como se habla de "amor loco", de los libros de Céline podríamos decir que se trata de "literatura loca". Son libros sobre locos, escritos por un loco, y son, entonces, libros de una belleza loca.

     Como los pulpos o las estrellas de mar, estos libros logran mostrar y esconder al mismo tiempo el secreto del cual son a la vez únicos depositarios y fascinantes reflejos. La verdad es su verdad. Y la búsqueda de la verdad es una actividad sumamente incómoda, ya se sabe; incluso podríamos decir patológica. Estos libros llevan en si mismos la gran dialéctica moral, y la condición de esa dialéctica es ésta: es mejor morir que durar. La función curiosa e inquietante del arte consiste en seguir recordándonos eso, y decirnos que, al fin y al cabo, la verdad es más importante que la justicia y la libertad, e, incluso, que nuestras esperanzas. Los libros de Céline no existen para confortarnos ni para darnos una "postura equilibrada". Todo lo contrario: se bucea en ellos ya sin aire, como si se estuviera trepando una montaña embarrada. Y sin embargo, o precisamente por eso, las hojas que leemos se desgarran para desgarrarnos. Su propósito es amenazar nuestro equilibrio. Esa es la única función del arte. Y los que traicionan esa función, aún en nombre de un credo humanitario, traicionan el arte. El arte traicionado enseguida se venga, y lo que pronto resulta es un arte tan muerto como la carne fría. El hombre que odiaba a su especie terminó donde debía, admirado, copiado, clásico entre los clásicos, a la derecha de Casanova y a la izquierda de Cervantes. Hasta Rabi, para denigrarlo, escribe como él.

      Decir de él "es el mejor novelista del mundo" es decirlo todo. Para ponderar sus méritos debería bastar con eso. En efecto ¿para qué hablar más ampliamente del Viaje, de Muerte a crédito, de Guignol’s Band, de la Trilogía alemana? De estos libros decimos “son los mejores libros”, y es decirlo todo. ¿Por qué? Porque es así, y solo en la literatura está permitido utilizar un razonamiento tan infantil. ¿Por qué? Porque es literatura, y la literatura se basta a sí misma.

     Hay un muro que la literatura erige entre el lector y la vida que con Céline se derrumba bruscamente. Con él uno no se siente como si estuviera lidiando con un "autor", un escritor munido como todos de una aureola de filigrana, que goza del privilegio de la expresión y sabe "espolvorear el orégano en la pizza", sino con un hombre que no sabe expresarse mejor que cualquiera de nosotros y que se ve obligado a empuñar la pluma para decir lo que tiene en el corazón.

     Hay escritores que tienen un estilo, y otros que lo buscan. Existe un estilo Rimbaud, no hay un estilo Mallarmé. Casi siempre la crítica ha confundido la creación de un estilo con la fabricación de un lenguaje. No existe un estilo Céline, existe una lengua celiniana.

     Se podría discutir eternamente este problema porque es un problema de nuestro tiempo, el problema del "estilo hablado". La novela francesa de este siglo se orientó visiblemente hacia la búsqueda de un estilo hablado en escritores como Giono, Aragón y Céline. El mismo movimiento se dió en Estados Unidos, donde escritores como Faulkner y Wolfe libraron una tentativa paralela, aunque en Faulkner se trate más de un estilo pensado que hablado. Céline busca lo insólito, a toda costa, porque lo insólito es una convención y, tras esa convención, hay que regresar, también a toda costa, a una verdad. Y si a veces se pierde buscando la locura detrás del realismo lo hace porque para él la única manera de redescubrir el verdadero rostro del realismo es encontrándolo detrás de la locura. Es por eso que nos parece que las palabras de Céline "lavan" los rostros, así como el lienzo de Santa Verónica lavó el Divino Rostro. Y es que Céline no sabe "redactar", no consigue "relatar" una idea, no sabe "vestir" una idea con palabras. Las palabras son como los gritos, se escapan. Las palabras son actos, confesiones de debilidad. La palabra es la venganza de los débiles.

      Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para ese mundo, adaptado a su rigor. Todos estamos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos como seríamos si hubiéramos sido creados en primer lugar y después el mundo adaptado a nuestras necesidades. Céline fue creado antes que la literatura. Por eso sus libros están deformados, adaptados a su libertad. Céline escribe como quien pinta. Todos los escritores "dramatizan" los hechos. Céline "desdramatiza", esto es, lo importante no es "contar una historia" sino elaborar un universo vivo, un mundo en torno y "con" determinados personajes. Eso se ve claramente en la Trilogía alemana. Céline no logra "contenerse", la estructura no puede visualizarse, entenderse. Lo que sale a la superficie ya viene con o a través de las palabras o no existe. Y en este punto descubrimos en qué consiste la astucia, el verdadero arte de Céline: parece natural... con naturalidad. Cambia el lenguaje escrito no por un lenguaje hablado, sino por un lenguaje hablado escrito.

     En la primera página de Muerte a crédito Céline dice: "Contaré cierto tipo de historias para que ellos vuelvan, expresamente, a matarme; volverán desde los cuatro rincones del mundo. Entonces todo habrá terminado y estaré contento." Céline se vanagloria. Solo se desea matar a los hombres que dicen la verdad. Si eso es cierto, entonces él solo simula decirla. Céline miente: la gente compró sus libros y nadie lo mató. La izquierda de la década del ’30 había creído ver en Céline a un nuevo Zola. Céline declaró un día, hablando del autor de Germinal: "Sabemos hoy que la víctima pide siempre más y más martirio." Quizás en el mundo tal cual es, en este mundo que solo puede destruirse a sí mismo, el deseo sólo puede ser masoquista. Eso explicaría muchas cosas. Es una pasión masoquista la que sostiene a Céline sesenta y siete años. Céline poseía en grado supremo el arte de ponerse del lado equivocado. Excitaba el destino que sabía iba a terminar por hacerlo sufrir. Se podría recopilar una gruesa antología de sus errores y torpezas.

      Pero en cambio no hay una sola página suya que pueda "entrar" en una antología. Es un talento del que carecen, en general, los novelistas, buenos administradores de sus dones. La narración celiniana es un todo cuyos elementos no se pueden disociar. Es un hecho que el lector impaciente que emprende la lectura de la Trilogía alemana debe esperar veinte, cincuenta o cien páginas hasta el momento en que "empieza" el relato. Y más adelante encuentra la continuación de ese relato interrumpida y retomada constantemente. Y las digresiones no hacen mas que aumentar la impaciencia: Céline habla de su destino personal, no hay casi más que quejas y recriminaciones. Pero el lector no puede parar: pide más y más martirio. Si existe una, ni en De un castillo a otro, ni en Norte, ni en Rigodón está la puerta de entrada a Céline. Llegan a ellas lo que han sido previamente inoculados con el veneno y tratan de encontrar su procedencia. Son novelas para adictos.

      La puerta está en el Viaje o en Muerte a crédito. Quizá esté en Semmelweis, la tesis, la excepcional biografía del médico húngaro descubridor de la fiebre puerperal, con la que Céline obtuvo su doctorado en medicina. Sus fobias ya están allí. Quizá sea la "entrada de servicio" por la cual podría accederse a ver con más claridad. Pero el que lee el Viaje queda indefectiblemente estupefacto, como presenciando una erupción, de esas cuyo aliento, nos cuenta la historia, da siete vueltas y media a la Tierra. No se lo lee impunemente, nada se vive impunemente, nada se contempla sin peligro de muerte. Céline es el héroe negativo de El talón de hierro de cuya mano somos conducidos a visitar el infierno. No se puede seguir contemplando el discurrir del día después de leer Muerte a crédito, como si nada hubiera ocurrido: debemos empezar de nuevo. Ya no se verá con los mismos ojos. El comercio con Céline nos comprometió. El fin de la noche siempre estará por llegar.

      George Steiner declaró haber notado que una adhesión metódica, persistente, a la vida de la palabra impresa frena la inmediatez, el lado conflictivo de las circunstancias reales. Respondo con más entusiasmo a la tristeza literaria de Bardamu que al infortunio del vecino. Bardamu es más mi hermano que mi hermano. Lloro con Bebert, recito de memoria la despedida en la estación de trenes de Ferdinand y Molly, la prostituta de Detroit, y me muevo en un infierno material.

      Steiner tiene razón. El logro de Céline acaba siendo siniestro.

      Aquellos para los que las mañanas son mañanas no encontrarán en Céline más que logorrea. Céline necesita de aquellos a los que la luz más atenuada hace daño; necesita de aquellos para quienes todo lo que entra en la mente es brutal después que algo verdaderamente brutal entró en ella una primera vez.

     Nigel Dennis, hace poco, citó una frase genial. Reflexiones sobre ella. Por lo demás, la frase no es de Céline, sino del mismo Steiner: "Como vivimos en un mundo diseñado en gran parte por Kafka, incluso puedo concebir que a veces la verdad salga de bocas inhumanas y bestiales; la verdad es tan compleja que se aloja en algunos hoteles terribles." Yo agrego otra frase de Steiner: "Quizá estemos locos también, porque somos los que tenemos el valor de confesar que los libros son más importantes que los seres humanos."

      Céline es a la literatura lo que los anticuerpos a la medicina. Si sigue siendo literatura lo es, ante todo, porque es antiliteratura. Si los caminos del arte son imprevisibles es porque los de Louis-Ferdinand Céline lo son.

     En pocas palabras, entre los distintos privilegios de que goza la literatura está el hacer de su estética su ética. Aún aquellos que "teman" a Céline perderán ese temor cuando vean que sus propósitos nunca acaban con todo. La literatura también hace lo que está a su alcance para destruirse a sí misma. Es Céline el que va corriendo en su socorro.

Guillermo Piro, blog Wimbledon, Babel, marzo de 1990

 

27/03/2005 12:08. enlace permanente. RECOMENDAMOS

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Autor: cualquiera

Se diría que te gusta andar por el filo de la navaja...

Fecha: 28/03/2005 20:21.


gravatar.comAutor: Nere

Nunca he leído a Celine, pero tenías razón, el artículo de Guillermo es impresionante, habrá que echar un vistazo más detenido a su blog.

Un beso compañera

Fecha: 28/03/2005 22:24.


Autor: El Pendón Volteriano

Cualquiera:¿Eso que le dices a Gatopardo es por leer a Celine o por leer simplemente? ¿Y por qué no pruebas tú, hombre? Si no duele

Fecha: 28/03/2005 22:45.


Autor: L.F. Celine

"Alors, possible qu'il ait raconté à vo't Isaac que j'étais jaloux des Juifs... Possible, mais peu probable. C'est des histoires que vous inventez pour m'emmerder... Remarquez que c'est normal, tout le monde aime bien m'emmerder, ça les déculpabilise de leurs propres petites saloperies qu'ils s'avouent dans l'intimité, la chaleur de leur pourriture... Des petits secrets d'avant, de si loin qu'il n'y a plus vraiment de douleur, seulement des souvenirs qui persistent, mais qu'ils préfèrent garder pour eux à cause de la honte qu'ils voudront jamais admettre."

Fecha: 30/03/2005 01:16.


gravatar.comAutor: mousekey

good

Fecha: 30/12/2005 10:36.


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