UN INVIERNO EN KANDAHAR

cportadaafg.jpgEl día que Shirin me propuso salir estaba la suegra presente y según se desarrolló la conversación entendí que ellas ya lo habían hablado y decidido. Salir conmigo tal cual traería problemas largos de enumerar y para mí difíciles de entender, decían, por lo que me proponían que me encasquetara el chadrí de la abuela, con lo cual nadie sabría quiénes éramos y cualquier inconveniente quedaría automáticamente resuelto. Así de sencillo. La aventura me atraía y admití la jugada sin discusión. El único inconveniente llegó cuando apareció el embozo e intenté probármelo. El olor a sudor era penetrante y el borde del casquete, que se adapta a la cabeza y aprieta la frente, estaba húmedo y pegajoso. Pensé con asco en las babas de la abuela pero decidí seguir adelante con la experiencia. Por suerte llevaba atado al cuello un pañuelo limpio que anudé en mi cabeza al estilo pirata, con la excusa de que me molestaban las costuras, de forma que el casquete reposaba sobre él. La risa fue general cuando me vieron con la indumentaria, pero había otro inconveniente: mis pantalones vaqueros y mi calzado me delataban, de modo que me dejaron unas calzas blancas con puntillas en el tobillo, unos faldones y unos zapatos de plástico. Una vez me los hube puesto, los aspavientos de aprobación fueron generales: las mujeres reían y los niños aplaudían y la cocina era una fiesta.
Fue una complicación salir de la casa y bajar las escaleras. No veía nada y tuve que recogerme el chadrí para no tropezar con él. En la calle, la abrumadora luz del sol entraba por la rejilla del chadrí, y necesité un tiempo para situarme y orientarme. Shirin y yo parecíamos dos fantasmas que caminan, ella de color de ala de mosca, yo de color de rueda de carro. Metida dentro de aquella campana mi campo de visión se reducía al frente y debía girar la cabeza si quería ver a los lados. Al poco rato me encontré siguiendo a Shirin, unos pasos detrás de ella. Di unos saltitos para situarme a su lado pero cuando quise darme cuenta ya volvía a estar detrás de ella siguiéndola como una sombra. Era evidente que me resultaba más fácil seguir a un bulto y que prefería que Shirin se adelantase a mí, y entonces comprendí por qué en Afganistán las mujeres van siempre unos pasos por detrás de sus hombres. No era simplemente una cuestión antigua de protocolo familiar que otorgaba el primer puesto de la marcha a los que ostentaban el poder dentro de la familia sino que a las mujeres de las ciudades, además, les habían impuesto una indumentaria que no les permitía otra posibilidad que seguir al hombre, o de lo contrario se perderían o se darían encontronazos contra cualquier obstáculo de los muchos que hay por las calles polvorientas de las urbes afganas: cabras, carros, hombres acuclillados en mitad de la calle solos o formando corro, jaulas con perdices, cacharros amontonados, camellos, acequias, sacos, burros, camas, cestos, un barbero con la navaja en ristre afeitando la cabeza de un cliente barbudo, mujeres agachadas esperando turno para no se sabe qué, melones desparramados y un largo etcétera. Para una mujer embozada en ese atuendo, la idea de igualar su paso al de su hombre sería totalmente descabellada.
De vez en cuando Shirin se detenía y me miraba.
-Good?
-Good.
Oí como se reía. Estaba contenta con nuestro juego a pesar de que nuestra incomunicación era casi absoluta: yo todavía no había aprendido ni una palabra de darí[1] y con aquel embozo el lenguaje gestual resultaba imposible.
Mi visión del entorno estaba enmarcada en un pequeño hexágono y tenía cuadraditos de color de rueda de carro. Me pareció que era mejor ver el mundo con cuadraditos del color de la calle que verlo multidividido en negro o en un color intenso; quizá por eso los chadrís acostumbran a tener colores suaves, ocres, grises azulados, malvas. Cuando movía la cabeza el movimiento que el cuadriculado producía en las imágenes que veía me mareaba, y llegué a la conclusión de que era mejor seguir adelante con la cabeza al frente y moviéndola lo menos posible. Las imágenes fijas eran mucho más soportables que las móviles, por lo cual pude descansar cuando Shirin decidió pararse frente a una tienducha de telas del bazar.
La tienda era un cubo sin puerta y de algo más de dos metros de lado. Como todas las que, una al lado de la otra, se abrían a aquella calle, estaba elevada a casi un metro del polvo. El comerciante se sentaba sobre el suelo de madera con las piernas cruzadas. Quedaba a una altura cómoda para hablar con él sin necesidad de agacharse. Su mercancía, piezas de telas superpuestas de todos los colores, estaba ordenadamente dispuesta en la parte trasera del cubículo. Yo conocía al vendedor de verlo todos los días cuando me dirigía por la mañana a la tienda de yogur que estaba un par de travesías más abajo. Era un hombre amable, que siempre me saludaba. Esta vez me resultaba extraño verlo de incógnito desde detrás de una reja.

Pasaron a nuestro lado los suecos que compartían habitación conmigo en el hotel. Pude observarlos con toda desfachatez cuando se pararon en la tienda contigua, desde bien cerca, y ni siquiera se dieron cuenta de que alguien les estaba observando. Podía oír lo que decían y me divertía. Ni por un momento se me ocurrió hacer un gesto que me delatara. Pensaba mantener aquella situación en secreto. Nadie sabría qué hacía yo por las tardes cuando desaparecía del hotel.
Acababa de descubrir que en Afganistán las mujeres embozadas no existen, ni para los del país ni para los que vienen de fuera. El chadrí es como un filtro mágico que propicia la desaparición. Nadie está interesado en saber quién será aquélla que pasa por delante: no hay curiosidad ni morbo, simplemente no hay nada. El mundo sigue su curso, los hombres negocian, discuten, compran y venden, el arcaico engranaje de la vida afgana mueve sus ruedas sin parar. Los artesanos industriosos trabajan en sus cubículos: uno arregla teteras de loza con grapas metálicas, otro amolda a golpes de martillo recipientes de cobre, otro confecciona calzones con su rudimentaria maquina de coser. Si llega un cliente, el artesano manda a por té y ambos charlan acuclillados con la taza humeante entre las manos. Pero las mujeres que compran en el bazar no toman té: aun en el caso de que existieran, ¿cómo lo tomarían si no tienen boca?

Fragmento del libro del mismo título de Ana Briongos

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Autor: mendo

No la conocía de nada. Has conseguido interesarme. Gracias maja.

Fecha: 11/04/2005 20:39.


Autor: Alicia Millán "la litel"

¿Es posible que las cosas no sean exactamente como las pintan? ¿Es posible que la gente, incluso las mujeres, sean felices a veces, en cualquier parte del mundo, no solo en el nuestro? ¿Es posible tener una mirada inocente sobre el mundo? Gatopardo, la autora que nos presentas tiene mucho que decir, queremos más capítulos.

Fecha: 11/04/2005 22:41.


Autor: Lerendo

Seremos buenos y leeremos

Fecha: 11/04/2005 22:53.


Autor: cyranobix

Es así de perfecto. Quién haya salido de nazareno en cualquier cofradía de Semana Santa, habrá experiemntado esa misma sensación (salvando la distancia y las circuntancias). Yo lo experimenté y se trata de otro mundo.

Fecha: 11/04/2005 22:57.


Autor: Asun G.P.

Pero si cae otro capítulo...yo también estoy interesada.

Fecha: 11/04/2005 22:58.


Autor: Jose Miguel

Nunca se me había ocurrido pensar en la picareca que debe llevar consigo lo del burka, siempre lo había asociado a cosas terribles.

Fecha: 11/04/2005 23:01.


Autor: El Pendón Volteriano

Angelical visión magníficamente escrita por esta Sor Citröen que nos presenta Gatopardo. Extiéndase mi felicitación al resto de las féminas de "mirada inocente". Sarna con gusto no pica.

Fecha: 12/04/2005 12:20.


gravatar.comAutor: la briongos

Oye Pendón, yo de Sor Citoën nada de nada, aunque he de confesarte que sí he tenido varios 2CVs que se caían a trozos. Andaba por los orientes causando estragos y si no lo crees lee el libro y lanza tu imaginación al aire, que a veces no hace falta contarlo todo con pelos y señales.

Fecha: 12/04/2005 21:06.


Autor: Pendón Volteriano

O sea que sí. Pero, como soy un caballero, quede el campo por la dama. Lo de leer su libro se lo prometo. Lo de "lanzar mi imaginación al aire", dado mi edad, sentido de la estétita y del decoro, mejor lo dejamos para Ricardito Bofill.

Fecha: 12/04/2005 21:52.


Autor: la lili

pos bueno

Fecha: 18/04/2005 19:15.


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Gatopardo

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si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
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y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
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que alegre su antifonario
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Y que no nos den la lata
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