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(I) LA LOCURA DE DON CARLOS, HIJO DE FELIPE II

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      “El príncipe don Carlos –dice Paolo Tiépolo- causó al nacer, el 9 de julio de 1545, la muerte de su madre (María de Portugal).” La reina María no murió hasta cuatro días después del parto; se dice que una imprudencia tuvo su parte de culpa; pero no están bien determinadas las causas de su muerte.

      Desde el principio revela el infante instintos singulares. No sólo mordía, sino que según el texto español (1), se comía el pecho de sus nodrizas; tres de ellas fueron víctimas de la bulimia del pequeño ogro.

      Hasta la edad de tres años no se le oyó pronunciar una sola sílaba, al extremo de llegar a creerlo mudo; la primera palabra que salió de su boca fue ¡no!

      Lo comunicaron inmediatamente a su abuelo y éste lo celebró mucho. Tenía don Carlos veintiún años cuando le cortaron el frenillo de la lengua, habiéndose encontrado nota de la suma pagada al operador.

      Su régimen de vida a los doce años, que conocemos, estaba perfectamente reglamentado. Se dedicaba a los deportes en uso entonces: jugaba a los trucos, al tejo, hacía algo de esgrima; algunas veces montaba a caballo; pero como “era demasiado aturdido para hacerlo sin peligro” (2), raramente se le permitía hacer este ejercicio.

      A pesar del régimen, su estado era poco satisfactorio. Hay quien, aún pitándolo “de visu”, hace resaltar su color pálido, que atribuye a exceso de bilis, del que los médicos, dice, no se preocupan bastante.

      El verano de 1557 fue extremadamente caluroso en Castilla, y hubo muchas fiebres; don Carlos también las tuvo. Los facultativos opinaron, sin embargo, que no tenía necesidad de cambiar su residencia el príncipe, puesto que no reinaba en la ciudad ninguna enfermedad contagiosa ni había amenaza de peste.

      Un informe hecho al Senado de Venecia hacia la misma época contiene detalles circunstanciados sobre el real infante, tanto desde el punto de vista del temperamento como de sus inclinaciones naturales. “Tiene la cabeza desproporcionada respecto al resto del cuerpo – relata el embajador Badoaro- Débil de complexión, anuncia, sin embargo, un carácter cruel. Se cuenta de él que cuando le traen liebres u otros animales siente especial placer en verlos asar vivos. Le habían regalado una culebra de gran tamaño; un día le mordió en un dedo este animal; inmediatamente le arrancó la cabeza a dentelladas (...) Es tan colérico y obstinado en sus opiniones como puede serlo un joven... su preceptor se dedica únicamente a explicarle los “Oficios” de Ciceron, a fin de moderar la impetuosidad de su carácter.(3)

      A los quince años padecía fiebres casi constantes, hasta el extremo de no poder asistir a la ceremonia de matrimonio de su padre con Isabel de Valois.

      En el acto de prestar juramento resalta su tinte pálido y su actitud desgarbada, al lado de la elegante apostura y buen parecer del hijo natural de Carlos V, don Juan de Austria.

      Después permaneció don Carlos alejado de todas las fiestas que se dieron en la corte aquel año. Hubo, el dos de abril, un juego de cañas, en el que tomaron parte cien caballeros, divididos en cinco compañías; la primera era mandada por el rey; el príncipe heredero debía mandar la segunda, pero tuvo que sustituirlo don Juan.

      La ciencia tuvo que confesarse impotente. Saltaba a la vista que el joven príncipe se iba muriendo, sin que los remedios prescritos consiguieran el menor alivio a su estado.

      La opinión común de los médicos era que se iba de “hétiquez”, no encontrando qué aconsejar más que el cambio de aires. Opinaban que una ciudad del litoral mediterráneo le sentaría bien, por lo que era necesario enviarlo inmediatamente. Felipe II se decidió por Alcalá de Henares, que le había sido recomendada y tenía la ventaja de estar próxima a Madrid. El enfermo mejoró al principio, engordó y estuvo más alegre. A veces tenía bromas de dudoso gusto: una de sus distracciones favoritas consistía en jugar con un joven elefante que le había mandado el rey de Portugal, al que dejaba llegar hasta su habitación. Un día tuvo una extraña ocurrencia: un comerciante indio le mostró una perla, cuyo valor pasaba de tres mil escudos; la tomó en sus manos, poco a poco fue desprendiéndola con los dientes del oro donde estaba montada y se la tragó, ante la desesperación del indio, que no pudo recobrarla hasta algunos días después.

      Parecía curado de sus accesos febriles cuando una imprudencia vino a reavivarlos. Por una carta del obispo de Limoges, embajador de Francia en Madrid, dirigida a Catalina de Medicis, sabemos “que aliviado de las cuartanas, el príncipe se gobernó tan mal”, que le volvieron, habiendo experimentado al menos seis o siete ataques, más fuertes que los precedentes. Pero durante una tregua pudo asistir a la fiesta que su padre daba en el palacio del Pardo, en honor de la reina.

      Un accidente que puso en peligro los días del prícipe causó nuevas inquietudes a su alrededor.

      Don Carlos había tomado gran afecto a una de las hijas del conserje del palacio; descendía al jardín para verla, por una escalera muy empinada y oscura. Franqueaba los últimos peldaños con tal precipitación, que le faltó tierra y cayó de cabeza. La violencia del golpe hizo que perdiera el conocimiento; levantado del suelo y conducido a su habitación, se le apreció una herida de una pulgada y contusión del pericráneo.

      Nos basta consignar que estuvo enfermo cerca de tres meses: ochenta y tres días menos tres horas exáctamente. Hubo por lo menos cincuenta consultas, catorce de ellas en presencia del rey.

      Toda España se asoció al dolor de su soberano. Las iglesias se llenaban de gente que iba a implorar, con fervor, de la misericordia divina el restablecimiento de la salud del príncipe. En Madrid hubo procesiones, de día y de noche, en que una multitud de personas se disciplinaban. En Toledo llegaron a contarse tres mil quinientos flagelantes. Era la costumbre de aquel tiempo.

      Cuando peor estaba hizo don Carlos voto de ofrecer, en caso de curación, a varias casas religiosas, cuatro veces su pesos en oro y siete en plata. Había prometido igualmente solicitar la canonización de un monje, fray Diego, muerto un centenar de años antes, cuyo cadáver se sacó del feretro en que yacía, para ponerlo en contacto con el enfermo. (...) Habiéndose manifestado a continuación una mejoría en el estado del príncipe, se atribuyó al bienaventurado Diego, a quien don Carlos tenía desde mucho tiempo antes especial devoción. Don Carlos, que sabía cumplir una deuda de gratitud, pidió al papa la canonización de Diego.

DOCTOR CABANÉS. "El mal hereditario I". EDICIONES MERCURIO,1927

1 Relación hecha al Senado de Venecia el 19 de enero de 1563.
2 Carta de don García de Toledo, de 27 de agosto de 1557
3 Relations des embassadeurs vénitiens sur Charles Quint et Philippe II, par M Gachard.

Continuación:

* (II) LA LOCURA DE DON CARLOS, HIJO DE FELIPE II

* Y (III) LA LOCURA DE DON CARLOS, HIJO DE FELIPE II

23/04/2005 19:34. enlace permanente. HISTORIAS

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Autor: Trini

Pues aquí he estado un rato empapándome de este post que cuenta nuestra historia y sus miserias.
Gracias por traernos estas leyendas interesantes y que ayudan a los que poco o nada de ellas conociamos a saber alguna cosa más.

Besos

Fecha: 23/04/2005 12:40.


Autor: Alguien que lee este Blog

... Y así llegamos a los tiempos actuales. No hay nada como la Historia para comprender las lacras y el estado mórbido de la monarquía

Fecha: 23/04/2005 15:11.


Autor: Widemann

Don Carlos fue un caso clarísimo de degeneración genética por consanguinidad y locura hereditaria. Su padre, Felipe II, y su madre, María Manuela de Portugal, eran primos hermanos en doble grado, por vía materna y paterna. La bisabuela de don Carlos fue Juana la Loca que (diga lo que diga la leyenda romántica o la ficción pseudohistórica actual) estaba, como díria mi nieto, como las maracas de Machín. Juana la Loca es, a su vez nieta de la conocida en la historia como "la loca de Arévalo", Isabel de Portugal, que tuvo que ser recluida gran parte de su vida en aquella ciudad. Y no sigo, para no marear. Saludos a todos

Fecha: 23/04/2005 18:36.


Autor: Augusto R.

" En Madrid hubo procesiones, de día y de noche, en que una multitud de personas se disciplinaban. En Toledo llegaron a contarse tres mil quinientos flagelantes. Era la costumbre de aquel tiempo."
En tiempos actuales la costumbre es que las multitudes ganen la calle para jalear a sus monarcas en ocasión de bodas reales u otros acontecimientos principales.

Fecha: 23/04/2005 19:41.


Autor: David Morán

Concuerdo con widemann en cuanto al origen de este mal. Quizá el tipo de crianza también pudo reforzar y acentuar algunos de sus exóticos comportamientos. Parece toda una tragedia. Interesante pasaje histórico.

Fecha: 23/04/2005 21:56.


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