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POR QUÉ ENTRA EN LA CARCEL ÁNGEL ZAMORO, PATXI

arantza.jpgRelato basado en cartas y testimonios escritos y narrados. Dibujo de Patxi Zamoro.

Estudié en la academia del barrio, sin llegar a terminar el Bachillerato. No fui mal estudiante, pero ansiaba ayudar económicamente a mi familia y tuve que crecer antes de tiempo. Para mí, un trabajo era sinónimo de independencia y madurez. ¡Quería ser mayor! Luego con la perspectiva del tiempo me doy cuenta de que algo me empujaba a querer hacerlo todo más deprisa, como si presintiera que me quedaba poco tiempo por delante, como si intuyera esta muerte en vida que me avecindó en la cárcel desde los dieciocho años, apenas un crío... y quizá por eso todo lo tuve que vivir tan rápida e intensamente...
A los diecisiete años me casé con Menchu contra la voluntad de mis padres.
Éramos dos niños jugando a ser mayores, encandilados con el primer amor. No sé si alguien habrá podido explicar el misterio de esa zozobra que parece licuar los huesos y atar la lengua, el vértigo de mirarse a los ojos, del roce de las manos, cuando uno quisiera morirse y que nunca termine ese instante... Y aquel miedo atroz de que no me quisiera, de perderla, de olvidarnos algún día... ¡Todo se siente tan imperiosamente a esa edad! Y me digo que quizás todos hayan vivido algo parecido, pero simplemente no lo creo. Sé que aquello fue sagrado y que jugamos limpiamente, sin condiciones, sin saber ni prever...
Y a los pocos meses de casarnos, supimos que íbamos a ser padres. ¡Fue tan hermoso! Nació mi única hija, Vanesa, y la amé profundamente desde antes de verla, cuando espiaba sus movimientos en el vientre de su madre. ¡Qué anhelo de evitarle tristezas, penurias, lágrimas y qué impotencia cuando tenía hambre, estaba mojada o le dolían los oídos...y qué nudo en la laringe si lloraba! ¡Qué vulnerable me sentía abrazado a ellas!
¡Cuánta ternura se me ha quedado estancada sin su presencia en todos estos años!
Desde que empecé a trabajar, siguiendo la tradición familiar, milité en Comisiones Obreras, y en el todavía ilegal Partido Comunista. En aquel año de 1975 soñaba con un mundo mejor para mi hija y los hijos que estaban esperándome en el porvenir y que nunca nacieron. Mis hermanos estuvieron siempre en primera fila en la lucha sindical y ellos me enseñaron a vivir con dignidad y a no mendigar lo que por derecho nos correspondía, a defender a los compañeros y a confiar en un futuro de libertad.
Ahora confieso que tuve muchas veces miedo, que me sobresaltaban los pasos tardíos en la escalera, recelando la visita de la policía, y a veces, al cruzar mi mirada con el encargado, sentía hielo en las entrañas imaginando que perdía el trabajo.
Pero sabía que los compañeros confiaban en mí y ahuyentaba los malos presagios, apretaba las mandíbulas, me daba un capón mental por mi debilidad, y seguía adelante.
Llegué a formar parte de la Delegación de mi zona y salí elegido enlace sindical en la empresa de electricidad donde trabajaba con apenas dieciocho años. Recuerdo las reuniones interminables en sacristías, casas momentáneamente abiertas a los conjurados, con el oído alerta. Y recuerdo que caminaba en zigzag, desandando el camino, mirando a mi espalda a los transeúntes para ver si alguien apartaba la vista de pronto, si había visto a alguien un trecho mayor de lo habitual, observando, si aparentaba mirar un escaparate cuando volvía sobre mis pasos...
Y el miedo a no estar alerta y, por culpa de un descuido, ser la causa de que cayeran los compañeros, me obligaba a salir una hora antes de casa para cerciorarme de que nadie me seguía: cogía el metro en dirección contraria y de pronto, cuando estaban a punto de cerrar las puertas, saltaba al andén, y más de una vez dejé a mis seguidores aplastados contra los cristales mirándome con rabia.
Un día tuve que faltar a una reunión porque una y otra vez descubría gente sospechosa que parecía adivinar mis intenciones, y mate el tiempo en un cine a un centenar de metros de donde nos reuníamos. Llegué a la cita de seguridad, que nos dábamos un par de horas después por si algo nos impedía acudir, y no encontré a mi contacto: lo habían detenido junto a los demás. Y se disparó el miedo: había que cambiar de domicilio cuando eso ocurría, pero no tuve valor para dejar a Menchu sola con la niña para abrirle la puerta a los policías que llegarían preguntando por mí.
Mis compañeros nunca me delataron, no dieron mi nombre ni mi dirección, a pesar de que no los trataban con guante blanco. Pensar en aquello me ha caldeado el ánimo muchas veces al recordar que no siempre me equivoqué al confiar en los demás.
Y un día la pesadilla se hizo realidad y me despidieran del trabajo: me vi en la calle cuando mi hija apenas tenía un año Los continuos enfrentamientos para reivindicar unos mínimos derechos laborales y sindicales, inexistentes en España entonces, hizo que me incluyeran en las listas negras... A partir de ahí fui de un lado para otro en busca de empleo, e hice casi de todo: vendedor a domicilio, camarero, limpiador de cristales, siempre sin contrato, por poco tiempo...
El día que me despidieron de mi último empleo para los fines de semana en un Pub de Cornellá, sin duda marcó mi vida. Volvía andando para casa, de noche, pensando en cómo le diría a Menchu que de nuevo estaba en paro cuando un coche patrulla se abalanzó sobre mí. Los policías estaban muy nerviosos: me pidieron la documentación y al carecer de ella me llevaron a comisaría, Inútil fue decirles que salía de trabajar e iba a mi casa. Allí me enteré de que un comando había hecho explosionar un artefacto cerca de donde yo me encontraba.
Permanecí toda la noche y toda la mañana siguiente en un calabozo maloliente, con restos de comida, vómitos, sangre, donde nos hacinábamos doce personas. Me llamó la atención un chico de mi edad, que conocía del barrio, aunque no habíamos hablado nunca. Su larga melena enmarañada y su rostro marcado por un culatazo hicieron que me fijara en él. Le habían golpeado al detenerle, cuando intentaba hacer "el puente" a un coche. Era "el Lolo". A mí me soltaron a la mañana siguiente, pero él se quedó allí. Volví al otro día para llevarle unas revistas y algo para asearse, justo antes de que lo llevaran a la cárcel.
Siguieron días y meses en los que caminaba kilómetros con tal de no gastar en transporte, me presentaba a cualquier trabajo, por pocas horas que fueran, por poco que pagaran... Había que elegir entre comprar detergente o comprar aceite, comprar pan o arroz, pagar el recibo de la electricidad o pagar el piso, y cada día renunciábamos a algo más: vendimos todo lo que tenía algún valor y lo único que sabía es que mi hija no debía sufrir las penalidades que nosotros le ahorrábamos a duras penas, y como todo el mundo pensé:
-“¡Si no encuentro trabajo robaré, haré lo que sea…

Una tarde volvía a casa con mi hija a hombros y me encontré a “Lolo”. Acababa de salir de la Modelo y me preguntó cómo me iba:
-“Mal... Las deudas se nos acumulan y no tengo fácil lo de encontrar un trabajo. Parece como si los patronos se avisaran unos a otros...”
-“Quedamos mañana... quizás tenga algo para ti” - me dijo.
Al día siguiente, por primera vez, hablé con él sobre robos y atracos. Lolo tenía armas, pero necesitaba alguien con quien llevar a cabo algunos "trabajos", porque los robos nos reportarían poco beneficio y mucho riesgo, así, que había que ir a por los grandes empresarios.
-“Ellos tienen de sobra, nosotros, ni siquiera tenemos trabajo...”
Planeamos una especie de secuestro, basándonos en las películas que habíamos visto y en la idea de que nuestro aspecto adolescente y dubitativo podría hacer creer que éramos veteranos desalmados. Nuestra falta de experiencia y nuestra ingenuidad hizo que nos reuniéramos casi exclusivamente para profetizar nuestro éxito y la solución de nuestros problemas.
-Lo primero que voy a hacer es comprar la lavadora y pagar un año adelantado de alquiler… y a mi hija unos zapatos, porque los que lleva se le han quedado pequeños y le rozan, ya no quiere andar…¡Nada, le voy a comprar dos pares!
-“Tú estás tonto! ¿No ves que con lo que crecen los críos se le van a quedar pequeños antes de que los gaste? Además, vamos a decirle al pavo que lo del rescate de ahora, vale, pero dentro de unos meses que aligere otra vez la hucha…”
-“No fastidies, eso sería una canallada, es aprovecharnos de que está en nuestras manos… Además, yo para salir del paso lo haré, pero luego voy a poner una tienda o algo para vivir…”
A pesar de haber participado en el plan y estar de acuerdo en todo, íntimamente no me sentía del todo seguro, no era miedo al fracaso, sino a que alguien saliera herido, y sobre todo, remordimientos de conciencia, porque entre los míos lo que nos sostiene es sabernos “pobres, pero honrados”.. Pero me obligaba a sentir un irrefrenable deseo de venganza pensando en mis múltiples despidos y los abusos que sufrimos, y, sobre todo, pensaba en las penurias que estaban pasando mi hija y Menchu, y eso me hizo decidirme a empuñar un arma.
Entre estos augurios de triunfo, pensamos que necesitábamos otra persona para ir seguros, y contamos con “Sebas”, al que conocí en esos momentos.
El “objetivo” fue el Sr. Ortiz, famoso por sus pastelitos. Pensábamos ir a buscarlo y llevarlo de banco en banco, retirando un "donativo" para sus acompañantes, bajo la amenaza de un explosivo junto al corazón, que a la menor sospecha haríamos saltar. Por supuesto no teníamos explosivo alguno, pero pensábamos que era una idea genial aprovechar el miedo que había provocado el “escapulario explosivo” que mató a Bultó y a Viola.
Pero quiso el destino, nuestra mala información y la improvisación que estuviera de viaje aquel día el señor Ortiz, y nos encontramos en casa a su mujer. Actuó como una experta en crisis, entrenada por las fuerzas especiales: se mostró conciliadora, nos entretuvo con minucias, nos hizo hablar y discutir largamente, ahondó en los desacuerdos entre nosotros y alternativamente daba la razón a uno y trataba de demostrar que los otros estaban errados, fingió estar conmovida por lo que consideraba un acto debido a la desesperación, se situó como victima cooperante y nos dejó inermes psicológicamente.
Sería un eufemismo decir que no supimos reaccionar muy inteligentemente: nos comportamos como los pardillos que éramos. Después de intentar robarle el poco dinero en efectivo que tenía en casa, nos disuadió porque lo necesitaba para la compra, y nos juró que nos haría entrega de una cantidad que estipuló por encima de la que pedíamos en cuanto pudiera disponer de dinero, además convencería a su marido para que nos diera trabajo... Así fue como se nos ocurrió la brillante idea de quedar en el bar de una estación de metro, sin escapatoria posible. El día acordado era yo quien debería ir a buscarr el dinero.
En mi vida había visto tanto policía y con tanto "modelito”. Los supuestos electricistas, la chica del estanco, los camareros... todos eran policías y se abalanzaron sobre mí en cuanto puse la mano en el bolso.
Así fue como me estrené para los dieciocho años de cárcel que me esperaban.
Aún debe de estar riéndose la Sra. Ortiz. Espero que su marido le haya obsequiado por su astucia con una vida cómoda y segura.

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Autor: Manuel Iguiniz

Imagina lo mismo... en México, sin un estado clemente y benefactor que te mantenga cuando no tengas trabajo y sin seguridad social. Uf...

Fecha: 04/06/2005 17:53.


Autor: Gatopardo

Manuel: tengo muy poca imaginación, pero tengo una gran curiosidad por saber cómo vas a contar lo que está pasando en México mientras los que saben y pueden contarlo se dedican a hacerse pajas mentales y analizar con fruicción sus inexistentes sentimientos y su inexistente sensibilidad, pura neurastenia.

Fecha: 05/06/2005 11:58.


Autor: Augusto R.

Todos los presos son presos políticos.

Fecha: 06/06/2005 15:52.


Autor: Augusto R.

te nombraré veces y veces.
me acostaré con vos noche y día.
noches y días con vos.
me ensuciaré cogiendo con tu sombra.
te mostraré mi rabioso corazón.
te pisaré loco de furia.
te mataré los pedacitos.
te mataré uno con patxi.
otro lo mato con rodolfo.
con haroldo te mato un pedacito más.
te mataré con mi hijo en la mano.
y con el hijo de mi hijo/muertito.
voy a venir con diana y te mataré.
voy a venir con jote y te mataré.
te voy a matar/derrota.
nunca me faltará un rostro amado para matarte otra vez.
vivo o muerto/un rostro amado.
hasta que mueras/
dolida como estás/ya lo sé.
te voy a matar/yo
te voy a matar.

Nota I ( Juan Gelman )

Fecha: 07/06/2005 09:56.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Aquí he borrado un comentario remitido desde la IP 200.82.61.140 con enlace a una web de asesinos videlistas en Argentina.

Fecha: 05/01/2006 18:05.


gravatar.comAutor: RUFINO

Ne parece muy interesante vuestro blog, como podía ponerme en contacto con vosotros? soy estudiante de periodismo. Gracias

Fecha: 09/10/2011 08:40.


gravatar.comAutor: Gatopardo a RUFINO (con mayúsculas)

Así se ha puesto en contacto con nosotros.
¿Tiene algo contra la ortografía?
¿Algún trauma que le incapacitó para puntuar correctamente?
¿Algún defecto de comprensión que le impide redactar un texto legible?

Siga estudiando periodismo: es una profesión en la que esas taras no se notarán.

Saludos cordiales

Fecha: 09/10/2011 18:27.


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Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
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golfos, rebeldes y bordes,
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Y que no nos den la lata
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