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TRANSBORDO

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Para Samuel, que se marchará a África la semana que viene como cooperante con una organización humanitaria, y me pidió que lo contara.

      Me equivoqué. El tren a Madrid no pasaba hasta las cuatro de la madrugada. Aquel pueblo manchego a la una de la madrugada se veía desierto y el frío y la niebla deshilachaban la semipenumbra de las luces del andén. Con el dinero justo para un par de cafés y comprar el billete de tren decidí buscar algún bar en el pueblo donde refugiarme el mayor tiempo posible hasta la hora de irme.

      A veces, una pálida luminosidad me indicaba adonde dirigir mis pasos, pero una y otra vez sufrí la decepción al descubrir la luz de una ventana, de un concesionario de coches, de una tienda de ropas y hasta la de un marmolista que exponía sus lápidas. Y al cabo de una hora sin cruzarme a nadie a quien preguntar, exhausta y helada, me encaminé otra vez hasta la estación de tren.

      Anteriormente había visto la sala de espera cerrada, y por pura desesperación probé la resistencia del picaporte. A través de la puerta acristalada vi la silueta de alguien en el suelo, recostado en un banco en una postura extraña. Llamé con los nudillos y no se movió. Golpee con fuerza, repetidamente. Escuché un gemido pero no supe de donde provenía y los latidos de mi corazón se desbocaron. Volví a salir de la estación para buscar una cabina de teléfonos, pero la niebla me impedía ver más allá del alcance de unos metros y caminé en aquella oscuridad interrumpida por las luces lechosas de un alumbrado insuficiente, y de vez en cuando escuchaba pasos que se interrumpían o se alejaban cuando yo me detenía a escuchar.

      Cuando me tropecé con el cuartel de la Guardia Civil, cerrado a cal y canto, el cansancio, el miedo y la tensión se habían multiplicado. Llamé una y otra vez, hasta que se entreabrió la puerta y acudió un guardia civil perfectamente uniformado y con cara de sueño.

      Escuchó mis explicaciones entrecortadas con cara de hastío y me interrogó por las razones que me habían dejado varada allí. Me pidió el DNI, volvió a entrar en el cuartel, y me dejó esperando otra vez en la calle, rodeada de oscuridad y sonidos que crepitaban en mi cerebro.

      Cuando se abrió otra vez la puerta fueron dos guardias los que se alternaron para preguntarme una y otra vez lo mismo. Irritados ante mi insistencia me acompañaron a la estación para comprobar que alguien estaba tendido en la sala de espera, quizás malherido o muerto.

      Pocos metros antes coincidimos con el factor de la Estación,  al que habían levantado de la cama para que acudiera.

      A estas alturas yo no estaba precisamente para optar por el primer puesto en un concurso de popularidad con aquella gente.

     No sé por qué, al abrir la puerta, me cedieron el paso y, al encender la luz me encontré cegada momentáneamente. Pero vi toda la sangre como un puñetazo en los ojos. Y un niño diminuto, oscuro, desnudo y ensangrentado, lanzó un vagido interminable que nos paralizó. Su madre apenas lo sujetaba ya entre sus brazos y la inconsciencia había cincelado una belleza sobrenatural en sus finos rasgos de ébano.
 

—¡Llamen a un médico, se está muriendo!gemí.

      Y de pronto desaparecieron de aquellos hombres sus rasgos irritados y dejó paso a la piedad, que guió sus gestos. El factor corrió para avisar y uno de los guardias cortó el cordón umbilical con los dientes, lo anudó, y envolvió a la criatura en su chaquetón.

¡Abraza bien al crío! —me dijo. Y lo vi acunar a aquella mujer intentando transmitirle su calor.

       Cuando llegó la ambulancia los paramédicos nos hicieron salir y se hicieron cargo.

La mujer está muerta, pero el niño parece que está bien, vamos a llevarlo al Hospital. Hay que llamar al juez para levantar el cadáver.

      El guardia que había cortado el cordón umbilical y había tratado de infundir calor en aquel cadáver, extendió los brazos, tomó con destreza al niño, lo abrazó tiernamente, y se encaminó a la ambulancia con él.

      Sí, han pasado casi veinte años, pero no hemos dejado de escribirnos, intercambiando confidencias y fotografías, y aunque no lo había vuelto a ver ¿quién puede olvidarse del rostro de un hombre transfigurado por la piedad y arrasado de lágrimas? Nos reencontramos  en la fiesta de apoyo a los derechos de los gays y lesbianas: vino a mí sonriente y casi tan joven como cuando lo conocí.

      Le pregunté por aquel niño y unos segundos después, al ver a aquel hermoso masai que se acercaba, adiviné. Una mujer con una camiseta con el logo de las lesbianas lo acompañaba.

¡Es Samuel! — y les explicó: —Es la viajera que...

Samuel, pasó sus brazos por los hombros de los dos, protector, y me dijo sonriendo:

¿Verdad que fue una locura que se casaran para poder adoptarme siendo gays?— Y con una carcajada feliz añadió: —¡Podrían haberme traumatizado!

Gatopardo 

20/06/2005 20:19. enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: pau

Muy bueno, gatopardo

Fecha: 20/06/2005 18:31.


gravatar.comAutor: joan

Gracias, por la humanidad, por la generosidad, por el amor y por la esperanza. ya pueden sacar fusiles, construir muros o romper puentes. La realidad y la estima natural puedo con todo ello. Precioso gatopardo, des de la serenidad que me ha inspirado un abrazo muy grande. :)

Fecha: 20/06/2005 21:45.


Autor: marcarlop

Lo importante es saber dar el amor que necesitan todas las personas... y saber recibirlo.
Gracias gata, por enseñarnos el mundo desde otro prisma, rompiendo preconceptos.
Un abrazo

Fecha: 21/06/2005 03:52.


Autor: Trini

Precioso Gato, me ha encantado. Precisamente hoy, ahora, necesitaba leer algo como esto.
No te cuento el por qué porque es demasiado largo para un comentario.

Besos, amiga

Fecha: 21/06/2005 12:32.


Autor: LeeTamargo

...Hay gestos que van más allá de la generosidad. Me imagino la satisfacción del encuentro al cabo de los años...
He de agradecerte, Gatopardo, tu post en mi blog; también me dejas sin palabras... OK, GRACIAS A TI:
LeeTamargo.-

Fecha: 21/06/2005 18:54.


gravatar.comAutor: Tristany

Muy, muy buen relato ;)

Fecha: 22/06/2005 14:32.


Autor: enkidu

Precioso... otra realidad es posible... besos.

Fecha: 23/06/2005 00:38.


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Gatopardo

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que no se escape sin dardo.
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y persiste en el error,
va derecho al paredón.
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le colgamos un campano.
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que alegre su antifonario
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