LAS FATALES CONSECUENCIAS DEL LIRISMO

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      Contaré toda la verdad y nada más que la verdad, lo juro.

      Me casé con un hombre bueno y sensible, que escribía poesía.

      Conocí a Justino en casa de mis primos cuando acababa de terminar sus estudios. Al cabo de unos días me lo encontré en el parque, llorando, y le pregunté qué le pasaba. Me contesto que era la emoción, porque era joven, había terminado Derecho, tenía un futuro prometedor y hacía un día precioso. Yo también me emocioné. “¡Qué sensibilidad!” pensé.

     En una de esas fases agudas de debilidad mental, típicas de la juventud, nos hicimos novios.

     Me escribía cartas reflexivas desde su bufete, que empezaban siempre, siempre, con “Mi arquetípico amor" y me decía: “Si las noches existen y el sueño vence mi mente y mis párpados, es porque Dios no quiere enloquecerme de amor las veinticuatro horas del día, consuetudinariamente y por siempre jamás".

     Y nos casamos con la absurda pretensión de no separarnos nunca y envejecer juntos, “hasta que la muerte nos separe”

      Trabajé con él como secretaria en el bufete. A los dos años empecé a sentirme un poco crispada cuando en el punto y aparte de un contencioso-administrativo me lanzaba un beso con la punta de los dedos, al llegar al último "Considerando" me acariciaba el lóbulo de la oreja, y, al terminar el trabajo, mientras paseábamos de vuelta a casa, cogidos del brazo, me hablaba de lo importante que era el ritual de nuestro amor, refiriéndose a una sarta de cursilerías inamovibles e invariables que jalonaban el día: por la mañana, al despertarme, un beso en la mejilla y "¡Qué-guapa-estás!"; antes de comer, mientras me debatía con el sofrito, un abrazo estrujante y un beso en la nuca, y con al café, en la sala de estar, me acunaba en sus rodillas, diciéndome bobadas, imitando a un bebé de dos años con frenillo. ¡Algo horrible! A la noche, antes de cerrar: “¿Sabes que eres mi musa?".

      Al principio, bien, pero a los dos años ya no lo aguantaba, creía que rompería a llorar, incapaz de soportar su amabilidad e incapaz de comentárselo, porque con lo bueno que era, con la sensibilidad que tenía, le haría sufrir con mis manías.

     Y mira por donde, resultó que estaba embarazada y pensé, claro, que mis nervios eran la consecuencia de mi estado. Dejé de ir al bufete porque el embarazo fue difícil, y me aburría sola en casa, creí echarlo de menos; pero cuando llegaba me sacaba de quicio su melosidad. Así es que, naturalmente, decidí que eran rarezas de preñada.

     Cuando nació el chiquillo y se arrodilló al lado de mi cama, llorando por ser el progenitor de aquella criatura, bendiciéndome por ser la madre de su hijo, pensé que era el ser más sensible de la tierra y yo un monstruo por no adorarlo.

      Pero al cabo de un tiempo me asaltó una escrupulosa manía sistematizadora y analicé con fruición sus arrebatos líricos. Justino nunca se emocionaba porque hubiera muerto su amigo Menganito, sino que lloraba inconsolable ante la idea de la muerte de su amigo; no se sentía descorazonado porque a su cliente lo metieran en la cárcel diez años, sino que se iba abajo ante la idea de no ser capaz de salvarlo de esta suerte atroz; se despertaba angustiado, con insomnio, con la idea de que algún día le faltase yo. Pero no se alteraba ni se desencajaba con la visión o el relato del sufrimiento real, aunque fuese el de sus más allegados, tanto como con la idea del sufrimiento humano, que lo podía poner en trance sufriente hasta altas horas de la madrugada.

      Siempre y cuando no tuviera que madrugar al día siguiente, porque también observé que era preferentemente viernes o sábado cuando mi adorado esposo me hacía participe de sus innegables facultades de solidaridad y me mostraba en carne viva su sensibilidad, con gran aparato de insomnio. Nunca le asaltó el prurito humanista a deshora, sin suficiente margen y sin auditorio.

      El pudor no le impidió sincerarse con el bedel del Tribunal, el Juez de Primera Instancia, la señora de la limpieza del Banco, el Director de la Oficina de Registros y Patentes, el vendedor de periódicos ni con el mecánico del coche.

      Todos comentaban su bonhomía, su sinceridad, su continente humano y comprensivo y su gran sensibilidad.

     Cuando saludaba a alguien, da igual quien fuera, se paraba en seco, le estrechaba la mano y con la izquierda le cogía el antebrazo, como quien quiere esbozar un abrazo y virilmente se contiene, hacía una alusión a su bondad si el saludado era proverbialmente tonto, o admiraba su tesón en el trabajo si era un malvado, y si no había por donde salvarlo, le decía mirándolo a los ojos con rendido ademán: "Tenemos que hablar los dos".

      Una vez, que no pude más, le pregunté que por qué era tan hipócrita. Sonrió ladinamente y me dijo "Sed mansos como palomas y astutos como serpientes". Luego me contó: "Pasaba Jesús con sus discípulos por un camino apartado. Iba hablando del reino de los cielos, de la misericordia divina cuando vieron el cadáver descompuesto de un perro, Juan lo sorteó sin mirarlo, con un rictus de repugnancia. Pedro dijo:-"Habrá muerto de sed, ¡pobre perro!". Lucas, horrorizado: "Hemos de vivir sabiendo que nos aguarda esto*" y así, uno tras otro, subrayaron la iniquidad del espectáculo. Sólo Cristo miró detenidamente al perro y exclamó maravillado; “¡Mirad los blancos dientes del perro!". Así es que cuando yo decía que alguien era un imbécil o un pelmazo, me recordaba: "¡Hay que mirar los blancos dientes del perro!". Así logró que todo el mundo opinase que era un hombre admirable, porque no era tan mezquino y soberbio como otros que eludían con indiferencia la inmensa morralla que cabe en cualquier grupo humano. Justino se regodeaba con ella.

    Yo creo que hubiera sido menos intolerante, menos misántropa si no hubiera tenido que soportar la tolerancia de Justino, que me empalagaba.

    Y por si fuera poco, escribía poesías. Llenas de sentimiento, de un lirismo arrebatado.
Ningún ruego, ninguna apelación a sus más caras creencias, evitaron que padeciera el trallazo del ridículo ajeno y propio, oyéndole aquello de "lirio de carne y llama, esposa mía". Dejé de acompañarlo a las reuniones donde se atisbara la posibilidad de que mi esposo recitase, pero no sé si fue peor, porque lejos de mí mirada de censura se permitía arrebatos de rapsoda que luego venían narrados en el rincón poético del periódico; "Su sensibilidad lo traicionó y tuvo que interrumpir el poema a su esposa, y este cronista ha de reconocer que también vio alguna que otra mirada empañada entre el público."

     Tuve una temporada de "ausente por motivos familiares", que se continuó con otra de estar “delicada de salud" y otra de "luto". Se me hacia cuesta arriba salir a la calle, hablar con mis paisanos y encontrarme con lo de "El otro día oí a tu marido; qué bonito el poema de Aniversario... ¡hay que ver cómo te quiere!”... Me ponía roja de vergüenza, de indignación y de ridículo.

    Pero yo era su auditorio privilegiado. Cuánta perorata en aquel tono delicuescente, cual émulo de San Francisco, describiendo las excelencias del hombre del tractor, del albañil "que nos hace un abrigo grande para el invierno y una sombrilla para el verano", y las bellezas de las cuadrillas de gente recogiendo ajos... Yo lo único que veía era al albañil harto de Justino, que lo entretenía de palique con riesgo de que lo viera el maestro de obras y le descontara el tiempo del salario, y que el bestia del tractor imponía a la cuadrilla un ritmo agotador. Pero entonces argüía que esa poesía, esa visión lírica transformaba el mundo y lo embellecía para quienes quisiéramos descubrirlo así. Y me daba un pellizquito en la cara.

      Y un día, después de casi treinta años casados, vino a casa con un pimentero-molinillo de unos setenta centímetros de alto, muy parecido a la pata de una silla chippendale, con una maniobrabilidad que sólo se comprende si hubiera de servir en un refectorio de trapenses para penitencia de su gula
 

      —"No me gusta" le dije.

      Y me espetó con semblante iluminado, beatífico:
 

      —"¿No ves la laboriosa obra del ebanista que ha trabajado la madera, y las vetas del árbol que algún día dio sombra y cobijo a los caminantes, y que quizás fue aquél, testigo de nuestro primer "te quiero"?.."

      Y le machaqué el cráneo con el pimentero, señor Juez.

Gatopardo

31/08/2005 10:00. enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: Dinosaurio

También me ha gustado este relato tuyo(espero que no te moleste ni te frustre).
Lo único que se me ocurre es que después de 30 años (y mucho antes) casi todo el mundo se echa un amante en lugar de matar a un "ruiseñor".
Saludos,
Dinosaurio.

Fecha: 31/08/2005 13:24.


Autor: tt

Me cuesta horrores entrar en tu página la mayoría de los días, casi tanto como en la mía propia. Estos servidores ya no son lo que eran.
En cuanto al texto ¿que decir? Perfecta la redacción, entretenido el nudo y genial ese final tan inesperado, a más de un petulante rimbombante le estampaba yo el pimentero en la cabeza… Gracias por otro agradable rato, Gata.
Oye dinosaurio, ¿frustraste a Gatopardo? ¿cómo osastes y cuándo sucedió tal acontecimiento? A ver si es que no leíste bien…

Fecha: 31/08/2005 17:37.


Autor: Gata

Ya sabes, Tt, desde que no viene el pendón volteriano y alimaña a decirme impertinencias, busco quien los sustituya; pero el amable Dinosaurio no está por la labor. ¿No conocerás a algún cafre que esté suelto y sin vacunar, y me lo mandas?
Un abrazo, mi joven amiga.
PD El servicio fatal: se insolenta, ya no es lo que era.

Fecha: 31/08/2005 18:00.


gravatar.comAutor: Carlos Pumares y MAA Avilés

- Obra maestra -

Fecha: 31/08/2005 20:37.


Autor: Gatopardo

Papá, te agradezco que quieras ayudarme, pero se va a cabrear Carlos Pumares y ya sabes que tiene poca correa. Y Miguel Ángel bastante tiene con lidiar con las susceptibilidades de los eruditos a la violeta. De todas maneras, gracias, porque sé que a tí te sacan de los poemas de Rafael de León y te duermes. Ya te pondré mañana el de "me lo dijeron ayer las lenguas de doble filo..."

Fecha: 31/08/2005 20:46.


Autor: tt

Eso te pasa por irte cargando a los enemigos de lengua viperina a pimenterazo limpio. ¿Ves? Ahora no tienes con quien jugar y te aburres.

Fecha: 31/08/2005 22:01.


Autor: Anónimo

Pensamientos que se me han ocurrido a medida que leía:

- A veces deseamos lo que no tenemos... pensar en que alguien, después de 2 años juntos, me dijera cariñitos al hacer el sofrito, me produce sensación de ilusión.

- Tal vez la solución para las parejas sería vivir... en pisos separados.

- No hay mayor soberbia que la que tienen los que se creen ser los más humildes. alguien dijo de unas monjas que son "castas como ángeles y soberbias como demonios". Me quedo con unas prostituta que sepa el precio de la vida.

- No hay poesía en un pimentero. El juez debe saberlo y valorarlo.

Fecha: 31/08/2005 22:33.


Autor: Victor Flyte

Como siempre, Anónimo soy yo.

Fecha: 31/08/2005 22:34.


Autor: Augusto R.

Ese hombre era un dechado de virtudes...solamente la imaginación monstruosa de Gatopardo puede recrearse en un crímen tan horrendo. Dígame la verdad, doña Gata, ese texto es autobiográfico...a que sí?

Fecha: 31/08/2005 22:54.


Autor: Gata

Don Augusto, no es autobiográfico: no fue con un pimentero.

Fecha: 01/09/2005 08:27.


Autor: Anónimo

Jajajaj, ay Gata que relato tan divertido, yo no creo que hubiese aguantado 30 años con este dechado de virtudes liricas. Es que no hay un término medio por favor...

Cuántos años le echó el juez? o le concedió la libertad porque ya había penado bastante?

Un abrazo amiga

Fecha: 01/09/2005 14:58.


Autor: Trini

La anterior anónimo soy yo, Gata en que estaré pensando quizá en un pimentero???
Besos

Fecha: 01/09/2005 15:02.


Autor: El Pendón Volteriano a tt

No creas, los viperinos, aunque encerrados, gozamos de lengua suelta. Te adoro tt: eres la versión pacifista de la exministra Ana Palacio. Todas sus virtudes y ninguno de sus defectos.

Fecha: 02/09/2005 01:05.


Autor: puagh

Querido Gatopardo, cualquiera le suelta a usted una declaración de amor...

Fecha: 02/09/2005 09:51.


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si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
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golfos, rebeldes y bordes,
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Y que no nos den la lata
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