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¿HUIR DEL HURACÁN?

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      ¿Huir del huracán?

      Yo crecí en una casa de adobe y piedra, fresca en verano y cálida en invierno. Había un fuego bajo y nos solíamos sentar alrededor a descansar: mirábamos las llamas que nunca son rojas ni amarillas ni azules, sino de todos los matices, de todos los colores, y al rato, la respiración se acompasaba... hablábamos y nos escuchábamos, pero no para huir del silencio o del vacío, porque se oía la leña crepitar y el aire que entraba por el tiro de la chimenea. Al arder la madera, se aromaba la cocina con la resina quemada. Envueltas en brasas, se asaban castañas, patatas, y en el puchero, sobre unas trébedes, cocía lentamente el potaje. En verano refrescábamos la casa abriendo puertas y ventanas para hacer corriente de aire al caer la noche, y por la mañana temprano cerrábamos bien. Mis padres habían llegado a América con sus padres desde Europa, pero éramos tan americanos como los descendientes del Myflower aunque fuéramos pobres.

      Cuando me casé con un orgulloso Teniente del Ejército, creí mejorar porque nos fuimos a vivir a una casa nueva, limpia, sin fuego bajo que ahumara las paredes, que eran delgadas. Para el frío había calefacción y para el calor, aire acondicionado.

Vivíamos cerca de la base, y todos los niños jugaban a ser héroes y soldados como sus padres. Johnny y Patrick eran gemelos, nunca se separaban, risueños y fuertes como el acero y besucones y mimosos como bebés, me embromaban diciendo que su padre era mi novio y que yo me sonrojaba cuando escuchaba la llave en la cerradura.

       Mis hijos fueron a la Universidad... y fueron unos maravillosos estudiantes que traían notables y sobresalientes, pero siempre tenían tiempo para salir de excursión o tocar con su grupo de folk, que sonaba como una carraca...

      Hasta que unos malnacidos decidieron enviarlos a matar y a morir en Vietnam.

     Johnny no volvió y Patrick llegó sin brazos, y tan diferente que llegué a dudar que fuera él durante las tres semanas que estuvo entre la vida y la muerte en el Hospital Militar. Le dieron el alta y lo trajimos a casa para "recuperarse". El brazo derecho era un muñón rojizo a la altura del codo y el brazo izquierdo había desaparecido junto con una parte del hombro. Al llegar a casa se sentó en su cama, y miró alrededor como ido. Luego vino a la cocina y nos miró a su padre y a mí como si no supiera quienes éramos, con las pupilas desenfocadas por culpa de las malditas anfetaminas, que les daban a los soldados para quitarles el miedo, y la sed, el hambre y cualquier rasgo humano.

      Nos dijo en voz baja:

     —¿Sabéis que he encontrado la solución para no orinarme encima? Y sonrió dulcemente, se acercó y puso su cabeza en mi hombro para que lo abrazara. Su padre nos abrazó a los dos y rompimos a llorar. Patrick, entonces, en ese preciso momento, volvió a ser el muchacho que se había ido: su rostro se relajó y nos dijo la frase de un cuento infantil, que se había convertido en una broma entre nosotros:

     —“¡Eh! ¿No son estos los valientes que asustan al miedo, al pánico y al terror?”
 
    Nos sonrió con ternura y dijo —“Me voy a dar una vuelta” Ya no dudé, sólo podía ser él.

      Y nunca volvió. Se suicidó tirándose desde el puente viejo al paso del tren.

     Enfermó mi marido y vendí la casa para pagar el tratamiento y la hospitalización. Murió en el hospital y no se tuvo que enterar que no teníamos casa a la que regresar, porque en nuestro país, una enfermedad se lleva por delante los ahorros de toda una vida. Los que habían combatido en Vietnam hacía años que eran parias para la Administración que había declarado la guerra y se les escatimó todo, menos la humillación. Como ahora ocurre con los que mueren o vuelven mutilados de Irak, de Afganistán, evitan hasta las fotos de los cientos de ataúdes que llegan clandestinos, para ser enterrados sin ceremonias. Y a las familias se les exige que lloren a escondidas, como si hubieran muerto en una reyerta de borrachos.

      Ahora vivo en una caravana vieja varada en medio de la nada, y hace años que no tengo coche adonde engancharla.

      Cuando tengo frío o se me atraviesa la congoja en la garganta, me abrigo con la bandera de los Estados Unidos, la que estuvo sobre el ataúd de Johnny,  que me entregaron después de su funeral.

      A mi marido, a mis hijos, y a todos los patriotas que creyeron que luchaban por América esos malnacidos les estafaron su buena fe, su sentido del deber, del honor y de la decencia. ¡Maldita sea su estirpe! ...Y a mí no me han dejado ni el miedo para huir del Katrina.

Gatopardo, 2005

Foto de Cartier-Bresson

03/09/2005 08:27. enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: marcarlop

Sin comentarios.
Gracias por los enlaces. Parece que el debate al menos aquí está en danza

Un abrazo

Fecha: 04/09/2005 02:22.


Autor: El Pendón Volteriano

Eso le pasa a la gente que se casa con Tenientes del Ejército y tiene camadas de héroes.

Fecha: 04/09/2005 23:06.


Autor: Augusto R.

Gatopardo, no desespere, yo le puedo gestionar una cama en la pensión "Siracusa" a un precio de risa. Ánimo, mujer, y por cierto: ese foulard con la ikurriña yankee le da un aire cosmopolita que otra que Katherine Hepburn....

Fecha: 06/09/2005 22:49.


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Gatopardo

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si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
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golfos, rebeldes y bordes,
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Y que no nos den la lata
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