PUREZA DE ESTILO

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Se acostumbró a dictar sus novelas desde que se dislocó la mano, y descubrió que su prosa perdía gerundios, subordinadas adverbiales y adversativas, y se ofrecía al lector delicadamente desnuda de artificios. Evitó así esas palabras que le obsesionaban y repetía inconscientemente, atravesando correcciones, hasta desembocar en el libro editado, y que una vez allí herían la vista. Hubo la novela de los “fútil”, de los “inicuo”, de los “subliminal” y hasta la de los “nocherniego”
A las nueve, llegaba quien él denominaba su amanuense, totalmente carente de encanto y de personalidad, y se sentaba ante la mesa donde se apilaban docenas de libros, y casi desaparecía tras ellos. Tenía la rara habilidad de no levantar la vista cuando él se quedaba mudo y pensativo, y seguía con el lápiz pegado al cuaderno y la vista baja.
El escritor le pagaba por folios escritos y no por horas, pero su inspiración podía cronometrarse, abarcaba desde las nueve hasta las doce y media, seis folios diarios, sumido en un trance creativo en el que relataba con pelos y señales, puntos y comas, pura magia, y siempre en días hábiles, porque durante el fin de semana dejaba reposar las ideas, se releía, paseaba, y pensaba mucho.
El escritor había hecho el bachillerato en el Seminario y creía contar con un bagaje cultural clásico que le izaba por encima de la media y, a veces, las palabras le interpelaban hasta su origen, remontándose a Homero o a Suetonio, y se perdía en disquisiciones mentales de filólogo; aunque jamás consultaba los múltiples diccionarios, salvo el de Sinónimos, que tenía casi desencuadernado.
Alguna vez se dejaba llevar por la benevolencia y le decía: “Esto no lo escriba” y le explicaba que la pérdida de las declinaciones del Latín y la sustitución por preposiciones restaba claridad al Castellano, al que seguía denominando así por prurito clasicista, de la misma manera que acudía a los epigramas de Catulo cuando quería expresar una idea del común. Ella, entonces, levantaba sus ojos un poco bovinos y lo miraba, hasta que él decía: “Continuamos con lo nuestro”.
A las doce y media, el escritor la despedía sin acompañarla a la puerta, con un seco: “Por hoy, basta”. A la mañana siguiente le traía los seis folios mecanografiados primorosamente en su ordenador, y él sabía que no encontraría ni una coma desajustada. Su editor no se daría cuenta de su estatura intelectual, pero él escribía para la Historia de la Literatura y se jactaba de su precisión sintáctica.
Durante cerca de tres años la rutina se mantuvo, pero aquel lunes, 21 de octubre, apareció una mancha de humedad en el techo, que pasó inadvertida hasta que empezó a gotear sobre la mesa a las doce de la mañana. Hubo que apartar el escritorio, llamar al portero, avisar al vecino de arriba, un estudiante que se había vuelto a dormir después de abrir los grifos del baño, acompañarlo aún en pijama y con resaca para que comprobara los daños, gritarle como un poseso por las reiteradas juergas hasta altas horas, como la noche anterior, y todo el plan de trabajo se vino abajo.
-¡Por hoy ya basta! -le gritó arrebatado por la ira.
Y ella, tan metódica, tan tranquila habitualmente, cogió el bolso y se marchó, olvidando su cuaderno y sus gafas. El escritor descubrió el cuaderno entre los libros que habían apilado en tres sillas para salvarlos de la gotera, y decidió retomar el hilo de su relato. Fue pasando las hojas, remontando los días, perfectamente fechados.
Y leyó: “Martes, 15 de octubre: “La protagonista no se da cuenta de que lo quiere”. Miércoles, 16 de octubre: “Se intenta suicidar con Soñodor”. Jueves, 17 de octubre: “Estancia en el hospital con médico arquetípico y él la visita”, Viernes, 18 de octubre: “Viaje a Finlandia y doctorado Honoris Causa del profesor” Lunes, 21 de octubre: “Disquisiciones sobre la inmanencia y la trascendencia entre profesores, al estilo Aldous Huxley”.
¡A esas frases había reducido cada día sus tres horas y media de dictados!
Cuando la amanuense llamó a la puerta llena de zozobra, él la miró de hito en hito.
-Me he dejado las notas olvidadas…
Respiró hondo y tomó una determinación heroica.
-No sé donde las habrá dejado… con este desorden… ¡Busque usted misma!
Cuando ella recogió su cuaderno, él la acompañó hasta la puerta y le preguntó.
-¿Nadie le ha dicho que tiene usted unos ojos muy bonitos?…

Gatopardo 

08/09/2005 17:06. enlace permanente. RELATOS

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gatopardo

gravatar.comAutor: felipe

me encantó el relato...muchisimo...atrapa por completo y recoge toda la atmósfera.

Fecha: 09/09/2005 18:33.


Autor: marcarlop

Ultimamente estás muy literaria... y me gusta leerte a tí y a tt: mis cuentos antes de irme dormir.

Fecha: 10/09/2005 04:36.


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Gatopardo

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