GERALD DURRELL CUENTA SUS AMORES CON JUANITA

20051122104436-geralddurrell.jpg

Afuera —dijo Luna limpiándose la cara todavía—, hay un indio con un bicho Lo encontré con él en el pueblo.
-
¿Qué clase de bicho? —pregunte mientras salíamos del garaje al jardín.
—Creo que es un cerdo—dijo Luna—, pero está en un cajón y no lo veo muy bien.
— El indio estaba en cuclillas en el césped, y delante de él había una caja de la que salían una serie de chillidos en falsete y de gruñidos apagados. Sólo un individuo de la familia porcina sería capaz de producir esos extraordinarios sonidos. El indio sonrió, se quitó el gran sombrero de paja, inclinó la cabeza, y luego, quitando la tapa de la caja sacó a la criatura más adorable del mundo. Era un pécari con collar, muy joven; el pécari es la especie común de cerdo salvaje que habita en las regiones tropicales de Sudamérica.
— Ésta es Juanita —dijo el indio, sonriendo mientras colocaba al diminuto animal sobre el césped, donde lanzó un agudo grito de alegría y empezó a olfatear muy optimista.
Tengo que decir que siempre he tenido debilidad por la familia porcina y a los cerditos pequeños los encuentro irresistibles, así que a los cinco minutos Juanita era mía a un precio doble de lo que valía, hablando en términos económicos, pero sólo a una centésima parte de su valor en cuanto a encanto y personalidad. Medía unas dieciocho pulgadas de longitud y unas doce de altura, estaba cubierta con una piel grisácea de pelo largo y bastante áspero, y tenía una bonita franja blanca que partiendo del ángulo de la mandíbula le rodeaba el cuello, de forma que daba la impresión de que llevaba un cuello de Eton. Tenía el cuerpo delgado, el hocico delicadamente afilado terminado en una deliciosa nariz respingona (algo así como un desatascador), y patas esbeltas y frágiles terminadas en unas pezuñas, cuidadosamente abrillantadas, del tamaño de una moneda de seis peniques. Andaba de un modo muy delicado y femenino, moviendo las piernas con mucha rapidez, mientras sus pezuñas producían un golpeteo como el de la lluvia.
Era enormemente mansa y tenía la cautivadora costumbre de saludarte —después de una ausencia de sólo cinco minutos— como si hubieras estado fuera durante años y como si, para ella, esos años hubieran sido grises y aburridos. Profería chillidos ahogados de satisfacción y se abalanzaba sobre ti a probarse la nariz y el trasero contra tus piernas en una orgía de alegría por tu regreso, gruñendo y suspirando seductoramente. Su idea del paraíso era que la cogieran en brazos de espaldas, como se coge a un bebé, y que se le rascara la tripita. Se quedaba así, con los ojos cerrados, haciendo rechinar los dientes de leche, como castañuelas en miniatura, en éxtasis. Yo tenía todavía a los animales más mansos y menos destructivos sueltos por el garaje, y como Juanita se portaba como una señorita, le dejé correr por allí también, encerrándola en una jaula sólo para dormir. A la hora de comer era un espectáculo curioso ver a Juanita con la nariz enterrada en un gran plato de comida, rodeada por una variedad de animales —chuñas, loros, conejos, enanos, charatas— todos intentando comer del mismo plato. Se portaba siempre de maravilla, dejando a los otros mucho sitio para comer y no mostrando nunca animosidad, ni siquiera cuando un taimado chuña picoteaba bocaditos bajo su nariz rosa. La única vez que le vi perder la paciencia fue cuando uno de los loros más simplones, que se había excitado mucho a la vista del plato de comida, bajó volando, graznando alegremente, y aterrizó en el hocico de Juanita. Ella se sacudió de encima con un gruñido de indignación al loro, que revoloteaba y graznaba, y le persiguió hasta un rincón donde se quedó vigilándole un momento, tascando los dientes a modo de advertencia antes de volver a su interrumpida comida.
(...)
Los animales, como ya he dicho, estaban en aquel momento en un enorme cobertizo propiedad del Museo, que no tenía calefacción. Aunque esto no parece preocupar excesivamente al resto de los animales (aunque era el principio del invierno argentino y estaba empezando a hacer cada vez más frío), Juanita decidió ser diferente. Sin siquiera una tos preliminar para prevenirnos, Juanita sucumbió. Por la mañana estaba llena de vitalidad y se zampó la comida con avidez y por la tarde, cuando fuimos a tapar a los animales para la noche, tenía un aspecto decididamente raro. Por de pronto, estaba inclinada contra el lado de su caja, como si necesitara apoyarse, tenía los ojos medio cerrados, y la respiración rápida, y hacía un ruido raro con la garganta. Abrí la puerta de la jaula apresuradamente y la llamé. Hizo un esfuerzo tremendo, se puso de pie temblorosa, vino tambaleándose hacia la salida de la jaula y se derrumbó en mis brazos. Lo hizo de acuerdo con la mejor tradición cinematográfica, pero fue bastante aterrador. Mientras la sostenía, oía su respiración silbando y burbujeando en su diminuto pecho, y su cuerpo estaba fláccido y frío en mis brazos.
Para ayudarnos a economizar fondos, dos amigos de Buenos Aires nos habían invitado a Sophie y a mí a alojarnos en sus respectivos pisos para poder ahorrarnos el hotel. Sophie estaba instalada en casa de Blondie Maitland-Harriot y yo ocupaba una cama de campaña en el piso de un tal David Jones. En el momento en que des-cubrí el estado de Juanita, David estaba conmigo. Mientras la envolvía en mi abrigo, pensé con rapidez: El animal necesitaba calor, y mucho. Pero yo sabía que no podíamos dárselo en aquel cobertizo de lata, aunque encendiéramos una hoguera como el Gran Fuego de Londres. Blondie ya tenía uno de mis loros, que estaba enfermo, mordiendo meditabundo el papel de la pared del cuarto de baño de su casa y pensé que era abusar de su amistad preguntarle si podía meter también un pécari en su bien decorado piso. David acababa de volver a paso ligero del Land-Rover, donde había ido a buscar una manta para envolver al cerdo. En una mano llevaba una media botella de coñac.
— ¿Sirve esto de algo? —preguntó mientras yo envolvía a Juanita en la manta.
—Sí, estupendo. Mira, calienta un poco de leche en el calentador de alcohol y mezcla una cucharadita de coñac con ella, ¿quieres?
Mientras David hacía esto, Juanita, casi invisible en su capullo hecho a base de manta y abrigo, tosió alarmantemente. Por fin estuvo a punto la leche con coñac, y conseguí meterle en el cuerpo dos cucharadas, aunque fue difícil porque estaba casi inconsciente.
— ¿Podemos hacer algo más? —preguntó David, lleno de esperanza, porque, como yo, había tomado mucho cariño a la cerdita.
— Sí, tenemos que ponerle una inyección colosal de penicilina y necesita todo el calor y toda la ventilación posible.
Le miré esperanzado.
Vamos a llevarla al departamento —dijo David, como yo esperaba. No perdimos más tiempo. El Land-Rover voló por las calles brillantes de lluvia, a una velocidad peligrosa y fue un milagro que llegásemos intactos. Mientras yo corría escaleras arriba con Juanita en brazos, David fue corriendo al piso de Blondie, porque allí es donde Sophie tenía nuestro botiquín con la penicilina y las jeringuillas hipodérmicas.
Tumbé a Juanita, ya totalmente inconsciente, en el sofá de David, y, aunque el piso tenía calefacción central, encendí también la estufa eléctrica, y luego abrí todas las ventanas que no creasen corrientes.
David volvió en un tiempo increíblemente corto y, rápidamente, hervimos la jeringuilla y puse a Juanita la dosis de penicilina más grande que consideré que podría aguantar. Casi fue a curar o a matar, porque nunca había usado penicilina con un pécari, y no sabía si no serían alérgicos a ella. Luego, durante una hora, nos sentamos a vigilarla. Al cabo de ese tiempo, me convencí de que su respiración era algo más tranquila, pero estaba todavía inconsciente y yo sabía que estaba aún lejos de recuperarse.
— Dime —dijo David cuando yo había escuchado el pecho de Juanita por enésima vez—, ¿sirve de algo que estemos aquí sentados mirándola?
— No —dije de mala gana—, no creo que haya ningún cambio hasta dentro de tres o cuatro horas, si lo hay. De momento está bien, pero debe ser efecto del coñac.
— Bueno —dijo David con mucho sentido práctico—, vamos a comer algo a Olly. No sé si tendrás hambre, pero yo sí. No vamos a tardar más de tres cuartos de hora.
— Bueno —dije desganado—, supongo que tienes razón.
De modo que, después de asegurarnos de que Juanita estaba cómoda y de que la estufa eléctrica no podía prender fuego a sus mantas, nos fuimos al Bar Musical de Olly, en la calle 25 de mayo, que es la que corre paralela a lo que era antes la zona portuaria de Buenos Aires. Es una calle bordeada de pequeños clubes, algunos con nombres deliciosos, como «Mi Deseo», «Sala de Bellezas La Luna Azul» y, quizá algo más misteriosamente, «La Tremenda Exhibición de Joe».
No era el tipo de calle en la que podría verse a un hombre respetable, pero hacía mucho que había deja-do de preocuparme por la respetabilidad. Con varios de mis amigos, había visitado ya la mayoría de aquellos bares diminutos, oscuros y llenos de humo, había tomado copas de tamaño microscópico a un precio colosal, y había observado a las chicas de la barra ejerciendo su antiquísimo oficio. Pero de todos los bares, el que preferíamos era el Bar Musical de Olly, y siempre hacíamos una escala obligada en él. Nos gustaba por muchas razones. Primero, por el propio Olly, semejante a un nogal arrugado, y su encantadora mujer. Segundo, porque Olly, no sólo te daba una buena cantidad en el vaso, sino que frecuentemente te invitaba él mismo a una copa. Tercero, porque el bar estaba bien iluminado, de forma que podías ver a tus acompañantes; en otros bares tenías que ser un búho o un murciélago para ver con claridad. Cuarto, porque a sus chicas no les estaba permitido fastidiarte sugiriéndote constantemente que las invitaras a una copa, y quinto, porque había dos hermanos, un hombre y una mujer, que cantaban y tocaban la guitarra deliciosamente. Y finalmente, y quizá esto fuera lo más importante, he visto a las chicas del bar de Olly, una vez acabado su trabajo nocturno, besar a Olly y a su mujer con tanto cariño como si fuesen sus padres.
Así que David y yo bajamos las escaleras del bar y fuimos recibidos con alegría por Olly y su mujer. Una vez que explicamos la causa de nuestra depresión, todo el bar se llenó de compasión. Olly nos invitó a un gran vaso de vodka y las chicas de la barra se reunieron a nuestro alrededor diciéndonos que estaban seguras de que Juanita se curaría, y, en general, tratando de animarnos. Pero mientras nos tomábamos los bocadillos y las salchichas calientes y bebíamos vodka allí de pie, ni siquiera los alegres carnavalitos* que los hermanos tocaron y cantaron especialmente para nosotros, consiguieron aliviar mi depresión. Estaba seguro de que Juanita se iba a morir y me había encariñado de una forma absurda con ese animalito. Finalmente, cuando hubimos comido y bebido, nos despedimos y subimos las escaleras que llevaban a la calle.
— Vengan mañana a decirnos como está el animal —gritó Olly.
— Sí, sí —dijeron las chicas como un coro griego—, vengan mañana a decirnos como está la pobrecita .
Cuando llegamos al piso, yo estaba convencido de que encontraríamos a Juanita muerta. Al entrar en el cuarto de estar, miré el montón de mantas que había sobre el sofá y tuve que forzarme a mí mismo para acercarme a mirar. Levanté un pico de la manta suavemente y un ojo oscuro centelleante me miró cariñosamente, mientras que un hocico rosa en forma de desatascador se arrugaba y un gruñido débil, muy débil, de placer, salía de la enferma.
— ¡Dios mío! está mejor dijo David incrédulo.
— Un poco —dije cautelosamente—. Todavía no está fuera de peligro, pero yo creo que hay esperanza.
Como para darme la razón, Juanita volvió a gruñir.
Para asegurarme de que no se destaparía por la noche y se pondría peor, la acosté conmigo en el sofá. Se tumbó muy tranquila cruzada sobre mi pecho y durmió profundamente. Aunque su respiración todavía era sibilante, había perdido el sonido raspante que acompañaba al principio a cada inspiración. A la mañana siguiente me despertó una nariz fría y como de goma que se me metía en el ojo y oí los sibilantes gruñidos de saludo de Juanita. La destapé y vi que era un bicho diferente. Tenía los ojos brillantes, la temperatura normal y, aunque todavía le silbaba la respiración, la tenía mucho más regular, y, esto fue lo mejor de todo, incluso se mantuvo de pie un instante, tambaleándose. A partir de entonces, no dio marcha atrás. Mejoró a pasos agigantados, pero cuando mejor se encontraba, peor paciente resultaba. Tan pronto como pudo andar sin caerse cada dos pasos, se empeñó en pasar el día trotando por la habitación y estaba de lo más indignada porque la obligaba a llevar una manta pequeña atada con un imperdible bajo la barbilla, como una capa. Comía como un caballo, y la colmábamos de golosinas. Pero era por las noches cuando la encontraba particularmente difícil. Consideraba que lo de dormir conmigo era una idea estupenda y, aunque eso era muy halagador, yo opinaba de forma distinta. Parecíamos tener ideas diferentes sobre las razones por las que uno se va a la cama. Yo iba a dormir, pero Juanita pensaba que era el mejor momento del día para un retozo glorioso. Los colmillos y las pezuñas de un cachorro de pécari son extremadamente afilados y su hocico es duro, elástico y húmedo, tener esas tres armas aplicadas a la anatomía de uno mientras intenta dormirse pacíficamente, es, como poco, molesto. A veces bailaba una especie de tango porcino, con sus afiladas pezuñas sobre mi pecho y mi estómago, y otras se perseguía la cola en redondo hasta que yo empezaba a sentirme como la infortunada víctima de El pozo y el péndulo1. De vez en cuando interrumpía su danza para venir a meterme la nariz húmeda en el ojo y ver si estaba disfrutando. En ocasiones parecía obsesionada con la idea de que yo tenía oculta sobre mi persona, en algún sitio, una rara golosina. Podrían haber sido trufas, no sé, pero fuera lo que fuera, ella buscaba concienzudamente con la nariz, los colmillos y las pezuñas, gruñendo estridente y malhumoradamente al ver que no encontraba nada. Sobre las tres de la madrugada se sumía en un tranquilo profundo sueño. Luego, a las cinco y media daba un rápido galope, de arriba abajo, sobre mi cuerpo para asegurarse de que me despertaba en forma. Esto duró cuatro noches agónicas, hasta que pensé que Juanita estaba suficientemente recuperada, y la desterré a dormir a una caja, con profunda y clamorosa indignación por parte de ella.
Había sacado a flote a Juanita justo a tiempo, porque tan pronto como se sintió mejor, recibimos recado de que el barco estaba listo para zarpar. Por nada del mundo habría querido yo emprender un viaje con Juanita tan enferma como había estado, porque estoy seguro de que hubiese muerto.

Autor: Gerald Durrell: “Tierra de murmullos” (The Whispering Land) Traductora: Marta Sansigre Vidal
La labor de Gerald Durrell en la conservación de especies amenazadas, continúa en la Fundación “Durrell Wildlife Conservation Trust”que creó y se financia mediante las cuotas de los socios de todo el mundo y los derechos de autor de sus libros sobre la naturaleza ("Mi familia y otros animales", "Bichos y demás parientes", etc. Cada libro de Gerald Durrell que compramos y la cuota que destinamos como socios, ayuda a seguir su labor. Más información en este enlace http://www.durrellwildlife.org/

**Gerald Durrell en Wikipedia :  


Comentarios > Ir a formulario

gravatar.comAutor: Hannah

No he leído nada de Gerald DÜrrell y desconocía la fundación. Lo voy a remediar tan pronto cómo pueda. ¡Qué tierno!. Gracias por dármelo a conocer, Gatopardo.

Un abrazo muy cálido.

Hannah

Fecha: 22/11/2005 10:57.


gravatar.comAutor: Socio nº 62100 de la Durrell Wildlife Conservation Trust

¡Hurra por Gatopardo! Quien quiera saber cualquier cosa sobre Gerald Durrell, su fundación conservacionista o su obra, que lo diga y contestaré con mucho gusto. Hanna, léete "Mi familia y otros animales", donde Durrell relata su infancia en la isla de Corfú y su descubrimiento del mundo natural.

Fecha: 22/11/2005 15:51.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Gerald Durrell nació e 1925 en Jamshedpur en la India. Era un bebé cuando su padre murió, mientras su madre se hacía cargo de cuatro niños. En 1928, la familia se trasladó a la Isla de Corfú, en donde vivió hasta 1939. Lo contó en los libros "Mi familia y otros animales", Bichos y demás parientes", y "El jardín de los dioses"
Durante la II Guerra Mundial trabajó en una tienda de animales y pasaba su tiempo libre en el zoo de Londres. Para recuperar animales en peligro de extinción, organizó y financió en 1947 un primer viaje al Camerún.Los dos años siguientes viajó porlos territorios salvajes de la Guayana británica. Estas tres expediciones le llevaron a la ruina,agotando la herencia de su padre que recibió a los 21 años. Para financiar futuros viajes, empezó una carrera de escritor llena de éxitos como "El arca inmóvil" o "Tres billetes para la aventura". A partir de aquí, el escritor y zoólogo, inició una larga serie de expediciones por el Paraguay, Argentina, Méjico, Rusia, Sierra Leone y Mauricio, y fundó el Jersey Wildlife Preservation Trust en 1964.
Ha sido uno de los hombres que no conocí y que no cayeron en mis brazos.

Fecha: 22/11/2005 18:50.


gravatar.comAutor: Grial

Genial post!
Buen escritor y mejor persona ;)
Un beso :)

Fecha: 22/11/2005 19:26.


gravatar.comAutor: mad

Altamente recomendable, sí. A todos los niveles...
Un beso, toliña

Fecha: 23/11/2005 08:59.


gravatar.comAutor: serena

Bueno, no sabes cómo he disfrutado leyendo este texto de Gerard Durrell. Soy una entusista de sus libros y los he regalado montones de veces. Cuando voy a visitar a alguien ingresado en un centro hospitalario y puede leer, escojo algo de este autor. El paciente(nadie me ha fallado)siempre me cuenta sus impresiones y me dice que se ha divertidomucho y que ha olvidado, por un tiempo, su situación. Sólo en un caso el libro fue contraproducente: el afectado había sido operado de apendicitis y la risa le sentaba muy mal. Me dijo que había tenido que interrumpir la lectura de "Mi familia y otros animales" cuando llegó al episodio en el que la familia Durrell contempla a aquel palomo que desfilaba con arrogancia cuando sonaba una marcha militar. Sigue, Gatopardo.

Fecha: 23/11/2005 14:32.


gravatar.comAutor: Hannah

Gracias por tu recomendación, socio nº63100 de esa estupenda asociación. La seguiré, no te quepa duda.

Un saludo cordial.

Hannah

Fecha: 23/11/2005 14:44.


gravatar.comAutor: Consumidor irritado

Gracias por tu comentario/aclaración en mi blog. Y estoy de acuerdo contigo en que los damnificados del barrio del Carmelo tienen una de las peores webs posibles, y por lo que me cuentas totalmente "desactivada".

En cuanto al post de Gerard Durell, solo decir que sus aventuras adolescentes en Corfu estan entre los pocos libros que me han hecho reir a carcajadas. Aun hoy recordando la historia de los cuervos y su engolado hermano Lawrence y no puedo dejar de sonreir.

Fecha: 23/11/2005 19:03.


gravatar.comAutor: Trini

Un relato muy tierno, nunca he querido tener mascotas pues me encariñaba con ellas y si morian me daba un buen disgusto.Ayer me regalaron un loro pequeño y me siento como cuando era niña en la mañana de Reyes.
No he leído nada de Durrel y esto que nos has traido me ha parecido bello.

Un abrazo.
PD:Ya me respondió Ramón.

Fecha: 23/11/2005 20:12.


gravatar.comAutor: El Pendón Volteriano a Trini

Admirable filósofa: has expresado justamente la razón por la que tampoco se debe tener familia. Corre uno el peligro de encariñarse y caer en duelo en caso de un luctuoso percance. Por el bien del lorito reprime sentimientos infantiles.

Fecha: 23/11/2005 23:15.


gravatar.comAutor: Ana*

Estaría días enteros leyendo historias como la que has traído. Qué buen rato me has hecho pasar. Gracias, Agüela, me voy a la cama feliz.

Y gracias por el enlace, no conocía la fundación; besos.

Fecha: 27/11/2005 23:32.


Añadir un comentario



No será mostrado.





Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
mentes inmisericordes,
por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
ni meapilas ni legales:
somos los Irregulares,
somos gente de Zapata.

Temas

Archivos

Enlaces

Bitacoras.com

TOP Bitacoras.com para México


http://gatopardo.blogia.com