
Afuera —dijo Luna limpiándose la cara todavía—, hay un indio con un bicho Lo encontré con él en el pueblo.
-¿Qué clase de bicho? —pregunte mientras salíamos del garaje al jardín.
—Creo que es un cerdo—dijo Luna—, pero está en un cajón y no lo veo muy bien.
— El indio estaba en cuclillas en el césped, y delante de él había una caja de la que salían una serie de chillidos en falsete y de gruñidos apagados. Sólo un individuo de la familia porcina sería capaz de producir esos extraordinarios sonidos. El indio sonrió, se quitó el gran sombrero de paja, inclinó la cabeza, y luego, quitando la tapa de la caja sacó a la criatura más adorable del mundo. Era un pécari con collar, muy joven; el pécari es la especie común de cerdo salvaje que habita en las regiones tropicales de Sudamérica.
— Ésta es Juanita —dijo el indio, sonriendo mientras colocaba al diminuto animal sobre el césped, donde lanzó un agudo grito de alegría y empezó a olfatear muy optimista.
Tengo que decir que siempre he tenido debilidad por la familia porcina y a los cerditos pequeños los encuentro irresistibles, así que a los cinco minutos Juanita era mía a un precio doble de lo que valía, hablando en términos económicos, pero sólo a una centésima parte de su valor en cuanto a encanto y personalidad. Medía unas dieciocho pulgadas de longitud y unas doce de altura, estaba cubierta con una piel grisácea de pelo largo y bastante áspero, y tenía una bonita franja blanca que partiendo del ángulo de la mandíbula le rodeaba el cuello, de forma que daba la impresión de que llevaba un cuello de Eton. Tenía el cuerpo delgado, el hocico delicadamente afilado terminado en una deliciosa nariz respingona (algo así como un desatascador), y patas esbeltas y frágiles terminadas en unas pezuñas, cuidadosamente abrillantadas, del tamaño de una moneda de seis peniques. Andaba de un modo muy delicado y femenino, moviendo las piernas con mucha rapidez, mientras sus pezuñas producían un golpeteo como el de la lluvia.
Era enormemente mansa y tenía la cautivadora costumbre de saludarte —después de una ausencia de sólo cinco minutos— como si hubieras estado fuera durante años y como si, para ella, esos años hubieran sido grises y aburridos. Profería chillidos ahogados de satisfacción y se abalanzaba sobre ti a probarse la nariz y el trasero contra tus piernas en una orgía de alegría por tu regreso, gruñendo y suspirando seductoramente. Su idea del paraíso era que la cogieran en brazos de espaldas, como se coge a un bebé, y que se le rascara la tripita. Se quedaba así, con los ojos cerrados, haciendo rechinar los dientes de leche, como castañuelas en miniatura, en éxtasis. Yo tenía todavía a los animales más mansos y menos destructivos sueltos por el garaje, y como Juanita se portaba como una señorita, le dejé correr por allí también, encerrándola en una jaula sólo para dormir. A la hora de comer era un espectáculo curioso ver a Juanita con la nariz enterrada en un gran plato de comida, rodeada por una variedad de animales —chuñas, loros, conejos, enanos, charatas— todos intentando comer del mismo plato. Se portaba siempre de maravilla, dejando a los otros mucho sitio para comer y no mostrando nunca animosidad, ni siquiera cuando un taimado chuña picoteaba bocaditos bajo su nariz rosa. La única vez que le vi perder la paciencia fue cuando uno de los loros más simplones, que se había excitado mucho a la vista del plato de comida, bajó volando, graznando alegremente, y aterrizó en el hocico de Juanita. Ella se sacudió de encima con un gruñido de indignación al loro, que revoloteaba y graznaba, y le persiguió hasta un rincón donde se quedó vigilándole un momento, tascando los dientes a modo de advertencia antes de volver a su interrumpida comida.
(...)
Los animales, como ya he dicho, estaban en aquel momento en un enorme cobertizo propiedad del Museo, que no tenía calefacción. Aunque esto no parece preocupar excesivamente al resto de los animales (aunque era el principio del invierno argentino y estaba empezando a hacer cada vez más frío), Juanita decidió ser diferente. Sin siquiera una tos preliminar para prevenirnos, Juanita sucumbió. Por la mañana estaba llena de vitalidad y se zampó la comida con avidez y por la tarde, cuando fuimos a tapar a los animales para la noche, tenía un aspecto decididamente raro. Por de pronto, estaba inclinada contra el lado de su caja, como si necesitara apoyarse, tenía los ojos medio cerrados, y la respiración rápida, y hacía un ruido raro con la garganta. Abrí la puerta de la jaula apresuradamente y la llamé. Hizo un esfuerzo tremendo, se puso de pie temblorosa, vino tambaleándose hacia la salida de la jaula y se derrumbó en mis brazos. Lo hizo de acuerdo con la mejor tradición cinematográfica, pero fue bastante aterrador. Mientras la sostenía, oía su respiración silbando y burbujeando en su diminuto pecho, y su cuerpo estaba fláccido y frío en mis brazos.
Para ayudarnos a economizar fondos, dos amigos de Buenos Aires nos habían invitado a Sophie y a mí a alojarnos en sus respectivos pisos para poder ahorrarnos el hotel. Sophie estaba instalada en casa de Blondie Maitland-Harriot y yo ocupaba una cama de campaña en el piso de un tal David Jones. En el momento en que des-cubrí el estado de Juanita, David estaba conmigo. Mientras la envolvía en mi abrigo, pensé con rapidez: El animal necesitaba calor, y mucho. Pero yo sabía que no podíamos dárselo en aquel cobertizo de lata, aunque encendiéramos una hoguera como el Gran Fuego de Londres. Blondie ya tenía uno de mis loros, que estaba enfermo, mordiendo meditabundo el papel de la pared del cuarto de baño de su casa y pensé que era abusar de su amistad preguntarle si podía meter también un pécari en su bien decorado piso. David acababa de volver a paso ligero del Land-Rover, donde había ido a buscar una manta para envolver al cerdo. En una mano llevaba una media botella de coñac.
— ¿Sirve esto de algo? —preguntó mientras yo envolvía a Juanita en la manta.
—Sí, estupendo. Mira, calienta un poco de leche en el calentador de alcohol y mezcla una cucharadita de coñac con ella, ¿quieres?
Mientras David hacía esto, Juanita, casi invisible en su capullo hecho a base de manta y abrigo, tosió alarmantemente. Por fin estuvo a punto la leche con coñac, y conseguí meterle en el cuerpo dos cucharadas, aunque fue difícil porque estaba casi inconsciente.
— ¿Podemos hacer algo más? —preguntó David, lleno de esperanza, porque, como yo, había tomado mucho cariño a la cerdita.
— Sí, tenemos que ponerle una inyección colosal de penicilina y necesita todo el calor y toda la ventilación posible.
Le miré esperanzado.
— Vamos a llevarla al departamento —dijo David, como yo esperaba. No perdimos más tiempo. El Land-Rover voló por las calles brillantes de lluvia, a una velocidad peligrosa y fue un milagro que llegásemos intactos. Mientras yo corría escaleras arriba con Juanita en brazos, David fue corriendo al piso de Blondie, porque allí es donde Sophie tenía nuestro botiquín con la penicilina y las jeringuillas hipodérmicas.
Tumbé a Juanita, ya totalmente inconsciente, en el sofá de David, y, aunque el piso tenía calefacción central, encendí también la estufa eléctrica, y luego abrí todas las ventanas que no creasen corrientes.
David volvió en un tiempo increíblemente corto y, rápidamente, hervimos la jeringuilla y puse a Juanita la dosis de penicilina más grande que consideré que podría aguantar. Casi fue a curar o a matar, porque nunca había usado penicilina con un pécari, y no sabía si no serían alérgicos a ella. Luego, durante una hora, nos sentamos a vigilarla. Al cabo de ese tiempo, me convencí de que su respiración era algo más tranquila, pero estaba todavía inconsciente y yo sabía que estaba aún lejos de recuperarse.
— Dime —dijo David cuando yo había escuchado el pecho de Juanita por enésima vez—, ¿sirve de algo que estemos aquí sentados mirándola?
— No —dije de mala gana—, no creo que haya ningún cambio hasta dentro de tres o cuatro horas, si lo hay. De momento está bien, pero debe ser efecto del coñac.
— Bueno —dijo David con mucho sentido práctico—, vamos a comer algo a Olly. No sé si tendrás hambre, pero yo sí. No vamos a tardar más de tres cuartos de hora.
— Bueno —dije desganado—, supongo que tienes razón.
De modo que, después de asegurarnos de que Juanita estaba cómoda y de que la estufa eléctrica no podía prender fuego a sus mantas, nos fuimos al Bar Musical de Olly, en la calle 25 de mayo, que es la que corre paralela a lo que era antes la zona portuaria de Buenos Aires. Es una calle bordeada de pequeños clubes, algunos con nombres deliciosos, como «Mi Deseo», «Sala de Bellezas La Luna Azul» y, quizá algo más misteriosamente, «La Tremenda Exhibición de Joe».
No era el tipo de calle en la que podría verse a un hombre respetable, pero hacía mucho que había deja-do de preocuparme por la respetabilidad. Con varios de mis amigos, había visitado ya la mayoría de aquellos bares diminutos, oscuros y llenos de humo, había tomado copas de tamaño microscópico a un precio colosal, y había observado a las chicas de la barra ejerciendo su antiquísimo oficio. Pero de todos los bares, el que preferíamos era el Bar Musical de Olly, y siempre hacíamos una escala obligada en él. Nos gustaba por muchas razones. Primero, por el propio Olly, semejante a un nogal arrugado, y su encantadora mujer. Segundo, porque Olly, no sólo te daba una buena cantidad en el vaso, sino que frecuentemente te invitaba él mismo a una copa. Tercero, porque el bar estaba bien iluminado, de forma que podías ver a tus acompañantes; en otros bares tenías que ser un búho o un murciélago para ver con claridad. Cuarto, porque a sus chicas no les estaba permitido fastidiarte sugiriéndote constantemente que las invitaras a una copa, y quinto, porque había dos hermanos, un hombre y una mujer, que cantaban y tocaban la guitarra deliciosamente. Y finalmente, y quizá esto fuera lo más importante, he visto a las chicas del bar de Olly, una vez acabado su trabajo nocturno, besar a Olly y a su mujer con tanto cariño como si fuesen sus padres.
Así que David y yo bajamos las escaleras del bar y fuimos recibidos con alegría por Olly y su mujer. Una vez que explicamos la causa de nuestra depresión, todo el bar se llenó de compasión. Olly nos invitó a un gran vaso de vodka y las chicas de la barra se reunieron a nuestro alrededor diciéndonos que estaban seguras de que Juanita se curaría, y, en general, tratando de animarnos. Pero mientras nos tomábamos los bocadillos y las salchichas calientes y bebíamos vodka allí de pie, ni siquiera los alegres carnavalitos* que los hermanos tocaron y cantaron especialmente para nosotros, consiguieron aliviar mi depresión. Estaba seguro de que Juanita se iba a morir y me había encariñado de una forma absurda con ese animalito. Finalmente, cuando hubimos comido y bebido, nos despedimos y subimos las escaleras que llevaban a la calle.
— Vengan mañana a decirnos como está el animal —gritó Olly.
— Sí, sí —dijeron las chicas como un coro griego—, vengan mañana a decirnos como está la pobrecita .
Cuando llegamos al piso, yo estaba convencido de que encontraríamos a Juanita muerta. Al entrar en el cuarto de estar, miré el montón de mantas que había sobre el sofá y tuve que forzarme a mí mismo para acercarme a mirar. Levanté un pico de la manta suavemente y un ojo oscuro centelleante me miró cariñosamente, mientras que un hocico rosa en forma de desatascador se arrugaba y un gruñido débil, muy débil, de placer, salía de la enferma.
— ¡Dios mío! está mejor dijo David incrédulo.
— Un poco —dije cautelosamente—. Todavía no está fuera de peligro, pero yo creo que hay esperanza.
Como para darme la razón, Juanita volvió a gruñir.
Para asegurarme de que no se destaparía por la noche y se pondría peor, la acosté conmigo en el sofá. Se tumbó muy tranquila cruzada sobre mi pecho y durmió profundamente. Aunque su respiración todavía era sibilante, había perdido el sonido raspante que acompañaba al principio a cada inspiración. A la mañana siguiente me despertó una nariz fría y como de goma que se me metía en el ojo y oí los sibilantes gruñidos de saludo de Juanita. La destapé y vi que era un bicho diferente. Tenía los ojos brillantes, la temperatura normal y, aunque todavía le silbaba la respiración, la tenía mucho más regular, y, esto fue lo mejor de todo, incluso se mantuvo de pie un instante, tambaleándose. A partir de entonces, no dio marcha atrás. Mejoró a pasos agigantados, pero cuando mejor se encontraba, peor paciente resultaba. Tan pronto como pudo andar sin caerse cada dos pasos, se empeñó en pasar el día trotando por la habitación y estaba de lo más indignada porque la obligaba a llevar una manta pequeña atada con un imperdible bajo la barbilla, como una capa. Comía como un caballo, y la colmábamos de golosinas. Pero era por las noches cuando la encontraba particularmente difícil. Consideraba que lo de dormir conmigo era una idea estupenda y, aunque eso era muy halagador, yo opinaba de forma distinta. Parecíamos tener ideas diferentes sobre las razones por las que uno se va a la cama. Yo iba a dormir, pero Juanita pensaba que era el mejor momento del día para un retozo glorioso. Los colmillos y las pezuñas de un cachorro de pécari son extremadamente afilados y su hocico es duro, elástico y húmedo, tener esas tres armas aplicadas a la anatomía de uno mientras intenta dormirse pacíficamente, es, como poco, molesto. A veces bailaba una especie de tango porcino, con sus afiladas pezuñas sobre mi pecho y mi estómago, y otras se perseguía la cola en redondo hasta que yo empezaba a sentirme como la infortunada víctima de El pozo y el péndulo1. De vez en cuando interrumpía su danza para venir a meterme la nariz húmeda en el ojo y ver si estaba disfrutando. En ocasiones parecía obsesionada con la idea de que yo tenía oculta sobre mi persona, en algún sitio, una rara golosina. Podrían haber sido trufas, no sé, pero fuera lo que fuera, ella buscaba concienzudamente con la nariz, los colmillos y las pezuñas, gruñendo estridente y malhumoradamente al ver que no encontraba nada. Sobre las tres de la madrugada se sumía en un tranquilo profundo sueño. Luego, a las cinco y media daba un rápido galope, de arriba abajo, sobre mi cuerpo para asegurarse de que me despertaba en forma. Esto duró cuatro noches agónicas, hasta que pensé que Juanita estaba suficientemente recuperada, y la desterré a dormir a una caja, con profunda y clamorosa indignación por parte de ella.
Había sacado a flote a Juanita justo a tiempo, porque tan pronto como se sintió mejor, recibimos recado de que el barco estaba listo para zarpar. Por nada del mundo habría querido yo emprender un viaje con Juanita tan enferma como había estado, porque estoy seguro de que hubiese muerto.
Autor: Gerald Durrell: “Tierra de murmullos” (The Whispering Land) Traductora: Marta Sansigre Vidal
La labor de Gerald Durrell en la conservación de especies amenazadas, continúa en la Fundación “Durrell Wildlife Conservation Trust”que creó y se financia mediante las cuotas de los socios de todo el mundo y los derechos de autor de sus libros sobre la naturaleza ("Mi familia y otros animales", "Bichos y demás parientes", etc. Cada libro de Gerald Durrell que compramos y la cuota que destinamos como socios, ayuda a seguir su labor. Más información en este enlace http://www.durrellwildlife.org/
**Gerald Durrell en Wikipedia :
22/11/2005 10:44.