
Dirigir un hotel de esta categoría requiere decisiones rápidas y prudencia: las virtudes de un carterista profesional y las de un diplomático en Rabat; actuar drásticamente y quedar en una aparente invisibilidad; impedir que se desboquen las situaciones y ofrecer la apariencia de no haber advertido el vuelo de la vajilla al volcar la mesa ni los insultos de quien tiembla de ira.
La cena con la que se cierra una Junta de Accionistas, una reunión de empresa, una convención maratoniana o un congreso político, lleva aparejada tanta tensión que en algún momento salta la chispa, y quien haya mostrado desde el principio esa afabilidad inmediata y cálida, ese entusiasmo comunicativo que suelen esconder un carácter endiablado, exhausto al cabo de los días, acaba por explotar sin miramientos.
Esta vez fue doña Raquel, la mujer del Presidente de la cadena de hoteles para la que trabajo, y el blanco de su ira fue tan indeterminado y genérico como sus trastornos caracteriales, pero el argumento era de índole ideológica y señalaba la culpa de todos los hombres sin excepción. Nunca he visto a nadie perder los papeles irracionalmente sin argumentos cuidadosamente elaborados. Y en el cenit del espectáculo, en un charco de vinos y manjares, con la mesa volcada y unos comensales lívidos por la sorpresa, me acerqué y dije la frase mágica que interrumpió su diatriba y le hizo retirarse en silencio:
- Señora, si quiere, el servicio de la costurera está a su disposición para solucionar su problema con el vestido...
Bajó la vista y percibió el magnífico desgarro en aquel diminuto corpiño que su mente enferma había creído seductor. Se cubrió con la pashmina que sigilosamente le había puesto por los hombros, y abandonó el restaurante. En ese mismo momento la orquesta dio paso al himno de la empresa y presentó al showman que consiguió las primeras carcajadas del público con la frase de inicio:
-Ustedes creerán que soy un hombre feliz, puedo parecerlo, pero yo soy un hombre casado.
Mientras, los comensales de aquella mesa fueron invitados a trasladarse a otra, que tenía al sumiller listo para ofrecer un inmejorable champán francés, y un biombo ocultó el trasiego del servicio, que en tres minutos dejó todo en perfecto estado.
Después de la cena, cuando la mayor parte estaba esperando los coches o había subido a sus habitaciones, el Presidente del Consejo de Administración, y sufrido marido de la camorrista, sin mencionar la bronca, me tomó familiarmente del brazo y me dirigió hacia la zona más tranquila del bar. Me agradeció tácitamente mi intervención al preguntarme qué opinaba sobre el nuevo hotel-sala de fiestas, que se empezaría a construir en marzo. No me había dado cuenta de lo mucho que había pensado en los problemas que plantea asegurar el confort a los que desean descansar y las atracciones a los que quieren divertirse; qué zonas había que reservar insonorizadas y cómo inducir a los indecisos mediante muros acristalados que ofrecieran el espectáculo sin que se oyera ni un murmullo... Le sorprendí planteándole alternativas y soluciones que nadie le había dado, y su expresión era de aprobación.
Con la astuta humildad que identifica a los poderosos, me pidió permiso para sentarnos, alegando que estaba cansado y le interesaba mucho mi punto de vista.
Luego me preguntó por mi familia, mis hijos y su profesión; me recordó cuánto había admirado a mi mujer como anfitriona, la describió como si no hiciera diez años que había muerto. Explicó con humor que doña Raquel no soportaba las reuniones sociales y añadió risueño que apenas lo soportaba a él. Terminó divagando sobre la hipotética posibilidad de dedicarse un buen día a la encuadernación, que era su válvula de escape, y me preguntó:
-¿Qué haría usted con tiempo y salud para dedicarse a disfrutar de su ocio?
Y no sé qué gesto fue el que lo denunció: de pronto se me quedó la mente en blanco y ni siquiera pude improvisar una de esas respuestas ficticias para salir del paso. Su mirada se fue haciendo cada vez más escrutadora, más íntima. Yo seguí mudo, lucidamente consciente de mi incomodidad...
-No sé... no lo he pensado nunca...
A partir de ese momento me dediqué a observarlo para confirmar mi diagnóstico. Sus manos acompañaban sus frases con un levísimo aleteo. Cuando se le escaparon las carcajadas cubrió su boca con el pañuelo. La cucharilla del café quedó matemáticamente perpendicular al borde de la mesa. Dejaba la mirada prendida en algún punto cercano al techo al hablar y su voz, cuidadosamente modulada, tenía un ligero trémolo. Su mano se posaba un poco demasiado tiempo en mi brazo para subrayar su acuerdo con mis puntos de vista y alternaba una expresión de fingido candor con otra de auténtica astucia, como si se supiera dueño de un secreto por encima del común de los mortales. Siempre se nota. Es algo que impregna los gestos, la dicción, cierta blandura que de pronto rompe la coraza de impasibilidad. Es la demostración afectuosa sobreactuada, la incapacidad para graduar la cercanía física y la intimidad, esa labilidad gestual con la que se subraya una frase anodina y, al mismo tiempo, esa contención un poco acartonada...
Es difícil explicar... Hace treinta y dos años que trabajo en hostelería, veinte años que soy director de hoteles de cinco estrellas, sé catalogar a la gente de un vistazo.
Le pregunté sin ambages y fue sincero.
-Hace más de cuarenta años...creí que no se me notaba... Usted también, me di cuenta hace mucho...
-Si... yo también...
Siempre se nota que hemos estudiado para curas.
Gatopardo
25/11/2005 22:14.
Autor: pau
Pues claro... Un fortísimo abrazo.
Pues sí... A veces, (muchas veces) soy algo, (muy hortera)
Luego, cuando fui saliendo, no sabía que cara poner.
Por cierto. Esta historia, no sé porqué, la recuerdo de algo. No así, tal vez de otra manera pero...
Fecha: 25/11/2005 23:40.
Autor: Fabrizio
Mi querida Gata:
Como siempre nos mantienes en vilo y cuando crei que los eran maricas pues no por ahi no iba la cosa. Pensandolo bien siempre se nota, tengo una prima que se casó con un cura, bueno el dejó de ser cura por ella y él habla siempre en los entierros, en las bodas y demás actos socio-familiares y lo hace con esos gestos, mira al cielo, mueve las manos de forma especial, modula la voz.
¡MUy observadora!
Fecha: 26/11/2005 01:51.
Autor: felipe
Gatopardo sorprendes con la trama de tus realtos y sus remates inesperados.
Fecha: 26/11/2005 15:30.
Autor: Hannah
Me gustan tus relatos, y, mientras los leo, aguardo la sorpresa del final. Siempre sorprendente.
Un abrazo
Hannah
Fecha: 26/11/2005 15:58.
Autor: nemomemini
Hay algo que no entiendo, agüela. Y es por qué nadie le lanzó una botella al showman tirando a dar. Yo lo habría hecho.
Un beso.
Fecha: 27/11/2005 10:16.
Autor: Trini
Siempre que comienzo a leerte me digo a ver con qué me sorprende hoy "La abuela" porque tus relatos siempre logran sorprenderme.
Un abrazo
Fecha: 27/11/2005 11:41.
Autor: Dinosaurio
Otro delicioso relato, bien escrito, compacto y bien resuelto. Es una maravilla leerte. Gracias.
Fecha: 27/11/2005 14:53.