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LA ÚLTIMA CENA

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Elena había sido una revolucionaria en los años sesenta. Claro que sólo se trataba de esas pequeñas revoluciones que aquellos años podían permitirse los jóvenes en una ciudad de provincias y sin otro peligro que una aventura nocturna en la comisaría, de la cual, por otra parte, su padre la sacaría de inmediato con un par de llamadas de teléfono.
A pesar de todo, existía furia en su corazón, auténtica y sagrada furia. No había más que verla, alta, oscura, de poderosos rasgos clásicos y salvajes al mismo tiempo, representando a Lisístrata en medio del crucero del Colegio Mayor, rodeada de la llama de sus palabras y vestida con un incandescente peplo rojo que el único foco iluminaba. Los aplausos estallaban cuando Lisístrata caía al suelo con ese movimiento grandioso y trágico de todos los simétricos pliegues de su túnica descendiendo a las frías losas en un vertiginoso arrebol de rosa tronchada. Todos los demás revolucionarios aplaudían frenéticamente.
De eso hacía más de treinta años – pensó Emilia viendo a su hermana servir la mesa de Fin de Año casi en trance. Porque aquello no podía ser más que otro trance, tan ilusorio y tan vacuo como aquel que tenía lugar en el gélido crucero, hacía ya tanto tiempo que ni su propia hermana lo recordaba, o al menos aparentaba no recordarlo. Y es que a Elena no le gustaba hablar del pasado, prefería pensar que nunca había existido, era mucho más cómodo, “y quizá menos doloroso”, se dijo Emilia contemplando la patética danza de su hermana alrededor de la mesa centelleante.
Eduvigis, su cuñado, reposaba como un buda a punto de estallar ante la dorada pierna de cabrito que Elena acababa de servirle. Emilia lo miró, no lograba entender cómo su hermana soportaba aquello, aquella humillación constante que nadie quería ver; todos los miembros de la familia parecían ciegos, sordos y mudos, como si el matrimonio fuese una especie de atroz tabernáculo donde se podía degollar impunemente a cualquiera ante la respetuosa mirada de todos. Cuando Emilia le preguntaba a su hermana por esas ojeras, más verdes o más moradas de lo normal, ella solía contestarle: “He tenido una noche malísima”, o cualquier otra excusa tan estúpida como ésa. Pero es que cuando Emilia le decía a su madre que había que hacer algo, que aquello no podía seguir así, la madre, también llamada Elena, le contestaba que eso pertenecía a la intimidad del matrimonio, que Eduvigis era un buen padre, un buen abogado y un buen esposo, “con sus manías, claro –añadía- como cualquier otro hombre”, y que había que dejar que los esposos arreglaran sus cosas.
Y así siguieron las cosas, arreglándose, diez años más. En ese tiempo, Emilia se trasladó de ciudad, consiguió trabajo en una pequeña empresa de informática, y también se casó. Las relaciones se distanciaron y Emilia sólo veía a los suyos una vez al año, en aquella ceremonia de la Cena a la que asistía con la misma fe con la que iba a ver una buena obra de ficción en el teatro.
Cada año encontraba a Elena más vieja, más extrañamente desgastada, y más silenciosa; a veces, cuando su hermana le servía el plato de cochinillo crujiente, o de pavo, o de lo que tocara ese año, tenía la sensación de que su hermana no existía, de que sólo se trataba de un fantasma, de una mortal sombra que se deslizaba de la cocina a la mesa, centelleante otra vez, en medio del vértigo de la nada, como si toda su antigua furia –esa que Emilia veía aún al fondo de las desgastadas fotografías- hubiera quedado reducida al brillante tintineo de las pulseras de oro sobre la grasa olorosa de los asados. Siempre sirviendo platos con aquella mirada ausente y esos ojos desorbitados y en un permanente trance donde Emilia sólo veía fulgir una pátina oscura, un ascua cenagosa que sólo podía llamarse miedo.
Sí, debía de ser miedo, un miedo atroz –pensó Emilia viendo cómo Elena soportaba, ante la mirada impasible de todo el entorno familiar, las palabras cariñosamente denigrantes que, entre vino y vino y broma y broma, le dedicaba aquel buda a punto de estallar que seguía siendo Eduvigis, su marido.
Y no es que a Emilia le hubiese ido demasiado bien en su matrimonio, de hecho, ese año Elías no había acudido a la famosa cena. Habían decidido separarse y todo el papeleo se hallaba ya en marcha. Ese último año pasarían las navidades con sus respectivas familias. Y eso que Emilia había amado a su marido con cierta intensidad, al principio, claro, luego, con el tiempo, se fue dando cuenta de que él no la amaba de la misma manera; Elías confundía el amor con la posesión de todo su ser, de su tiempo, de sus amistades y de toda su vida. Y eso, ella, no estaba dispuesta a consentirlo, que se buscara a otra, otra como su propia hermana, otra a la que no le importara someterse a las reglas creadas por el hombre ni ver cómo su vida se iba pareciendo a la de un exótico bonsái de sigilosa e inquietante belleza.
Al fin y al cabo, una estatua, eso es lo que quieren todos, una hermosísima estatua con la vida paralizada dentro, bien inmóvil, educadamente discreta y diciendo siempre sí a todo; eso quieren todos ellos, una buena muñeca hinchable que sepa ser puta, criada, virgen, diosa y madre, madre también, claro, de lo contrario ¿cómo se seguiría propagando su especie? Eso pensaba Emilia viendo cómo su hermana retiraba los platos con la ayuda del resto de las mujeres de la familia. Pensó en Lisístrata cuando de nuevo la vio surgir de la profundidad untuosa de la cocina con una fuente espectacular de bizcocho y chocolate helado donde vibraban diecisiete centelleantes bengalas. Eduvigis le dijo a alguien que apagara las luces, su esposa no podía hacerlo todo, claro, ya no le quedaba libre ni una sola mano.
Emilia asistió al tenebroso espectáculo de ver avanzar a su hermana en medio de las oscuridad y los aplausos y sólo iluminada por el alegre chisporroteo de las luces. Ahora sí que le pareció toda una máscara griega, con aquella mueca, que trataba de ser una sonrisa, flotando sobre le tronco de chocolate y el fondo del ojo, impasible y frío, muerto para siempre.
Emilia lloró de dolor y de rabia. Cuando se volvieron a encender las lámparas aún se limpiaba una lágrima que toda la familia confundió con alguna de las cálidas emociones propias de las fechas.
Fue precisamente a los postres, con el champán y antes de que dieran las doce, cuando decidió comunicar a la familia que se separaba; de hecho, Elías y ella ya vivían separados desde hacía algunos meses, sólo se trataba de decir eso, que estaban ya con los trámites y que todo iba bien, dentro de lo que cabe.
Sabía que les dolería, de eso estaba segura, pero no más de lo que también le dolía a ella misma, de eso también estaba segura. Tanto su madre como Elena sentían por su marido una especial veneración, quizá para su madre Elías representaba la imagen del hijo varón que nunca tuvo, y para su hermana…, no sabía lo que significaba para su hermana, tal vez el hermano que tampoco tuvo, tal vez, como para su madre, sólo se tratara de otra imagen fantasmagórica, la del perfecto marido, que ella, desde luego, jamás tendría, a no ser que por uno de esos extraños misterios de la naturaleza, la metamorfosis fuese posible y de la monstruosa caja de Pandora que era el vientre búdico de Eduvigis surgiera de golpe, o por el soplo de cualquier dios, un caballero andante, o un pequeño principito, “o una rana, también eso sería posible, una rana gorda empapada en salsa de alcaparras y nueces”, pensó Emilia sonriendo malévolamente al imaginar tal apoteosis.
Emilia sonrió de nuevo, bebió un par de sorbos de aquel Möet et Chandon, que su cuñado guardaba bajo llave con el celo de un insaciable ogro, y comunicó su decisión a esa mesa atónita y paralizada en que de pronto quedó convertida toda su familia: desde la imagen del padre muerto que parecía asomar a las pupilas de la madre, hasta su minúscula sobrinita, todos se quedaron sin habla.
Emilia no esperaba que la primera en romper aquel silencio más duro de tragar que todas las uvas de la noche juntas, fuese Elena, su hermana. Y no lo esperaba, evidentemente, por la simple razón de que llevaba más de treinta años soportando en silencio a aquel espeluznante trasunto de buda que era Eduvigis, su marido.
Pero fue ella, Elena, su hermana, la que surgiendo otra vez de las sombras de la cocina, ahora con las manos ocupadas por nuevas fuentes adornadas de espumillones, gritó.
El resto de los comensales aún quedó más atónito de lo que ya estaba. Nadie de la familia recordaba que Elena supiera gritar. Ella misma tampoco; pero lo hizo, y con todas sus fuerzas, estampando sobre la mesa la fuente de guindas y turrones cuyo contenido se desparramó entre los restos de vino y las refulgentes bolas navideñas:
- “¿Qué estás diciendo, hija de puta? ¿Qué vas a separarte?”
Si en ese instante hubiera caído una tromba de hielo sobre sus cabezas, ninguno de ellos habría visto en tal fenómeno nada insólito.
Elena seguía gritando, encendida y llena de furia, como una auténtica Lisístrata que se hubiera equivocado de escenario.
Aún seguía gritando cuando Emilia se levantó de la mesa y salió de la casa sin despedirse de nadie. Nadie se dio cuenta; todos trataban de calmar a aquella desgraciada bacante que jamás le llegaría a Lisístrata ni al borde de su túnica.
Aún se oían los gritos cuando la reja del portal se cerró a sus espaldas.
Al menos, para ella, sí que comenzaba un Año Nuevo.

Autora: Julia Olivares

08/01/2006 23:36. Editado por Gatopardo enlace permanente. COLABORACIONES

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gravatar.comAutor: misionero

Hola gatopardo me da un gran gusto venir por acá, te cuento a modo de anécdota que la primera vez que dejaste un mensaje en el panel de mi blog pensé que eras varón, porque que me iba a imaginar un gatopardo mujer, jejeje, sólo hasta que te visité y comencé a leerte ¡ooh sorpresa!! me di cuenta que en vez de gato eras gatúbela, bueno de cualquier forma no era peor ni mejor, pero al menos ya sabría como tratarte en correspondencia.. Bueno de este texto no quiero entrar en detalle ya que es algo extenso, pero me pareció muy agradable, muy bueno, obviamente una buena selección. Por otra parte te reporto que, he estado escuchándote en la radio, linda voz tienes, muy interesante el programa y excelente trabajo el que estás haciendo, te felicito a vos y a los miembros del equipo y, te dejo un gran abrazo de iluminado afecto.
Alahim

Fecha: 09/01/2006 06:17.


gravatar.comAutor: TOC

HAY QUE LEER MAS, DOCUMENTARSE. LE RECOMIENDO SI SABE INGLES LAS PAGINAS DE LA "AMERICAN PSIQUIATRIC ASSOCIATION" O EL JOURNAL OF PSYCHOANALYSIS; SI SABE FRANCES LA WEB: http://www.spp.asso.fr/Main/DebatSansFrontiere/ApaSpp/2002/presentationEs.htm DE LA "Société Psychanalytique de Paris" Y si gusta del alemán: http://www.gesundheitsforschung-bmbf.de/en/143.php

Fecha: 09/01/2006 08:26.


gravatar.comAutor: Ivo Tenco

De entre las cien consideraciones que se podrían hacer de ese texto se me ocurre una, quizá la menos importante, pero que me ha hecho detener la lectura: se trata del hecho de que los Colegios Mayores, sede del pensamiento juvenil revolucionario en los años sesenta son, en la actualidad la sede del pensamiento más conservador y burgués. ¿Dónde se encuentran hoy los jóvenes con ideales? -Hasta el barrio de Lavapiés comienza a ser un mito-

Fecha: 09/01/2006 09:57.


gravatar.comAutor: Gatopardo a TOC

La próxima vez consulte antes usted, por favor, las normas de ortografía: las palabras con mayúsculas sólo son admisibles en las siglas y en los títulos. Suelo borrar todos los comentarios con mayúsculas, pero éste lo voy a dejar porque demuestra claramente que quien necesita escribir con mayúsculas tiene un superego patológico, que le impide saber ortografía y puntuación, pero le induce a perorar como si supiera y se dirigiera siempre a ignorantes.

Fecha: 09/01/2006 11:36.


gravatar.comAutor: pau

Qué oscuridad mas tenebrosa, amiga gata.
Una peli en blanco y negro.
Pintas la historia de muchos.

Fecha: 09/01/2006 16:01.


gravatar.comAutor: mezquetillas

Un cordial saludo.

Felicidades por Radio mai.

Te presento la nueva blog de reporterismo ciudadano.

http://mezquecamara.blogspot.com/
SAQUEMOS LA CÁMARA A LA CALLE

Fecha: 09/01/2006 16:01.


gravatar.comAutor: diminui

Te informamos que este blog ha sido aceptado en el directorio de blogueratura.com, el lugar de la literatura independiente.
Encontrarás los botones de enlace en http://www.blogueratura.com/Botones.htm
no olvides colocar uno en el blog para que tus lectores conozcan el proyecto.
También te invitamos a participar en la sección "el artículo quincenal" manda tus artículos (tema libre-menos poesía o cuento) a blogueratura@gmail.com
Si conoces a alguien que pueda interesarse por blogueratura, no dudes en comentarle sobre nosotros.

no olivdes darte una vuelta por nuestras secciones de "el artículo", "el blog", "noticias" y "ayuda".

Gracias por seguir publicando la palabra.

Fecha: 09/01/2006 17:52.


gravatar.comAutor: Antonio García Muñoz

No sé si una norma no escrita en este foro impone que los comentarios a los relatos sean siempre elogiosos -al menos yo los he visto casi todos elogiados, por más que algunos fueran pésimos. Así que me arriesgo a decir que a mí el cuento no me ha gustado nada, que está hueco de sustancia narrativa y que lo único que sobrevuela en medio de su pretendido lirismo es una cuestión de denuncia social. Pero las denuncias, al juzgado. Como se lee en el frontispicio de este donosa bitácora: los buenos sentimientos no son garantía de buena literatura. Las buenas causas tampoco, añado.

Fecha: 09/01/2006 20:16.


gravatar.comAutor: Antonio García Muñoz

No sé si una norma no escrita de este foro impone que todos los comentarios a los relatos sean siempre elogiosos -al menos yo los he visto casi todos elogiados, por más que algunos fueran pésimos. Así que me arriesgo a decir que a mí el cuento no me ha gustado nada, que está hueco de sustancia narrativa, y que el único poso que deja, por encima o por debajo de su pretendido lirismo, es una cuestión de denuncia social. Pero las denuncias, al juzgado. Como se recuerda en el frontispicio de de esta donosa bitácora, los buenos sentimientos no son garantía de buena literatura. Las buenas causas tampoco, añado.

Fecha: 09/01/2006 20:35.


gravatar.comAutor: Fabrizio

Mi queridisima Gata: A mi si me gustó el relato. En mi tierra se decía que el revolucionario de hoy será el retrógrado del mañana. Aqui se cumple.

Fecha: 09/01/2006 21:37.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Al hilo de lo que dice Antonio, confieso que no me caracterizo por eludir la crítica ni la polemica. Respecto a este relato, los personajes me parecen dibujados con un lapiz sin afilar, y sus gruesos trazos me molestan porque el precioso trabajo de orfebre realizado con un lenguaje exacto, preciso, merecería que huyera del retrato sin matices.
Y efectivamente, echo de menos la ironía y la complejidad de otros escritos de Julia Olivares, autora de dos libros que os recomiendo: "Partida de damas" y "El baño de las ninfas".
Sin embargo, para mi mal, he de reconocer que ha retratado una escena que viví como espectadora en una ocasión, y los personajes eran tal cual, horriblemente exactos. Así es que quizás no hay desacuerdo entre el trazo del lápiz para retratar a algunos humanos y el uso del lenguaje, sino que el contraste es lo que subraya el horror de lo narrado.

Fecha: 10/01/2006 03:05.


gravatar.comAutor: alimaña news (redactor-jefe) a García I el Amnésico

Caballerete: Mal andamos de memoria. Si echas en falta estopa, vamos a decirle a la jefa Gatopardo que vuelva a poner tu artículo

Fecha: 11/01/2006 00:27.


gravatar.comAutor: K.B.

Eduvigis es un nombre de mujer.

Fecha: 11/01/2006 16:25.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Da la casualidad de que mi padre, que en paz descanse, se llamaba Eduvigis Ceferino, y no se puede decir que nadie lo tomara por femenino.
Eduvigis, como Asunción, Encarnación y otros, son nombres masculinos y femeninos, según el sexo del que se llame así.

Fecha: 11/01/2006 19:38.


gravatar.comAutor: El Pendón Volteriano a Gatopardo

Querida mía: Mi difunto tío Anselmo se hacía llamar Marlene en la intimidad. Proceder a un examen de genitales para decidir si Eduvigis es masculino o femenino parece, a todas luces, excesivo.
Santa Eduvigis fue una extravagante viuda con tres hijos y tres hijas (dice su hagiografía), que "alcanzó de su esposo licencia para vivir en castidad y el Buen Enrique, a imitación de su esposa, se obligó también a guardarla". Observa que se trataba de una castidad bastante relajada: seis cachorros. Otro día más detalles sobre esta pareja, que alegro el retiro de las monjas con rudos presidierios disfrazados de albañiles

Fecha: 13/01/2006 00:11.


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