OCURRIÓ EN INVIERNO, EL SIGLO PASADO (1)

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Diciembre, 1982

Huelva es una de las ciudades más contaminadas de España, junto con Tarragona y Avilés. A cambio de los puestos de trabajo, los onubenses tienen las industrias contaminantes que ningún país europeo ha querido en su territorio.
A unos cuatro kilómetros del centro, en la carretera de Sevilla, se encuentra el Hospital Psiquiátrico Provincial. Cuatro veces al día llegan y se van los autobuses de línea, que comunican con la gente normal, que respira con toda normalidad los gases de las fábricas de titanio, cloro, celulosa, ácido clorhídrico, fertilizantes...
En "El País" del domingo, 28 de noviembre de 1982, en la sección Cartas al Director, Alicia H. J. denuncia estar internada contra, su voluntad y a petición de su padre, en este hospital, "donde me encuentro y me considero secuestrada".
Quizás haya sido ese oscuro temor ancestral, que todos tenemos a los todopoderosos psiquiatras, capaces de leer en el fondo de nosotros la anomalía, o la película del sábado en la televisión, con escenas de manicomio dignas de Dickens; el caso es que he llegado al Hospital Psiquiátrico echando de menos aquel cursillo de autodefensa y supervivencia, y todo porque me gustaría tener en mi haber el rescate y salvamento de una dama.
En el viaje he imaginado los muros grises, erizados de alambre de espinos y vidrios rotos, los psiquiatras hoscos de penetrante mirada y traje oscuro, casi talar, rodeados de cuidadores, antiguos pesos pesados, y algunas enfermeras de gesto enigmático. Al llegar creo haberme equivocado de establecimiento: el camino que conduce al Psiquiátrico está bordeado de árboles y paseantes; en el vestíbulo los pacientes conversan, entran y salen sin que nadie intente impedírselo. Fingiendo un desparpajo que no siente ningún visitante, me adentro en un dédalo de pasillos hasta un patio interior, con ventanas de visillos naranjas, en busca de Don Antonio R, el director, que parece un bebé de anuncio con cuarenta años más, y del psiquiatra que lleva el caso de nuestra victima, Don Antonio P, un hombre joven, prematuramente serio, que quizás se muerda las uñas en secreto.
Buscamos un sitio para hablar, pero del primero nos despacha otro psiquiatra porque hay consulta externa de psicoanálisis y solo allí existen las condiciones idóneas, me explican. Así me entero de que el Hospital ofrece un servicio de consultas que en el año anterior superaron las seis mil sesiones.
Me hablan de psiquiatría preventiva, de la necesidad de sanear el medio ambiente familiar y social del enfermo, de su inserción en la sociedad, previamente concienciada para que desarrolle una comprensión y aceptación que hoy no tiene.
En mi pueblo siempre se ha protegido mucho a los tontos y los locos, pero en una sociedad masificada me parece mucho más difícil conseguir sus propósitos. Sin embargo no se lo digo, me parece un crimen quitarles las ilusiones a estos especialistas de la psique y ofrecerles, mondo y lirondo, el principio de realidad con la consiguiente lucidez amarga y desencantada, que los psiquiatras se empeñan en hacer coincidir con la salud mental; prefiero dejarles que arreglen el mundo con sus presupuestos antipsiquiátricos, con tal de que conserven ese esperanzado entusiasmo.
Pero cuando, al fin, encontramos un despacho libre y planteo el tema de Alicia, que acusa al Hospital Psiquiátrico de "secuestro", misteriosamente desaparecen los ingenuos reformadores y surgen los "psiquiatras institucionales" a la defensiva.
-Primero: El País no debería haber publicado la carta de una enferma mental, porque si se generaliza la práctica, se desprestigia, la institución médica y su especialidad.
Sonríe Antonio P irónicamente, y pregunta si es costumbre publicar todas las cartas de los locos contando delirios de persecución.
-Segundo: Deberían de haber consultado con el Director del Hospital Psiquiátrico de Huelva. No es tan fácil ingresar y retener a alguien contra su voluntad, sin una patología, clara, eso deberíamos saberlo. Es necesario que un médico ajeno al establecimiento recomiende el ingreso, que un psiquiatra del centro lo admita, y el director confirme el diagnóstico. No es tan fácil.
Habla el director, claro, que me ha dejado sentada, en una esquina del despacho, en un sofá bajito y se ha instalado en un sillón giratorio, a tres metros de distancia, con las piernas cruzadas, agarrado al historial de Alicia H, -una demente que ya ha sido ingresada en dos ocasiones, en Murcia y Tenerife, que ha recibido tratamiento psiquiátrico con anterioridad- remacha triunfalmente ante mi desconcierto.
Y esto no es América, donde la gente va al dentista un par de veces al año y al psiquiatra todas las semanas –pienso-, aquí se va al dentista para que nos ponga la dentadura postiza y al psiquiatra no vamos, van los locos, o mejor dicho, los llevan. Haber recibido tratamiento psiquiátrico es simple y llanamente infamante. A esa gente no se le publican cartas en los periódicos, ni se les hace caso si protestan, y parece mentira, que yo pierda el tiempo pretendiendo investigar un asunto así si quiero llegar a hacer algo en periodismo (sic).
Lo que sí sería interesante -prosiguen- es escribir sobre la labor que hace un hospital abierto, sin muros exteriores, con una Psiquiatría de talante liberal, no manicomial, eso si es serio. Y hablar de lo que piensan, quieren y opinan los psiquiatras, que se encuentran sin eco en la prensa y muchas veces enfrentados a los poderes públicos que quieren que el Hospital sea el almacén de detritus cerrado a cal y canto que no deje filtrar la anomalía.
A modo de terapia de relajamiento muestro un desmesurado interés por su peripecia, confesando, entre grandes exclamaciones, hasta qué punto ignoraba que un tema de esa magnitud periodística estuviera oculto tras su callada labor.
A los diez minutos somos cuatro compinches que comentan desde la, misma perspectiva los errores de la psiquiatría clásica: Antonio P, médico encargado del caso de Alicia H, Antonio R, director del Hospital Psiquiátrico de Huelva, responsable en última instancia de su internamiento, Ladislao L, psiquiatra recomendado como interlocutor por la izquierda onubense y apasionado investigador de la ecología de la provincia, y yo, profana que accedió a su mundo trabajando una temporada como auxiliar en un manicomio de Barcelona, donde se desbravaban los psiquiatras que salían de la Universidad con ideas raras, sacadas de Cooper, Laing y Bassaglia, para pasar tres años como residentes, y mientras se reafirmaban en sus teorías -porque las lobotomías a troche y moche de López Ibor y los psiquiatras del sistema no les parecían progresistas-; pero en la práctica comprendían que el arsenal de tranquilizantes, hipnóticos, antidepresores y ansiolíticos es lo más idóneo para crear un clima de tranquilidad edénica en las salas de confinamiento.
Los pacientes llegan gritando, protestando, con veleidades individualistas, y al mes son adorables vegetales que engordan y esperan con parsimonia las horas de las comidas, la televisión y la laborterapia —barrer y fregar para las mujeres, y montar en cartoncitos cierres automáticos y botones si son hombres.
Y las raras visitas que les hacen son de gente apresurada, que se mantiene ojo avizor, por si acaso, y desmenuzará ante el medico cualquier manifestación del enfermo, hablando de sus "manías" y "rarezas" como única aportación a la terapia… Porque tenerlo en casa es un incordio, ya se sabe; cuando esté bien adocenado se podrá intentar, claro, pero esos son los menos: normalmente llegan a ser veteranos en la sección de crónicos, y saben más de los entresijos y secretos del centro que el director o el administrador de turno, gente de paso, al fin y al cabo.
Esos, los veteranos, ya no se tragan las pastillas, las guardan bajo la lengua, y cuando han acumulado una buena cantidad, las venden a cambio de los enseres del que quiera suicidarse. Se puede prever quien ha comprado una vida mejor por el discreto trasiego de pertenencias que hay de una mesilla a otra. Se puede saber quien es el proveedor habitual de la dulce y definitiva solución, por los signos exteriores de riqueza y el respeto que despierta ese curtido enfermo crónico que ya forma parte de la institución.
Un manicomio es lo más parecido a la vida real, allí como afuera el saber da poder: el poder que otorgamos al abogado, al médico, al confesor, que pueden salvarnos y condenarnos según sea su sabiduría y nuestro pecunio para alquilársela.
Pero para estos psiquiatras yo soy una periodista despistada a la que informar, y mis afables interlocutores me explican el a, b, c, de su credo:
- "Hablar de los fallos de la psiquiatría tradicional ya resulta hasta burdo. Se hizo un experimento en América, enviando una circular a los hospitales psiquiátricos, en la que se avisaba que se incluiría para ingreso a un porcentaje de sanos entre los pacientes realmente enfermos, para detectar la fiabilidad de diagnóstico en cada centro. De cada cien casos los psiquiatras detectaron casi setenta "falsos enfermos". Y estalla en sonoras carcajadas Antonio R, el director, mientras lo cuenta: -"Todos los casos eran pacientes con un historial clínico de al menos diez años de trastornos graves.
Y continúa Ladislao L: -"La locura es una apreciación, subjetiva del psiquiatrizador, en gran parte. Llamamos discurso ilógico o delirio a todo mensaje que escapa a nuestras coordenadas de referencia habituales, pero desde nuestra especialización creciente, estamos abocados a comprender cada vez menos al otro, que tiene su propio argot especializado y su propio mundo referencial"
-“Un diagnóstico previo condiciona inconscientemente a quien observa hasta hacerle descartar cualquier dato que no sea pertinente con el "caso" que tiene que describir, y eso lo olvidan los psiquiatras tradicionales; amén de que la institución manicomial genera psicopatías características, miméticas de la enfermedad que se le atribuye a los que permanecen internados, muchas veces más graves que los desarreglos que los llevaron allí" - comenta contento de su perspicacia Antonio P.
No son psiquiatras papanatas que, carentes de espíritu crítico colaboren con el desaguisado manícomial, es obvio.
Y llegados a este punto, como recordarles sus anteriores afirmaciones diciendo que Alicia se ha quejado, como todos los locos, no es serio poner en duda la infalibilidad de un examen de casi veinte minutos, realizado por un psiquiatra de guardia, refrendado por el director, que ha confesado que no conoce a esta paciente personalmente, y que muchas veces, ahogado por la burocracia, administrativa, no compulsara los datos, sino que confiará en el médico, al que, por otra parte, no puede poner en causa porque así empiezan las fricciones o el abuso de poder.
Y cómo les recuerdo lo de la campaña a desarrollar para la comprensión del enfermo mental en el medio social y el discurso lógico o delirante. Se me olvidará también preguntar si es una práctica terapéutica negarle al loco la posibilidad, de expresarse y defenderse, porque quizás nunca llegaré a ser una periodista incisiva, no pretendo tener un historial abierto en el Psiquiátrico de Huelva, y realmente temo al poder de los psiquiatras para decretar sobre mi normalidad y mi locura desde acuella vez en que el Director del Psiquiátrico donde yo trabajaba en Barcelona, perteneciente al grupo de los "Setze jutges" en sus ratos libres, me comunicó, al margen de los cauces reglamentarios, que mis desafectos y reivindicaciones laborales, podían terminar el día que él decidiera rellenar uno orden de ingreso bajo su responsabilidad: -"que, deontológicamente,  ni siquiera tus amigos  los antipsiquíatras podrían rebatir".
Callaré todo esto y nos despediremos de acuerdo en todo, pero me da pena, porque una vez más he descartado a alguien como interlocutor válido y decía Marco Penella que el fascismo empezó el día que alguien, por comodidad o por cansancio, no dijo que no estaba de acuerdo y calló. Y es especialmente triste porque, humanamente, estos psiquiatras me han parecido conmovedores.

(Diario personal, 1982)

04/03/2006 18:52. Editado por Gatopardo enlace permanente. PERSONAL Y ARBITRARIO

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gravatar.comAutor: LeeTamargo

...El beneficio de la duda provoca impotencia e indefensión si alguien se encontrara condenado a esta suerte de injusticia, tras los barrotes de la razón instituída o científica. La facilidad de darle a todo la vuelta a la tortilla tiene doble filo. Ni que en la vida normal todo fuese comprensión... SALUDANDO:
LeeTamargo.-

Fecha: 05/03/2006 09:30.


gravatar.comAutor: felipe

Nos ronda siempre la alienación, la de las instituciones; la de los cuerdos del "poder", la de lo establecido tan dispuesto a no abrir el abanico a la pluralidad; la diferencia que ofende a lo establecido

Fecha: 05/03/2006 23:32.


gravatar.comAutor: guardafaro

En suma, que no pudiste ni verle la cara a Alicia. Pero así son esos que se denominan siquiatras. Y me refiero a los que trabajan en ese tipo de instituciones. Generalmente tildan de insano mental a todo el que tenga temor de ser investigado en algo. El que no quiera someterse a un examen siquiátrico (o policiaco, o de lo que sea) es porque oculta algo, algún trastorno tiene. Pero ellos no admiten ninguna sombra de duda sobre sus diagnósticos, ni sobre sus métodos, ni sobre sus decidiones, ni sobre la posibilidad, aun cuando fuere remota, de que se han equivocado. Una persona que anteriormente haya sido diagnosticada con trastorno mental, es "normal" que reincida (según ellos). ¿Entonces para qué tomarse tiempo para hacer un buen examen que lleve a un diagnóstico acertado, si ya viene referida como loca?

Fecha: 06/03/2006 12:49.


gravatar.comAutor: antonio

La foto está trucada, la industria no esta tan cerca como se ve en la foto

Fecha: 21/02/2009 09:10.


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