
Así es que decidí buscar a Alicia, que había salido una semana antes del Psiquiátrico.
Me ronda en la cabeza una frase de su psiquiatra, Antonio P: "Es una mujer muy atractiva, joven, que alteraba gravemente a los enfermos varones y hubo que recluirla en la sección de mujeres para impedir incidentes"; y esta otra: "Su familia está muy afectada, porque hay gente que ha creído en los malos tratos, cosa absolutamente falsa", que se contradice con la del director en la cháchara cómplice final: "Alicia no se opuso a ser ingresada cuando Onésimo G -el médico de guardia- viendo el estado de agitación y violencia del padre y las marcas de los golpes que tenía la paciente, creyó oportuno dejarla en el Psiquiátrico, sobre todo, para protegerla.”
A mí siempre me hubiera gustado creer en el periodismo objetivo e imparcial, pero cada vez que he admirado a un entrevistador, a un reportero, he tenido que admitir que mis ídolos eran un dechado de arbitrariedad y lo peor es que no me molesta que así sea. Como, además, yo no soy periodista, sino que me gano la vida limpiando casas, y sólo mi afán cotilla me ha metido en este caso, honestamente -pero con un punto de desafío- tengo que advertir que mi arbitrariedad tiene coordenadas bien precisas y delimitadas: como feminista, las mujeres siempre tienen razón, aunque a veces, hay mujeres que he de escamotear para creérmelo, y como antifascista finjo creer que las pulsiones coercitivas son patrimonio de mi adversario, y no pueden darse en mí.
He seguido los pasos de Alicia a través de Huelva, Cádiz y Sevilla; he ido al pub donde pasa sus veladas en Cádiz, he estado en el Hotel dónde se hospedaba, he jugado a los encuentros casuales con sus familiares durante cinco días, sin apenas dinero, comiendo bocadillos, sentándome a descansar en los bancos públicos, durmiendo una noche sí y otra no a cubierto, en pensiones dignas de la Corte de los Milagros. Mis pies están llagados, en carne viva, pero lo que me sostiene en pie es la convicción de que el retrato que me hacen de ella no puede ser cierto: esa mezcla de superficialidad, egocentrismo, inutilidad, vulgaridad y utilitarismo no puede ser veraz: es una mujer maltratada, por su marido, por su padre y por la institución psiquiátrica, es una victima. Me tiene que resultar simpática, me digo.
Y en Sevilla, después de una noche en vela, tras un viaje de ida y vuelta a Cádiz, infructuoso, al fin marco el número de teléfono en el que me contesta Alicia.
Quedo citada con ella en casa de sus tíos.
Sale a mi encuentro en la calle, me abraza como si nos conociéramos de toda la vida. Lleva un abrigo, imitación de visón, una de esas maravillas de los derivados del petróleo, un vestido drapeado con una abertura lateral, que deja al descubierto un muslo a cada paso, y como las medias se le bajan, cada tres minutos se las sube dejando ver generosamente las bragas. Los zapatos la alzan diez centímetros y ponen su equilibrio en un aprieto. Su rostro se halla semioculto tras el maquillaje, el rimel, y un azul eléctrico que centellea en sus párpados, pero eso apenas se nota porque la boca, delineada con un grueso trazo marrón, pintada de fucsia, atrae poderosamente la atención.
Me invita a entrar a casa de sus tíos, donde pernocta, y sale a mi encuentro un hombre de unos sesenta años con un capote de guardia civil sobre el pijama; es el hermano de su madre, treinta y un años en la Benemérita, habló personalmente con Franco en una cacería, casi cinco minutos estuvo el Generalísimo a su lado, que han sido los cinco minutos, más importantes de su vida y me lo dice así, de entrada. Ya sentados, añade que yo, como periodista sé de qué va la cosa, tanto como él, y debo aconsejar a su sobrina que retire la denuncia por secuestro:
-Cuando alguien iba protestando porque le habíamos pegado en el Cuartel, poníamos en las diligencias que se resistió y agredió a los números que llevaron a cabo su detención, de palabra y obra, profiriendo asimismo insultos. Y si seguían pasándose de listos, otra paliza y otra detención por agredir a un número y blasfemias. ¡Y no me han pillado nunca, nunca nos ha pasado nada!- cuenta con ese aire pícaro y de superioridad de quien está en el secreto de los dioses y ha sido su correveidile.
La esposa del ex guardia civil nos sirve un café con leche, recalentado y tibio, y sujeta un bote de cocina dónde está escrito en gruesas letras “SALERO”, para que me sirva a mi gusto. Pruebo una pizca y la miro sorprendida; tiene ese aire arrebolado de las mujeres que los poetas llaman sencillas y en mi pueblo calificamos de tontas. -"Es sal"- le digo. Contesta que sí, sin expresión, que no hay azúcar, y no han abierto aún la, tienda, y sigue tendiéndome el salero: -Échale un poco, que, si no, está soso-, mientras su marido me cuenta con aire triunfal que le tiene tanto cariño a la Guardia. Civil, que siempre lleva el capote en casa, desde que se levanta hasta que se acuesta.
Me trago el café con leche sin azúcar al tiempo que Alicia me va tendiendo folios y folios, escritos con una caligrafía irregular y selvática, con "poemas" -llamados así los escritos de cualquiera que no aproveche todo el renglón- y prosas con un sinfín de sucesos escatológicos, golpes, palizas y hematomas, y mucho "semen", "follar", "mamada" y el verbo "enamorar" declinado en todos los tiempos, números y personas.
Por instinto de conservación salgo de la casa, llevándome a Alicia, que en cuestión de un cuarto de hora había llegado a la conclusión de que se viene a vivir conmigo: quiere recoger cinco maletas grandes, dos bolsos de viaje, tres muñecas y un cuadro al óleo con su retrato de ochenta por ochenta, para venirse a Madrid conmigo. No sé todavía cómo consigo que salga de la casa sin equipaje y me la llevo a una cafetería. Le explico pacientemente que sólo quiero hacerle una entrevista, que me cuente lo que ocurrió en el Hospital Psiquiátrico con una grabadora que dé testimonio de nuestra conversación, o con dos, si ella quiere quedarse copia, que no soy rica ni famosa, que cuando vuelva a Madrid me alojaré en casa de una amiga porque he dejado mi trabajo de chacha, sin avisarle a mis patrones, para ir a buscarla, que no tengo sitio para que viva en Madrid conmigo.
Alicia asiente a todo lo que le digo, concentrada en lanzar sonrisas y miradas incendiarias a los parroquianos. Cuando termino, después de darme la razón continúa ella:
-Como estoy escribiendo un libro, que voy a presentar al Premio Café Gijón, me voy contigo, trabajaré contigo, firmamos las cosas a medias y luego, ya empezaré a trabajar en "Interviú" o en ’’El País’’, porque como le dije en una carta al Director de “Interviú”, lo que hace falta son periodistas, savia nueva. -Y me vuelve a enseñar los quince folios que ella llama modestamente "mi libro", y me pregunta que cuanto podría pedir por él.
Yo insisto que no lo sé, que no soy periodista, que ha sido curiosidad, que me he venido y me iré en auto-stop, que no tengo medios para sufragar su viaje ni su estancia en Madrid, que en cuanto llegue tengo que buscar trabajo. A Alicia no le importa, me repite que vivirá en Madrid conmigo, en mi casa, trabajará conmigo y yo sólo he de pagarle la mitad de lo que cobre en "El País”, no hay problema.
A la hora de este diálogo de sordos, Alicia logra extraer de mí mi peor yo. Solicita con la misma naturalidad que respira y coquetea que resuelva por ella, porque por haber llegado la última ha decidido que sus proyectos están íntimamente unidos a mí, que he de resolver sus problemas de supervivencia.
Si es verdad que está loca, su locura consiste en llevar hasta las últimas consecuencias las características que hacen que una niña se convierta en una anciana, pasando por la madurez, sin perder jamás su inanidad esencial, llenando siempre su vacío por persona interpuesta, ya sean los padres, el marido, los hermanos , los hijos o las personas que accidentalmente se crucen en su camino, en las que delega su responsabilidad y se delega; es decir, ese tipo de mujer, soñada por el varón, que paradójicamente despierta su misoginia cuando comprende el alcance del desaguisado humano.
El padre pretende que su hija no crezca para jugar eternamente su papel de semidiós, pero de su proyecto emerge una mujer que necesita el juicio aprobatorio de los otros para seguir existiendo, y utiliza sus dotes de seducción indiferenciadamente, incapaz de aguantar el rechazo de alguien con pantalones. Suele casarse embarazada del último varón ante el que desplegó su dulzura, su debilidad, su incapacidad para sobrevivir y su absoluta disponibilidad, apelando a la firmeza, la fuerza, la territorialidad, la autosuficiencia y la autoridad del hombre que se la lleva. Pero en esta, caricatura de mujer, el hombre encuentra también su propia caricatura: dureza, violencia, sadismo, intolerancia y tiranía al sentirse acorralado en una interpelación que le obliga a tomar las riendas de si mismo y de esa amorfidad que espera todo de él y llora casi por todo, haciendo de la queja su característica por antonomasia.
Tengo que admitirlo: seré muy feminista, seré muy antifascista, pero me identifico plenamente con el pobre marido. Estas mujeres extraen al homicida que yace en el hombre pacífico, y una, que no es un dechado de perfecciones, siente que ese yo oculto que participa, del fascismo y de la misoginia a partes iguales, surge incontenible.
Días después Alicia mostrará otra cara conmigo. Ha venido a Madrid sola, y se presenta sin avisar:
-Me he tenido que echar nueve polvos –me dice rencorosa- para que me traigan en auto-stop…
-Pues yo he venido en auto-stop y no me he tenido que echar ningún polvo -le contesto.
-Con esas pintas que llevas, no me extraña... -deja caer con retintín.
Y con toda naturalidad pretendía quedarse en casa de mi amiga o que le diera dinero para el taxi y un hotel.
-Ya te expliqué que no te podías venir a vivir conmigo, que no tengo ni dinero para mí y estoy sin trabajo ahora.- le repito una vez más.
-Podemos ir a medias: tú escribes mi historia en "El País", y yo presento mi libro al premio Café Gijón ...
Despiadadamente la he dejado en la calle sin un céntimo, sin conocer a nadie en Madrid.
Vuelve a verme al día siguiente. Ya no finge ignorar que soy pobre como una rata, desconocida como un recién nacido, sin ninguna influencia y no arrebato a los hombres ni puedo aplastar con mi presencia y mi guardarropa a las mujeres, y me dirigirá sus carcajadas y su desprecio sin disimulos:
-Tú, hija mía, eres tonta perdida. Si le dices a los hombres que no has comido, que tu marido te pegaba, que era alcohólico, que tu padre también te pega y cuando intentaste suicidarte porque no aguantabas más, te metieron en el manicomio... te invitan a champagne, pagan el hotel y después de echar un polvo te dan dinero; a los hombres hay que irles así. Mira, dieciséis mil pesetas...
-Así es como me fuiste a mí, porque me has contado lo mismo y querías sacarme dinero, pero, encima, sin tener que echar un polvo.
-Hija, es que tú vas de prima por la vida...
Y me enseña orgullosa el dinero recaudado en sus encuentros de hoy -la mitad de lo que yo gano en un mes, por setenta horas de trabajo a la semana, y sin reglamentación laboral- y me muestra las botas de ante nuevas, y el cheque para pagar una semana de hotel con baño y teléfono en la habitación, que le ha dado uno de sus protectores de hoy.
Luego el talón resultaría sin fondos, pero qué más da. Otro aluvión de hombres se expondrá a un encuentro casual con Alicia en el metro, en la calle o en un paso de peatones del extrarradio, y tendrán la inefable sensación de ser providenciales salvadores de una dama, sensación que no les proporcionarán las mujeres como yo.
Un mes después volvió Alicia para que le dé dinero, porque ella no vuelve a una consulta pública, dice que es humillante, y tiene que curarse: sífilis.
E imaginando las caras de sus conquistadores me dio un ataque de risa. No le doy dinero, claro. Yo no soy uno de sus hombres, y no subvenciono a las tontiastutas.
Gatopardo. Diciembre de 1982-enero de 1983
05/03/2006 12:50.