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LOS ÁRABES DEL MAR, NUEVO LIBRO DE JORDI ESTEVA

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"LOS ÁRABES DEL MAR" POR JORDI ESTEVA
(Fragmento inédito del libro del mismo título)

Por la tarde, Ustaz Salah me llevó a ver a Abdala Cherif, un viejo capitán que pertenecía a una de las grandes familias de mercaderes omaníes y que vivía en una antigua casona en el barrio antiguo de Sur, que había sido desvirtuada con añadidos de hormigón. Dejamos nuestro calzado en el umbral y entramos en un amplio majlis tapizado de linóleo violáceo con vetas blancas. Las paredes estaban pintadas de verde lima y las ventanas de aluminio, cubiertas por visillos acrílicos de color rosa. Un gran tapiz representaba la Kaaba y, entre las inevitables fotografías del sultán Qabus, destacaba esta vez una en la que se le veía ataviado con el uniforme del Ejército de Tierra. Tras saludar a varios invitados y familiares, nos acomodamos en unos cojines. No pasaron dos minutos cuando entró el anfitrión, un anciano de porte aristocrático con turbante rojo, barbas teñidas de alheña y ojos corroídos por los años. Todos se pusieron en pie, le besaron las manos y le desearon un feliz Eid el Fitr. Tras las bienvenidas de rigor, se presentó:
Ustaz Salah me ha hablado de usted. Mi nombre es Abdala Cherif Bin Hamed, bin Nasser, al Rashid. Soy un antiguo najoda y procedo de una familia de grandes marineros y mercaderes. Me alegro de que usted haya venido de tan lejos para interesarse en nuestras costumbres, puesto que todo eso que usted busca se está perdiendo.
Todo el mundo le tenía tanto respeto que, cuando él hablaba, en el majlis callaban todas las conversaciones.
—Soy uno de esos árabes del mar que usted busca —exclamó—. Me embarqué a los siete años y recuerdo aquella época como un bello sueño. Conocí Mombasa, Pate, Lamu... Traíamos madera de los manglares de Tanga, clavo y otras especias de Pemba... ¡Cómo olvidar Zanzíbar! —suspiró—. Las travesías podían durar dos meses y solían ser duras. El capitán debía tener un carácter enérgico para dar las órdenes precisas con que enfrentarse a las adversidades. Uno de mis primeros recuerdos es la cara de terrible dolor de un hombre hecho y derecho que lloraba como un niño, herido por la picadura de una raya.
—¿Por qué les embarcaban a una edad tan temprana? —pregunté.
A los hijos de los capitanes, de los navieros o de los mercaderes, nos enrolaban pronto en los veleros para que nos familiarizáramos con la navegación. ¡Había tanto que aprender! Teníamos que saber leer los mapas, manejar la brújula, conocer las estrellas, hacernos con el sextante... Pero hasta bien entrados en la veintena no se nos daba puestos de responsabilidad ya que un error en pleno océano podía significar el fin para todos. Había que confiar en el destino y tener la sangre fría y capacidad de mando para coordinar los esfuerzos de tus hombres. Y había que saber tomar decisiones difíciles, como tirar la mercancía por la borda, por valiosa que fuera, o dejarse arrastrar por el huracán sin intentar ofrecerle resistencia.
En ese momento entraron tres hombres que, tras descalzarse, besaron la mano del anfitrión y tras los saludos de rigor, se sentaron. Se les sirvió comida, de la que probaron unos bocados antes de disculparse y marcharse para cumplimentar a otros próceres. Abdala Cherif los trataba con la paternalista consideración de los líderes tribales de Arabia, bajo cuya magnánima protección podían sentirse seguros los hombres comunes.
Mi familia poseía grandes veleros —continuó Abdala Cherif—, algunos salidos de los astilleros de Sur y otros de la India, como el Masaudi, un barco maravilloso y muy grande que hicimos construir en Calicut, en el Estado de Kerala, por carpinteros que trajimos desde Sur y que trabajaron allí en la India durante más de un año. El Masaudi podía cargar hasta cuatrocientas toneladas. Pero, ¡ay! —se lamentó—, se hundió en el primer viaje. Era precioso, llevaba maderas de la India de gran valor y su destino era el puerto de Al Maqalla, en el Yemen. El viento era favorable y el Masaudi zarpó gallardamente con las velas al viento, pero nada más avistar Cochín, giró el viento y partió el timón. Mi tío era el capitán y trató de enderezar el rumbo hacia las playas, pero el monzón se volvió cada vez más intenso y las olas crecieron tanto que parecían montañas. Se rompieron los cabos y las velas comenzaron a dar sacudidas hasta desgarrarse. El Masaudi se hundió tras partirse en dos en el año 1330 de la Hégira.
Cada vez que llegaba un nuevo visitante, todos los presentes, sentados a la manera árabe tradicional, nos incorporábamos para estrecharle la mano —¡costaba tanto levantarse del suelo cuando los músculos no se habían ejercitado desde pequeño!—. Algunos ofrecían la muñeca en vez de la mano derecha que tenían pringosa por estar comiendo con ella; la izquierda, ya lo dijimos, no se tendía jamás ya que estaba destinada a la higiene más íntima. Los saludos se hacían interminables pues, como era habitual, se preguntaba por la salud y la familia, deseando los mejores augurios. Tras ello los visitantes eran obsequiados con platillos de cordero del que hacían ademán de comer unos bocados antes de levantarse, momento en el que Abdala Cherif les apremiaba a quedarse, cosa que hacían sólo durante unos minutos, pues quedaban aún muchas casas por visitar y mucho cordero por probar.
Años después —prosiguió Abdala Cherif, cuando el flujo de visitantes pareció entrar en una tregua—, mi familia construyó otro enorme dhow, que navegó por todo el Índico durante cincuenta años. Se llamaba Fat el Karim (Destino Generoso), y durante la segunda guerra mundial escapó de milagro de los torpedos de los alemanes, que creían que nuestros veleros transportaban a escondidas soldados británicos.
Uno de los nietos trajo un cuenco con dátiles y almendras, y un fuerte café árabe.
Suspiró. Él mismo nos sirvió una ronda de aquel café tan cargado y bebió la tacita de un sorbo. Llegaron más visitas y parecía cansado, por lo que el nieto nos preguntó si deseábamos seguir conversando. Le hice una última pregunta:
Y de todos los puertos que conoció, ¿cuál era su preferido?
—¡Zanzíbar! —exclamó con una determinación que por segundos le devolvió la juventud—. Zanzíbar era un lulu, una perla. Cada noche sueño con ese lugar, con sus árboles, con sus frutos. Zanzíbar era bellísimo. Era un país árabe al que llegábamos con alegría. Allí teníamos familiares; era como llegar a casa y cuando nos íbamos, partíamos siempre con gran pesar, algunos marineros cubrían su rostro para no ver cómo la isla desaparecía en el horizonte. Antes de divisar la costa de Zanzíbar, incluso antes de que nos sobrevolaran las gaviotas, ya sabíamos que estábamos cerca porque el viento nos traía la dulzura de sus especias.

Autor: Jordi Esteva
Título: Los árabes del mar.
Editorial:Ediciones Península.Colección: Altaïr Viajes, 72
ISBN: 84-8307-738-8. Páginas: 480. PVP: 20 €

Jordi Esteva con Fura

Jordi Esteva por Ana Briongos

Recuerdo perfectamente el día en que lo conocí. Nuestra común amiga, Mariví, me llevó a casa de Jordi Esteva. Hacía muchos años que oía hablar de él, pero nunca habíamos coincidido. Cuando él andaba por Egipto, yo andaba por Irán; cuando él dirigía las publicaciones de Ajoblanco, yo criaba a mis hijos; sin embargo, de vez en cuando, me llegaban noticias y comentarios sobre Jordi Esteva, que lo iban situando en mi imaginación como un personaje de cuento, casi un mito. Sabía, por lo que me contaban, de su buena planta y de su aspecto sumamente atractivo, pero no supe, hasta que lo conocí, de su carácter amable y bondadoso. Cuando llegué a su casa con mi amiga, yo acababa de publicar mi primer libro sobre Irán, “Negro sobre negro”, y hacía pocos días que lo había presentado en Altaïr. En cuanto me vio me dijo que había asistido a la presentación, y que le interesaba mucho lo que escribía. Mi autoestima subió de golpe, viniendo de quien venía el comentario: un fotógrafo reconocido, un entrevistador inteligente que ya había publicado el libro “Mil y una voces”, y era un viajero con una larga experiencia, al que yo admiraba.
Desde aquel primer día hemos cultivado una entrañable amistad. Tenemos una manera parecida de mirar el mundo, los dos hemos vivido en países musulmanes, cuya cultura y costumbres nos han influido profundamente. Durante los últimos años he seguido sus viajes para documentarse, y he vivido, como amiga y escritora, su inquietud a la hora de armar un libro de la envergadura de “Los árabes del mar”.Todavía no lo he leído; pero me muero de ganas de leerlo.

16/06/2006 02:18. Editado por Gatopardo enlace permanente. RECOMENDAMOS

Comentarios > Ir a formulario

gravatar.comAutor: Gatopardo

Mi admirado Jordi Esteva es un ser humano fascinante, con una biografía digna de los héroes que describe y comprende. Viajero, de los que aprende la lengua y las costumbres de los pueblos donde vive, hombre de convicciones contrastadas con la realidad que conoce, no ha tenido la docilidad que los editores y los críticos premian con desaforadas campañas de marketing. Sin embargo, sus lectores lo reconocemos como uno de los grandes, junto a los mejores.
Y es un honor anunciar aquí su libro, que os recomiendo.
Ana Briongos ha hecho un retrato aproximado y cálido de su amigo Jordi Esteva, con la autoridad que le da conocer los países y la cultura árabe como una apasionada viajera inquisitiva.
Gracias a los dos.

Fecha: 16/06/2006 02:34.


gravatar.comAutor: pau

Leerte cuesta un tiempo que no dispongo pero, a decir verdad, lo saco de donde sea, del trabajo, de la familia, de las series televisivassss.
En serio, es un placer gata.
Hoy me has convencido y compraré el libro. Me atrae el título, la presentación que haces de él y del escritor.
Gracias.

Fecha: 16/06/2006 22:13.


gravatar.comAutor: monocamy

Me encantan los nombres árabes y la fonética de sus lenguas. Es una cultura muy rica y exquisita en matices, amén de ese halo romántico que parece envolverla. Bueno, amén no. Imán, en este caso. :O

Ojalá nos lleváramos mejor con ellos...

Fecha: 17/06/2006 02:33.


gravatar.comAutor: Carlos Martinez

Esto si que es dar en el clavo de mis gustos. Lo leeré y seguro que me gusta. En esta época me como unos cuantos libros de viajes, en mi hamaca entre un acer y un cercis. Bueno, y un mojito.

Fecha: 17/06/2006 21:48.


gravatar.comAutor: alimaña news (redactor-jefe) a Monocamy

Lo mismo, lo mismo que decía la difunta Carmen Ordóñez de Marrakech

Fecha: 18/06/2006 16:51.


gravatar.comAutor: monocamy

A Alimaña:

Sí, pero con la diferencia de que yo sí que controlo con las drogas :D

Fecha: 20/06/2006 01:48.


gravatar.comAutor: Nasra

Gracias por su comenta en mi blog y estoy feliz para recibir el enlace porque queremos referencias en español.

Puedo ver en su página el libro sobre los omaníes quien estaban como sinbad. Voy a leer ese fragmento del libro.

Fecha: 02/07/2006 10:31.


gravatar.comAutor: Jordi Esteva

Hola amigos. Gracias por vuestras palabra. Aunque muchas sin duda me vienen grandes. Acabo de renovar mi página web. Ojalá -inch alá- os interese. Si quereis podeis hacer un comentario en mi página. Saludos: Jordi
www.jordiesteva.com
Pd: Nasra, ¿de dónde eres?, ¿Mascate?

Fecha: 04/07/2006 18:51.


gravatar.comAutor: Gerardo

Bien por Jordi Esteva sugerente y novedoso como siempre. Me impactó su Viaje al país de las almas. Ahora ha vuelto a dar en la diana. He devorado los árabes del mar durante estas vacaciones en Tarifa. Es extraordinario y fascinante. El relato está soberbiamente construido. La escritura ensoñadora y electrizante. ¡Vaya estupendo relato! ¡La via del tren es muy aburrida!

Saludos: Gerardo

Fecha: 15/08/2006 06:38.


gravatar.comAutor: juan

donde puedo coprar el libro

Fecha: 07/03/2008 05:21.


gravatar.comAutor: juan

donde puedo comprar el libro.
sanchisto@hotmail.com
gracias

Fecha: 07/03/2008 05:23.


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