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LAS GENTES DEL CAMPO

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Apenas se filtraban los primeros rayos del sol por la ventana, la sonora voz de nuestro padre, invariablemente, daba la orden fatídica del inicio de la jornada, y nos urgía para que trabajáramos con la fresca. Lo malo era que cuando llegaban las horas de máximo calor, también seguíamos en nuestra tarea.
Nuestro contacto con la naturaleza siempre fue total, privilegio que, a fuerza de vivirlo, decae en esa monotonía que la obligación impone, por lo que pierde su cautivador encanto y, en vez de disfrutarlo, lo padecemos. El trabajo absorbe, ocupa y preocupa, y quien ha de madrugar o trasnochar para desarrollar faenas agrícolas se despoja de toda sensibilidad poética.
El gorjear de los pajaritos, el croar de las ranas, la apertura de mil clases de hermosas flores, cuya fragancia invade nuestro pequeño entorno, el rocío de la mañana que los primeros rayos del sol transforma en grandes rosarios de multicolores perlas, el titilar de las estrellas que, como luciérnagas escapadas del ribazo, han ido a posarse en el firmamento, el arco iris apoyado en los cerros mas próximos… Esas y otras mil maravillas más las advertimos, pero no las disfrutamos.
Nuestro rudo trabajo se desarrolla sin otra protección que la ambiental: terrible es el frío del gélido invierno y no mejores las canículas del verano, pero en ese ambiente nos curtimos y nos forjamos para una vida pródiga en sacrificios y escasa en satisfacciones.
Así se moldean nuestras vidas y forma de ser. Se nos achaca ser excesivamente conservadores, rayando en la tacañería, y yo os diré que, aunque así sea, nadie lo es por vocación, procuramos ser fieles a la sabia enseñanza de la experiencia, adquirida en la Universidad de nuestras propias vidas. Es esa experiencia la que nos dice que la incertidumbre es una constante, que ni siquiera el tiempo será capaz de aclararnos definitivamente. Sabemos por una regla muy generalizada que los años buenos son vísperas de los años malos, y que no es frecuente juntar dos años de los denominados buenos; pero si es corriente juntar varios de los malos.
Con facilidad se nos cuelga el San Benito de ser desconfiados, y hay que reconocer que sobran motivos para que ese defecto humano se desarrolle y prospere en nosotros, pero la desconfianza superficialmente entendida es cobardía, y el agricultor nunca fue cobarde.
De nuestro conservadurismo basado en la desconfianza de futuro, se deriva nuevo defecto, y ése si que resulta grave tenerlo que reconocer, no siendo otro que el individualismo, que siendo el menos visible es el que más perjuicios nos produce y origina. No somos capaces de observar que las entidades bancarias, aún siendo grandes, se fusionan para hacerse más grandes, que las industrias multinacionales para ahorrar gastos de toda índole, mejorar la investigación, dominar mejor la competencia y otras muchas ventajas, no dudan en fusionarse o asociarse y, sin embargo, nosotros los agricultores dudamos en asociarnos, aun siendo los que más lo necesitamos.
Estas consecuencias que yo intento razonar son las que nos hacen sumamente vulnerables a toda clase de adversidades y es por lo que el agricultor, al pretender resolver en solitario problemas que son comunes, redoblara su esfuerzo en todas las direcciones: trabajar y economizar serán sus principales armas para un mal entendido éxito, a un precio desorbitado.
También somos enemigos de la burocracia y de los números. Podríamos decir que nuestra contabilidad la basamos en que si al finalizar el año tenemos algo más es que hemos ganado, y si tenemos menos habremos perdido. Pero en todo ese tiempo nos habremos contado a nosotros mismos, una y mil veces, el cuento de la lechera y la ilusión que derrochamos nos hace olvidar la fragilidad del cántaro, que, aunque lo veamos roto, amasamos nueva arcilla para remplazarlo.
Nos creemos dueños y señores de nuestras propias personas, no habrá reloj que fiscalice nuestra entrada al trabajo, ni sirenas que anuncien el final de nuestras jornadas, solamente el sol nos marca esas pautas. A todo eso lo llamaremos independencia y así seria, si no fuera porque el mandato de las obligaciones que nos hemos marcado es mas imperioso que ordenanza laboral alguna pueda decretar.
Los pájaros, las hormigas, los intermediarios, La Hacienda Publica, cada uno de ellos reclamará su parte y se la llevará por mucho que la defendamos. Sabemos que ellos también han de vivir del campo, pero aun hay más: quedan los imponderables, la sequía las inundaciones y otros. Contra esos, únicamente queda echar mano de la resignación y del espíritu de sacrificio acumulados, si queremos seguir viviendo del campo, ya que no es lo mismo, vivir con el campo que vivir del campo. Del campo vivimos o pervivimos los que de él dependemos de forma directa, los que sentimos la impaciencia por ver germinar y crecer las semillas, los que llevamos la tez curtida por el sol y las manos encallecidas, los que nuestros mejores conciertos nos los brindan las lluvias, al tamborilear las canaleras en una noche de abril, los que a pesar de todo, lo amamos como amante infiel que nos seduce y nos induce a seguir. Ya lo dijo el papa Juan XXIII que había tres formas de arruinarse: el juego, las mujeres, y dedicarse a la agricultura. Y reconocía ésta última como la más ingrata.
Pero, a pesar de todo, me pregunto qué es ese no sé qué que nos cautiva del campo y que, enmedio de tantas contrariedades, algunas veces, nos hace sentirnos felices y esperanzados.

Autor: Andrés Clavería.
Imagen: cuadro de Millet.

23/08/2006 19:06. Editado por Gatopardo enlace permanente. ANDRÉS CLAVERÍA

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gravatar.comAutor: Gatopardo

Andrés: como agricultor jubilado que sigue trabajando su campo, tengo que envainármela cuando me cuenta que no tiene tiempo para escribir; pero qué rabia me da imaginar que pudiera desaparecer su testimonio, que nos habla de una parte de la humanidad imprescindible, que desconocemos, y de la que sólo tenemos referencias por chistes e historietas contadas por quienes no conocen el campo, no son campesinos, no son agricultores, y no entienden nada.
Gracias por permitirme publicar en Gatopardo sus escritos. Es un honor y un placer tenerlo entre mis colaboradores.

Otra cosa: desde anoche ha habido problemas para acceder a las páginas alojadas en Blogia: lo siento.
En cuanto sepa el porqué os lo cuento.

Fecha: 24/08/2006 10:31.


gravatar.comAutor: Fabrizio

Me encantó el relato de Andrés y estoy de acuerdo con él, yo que tambien nací campesino, que la agricultura es una de las formas de arruinarse. Desde hace mucho me indigna que a una modelo anorexica le pagen miles de dólares por llevar un trapo en una pasarela, o a un jugador de fut, o del deporte que quieras le paguen millones, mientras que los campesinos, que nos dan de comer a todos, son mal pagados, despreciados y humillados.
Mis abuelos eran campesinos gallegos que emigraron a Cuba y eran bastante tacaños, pero asi hicieron lo que hicieron en el nuevo mundo, ahora que leo lo que escribe Andrés acerca de la tacañaría del campesino me quedo más tranquilo, porque yo pensé que era congénita y hereditaria, al fin que yo la padezco.

Fecha: 25/08/2006 00:33.


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