MIRIAM Y EL ENAMORADO DE LA OSA MAYOR

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Para don Antonio García Muñoz, con mi irreverente respeto.

 

Miriam tenía dieciséis años,  era hija de un preboste del Ministerio de Asuntos Exteriores, de vieja estirpe aristocrática,   y Simón era un zangolotino de veintidós años que estudiaba Derecho, a trancas y barrancas,  porque su padre, cacique de un pueblo de los montes de Toledo,  creía que si su hijo supiera  leyes  podría ganar todos los pleitos que tenía planteados. Cinco palmos en las lindes de la Ribera del Cojo significaban cobrar o pagar por el agua de la poza donde se abrevaba  el ganado; que fuera o no cañada real el camino de su finca La Molinera, restaría o multiplicaría su valor y, sobre todo, un hijo abogado le parecía el colmo para sus aspiraciones, porque aún no sabía que hay tantos licenciados en Derecho como filólogos, y que se precisa la misma falta de inteligencia para memorizar el Código Penal  que para  hacerle la autopsia semiótica a un texto.
El día que conoció a Miriam,  Simón quedó paralizado y trémulo ante aquella diosa de ojos verdes y mirada vertiginosa que sonreía dulcemente. 
-Luis, ¿la conoces? ¡Preséntamela!- dijo en éxtasis.
-Oye, que no tenemos nada que hacer con ella... ¿Tú sabes quienes son los que la acompañan? Son todos millonarios, aristócratas... no seas ridículo...
Una vaharada de vergüenza, de humillación, le nubló la vista; pero tuvo la suficiente lucidez como para marcharse sin decir nada.
Desde ese día,  Luis perdió a su compañero de correrías,  y observó estupefacto que Simón sólo tenía tiempo para estudiar, estudiar y estudiar. Aprobó el curso con las mejores notas y durante el verano se matriculó en una academia de idiomas. Parecía transfigurado por algún secreto designio que le hacía desentenderse de todos, con una sed irrefrenable de saber.
Simón entró en la Escuela Diplomática, y durante diez años fue destinado a todos los países cuyos recursos  no esquilmábamos y que, por lo tanto, no tenían importancia alguna.

En sus noches solitarias, buscaba la Osa Mayor o la Estrella del Sur, según qué constelación tuviera en aquel rincón del mundo, y pensaba en Miriam que era su guía. Su labor fue tan notable que, a pesar de su juventud, lo llamaron para que se hiciera cargo de un destino de primera importancia.
-Dentro de tres meses tendrá que estar en su puesto –le dijo el Ministro.
-Necesito tomar vacaciones hasta que me incorpore. Quiero ir casado.
-Me alegra saberlo: un embajador soltero siempre es un engorro. ¿Quién es la elegida?   
-Se llama Miriam, y su padre es un diplomático y aristócrata muy conocido. Pero aún no he pedido su mano, no le dicho nada a ella y…
-Entiendo su discreción y la alabo. ¡Que tenga suerte!
Simón buscó un hotel en Madrid digno de su categoría social, y se dejó caer por los lugares donde podría coincidir con Miriam, que milagrosamente era más bella que en su recuerdo. La vio llegar con su grupo de amigos aristócratas al club de la Casa de Campo; la vio en las conferencias y en las exposiciones, en las fiestas privadas y en las recepciones oficiales, siempre perfecta, sonriente, escuchando atentamente a sus interlocutores,  y su hermosa mirada de ojos verdes se posó con frecuencia en los ojos de Luis, emboscados en sus gafas. Los presentaron, claro, y ella sonrió cómplice cuando dijo la fórmula consabida:
-Encantada.
Nunca antes había reparado en su voz, un punto gutural, y le produjo un extraño escalofrío erótico. Simón se sorprendió como un desinhibido parlanchín, le contó  sus aventuras como diplomático en diferentes países exóticos, mezclando referencias de gente que ella conocía, y Miriam lo escuchaba embelesada. Poco a poco  sus acompañantes se fueron retirando, y quedaron solos en un salón lleno de gente, en una isla de complicidades y sobreentendidos. Con toda naturalidad se ofreció para acompañarla a   su casa, y ella aceptó. Quedaron para el día siguiente. Al cabo de un mes era habitual verlos juntos. Miriam subrayaba  las confidencias de Simón con síes, por favor, sigue, cuéntame que pasó después, qué interesante,  y él volcaba sus pensamientos más secretos en ella, confiado y enternecido.
Aquella última noche Miriam le dijo al despedirse, como siempre:
-Gracias por la velada, espero no haberte aburrido.
Simón le habló de su amor, de todos los años que había luchado por llegar a merecerla, y comparó a Miriam con la Estrella del Sur y con la Osa Mayor que guían a los navegantes.
Y ella preguntó con el entrecejo fruncido:
-¿Cuála osa dices?
Y ese “cuala” llegó como un chorro de hielo al alma de Simón, que se quedó mudo, rígido, boqueante. Y al cabo de unos segundos, acertó a decir:
-Perdona, Miriam, creo que es muy tarde, me tengo que marchar.
Simón llegó a su pueblo, abrazó a su padre, que acababa de pagarle a los jornaleros y comentaba con un vecino las  vicisitudes de la cosecha. Le ofrecieron la bota de vino peleón, lo embromaron llamándole señorito y cabrón con suerte, y al rato  apareció su madre limpiándose las manos en el delantal,  y ya nadie pudo colocar una sola palabra  entre su verborrea.
Durante unos días paseó solo, y pareció ausente. Luego empezó a levantarse al alba para acompañar a su padre, y trabajó duro, como uno más, y al cabo de un mes volvió a ser aquel muchacho jovial, lleno de energía, que no escatimaba su ayuda y sus risas, pero rehuía los libros.
Le llegó la carta del Ministerio para que tomara posesión de su nuevo destino, y sus padres esperaron a terminar la comida para preguntarle:
-¿Cuándo te tienes que ir?
-No me voy. Prefiero quedarme aquí, y trabajar las tierras.
Al cabo de un año supo que Miriam se había casado con un aristócrata riquísimo con el que no desentonaba.
Simón se ha convertido en un campesino como sus ancestros, lleno de sorna y sentencioso, casado con una mujer parlanchina que tiene ese jugoso castellano, lleno de arcaísmos, que se habla en su pueblo,  y él repite para embromarla  lo que siempre ha escuchado decir a los hombres de la familia:
-"No  hay que  fiarse de las mujeres calladas, porque su silencio es engañoso y cuando abren la boca, la pifian,  como todas."
La única diferencia con su padre y con su abuelo es que él sabe de lo que habla.


Gatopardo

25/08/2006 16:03. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: felipe

recuerdo una amiga, dice, salí anoche con fulano de tal.Es magnífico. "Habla sin faltas de ortografia".
un beso abuela,

Fecha: 25/08/2006 18:19.


gravatar.comAutor: dErsu_

Da para mucho, quizás demasiado, enamorarse de la Osa Mayor. Y eso lo sabe bien un tal Piasecki, Sergiusz Piasecki.

Fecha: 25/08/2006 21:08.


gravatar.comAutor: Eduardo

Cuálas o cuálos, forman parte del lenguaje en la zona de Castilla -León.
Buen relato sobre el que hay que recapacitar.
¿Inculto enamorado o culto misógino?



Fecha: 27/08/2006 12:56.


gravatar.comAutor: Dinosaurio

"Lo cualo" nos indica que la sabiduría se atesora andando.
Buen relato, Gata, lleno de matices, guiños y sabidurías.
Un abrazo fuerte.

Fecha: 28/08/2006 11:27.


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