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ALBERT CAMUS. EL MITO DE SÍSIFO![]() Autor: Albert Camus. La libertad absurda (...) También la muerte tiene manos patricias que aplastan pero liberan. Abismarse en esta certidumbre sin fondo, sentirse en adelante lo bastante extraño a la propia vida para aumentarla y recorrerla sin la miopía del amante es el principio de una liberación. Esta independencia nueva tiene un plazo, como toda libertad de acción. No extiende un cheque sobre la eternidad. Pero reemplaza a las ilusiones de la libertad, todas las cuales terminaban con la muerte. La divina disponibilidad del condenado a muerte ante el que se abren las puertas de la prisión cierta madrugada, ese increíble desinterés por todo, salvo por la llama pura de la vida, ponen de manifiesto que la muerte y lo absurdo son los principios de la única libertad razonable: la que un corazón humano puede sentir y vivir. Esta es una segunda consecuencia. El hombre absurdo entrevé así un universo ardiente y helado, transparente y limitado en el que nada es posible pero donde todo está dado, y más allá del cual sólo están el hundimiento y la nada. Entonces puede decidirse a aceptar la vida en semejante universo y sacar de él sus fuerzas, su negación a esperar y el testimonio obstinado de una vida sin consuelo. ¿Pero qué significa la vida en semejante universo? Por el momento nada más que la indiferencia por el porvenir y el ansia de agotar todo lo dado. La creencia en el sentido de la vida supone siempre una escala de valores, una elección, nuestras preferencias. La creencia en lo absurdo, según nuestras definiciones, enseña lo contrario. Pero merece la pena que nos detengamos en esto. Saber si se puede vivir sin apelación es todo lo que me interesa. No quiero salir de este terreno. Se me ha dado este rostro de la vida; ¿puedo acomodarme a él? Ahora bien, frente a esta preocupación particular, la creencia en lo absurdo equivale a reemplazar la calidad de las experiencias por la cantidad. Si me convenzo de que esta vida no tiene otra faz que la de lo absurdo, si siento que todo su equilibrio se debe a la perpetua oposición entre mi rebelión consciente y la oscuridad en que forcejeo, si admito que mi libertad no tiene sentido sino con relación a su destino limitado, entonces debo decir que lo que cuenta no es vivir lo mejor posible, sino vivir lo más posible. No tengo por qué preguntarme si esto es vulgar o repugnante, elegante o lamentable. De una vez por todas, los juicios de valor quedan descartados aquí en beneficio de los juicios de hecho. Sólo tengo que sacar las conclusiones de lo que puedo ver y no aventurar nada que sea una hipótesis. Si supusiera que vivir así no sería honesto, la verdadera honestidad me ordenaría que fuese deshonesto. Vivir lo más posible, en su sentido amplio, es una regla de vida que nada significa. Hay que precisarla. Parece, ante todo, que no se ha ahondado suficientemente esta noción de cantidad, pues puede dar cuenta de una gran parte de la experiencia humana. La moral de un nombre, su escala de valores no tienen sentido sino por la cantidad y variedad de experiencias que ha podido acumular. Ahora bien, las condiciones de la vida moderna imponen a la mayoría de los hombres la misma cantidad de experiencias y, por lo tanto, la misma experiencia profunda. Ciertamente, hay que tener en cuenta también la aportación espontánea del individuo, lo que en él está "dado". Pero no puedo juzgar esto y una vez más mi regla consiste en arreglarme con la evidencia inmediata. Veo entonces que la característica propia de una moral común reside menos en la importancia ideal de los principios que la animan que en la norma de una experiencia que es posible calibrar. Forzando un poco las cosas, los griegos tenían la moral de sus ocios como nosotros tenemos la de nuestras jornadas de ocho horas. Pero ya muchos hombres, y entre ellos los más trágicos, nos hacen presentir que una experiencia más larga cambia este cuadro de valores. Nos hacen imaginar a ese aventurero de lo cotidiano que mediante la simple cantidad de las experiencias batiese todos los récords (empleo a propósito esta expresión deportiva) y ganara así su propia moral. Alejémonos, no obstante, del romanticismo y preguntémonos solamente qué puede significar esta actitud para un hombre decidido a mantener su apuesta y a observar estrictamente lo que él cree que es la regla del juego. Batir todos los récords es, ante todo y únicamente, estar frente al mundo con la mayor frecuencia posible. ¿Cómo se puede hacer esto sin contradicciones y sin juegos de palabras? Pues, por una parte, lo absurdo enseña que todas las experiencias son indiferentes y, por la otra, impulsa a la mayor cantidad de experiencias. ¿Cómo no hacer entonces lo que han hecho tantos de esos hombres de los que hablaba más arriba: elegir la forma de vida que nos aporte la mayor cantidad posible de esa materia humana, introducir con ello una escala de valores que por otro lado se pretende rechazar? Pero sigue siendo lo absurdo y su vida contradictoria lo que nos enseña. Pues el error consiste en pensar que esta cantidad de experiencias depende de las circunstancias de nuestra vida, cuando sólo depende de nosotros. A este respecto hay que ser simplista. A dos hombres que viven el mismo número de años, el mundo les proporciona siempre la misma cantidad de experiencias. A nosotros nos corresponde tener conciencia de ellas. Sentir la propia vida, su rebelión, su libertad, y lo más posible, es vivir lo más posible. Donde reina la lucidez se hace inútil la escala de valores. Seamos todavía más simplistas. Digamos que el único obstáculo, la única pérdida "por falta de ganancia" lo constituye la muerte prematura. El universo aquí sugerido no vive sino por oposición a esa excepción constante que es la muerte. Por eso ninguna profundidad, ninguna emoción, ninguna pasión ni ningún sacrificio podrían hacer iguales a los ojos del nombre absurdo (aunque lo desease) una vida consciente de cuarenta años y una lucidez que abarca sesenta años. La locura y la muerte son sus elementos irremediables. El hombre no elige. Lo absurdo y el aumento de vida que implica no dependen, por lo tanto, de la voluntad del hombre, sino de su contrario, que es la muerte. Si se pesan bien las palabras, se trata únicamente de una cuestión de suerte. Hay que saber consentir en ella. Veinte años de vida y de experiencias no se reemplazarán ya nunca. Por una extraña inconsecuencia, en una raza tan avisada, los griegos pretendían que los hombres que morían jóvenes fueran amados por los dioses. Y esto no es cierto, salvo si se quiere creer que entrar en el mundo irrisorio de los dioses es perder para siempre el más puro de los goces, que es el de sentir, y sentir en esta tierra. El presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es el ideal del hombre absurdo. Pero aquí la palabra ideal tiene un sonido falso. No es ni siquiera su vocación, sino sólo la tercera consecuencia de su razonamiento. Habiendo partido de una conciencia angustiada de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo vuelve al final de su itinerario al seno mismo de las llamas apasionadas de la rebelión humana. Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebelión, mi libertad y mi pasión. Con el solo juego de la conciencia transformo en regla de vida lo que era invitación a la muerte, y rechazo el suicidio. Conozco, sin duda, la sorda resonancia que corre a lo largo de estas jornadas. Pero sólo tengo que decir que es necesaria. Cuando Nietzsche escribe: "Parece claramente que lo principal en el cielo y en la tierra es obedecer largo tiempo y en una misma dirección: a la larga resulta de ello algo por lo que vale la pena vivir en esta tierra, como por ejemplo la virtud, el arte, la música, la danza, la razón, el espíritu, algo que transfigura, algo refinado, loco o divino", ilustra la regla de una moral de gran porte. Pero muestra también el camino del hombre absurdo. Obedecer a la llama es a la vez lo más fácil y más difícil. Es bueno, sin embargo, que el hombre, al medirse con la dificultad, se juzgue de vez en cuando. Es el único que puede hacerlo. "La plegaria —dice Alain— se hace cuando la noche desciende sobre el pensamiento". "Pero es necesario que el espíritu se encuentre con la noche", contestan los místicos y los existencialistas. Ciertamente, pero no esa noche que nace bajo los ojos cerrados y por la sola voluntad del hombre, noche sombría y cerrada que el espíritu suscita para perderse en ella. Si debe encontrarse con una noche, ésta debe ser más bien la de la desesperación, que sigue siendo lúcida, noche polar, vigilia del espíritu, de la que surgirá, quizás, esa claridad blanca e intacta que dibuja cada objeto a la luz de la inteligencia. A esta altura, la equivalencia coincide con la comprensión apasionada. Entonces ni siquiera se trata de juzgar el salto existencial. Vuelve a ocupar su fila en medio del fresco secular de las actitudes humanas. Para el espectador, si es consciente, ese salto sigue siendo absurdo. En la medida en que cree resolver la paradoja, la restituye por completo. A este título, es conmovedor. A este título, todo vuelve a ocupar su lugar y el mundo absurdo renace con su esplendor y su diversidad. Pero es malo detenerse, difícil contentarse con una sola manera de ver, privarse de la contradicción, la más sutil, quizá, de todas las formas espirituales. Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir. Autor: Albert Camus. Título "El mito de Sísifo" Traductor: Luis Echávarri ISBN: 84-206-1841-1 Estos comentarios desaparecieron en una migración de blogia. Los copio aquí: Este fragmento de la obra de Camus sólo tiene como destinatarios a quienes no se sientan tentados por las respuestas que la ceguera ofrece y no teman el silencio. El resto puede pasar de puntillas, sin hacer ruido. Gracias.
...A Camus no le gustaba mucho que le metieran en el mismo saco que a los existencialistas, pero este texto da muestra de su capacidad de ideologizar con criterio. Creía en el hombre con una fe sobrehumana y lo defendía a capa y espada, pero aquí, en vida, en este instante y lugar. La realidad puede ser cruda, pero no por ello desdeñable... SALUDO, GATOPARDO: LeeTamargo.-
Creo que hay que tomarse la vida, y a uno mismo, menos en serio.
grato regresar al texto de Camus. Una sóla sugerencia, Abuela, en el título...como quieras ALBERT O ALBERTO, pero Alber... no me convence!! un abrazo
Mi admirado Felipe; ¡qué sería de Gatopardo sin tu atenta y sagaz mirada! Ahora mismo lo cambio Un abrazo
De acuerdo con Lee. A pesar de sus constantes declaraciones para distinguirse de los existencialistas (sobre todo de Sartre), su individualismo y su exaltación de la libertad le convierten, en mi opinión y con todas las prevenciones contra el encasillamiento, en un existencialista algo atípico y no declaradamente ateo (quizás en eso más cercano a Heidegger), que resalta la contradicción humana como fuente de la angustia que salvará al hombre. Gracias, Gata por recordarnoslo. Abrazos.
Ahora se trata de vivir conscientes también de que los hombres mueren y no son felices. La maldición, la piedra con la que no sólo tenemos que cargar los hombres, sino también la plena consciencia de que el descenso no es más que el preámbulo de otro ascenso. un saludo Gata
Hago notar a las feministas que Vailima ha dicho "hombre" dos veces. ¡A por ella!
¡A mí la legión!
Como miembro fundador de la Confederación Internacional de Bandas de Una (CIBU) me pronuncio en defensa de la inteligente Vailima, que utiliza el español como los grandes autores que admiramos, y no como los pedorros. Antonio García Muñoz, debería reconocer que babea de admiración por las mujeres como Vailima, que no necesita añadir aes, y debería decírselo sin enmascarar su pudor con ironía.
12/09/2006 15:58. …Sartre ha explicado que Camus no es un existencialista y que sus verdaderos maestros son los moralistas franceses del siglo XVII. Y explica que la palabra absurdo no tiene el mismo significado para Camus que para él: «El absurdo nace para él de la relación entre el hombre y el mundo, de las exigencias razonables del hombre y de la irracionalidad del mundo», mientras «lo que yo llamo absurdo es una cosa muy diferente: es la contingencia universal del ser, que es, pero que no es el fundamento de su ser; es lo que hay en el ser de dado, de injustificable, de siempre elemental.» Para el existencialismo el hombre no es su propio fin, ya que no existe más que proyectándose fuera de sí mismo, a lo que llamamos la trascendencia. En cambio, para Camus el hombre es su propio fin. De esta manera precisa su posición respecto al existencialismo, o más bien respecto a los existencialistas: «El existencialismo tiene dos formas: la de Kierkegaard y Jaspers, con la que se desemboca en la divinidad a través de la crítica de la razón; con la otra, representada por Husserl, Heidegger y muy pronto Sartre, y que yo llamaría el existencialismo ateo, se termina de igual forma en una divinización, que es simplemente aquella de la Historia considerada como el único absoluto. Ya no creemos más en Dios, pero sí en la Historia. Por mi parte, comprendo muy bien el interés de la solución religiosa, y percibo muy particularmente la importancia de la Historia. Pero no creo ni en la una ni en la otra, en sentido absoluto. Me interrogo y me enojaría mucho que me forzaran a escoger de una manera radical entre San Agustín y Hegel. Tengo la impresión de que debe haber una verdad tolerable entre los dos». A pesar de las aclaraciones, el público encontraba algunas excusas para incluir a Camus entre los existencialistas, y no se trataba solamente del Bardu Pont Royal y de los sótanos de Saint Germain des Prés, su territorio común. En 1945 Camus publicó Observaciones sobre la sublevación (Rémarque sur la révolte) como parte de una obra colectiva que lleva un título elocuente: La existencia. Los otros autores eran Benjamín Fondane, Maurice de Gandillac, Etienne Gilson, Jean Grenier, Louis Lavelle, René La Senne, Brice Parain y A. de Waehlens. En efecto, había con qué equivocarse. Camus subraya, de manera humorística, lo difícil que resulta dar a cada uno la etiqueta que le conviene, y constata lo que hay en común entre Sartre y él: que ninguno de los dos cree en Dios y, de entrada, no creen en el racionalismo absoluto. Y agrega: «Pero en fin, tampoco Jules Romains, ni Malraux, ni Stendhal, ni Paul de Koch, ni el Marqués de Sade, ni André Gide, ni Alejando Dumas, ni Montaigne, ni Eugene Sue, ni Moliere, ni Saint-Evremond, ni el cardenal de Retz, ni André Breton. ¿Es necesario incluir a todas estas gentes dentro de la misma escuela?». (1) http://www.lainsignia.org/2000/octubre/cul_016.htm …y bien, pues yo tampoco creo ni en Dios, ni en el racionalismo absoluto, ni en las etiquetas; y suscribo lo que se dice en la cita reseñada. ¡Un post excelente, mis felicitaciones, Gatopardo! Un beso muy fuerte. Hannah Fecha: 13/09/2006 16:36.
Camus es Camus. Y me disculparán la tautología digna de rebozarme en un albañal, pero no encuentro mejor manera de clasificarlo e identificarlo. Respecto a la Confederación Internacional de Bandas de Una, como su nombre indica, está formada por esta banda de una, servidora de ustedes. En Blogia siguen haciendo ajustes, y por eso se interrumpe el servicio tanto. Rogamos paciencia. Roberto Abizanda está trabajando duro y con el rigor que lo caracteriza. Por el momento ya hemos conseguido el mejor editor de bitácoras del universo, y el más sencillo de usar, y además es maño y no yanki. Un abrazo muy fuerte Fecha: 13/09/2006 23:38.
Tienes razón, Gata, al ensalzar a Roberto. Nos alojamos en el mejor editor de blogs y además de forma gratuita. Este chico trabaja duro a cambio de nada. Paciencia y buena letra... Antonio: antes muerta que perder un sólo minuto en aes y arrobas estúpidas que no aportan nada. En cualquier caso, escribiría con mayúscula la H. Ahora sí, que vengan quienes quieran a decirme cómo debo expresarme. Agradecer desde aquí, si se me permite, la magistral colaboración de la Confederación Internacional de Bandas de Una. Ha sido todo un honor. Fecha: 14/09/2006 07:26.
Releyendo el comentario, quizás Antonio malinterprete el tono del mismo. Ni qué decir tiene que está escrito desde el afecto y con cierto grado de ironía que seguro habrá captado. un abrazo nota: cuando Shopenhauer reprendía a su perro, le decía: "hombre, más que hombre" Fecha: 14/09/2006 07:31.
Ante el incivismo de algún comentarista que ha dejado, en el callejón de los Comentarios, unas deposiciones de Sartre y no las ha recogido en su bolsita, como mandan las Ordenanzas Municipales, ruego pasen con la motocaca a limpiar la zona. Gracias Fecha: 16/09/2006 00:53.
Qué bueno saber que al alguien más esa cita le punzó el pecho, y que no todos se quedan en la farsa de sentirse intelectuales al nombrar a un tal Camus. Fecha: 22/04/2008 13:22. |
GatopardoEn el tema: ASALTADA LA SEDE DE LA FUNDACION RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL , la información de los graves actos contra la FRMP. En el artículo Para protestar por el asalto y acoso a la Fundación RMP detalla las instituciones y direcciones e.mail a las que pueden enviar sus cartas de solidaridad.Para leer todas las cartas, en el tema Cartas de los Amigos del Olivar de Chamartín. Rogamos publiquen estas informaciones en sus bitácoras para romper el silencio informativo de los grandes medios de comunicación.
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