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CARTAS DEL ABATE DON JUAN ANDRÉS A SU HERMANO DON CARLOS ANDRÉS, EN QUE LE COMUNICA VARIAS NOTICIAS LITERARIAS

El gusto por la simplificación y la superficialidad anticlerical nos induce a olvidar que los jesuitas formaron parte de la élite cultural y la deuda que tenemos con ellos. La Compañía de Jesús, denigrada y atacada a lo largo de su historia, fue prohibida por el Papa, y por los monarcas católicos, como el Rey Carlos III de España, que mediante un ignominioso decreto, apresó y expulsó de sus dominios , entre el 29 de marzo y el 2 de abril, a los sacerdotes jesuitas, los despojó de sus propiedades y sus enseres, y los embarcó rumbo a Italia , uno de los pocos países de acogida,  junto a Prusia y Rusia.
Una vez más la razón de Estado, como antes con los judíos y los moriscos, desarraigó de nuestro país una generación fértil de ideas y de proyectos, y aquellos sacerdotes, malheridos en su lealtad al Vaticano, traicionados y perseguidos por sus aliados, sufrieron todas las penalidades, pero continuaron con su ávida curiosidad intelectual, enriqueciendo el siglo que les tocó en suerte.
Esta primera carta, que reproduzco, procedentes de la Biblioteca Virtual Cervantes, da idea aproximada de la criminal necedad y la acrisolada ingratitud borbónica, porque su hermano, al mantener correspondencia con un jesuita, arrostraba penas durísimas, aplicables a cuantos mantuviesen correspondencia con los jesuitas, y a todos los que hablasen o escribiesen públicamente contra la decisión real o sobre la Compañía.

Carta I del abate don Carlos Andrés y Morell a su hermano.

Querido Carlos: En mal punto doy principio al cumplimiento de la promesa que te he hecho en varios correos, y que nunca he podido ejecutar, de irte dando noticias literarias, y suplir de algún modo con largas cartas el gusto que no puedo aún lograr de tu compañía y conversación. Empiezo ahora con la triste noticia de la muerte de tres ilustres literatos, con todos los cuales, más o menos, he tenido alguna relación. Estos son Mr. Saussure de Ginebra, el abate Spalanzani profesor en Pavía, y el Dr. Galvani médico y profesor en Bolonia. Mr. Saussure era gran físico y naturalista: empezó a darse a conocer con varios descubrimientos, e invenciones físicas que fue publicando, o en conclusiones que proponía en las escuelas, y academia de Ginebra, o en los diarios, y papeles periódicos de su patria, de Francia y de Alemania; pero lo que le hizo respetar como un oráculo de los naturalistas fue su grande obra de los Viajes a los Alpes. Nacido en la falda de los Alpes, acostumbrado desde la niñez a pisar las montañas, y hacer cada año un viaje a algunas de las más altas, habiendo atravesado catorce veces por ocho partes diferentes la cordillera de los Alpes, examinado las montañas de la Suiza, y gran parte de las de Francia, Inglaterra y Alemania, visitado con particular estudio las de Italia, Sicilia, e islas adyacentes, pasado casi la mitad de su vida sobre los montes entre los eternos yelos de algunos de ellos, y los volcanes de otros, contemplando las tierras, las rocas, las piedras, las plantas, y las producciones de todos, haciendo nuevas experiencias y observaciones, y repitiendo las hechas, sobre lo que quedaba alguna duda, no dejando pasar la cosa mas pequeña, que no la observase y examinase hasta conocerla perfectamente, comenzó a dar a luz el fruto de sus viajes en un grueso tomo en cuarto en 1779, y continuó después en otro en 1786, haciendo esperar otro, que ha salido finalmente acompañado del cuarto en 1796.
No creas, engañado por el título, que la obra contenga solo conocimientos de piedras y peñascos, descripciones de nieves y de neveras, y observaciones mineralógicas, y de historia natural: es un tesoro enciclopédico de infinidad de noticias químicas, físicas, botánicas, zoológicas, mineralógicas, y aun fisiológicas, hidrostáticas, meteorológicas, y de todas las ciencias naturales. Desde luego con la ocasión de su lago de Ginebra hace mil experiencias y observaciones originales sobre las aguas: al ver tantos con el bocio entorpecidos en una incorregible estupidez, da noticia de los crinones, y la primera razonada y distinta que hayan visto los fisiólogos, y por la cual se movió después el célebre anatómico Malacarne a hacer la anatomía, y darnos la descripción anatómica y médica de aquellos infelices individuos de la especie humana, abandonados, y casi desconocidos hasta que Saussure, y Malacarne nos los han hecho conocer. Una infinidad de nuevos instrumentos, o de mejoras en los ya usados, nuevas experiencias y variaciones, y mayor perfección y exactitud en las que ya antes de él se habían hecho, la estructura de las montañas, la naturaleza de las piedras, la faz y las entrañas de la tierra, y un nuevo mundo, por decirlo así, no visto, ni aun imaginado por alguno se halla en aquellos cuatro tornos de sus viajes a los Alpes, que pueden llamarse la bibliotheca de las montañas, y aun casi de todo el globo terráqueo. Yo tuve la satisfacción de verle en 1791, cuando había tantos años que se esperaba el tomo de continuación de sus viajes, y hablándole sobre esto me dijo que deseaba hacer antes un viaje a España para ver y gozar de Sierra nevada. Estas sierras nevadas, sierras morenas, y otras sierras, collados y montañas eran sus ciudades, palacios, galerías y jardines, y todas las delicias de sus viajes. También deseaba mucho hacer una visita, y ofrecer su respeto y veneración a nuestro célebre Don Antonio Ulloa, a quien llamaba el Néstor de las naturalistas, y con quien se correspondía enviándose mutuamente memorias y regalos de historia natural. No parece que pudo cumplir sus deseos, y no uno, sino dos tomos ha publicado después en 1796 sin haber visitado a Sierra nevada, que tantos atractivos tenía para su docta curiosidad. Las revoluciones acaecidas en Ginebra le expusieron al odio de alguno de los partidos, y deseó establecerse en otro país, donde pudiera gozar de más quietud. Me escribió entonces el abate Spalanzani que deseaba ir a Pavía con algún establecimiento en aquella universidad; pero las circunstancias de los tiempos no lo permitieron. Vi después en algunos diarios literarios que había ido a París, donde enseñaba en una de aquellas escuelas, creo centrales, y el mes pasado oí decir su muerte, que no sé si ha sido en París, o en Ginebra, ni tengo más noticias de la muerte, ni de la enfermedad que la ha ocasionado. Era de edad no avanzada, teniendo solos 58 años, y mostraba una fuerte complexión, y robusta salud. Nació en 1740: a los 20 años hizo oposición a una cátedra de matemáticas, y a los 22 logró una de filosofía. Su casa era de las mejores de Ginebra, y tenía otras dos de campo muy buenas en las playas del lago con aire de las magníficas quintas de Italia, y en todo se veía un señor hacendado y rico. Su museo de máquinas físicas muchas de invención suya, y de historia natural, era muy estimable, y llamaba la atención de los eruditos forasteros, de quienes lo veo muy alabado. Ha instruido a un hijo suyo en química, física, e historia natural, y lo ha ido acostumbrando a los viajes de las montañas, como él mismo lo refiere; y en efecto el hijo ha publicado ya varias observaciones, y obritas suyas, y se ha adquirido crédito entre los físicos y naturalistas.
No sé qué tiene aquella ciudad, que produce tantos, y tan excelentes literatos. En pocos años ha perdido dos naturalistas de los más sobresalientes en toda Europa, Bonnet, y Saussure, y no muchos años antes había perdido a Trembley. Vive aún De Luc, que es lector de la reina de Inglaterra, y famoso físico, y naturalista, y el año pasado fue nombrado profesor de filosofía, y geología en la universidad de Gottinga. Senebier, sujeto distinguido en las ciencias naturales por su obra del arte de observar, y por varias investigaciones y observaciones que ha publicado con descubrimientos importantes sobre la influencia de la luz, sobre algunas plantas, sobre la digestión y generación, sobre los puntos tocados por el abate Spalanzani en sus obras, que él ha traducido en francés con prólogos y notas muy útiles, y sobre varias otras materias físicas.
Este tiene además mucha erudición, de que no suelen abundar los físicos y naturalistas. Como ha seguido la carrera de la Iglesia, y ha sido ministro, o cura de una parroquia, ha estudiado la teología, y el curso de erudición que esta pide. Su primera producción literaria que yo sepa es una disertación de la poligamia. Nombrado después bibliotecario de Ginebra abrazó la erudición bibliográfica y literaria, y publicó luego un Catálogo razonado de los manuscritos de la biblioteca de Ginebra, y poco después una Historia literaria de Ginebra, y en un diario literario de aquella ciudad ha ilustrado varias lápidas, y otros monumentos de antigüedad que en ella se encuentran, y ha manifestado una erudición muy universal. Te hablo de este con más distinción, porque he tenido con él más relación y correspondencia epistolar. Ahora después de la primera sublevación de Ginebra abandonó aquella ciudad, y se retiró a Rolle, de donde no he tenido de él otras noticias que las que he visto en los papeles públicos, y en las obras que ha dado a luz.
A más de este es nombre famoso entre los físicos el de Pictet, su Ensayo sobre el fuego está lleno de miras originales, que abren nuevo campo a los físicos, y bastaría aquel opúsculo para darle lugar entre los más distinguidos. Pero tiene varias otras producciones muy estimables y en medio de sus investigaciones profundas y originales se ocupa con mucho provecho de la Europa en comunicarle las obras importantes que salen en Inglaterra, y formar en lengua francesa, de uso más universal, una Bibliotheque brittanique, que cuenta ya muchos tomos. No quiero dejar de nombrarte un teólogo Mr. Cleparede, que en una obrita contra Rousseau, Consideración sobre los milagros del evangelio, hace ver su juicio, y su filosófica y teológica erudición.
El nombre solo de Necker recuerda un ginebrino, que ha hecho gran ruido en todo el mundo como ministro económico y político, y no lo ha hecho poco entre los literatos con sus escritos. Lo hace también grande con los suyos Mallet du Pan, tratando con mucha fuerza y vivacidad las materias que al presente llaman la atención de toda Europa. No acabaría si quisiera ir nombrando a Bertran, Le Sage, Trembley, hijo o sobrino del famoso Trembley, Picot, y varios otros, que deberían tener lugar si se quisiera hacer un catálogo de los escritores ginebrinos; pero no hago tal, y solo por incidencia al participarte la muerte Saussure he dejado correr un poco la pluma para darte alguna noticia de la literatura de la patria de aquel grande hombre, de la que tal vez tendrás poca.
No es menos grande, y por un lado lo es aún mucho más, el difunto Spalanzani. El arte de observar y experimentar parece llevado a la perfección en las experiencias y observaciones de Spalanzani. Aquella viveza de ingenio y de imaginación para ver desde luego en cada materia cómo se ha de entablar la observación o la experiencia para hacerla útilmente, y conocer por ella la verdad que se desea; aquella paciencia y flema de hacerla, y repetirla más y más veces, variarla, aumentarla, disminuirla, volverla y revolverla por todos lados, sin dejarla de las manos hasta haberla apurado bien; aquella penetración y agudeza de mente para advertir a la primera vista lo que sobra, lo que falta, y hallarle luego pronto remedio; aquella vigilancia y atención para no pasar por alto las más pequeñas, y al parecer despreciables circunstancias; aquella solidez y exactitud de juicio para sacar de ella las verdaderas consecuencias, y desechar las arbitrarias e inciertas; aquella prudente y sabia reserva de ceñirse y contenerse en los términos que la observación o la experiencia prescribe, sin dejar dar un paso más adelante a la inquieta vivacidad del ingenio; y en suma aquella lógica penetrante y aguda, severa y sólida, que se ve en las investigaciones y descubrimientos de Spalanzani, ha sido la admiración de los filósofos imparciales sus coetáneos, y lo será de los venideros, y el ejemplar de los físicos y naturalistas, que querrán hacer el conveniente estudio de la naturaleza.
Noble elogio de Spalanzani son a mi parecer los tomos de cartas del celebrado Bonnet. La primera obra de Spalanzani, o a lo menos la que empezó a darlo a conocer universalmente, fue su traducción con notas importantes de la obra de la Contemplación de la naturaleza de Bonnet, y ésta le dio ocasión de entrar en comercio epistolar con aquel gran maestro de los naturalistas. Éste al principio le trata como discípulo, y le hace conocer su superioridad: poco a poco va creciendo la estima, y le mira como igual, hasta que al fin llega a consultarle como superior y maestro. En efecto, sobre las mismas materias que había ilustrado Bonnet supo él hacer nuevos descubrimientos, y extendió sus investigaciones a otras muchas no tratadas por Bonnet, ni otro alguno, sino enteramente nuevas y originales, y con razón pudo decir el mismo Bonnet, que más verdades había descubierto en pocos años Spalanzani, que academias enteras en medio siglo.
Varias veces he considerado allá en mi interior a aquel gran filósofo hora paseando por los fosos, sentado junto a un lago, o a un estanque, moviendo y manejando aquel lodo, viendo y reviendo, examinando y contemplando los gusanillos, y pequeños insectos que en él habitan, y viviendo, por decirlo así, con aquellos animalillos, que comúnmente se desprecian, y que apenas los conocen aun los mismos naturalistas; hora metido dentro de su cuarto llena de sapos, ranas caracoles, lagartijas, y otras sabandijas semejantes, rodeado de gallinas, palomas, perros y gatos, estudiando en todos ellos con utilísimas experiencias los más secretos arcanos de la naturaleza, y no he sabido resolver si era más de admirar su paciencia para permanecer tanto tiempo en aquel género de vida, o su talento y habilidad para saber sacar de ella tantas verdades, y tantos conocimientos de la naturaleza. Catorce, y más años ha vivido por fosos y pantanos en busca de los animalillos infusorios; 2027 son a lo menos las ranas y sapos que ha cortado, y abierto en el momento en que estaban unidos para su generación, y otros tantos, o tal vez más antes o después de él; infinitas pruebas ha hecho dando de comer a palomas y gallinas ya con piedrezuelas, ya con tubitos de plomo, y manejando después, y examinando sus excrementos, y en cualquier punto que quería tratar no cesaba un momento de hacer, repetir y variar sus experiencias y observaciones.
Yo le vi en Mantua, donde se detuvo dos días para favorecerme con su compañía, y como entonces llevaba no sé qué ideas sobre la diferente salubridad de los aires, y del uso del eudiómetro, en vez de paseos y visitas repetía varias veces las experiencias con un eudiómetro que traía consigo en el viaje, y con que aun por el camino las hacía donde le parecía conveniente. ¡Qué ruido no movía estos años pasados buscando murciélagos para hacer con ellos varias pruebas, de las cuales no ha dado cuenta al público, y por ello no sabemos aun las resultas! Esta inquieta actividad, y curiosa paciencia le han valido tantos preciosos descubrimientos, de que están llenas sus obras.
No sé a quien debemos admirar más, o a Mr. de Saussure trepando por peligrosos riscos, metiéndose entre peñas, donde no se veía sino algún poco de cielo, y algunos cuervos, puesto sobre las cimas más altas de las montañas cubiertas perpetuamente de helada nieve, y allí, adonde apenas llegan algunas águilas, o algún otro rarísimo pájaro, formar su cabaña, y plantar su estudio, y con picos y martillos anatomizar los peñascos, con los barómetros, termómetros, y otros instrumentos físicos dar tormento a la naturaleza, y hacer experiencias físicas y meteorológicas, que ningún otro mortal había podido, ni tal vez podrá hacer, y dominando de aquella inmensa altura todo el globo terráqueo dar a los hombres, que tan bajo de sí veía, lecciones de historia natural, y de física, que estaban reservadas a su infatigable aplicación; o al abate Spalanzani hora sepultado en fosos y pantanos, revolviendo lodos, acariciando gusanillos, hora cerrado en su cuarto como en una arca de Noé con sus sapos y ranas, con sus caracoles y lagartijas, con sus palomas y gallinas, perros y gatos, y con varias especies de animales, dar de comer a unos, hacer el rufián a otros, cortar en pedazos algunos, rehacer a otros los pedazos cortados, quitar la cabeza a unos, y hacérsela renacer, dejar a otros por muertos, y hacerlos revivir, y consultarlos todos para aprender de ellos verdades desconocidas, y hacerlas conocer a los otros hombres.
Son extraños los gustos de los filósofos, y a los más de los hombres parecerá la vida de estos de quienes hablamos extravagante ridiculez, o melancólica locura; pero lo cierto es que ellos con tales ocupaciones pasan días más alegres, y gozan deleites más puros, y más sólidos y sinceros divertimientos, que los ociosos y poltrones del mundo en sus teatros, saraos, regodeos y pasatiempos, y son infinitamente más útiles a la humanidad.
Spalanzani ha variado sus divertimientos naturalísticos, y ha hecho muchos viajes de mar y tierra, en el Mediterráneo, en el Adriático, por Francia, por los Suizos, por toda Italia, y las más de sus islas, especialmente la Sicilia, y las Eolias. Seis tomos ha dado a luz de sus viajes a las dos Sicilias, y a las islas Eolias, en los cuales, aunque principalmente ha tomado por objeto ilustrar las producciones volcánicas, ha tratado otras muchas materias curiosas, y de mucha utilidad. Ahora estaba poniendo en limpio, para darlo también a la imprenta, su Viaje a Constantinopla, en que, según varias materias que le oí decir trataba en él, era preciso que hubiese cosas muy dignas de la atención de los naturalistas, y de todos los filósofos, y eruditos. Pero la muerte nos ha privado de esta, y de varias otras producciones literarias de aquel ilustre maestro.
Su edad era más adelantada que la de Saussure, y tocaba ya, o había cumplido los 70 años, pues me acuerdo que en agosto, o Setiembre de 1795 me dijo qué tenia 66, pero estaba tan fresco, y era de complexión tan robusta, que hacía esperar muchos más años de vida, y de pública instrucción, si un insulto de apoplejía a principios del mes pasado no le hubiera cortado la carrera que tan gloriosamente seguía. Su patria era Scandiano, villa distinguida en los estados de Módena: fué profesor en la universidad de Módena, y allí empezó a darse a conocer de suerte que llamó la consideración del conde de Firmian, ministro plenipotenciario de la Lombardía austríaca, para convidarle con una cátedra, y distinguido sueldo en la universidad de Pavía, donde ha enseñado por largos años, y donde por último le ha cogido la muerte.
En sus viajes ha hecho preciosas colecciones para el museo de historia natural de la universidad de Pavía, y al mismo tiempo las hacía también para uno suyo propio que tenía en su casa paterna de Scandiano bajo la custodia de una hermana suya, que me dicen contiene muy preciosas raridades, y piezas de mucho valor, y que ahora quieren ponerlo en venta sus herederos. A más del Viaje de Constantinopla que tenía ya casi pronto para la impresión, estaba trabajando para la sociedad italiana, en cuyos tomos tenía ya impresas otras memorias; estudiaba sobre el gas de los planetas, y ocupaba en varias investigaciones importantes su infatigable actividad.
No era del calibre de Saussure, y de Spalanzani, pero era sujeto de mucho mérito el difunto Dr. Galvani. Era profesor estimado en la universidad de Bolonia, buen médico, y buen físico; pero poco conocido fuera de allí hasta que las ranas, o el descubrimiento de la electricidad animal, que su penetración le presentó al ver casualmente producirse algunos movimientos en las ranas ya muertas al tocarlas un cuerpo eléctrico, llevó su nombre por toda la culta Europa. Publicó su descubrimiento con mucho fondo y solidez de doctrina, y luego, como suele suceder en las novedades importantes, se vieron salir muchas explicaciones, confirmaciones, impugnaciones y defensas, censuras y elogios; y en poco tiempo se formó una biblioteca de opúsculos, que se publicaron en pro y en contra de la electricidad animal; pero bien presto quedó triunfante la verdad, y ahora la electricidad, que en Francia veo llamarse con el nombre de Galvanismo, forma un ramo de física, que llama el estudio y la atención de los físicos y de los médicos, y que hará inmortal el nombre del Dr. Galvani.
Los españoles D. Ramón Rialp, mis discípulos D. Gaspar Sánchez, que has conocido ahí de paso para Teruel, y D. Joseph Ferrer, que está en Barcelona, y algunos otros eran de los más asiduos concurrentes a sus experiencias y lecciones, y él mismo confesaba que se había aprovechado no poco de sus luces y advertencias. No le he visto una vez en casa de Sánchez, y Ferrer, adonde vino para favorecerme, y con las faldriqueras cargadas de ranas para hacerme ver aquellas experiencias, y explicarme la teoría, de que yo entonces aún no tenía idea, y realmente me pareció, cual lo había oído celebrar, un hombre docto y modesto, en quien resplandecía igualmente el saber que la virtud.
El año pasado al proponer a los profesores el juramento de odio a la monarquía el Dr. Galvani fue uno de los que estimaron más perder su cátedra, que gravar su conciencia con un juramento que no creía poder hacer. No se puede negar que sea digno de mucho elogio quien sacrifica honores y emolumentos temporales por no exponerse a faltar a su conciencia; y en efecto, sin querer por esto ofender a los otros, los que se han negado a este juramento han sido profesores de notoria probidad, y de talentos sobresalientes, y he oído hablar con mucha edificación del célebre matemático, Dr. Canterzani, que ha sacrificado cátedra, presidencia de la academia, y otros honores y emolumentos, y se ha reducido a una privada estrechez; de la famosa poetisa y grecista Clotilde Tambroni, que por el mismo motivo ha abandonado su cátedra de griego, y otros provechos, y aun la patria, y se ha acogido a esa ciudad, como sabes; y del médico Dr. Utini, y de todos los otros que han hecho semejantes sacrificios. A buena cuenta el religioso Dr. Galvani se ha adquirido a tiempo este mérito delante de Dios, pues apenas han pasado siete u ocho meses cuando le ha llamado a la otra vida a coger el fruto de su virtud y religiosidad.
Pero basta de muertos, y ya que hasta ahora por noticias literarias solo te las he dado de muertos, quiero darte una al contrario de una obrita que me han regalado del arte de prolongar la vida humana. Su autor es el Dr. Hufeland, profesor de medicina en la universidad de Iena, y el traductor el Dr. Careno, médico italiano, que está en Viena, como has visto en mi carta sobre la literatura de aquella ciudad. Verdaderamente toda la medicina no es otra cosa que el arte de prolongar la vida humana, y el poner este título a un tratado particular hace esperar cosas nuevas y particulares: la universidad de Iena es una de las más famosas de Alemania, y por consiguiente de Europa en las presentes circunstancias, y entre los profesores de aquella universidad uno de los más célebres es el Dr. Hufeland, a quien por su singular fama el conde Wilzeck, cuando era ministro plenipotenciario de la Lombardía, hizo cuanto pudo para traerle a Pavía a la cátedra de clínica que habían ocupado Frank, Tissot, y Borsieri; y tanto lo especioso del título de la obra como la fama del autor todo prometía más de lo que me ha presentado la misma obra.
Esta es de dos tomos en 8º dividida en dos partes, el primero contiene la parte teórica, y el segundo la práctica. A lo menos en lo que mas fácilmente puede entrar mi juicio no veo el método y orden de las materias en la mejor disposición. La parte teórica empieza con la destinación de esta su arte macrobiótica, y aquí viene con los egipcios y griegos, gerocómica, gimnastíca, San Gemain, Mesmer, Cagliostro, y otros tales, que parece debían entrar más en la parte práctica que en la teórica, y al contrario la mitad de la segunda parte es el examen de los medios que abrevian la vida, lo que parece debía haber tenido más propiamente su lugar en la teórica que en la práctica, y así varias otras cosas las va metiendo como le vienen, y ha de repetir muchas veces en la práctica lo que ha dicho en la teórica.
Por más que en el prólogo insista mucho en que esta su arte macrobiótica es diferente de la medicina, y de la dietética, poco o nada dice que no esté comprehendido en la dietética, o higiena. Aun entrando en la materia me parece que sin ser médico puedo juzgar que no la trata con la mayor felicidad. Algunos puntos que toca son poco generales para entrar en un arte semejante; por ejemplo entre los medios, o mejor diría motivos de acortar la vida, uno es la onanía moral, otro el suicidio, y entre los de prolongarla la conservación de los dientes, y la limpieza de la piel. No dudo que sean verdaderos unos y otros, si bien lo de la onanía moral podrá ser muy raras veces; pero ¿son acaso cosas que merezcan tratarse en particular en un arte de prolongar la vida humana? Por lo general lo más de lo que dice realmente a propósito para esto es lo que se halla en casi todos los que escriben del modo de conservar la salud, y lo que comúnmente dicen en la conversación aun los que no son médicos, sobriedad, movimiento y ejercicio del cuerpo, tranquilidad y contento de ánimo, dormir bien, esto es, quietamente, y el tiempo necesario a la propia complexión, comer moderadamente en cuantidad y cualidad, y otras tales que ya sabemos. Otras que quiere poner de suyo no sé qué utilidad tengan; como por ejemplo ¿qué haremos para tener un buen origen físico? Tendremos el que nos ha tocado al nacer, y paciencia. Conservar el verdadero carácter que cada uno tiene es otro medio que propone para vivir largamente, y aquí habla de los que han de mudar de carácter según el papel que hacen; todo lo que no veo que tenga una inmediata influencia con la larga vida. Sin embargo en la diferente duración de la vida de los príncipes, de los literatos, y entre estos de los filósofos, poetas y otros, de los monjes, y ermitaños, de los marineros, cazadores, labradores, soldados, y otros empleos, en la determinación del tiempo de las diferentes vidas, en los mismos medios ya sabidos de abreviar, o de alargar la vida, y en varios otros artículos trae erudición y doctrina, que creo pueda merecer el estudio de los médicos.
Esta obra que salió en Alemania el año 1796, y en Pavía el pasado 98, me trae a la memoria un papelito suelto, que cinco, o seis años ha publicó estando en Mantua un médico toscano gran viajador, que había corrido por Francia, Inglaterra y Alemania; y aun en Italia no podía estar fijo en una ciudad, sino que iba siempre pasando de una a otra, el Dr. Vallí, que en Inglaterra publicó en inglés algunos opúsculos, que le dieron honor; en Mantua un papelillo sobre la electricidad animal, que no contenía más que una precisa relación de experiencias suyas enteramente originales, y así otros en Padua, y otras ciudades; este pues sacó a luz un opúsculo del modo de evitar la vejez, el cual, aunque no sé si podrá ser de mucha utilidad, es ciertamente más original, y más curioso que el de Hufeland. No lo tengo presente, porque siendo un pequeño cuaderno fácilmente se habrá traspapelado en la transportación de mis libros: en general me acuerdo que examinaba en qué consiste la vejez, que es en la falta de un fluido, y en la sobra de materia terrea, y proponía una bebida, que iría disolviendo la parte terrea sobrante, y restableciendo el fluido que se pierde, todo esto, propuesto con brevedad, claridad y precisión de términos fisiológica y química, hacia un libro, que, aunque muy pequeño, y tal vez para el uso de la vida poco útil, era curioso y docto.
Ya que he empezado a hablarte de libros de medicina no será noticia literaria fuera de propósito la que he leído en un viajero alemán Christiano Luis Lenz del estado de la medicina en Suecia y Dinamarca, Gothemburg, según este dice, tiene tres excelentes médicos Engelhard, Dubb, y Karlander. El profesor Saxtorf, uno de los más doctos y versados en la obstetricia, la enseña en un famoso y celebrado hospital que hay en Copenhague para las mujeres que van de parto. Las universidades de Upsal, y de Copenhague, como también la academia de esta, presentan gran número de ilustres profesores no sólo en la medicina, sino también en las ciencias que le pertenecen, como botánica y química, que se cultivan cual en ninguna otra universidad.
Los jóvenes estudiantes asisten a las lecciones de los profesores cinco, seis y aun siete años, y se instruyen, bien en la teórica antes de darse a la práctica, y después de graduados para ganarse crédito deben viajar. Así lo han hecho Murray, Thumberg, Akrel, Sparrman, Callisen, Winsloo, y otros muchos. He leído los viajes de Thumberg y de Sparrman con mucho gusto por la variedad de noticias que dan no sólo geográficas, sino de historia natural, botánica. lo que hace ver los conocimientos de que estaban bien provistos desde su juventud aquellos médicos, cuando emprendieron sus largos viajes nada menos que por África y Asia. Algunos hacen estos viajes a sus costas, porque varios sujetos de buenas y ricas casas se dan al estudio y profesión de la medicina, otros a costas del rey, de la universidad, o de algunos señores particulares, que los quieren proteger, o se empeñan por el honor y provecho de la nación. Aquellos médicos instruidos en las lenguas se hacen llevar los libros y diarios literarios que salen en otras naciones, y se aprovechan de los descubrimientos que se hacen en todas ellas.
Con esta ocasión, y cabalmente hablando de los médicos alabados en este viaje, he visto la reflexión de un literato, que observa el error en que están varios, de que a un literato poco dinero le basta, y que mientras se dan gruesos sueldos y pensiones a cualquier empleado, y a cualquier criado, parece que se eche a la calle el más mínimo emolumento que se de a quien profesa las letras. Un literato, dice, que sea realmente digno de este nombre, necesita de comodidad, y alguna abundancia por el bien de las ciencias que cultiva: necesita un amanuense para no perder su precioso tiempo en copiar y poner en limpio sus escritos; necesita los diarios literarios de otras naciones para saber los nuevos descubrimientos y nuevos libros; necesita muchos de estos libros que se han de hacer venir de lejos con mucho gasto; necesita de gran correspondencia epistolar con otros literatos; necesita a veces de instrumentos y de experiencias; necesita también hacer a las veces algún viaje; y necesita mil otras cosas, en que se emplearía útilmente el dinero, que tantos otros de grandes sueldos no saben emplear sino en vicios y vanidades.
¿Pero adonde vamos con los médicos de Suecia y Dinamarca que tanto alaba el alemán Lenz? Con más complacencia me volveré hacia nuestros médicos españoles con mil parabienes por haber empezado a publicar sus memorias la Real Academia Médica Matritense, de cuyo primer tomo, aunque dado a luz en 1797, sólo poco ha tenido noticia por los extranjeros, y he visto con mucho gusto hacerse un cumplido extracto, y los debidos elogios a una memoria de tu amigo D. Antonio Franseri sobre una dificultad de respirar periódica, que manifiesta el influjo de la luna en el cuerpo humano. Más por extenso he podido leer la disertación médica sobre el cólico de Madrid del Dr. D. Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, y me pareció en su género cosa perfecta. No conozco personalmente a este autor; pero vi años atrás un pequeño opúsculo suyo que me envió de París nuestro amigo Cavanilles, que tanto honor da a nuestra nación, sobre la descomposición del aire atmosférico por el plomo, y aunque cosa brevísima y de pocas paginas, me llenó mucho, como también a algunos químicos de Mantua, a quienes lo hice leer, y no dejé de hacer mención de él en mi obra de la literatura en el capítulo de la química. Con esta prevención he leído con ansia esta disertación luego que me ha venido a las manos, y me la he bebido toda con gran placer. Aquel espíritu de observación, aquella vista penetrante aquella atenta y pausada reflexión, aquella variedad de conocimientos, con que de la cama del enfermo puede pasar a los jarros, y a las ollas de la cocina, y hacer servir la historia natural y la química a la medicina, son las que constituyen un hombre grande, y me hacen esperar que Luzuriaga dará nuevo lustre a su facultad, y a nuestra nación.
Aunque es ya sobrado larga esta carta, quiero alargarla algo más, y darte noticia de una obra italiana de un español, de la cual tal vez no la tendrás aún. Esta es del abate Don Vicente Requeno sobre el restablecimiento de la música de los griegos y romanos, impresa aquí el verano pasado, y no bien concluida del todo la impresión cuando el autor partió para Zaragoza, y pocos o ningún ejemplar perfecto se pudo llevar consigo, por lo que me persuado que poca noticia se podrá tener ahí de ella. En dos tomos en 8º comprehende la materia, reservándose el publicar ahí otro, si tiene medios para hacer las pruebas que aquí no le ha sido posible ejecutar. Empieza con la historia de la música antigua, y ésta desde Jubal, o se puede decir desde el principio del mundo, en lo que no puede dejar de haber mucho de arbitrario, y de propia imaginación; pero viniendo después al tiempo de los poetas griegos va mostrando cómo se unían en cada uno de ellos la música y la poesía; como gran parte de la diversidad de la poesía provenía de la de la música; y cómo la decadencia de la música vino de dividirla de la poesía, y quererla hacer parte de la matemática, tratándola con cálculos y proporciones, de que ella no necesita.
Entra después a examinar los escritores de música griegos, y aun los pocos romanos que tenemos, y expone la doctrina del antiguo Aristógeno, de quien nos quedan aún tres libros, bien que algo alterados en las ediciones que se han hecho de ellos, la de Arístides y Quintiliano, lo poco que dicen Plutarco, Sexto Empírico, y Macrobio, la doctrina de Claudio Tolomeo, de Nicomaco, Bacchio el mayor, y Gaudencio, la de Boecio, Euclides, no el geómetra, Alipio, S. Agustín, Marciano Capela, Psello, y Briennio, y en todos ellos va distinguiendo lo bueno, que en los más es muy poco, de lo malo, y falso, o inútil aunque tal vez no sea falso. Donde es de observar que Briennio, aunque tanto más moderno, es uno de los que hablan más ajustadamente, y con más exactitud y claridad.
Dada la historia entra a explicar los sistemas diferentes de la armonía de los griegos, y explica más largamente el sistema ecuable, que fue el más generalmente seguido por los escritores, y propone un instrumento de los antiguos llamado canon, del que da un diseño, que él ha hecho trabajar, y con el que ha hecho varias pruebas, sobre las cuerdas, las consonancias, y todo el sistema de la música griega. A más de los instrumentos examina el canto, que dice dividían los griegos en métrico, armónico, y rítmico, y largamente examina aparte lo que es el ritmo, sus pies, sus mutaciones, y todo lo que le toca.
Yo no entiendo la materia para poder dar mi juicio, sólo observo que este punto del ritmo de la música antigua debe ser muy obscuro y enredado pues todos los escritores hallan dificultad en entenderlo, y te diré para gloria de nuestra nación, que en este tiempo han trabajado tres españoles para ilustrar la música antigua, y el ritmo; y me persuado que todos tres le habrán dado cada uno por su parte sus luces particulares. La obra de Requeno está ya expuesta al público; los otros dos son D. Esteban Arteaga, cuya felicidad bien conocida en tratar todas las otras materias que ha emprendido, puede ser una segura prenda de la que le habrá asistido igualmente en tratar esta que deseamos ver cuanto antes publicada, y D. Buenaventura Prats, cuyo manejo de libros y códices éditos e inéditos, y pericia en la lengua y erudición griega me hacen esperar que su obra haga olvidar las de los Meimbomios y Donis, y dé nuevo lustre y extensión a este ramo de la literatura griega. Si a estos tres añades a Don Antonio Eximeno, que compuso su obra, que puede llamarse clásica, del origen, y de las reglas de la música, y al abate Pintado, que publicó una gramática de la música, te causará tal vez admiración que tantos españoles hayan casi a un mismo tiempo empleado sus estudios en la música; pero podrás tener el gusto de pensar que sus trabajos en esta parte han sido, y serán honrosos a nuestra nación. Te hablaré finalmente, antes de levantar la mano de esta carta, de otro español, de quien no tengo conocimiento, ni he hallado alguno que lo tenga, y que merece ser conocido por su celo por las letras, por el establecimiento literario que ha emprendido, y por su propio mérito literario. En un tiempo en que se han destruido tantas ilustres academias y sociedades literarias, un español en Italia ha querido establecer una, que puede servir para tener en pie la cadente literatura. Este es D. Eduardo Romeo conde de Vargas, el cual hace algunos años que está en Italia, y ahora vive en Siena, donde, según he oído, se trata sin lujo, pero con decencia, y está muy retirado metido en sus estudios, sin ser conocido personalmente sino de muy pocos aun en Siena.
Ha publicado algunas obritas en italiano; pero no he visto sino su Saggio dell' epigrama greco, impreso en Siena en 1796, y dedicado al conde de Bernstorf ministro de estado del rey de Dinamarca. De este librito saco tres noticias tocantes al autor, primera, que ha viajado por Europa, habiendo estado en Copenhague, y con algún decoro, pues podía tratar de cerca a aquel ministro, como dice él mismo: nel soggiorno che io feci cosi d' appresso alla vostra gloria. Te copiaré una cláusula de la dedicatoria, que tal vez podrá darte alguna vislumbre para conocer al autor, que yo no conozco. Dice así: il sistema d' un' energica neutralita, col quale avete procurato alla Danimarca tutte le dolcezze della pace, sostenuto il commercio, accresciuto lo splendore delle arti, che vi hanno trovato un asilo, ha sparso ancora sopra di me il suo benefico influsso. Segunda, que a lo menos a la mitad del año 1796 vivía ya en Siena, pues la data de la dedicatoria es: Siena 10 Luglio 1796, y parece natural que algún tiempo antes hubiera llegado allá, y mucho más que se hallara en Italia, pues podía escribir en esta lengua en prosa y en verso con tanta facilidad. Tercera, que sea un caballero culto, como lo muestra todo el discurso del libro, y esté versado en la lengua griega, como se echa de ver en las traducciones que hace de los epigramas griegos.
Este pues D. Eduardo Romeo conde de Vargas, movido del celo de mantener el buen gusto en la literatura, pensó en establecer una sociedad literaria de 40 individuos, que concurriesen a este intento, y a lo menos cada dos años enviasen una disertación para insertarla en las memorias que se imprimirían, y cada año a lo menos un artículo para el diario, en que se publicarían las observaciones literarias de los socios sobre los libros y novedades literarias que irían saliendo. Como el fin de esta academia es formar una íntima unión entre los principales doctos de Italia, cada socio podrá contar sobre el interés que todos los otros se tomarán en suministrarle las luces que podrá desear en cualquier género de literatura en que componga alguna obra.
Me hizo el honor de convidarme a ser uno de los 40, y me alegaba para empeñarme la fuerza de la patria común; pero como yo no pensaba en quedarme aquí sino para atender a la impresión del último tomo de mi obra, le di gracias por la honra que me hacía, y me excusé de no poderla aceptar. He tenido con todo algunas noticias posteriores de los adelantamientos que ha ido haciendo esta empresa, de los presidentes, y una especie de jueces o censores que se han nombrado, y del tomo que se imprimía, y saldrá luego a luz, o tal vez a éstas horas habrá ya salido.
Aunque el autor reside en Siena, el diario, o las observaciones literarias y las memorias, o disertaciones de la sociedad se imprimen en Florencia, tal vez por la mayor facilidad de la transportación de los libros impresos. El secretario de la sociedad es el abate Jayme Sacchetti. Aquí hay dos socios, el Sr. conde Cerati, el cual tiene además no sé qué otro empleo, y el célebre P. Pagnini.
Tú ves que la empresa es grande, y muy loable. Un particular en un país extraño formar de toda la Italia una academia, establecer sus reglas o su código, nombrar sus empleos, recoger los escritos, pasarlos por un justo juicio, imprimirlos, y cargarse con las penas, cuidados, fatigas y gastos que ha de causar todo esto es cosa que no se ve frecuentemente, y que debe ser de mucho honor al español que la ha emprendido, y la lleva adelante con felicidad. El Señor le bendiga, y pueda su academia satisfacer el loable intento de su fundador, y ser el apoyo, y el esplendor de la literatura, que va tan decaída, y se ve tan obscurecida con despreciables librejos, e infames producciones.

Creo que tendrás ya bastante carta; no sé si será esta suerte de noticias las que tú deseas: te he escrito lo que me ha venido a la pluma, no para formarte un diario literario, sino solo para entretenerme contigo un poco, y sacudir la molestia y fastidio que me causa este bendito índice de toda mi obra, que me detiene tanto tiempo. Si puedo el correo que viene te hablaré de más libros nuevos, y procuraré contentar de algún modo tu loable curiosidad, que es común a otros muchos, según veo en las cartas que me escriben. Sabes cuanto deseo complacerte en todo, y que soy siempre &c.

Parma a 30 de marzo de 1799.

Procedencia de la carta publicada: Biblioteca Virtual Cervantes

Otras obras del autor

Más información: Expulsión de los jesuitas

 

05/01/2007 15:00. Editado por Gatopardo enlace permanente. RECOMENDAMOS

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gravatar.comAutor: El Pendón Volteriano disintiendo

Dama Gatopardo: A quien hay que maldecir no fue al monarca que expulsó a los jesuitas sino a quien les permitio volver.
Además interesantes cartas se pueden escribir desde cualquier sitio...Ya ve, Italia le sentó bien a su retórica.

Fecha: 06/01/2007 20:02.


gravatar.comAutor: alimaña news (redactor-jefe) a madama Gatopardo

¿Te has liado con tu coadjutor espiritual? ¿O sigues los pasos de madame de Maintenon?
Te copio aquí lo que dice La Fontaine del padre jesuita Antoine Escobard(o Escobar)en particular, pero lo digo de esa chusma en general:
"Veut-on monter sur les
célestes tours?
Escobar suit un chemin de velours,
Il ne dit pas qu'un peut tuer un homme,
qui sans raison nous tient en altercas,
pour un fétu ou bien pour une pomme,
Mais qu'on le peut pour quatre ou cinq ducats!
etc, etc., y no sigo porque estoy ocupado haciéndome unas botas con la pelleja de un jesuita

Fecha: 06/01/2007 20:25.


gravatar.comAutor: DESIREE

Feliz Año nuevo y que este año te traiga lo que desees....

Fecha: 06/01/2007 21:08.


gravatar.comAutor: alimaña news (redactor-jefe) no puede menos que volver

Autor: alimaña news (redactor-jefe) no puede menos que volver
Desiree, chica mona: me gustan las mujeres como usted: originales, imprevisibles, con argumentos, que siempre aportan algo a un debate y sobre todo que leen este blog. Persevere y no desmaye, que a madama Gatopardo le encanta que la feliciten: Navidad, Año Nuevo o Difuntos.

Fecha: 06/01/2007 22:56.


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Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
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le colgamos un campano.
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y nos cuenta su diario,
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Bienvenidos los goliardos,
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