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PIQUES TONTOS...

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Hacía tiempo que María no venía a pasar unos días con su abuelo.
-Vaya sitio te has ido a buscar para vivir... No hay tren, un autobús al día, y ochocientos vecinos...
-Es un sitio tranquilo.
-¿Y en quince años no te has cansado de vivir aquí?
-No, qué va...La humanidad es la misma en cualquier lado. Con ochocientos vecinos es como si conocieras a ocho millones...
-Si tú lo dices...

Desde la parada del autobús hasta la casa hay casi un kilómetro. Seis o siete coches frenan, y se ofrecen para llevarlos.
-Preferimos ir dando un paseo
-Ya... hasta el bar, que ya nos conocemos los vicios...
-Justamente, sí.
-Vale, allí nos vemos
-Qué amables son aquí
-le dice María.
-Con los que nos llevamos bien, sí.
Al llegar al bar, a Sergio le sirven un café largo sin preguntarle, y todos saludan a María, le reprochan que no haya estado en las fiestas, y le comentan anécdotas de sus visitas anteriores.
Raúl acodado en la barra, no les quita la vista de encima. El abuelo lo ignora, y sigue hablando como si no se diera cuenta. María está de espaldas y no lo ve acercarse.
-María, ¿te acuerdas de mí? -pregunta retóricamente.
-Raúl, claro que me acuerdo de ti. Siempre le pregunto al abuelo qué tal te va...
-¿Y tu abuelo qué te cuenta?
-Nada, ahora que lo pienso. ¿Qué es de tu vida?

Sergio lo reta con la mirada. Raúl baja la vista. Y baja la voz para preguntar si se puede sentar con ellos. María se adelanta y lo invita.
-Tu abuelo está enfadado conmigo.
-¿Qué? ¿Es verdad eso, abuelo?
-Sí, sí, está enfadado conmigo. Tu abuelo es una intransigente, no admite que me haya equivocado, que haya tomado una decisión contra su parecer ... por ahorrarle el dinero que no le sobra...Y ya sabes como es, no perdona una...

María acaba de descubrir un alma gemela, se le nota en la mirada de censura que le lanza a su abuelo, que se levanta, se acerca a la barra, y pego la hebra con Julio, el de la tienda de ultramarinos. Le añade algunas cosas al pedido que le tiene que llevar, y comentan las novedades del vecindario: operan de cataratas, por fin, al peluquero, y aprovechará para irse a Tarragona un par de semanas con su hija.
-Cuando vuelva, si lo han dejado bien de la vista, cuando vea los cortes de pelo que nos hace...
-Yo creo que no es porque vea mal, sino porque no ha afilado las tijeras desde el año del catapún...
-Oye, te está haciendo señas tu nieta...
-Sí, querrá irse para casa...

María tiene un gesto hosco.
-Vaya cara dura, nos dejas plantados y te pones a hablar con otra gente.
-Se me había olvidado unas cosas del pedido...
-Cosa rara en ti
-dice María-¿Qué se te había olvidado?
-Pues, por ejemplo, que sueles desayunar Cola Cao. Y no tengo.
Raúl le dice compungido:
-Tu abuelo no quiere estar sentado a la misma mesa conmigo. Pero que sepas que yo sigo siendo su amigo.
Sergio lo mira con una sonrisa atravesada:
-No vales ni para tacos de escopeta, Raúl, no eres de fiar. Pero eso sí, veré tu entierro. Y preguntaré si has rabiado para morir. Voy a sobrevivirte para poder enterarme bien.
Raúl está lívido. Ni se despide de María, que no ha podido reaccionar, y sale del bar.
Todos han escuchado. Y se ha hecho un silencio tenso. Sergio apura su café y saca el monedero para pagar.
-Estáis invitados -dice el dueño del bar.
-¿Por quién?
-Por mí.
-¡Gracias!

Ya en la casa, mientras prepara la sopa, María se lanza a su tema preferido, que es lo duro e inhumano que es, lo poco permisivo, lo intransigente...
Sergio se afana con el sofrito de cebolla, ajos, y gambas enteras, las machaca con la mano de mortero, y lo añade al caldo de verduras que cuece con la morralla. Mientras espera, va removiendo con el cucharón de madera. María le recuerda lo poco que ha podido disfrutar de él por culpa de su carácter. Sergio tiene las gafas empañadas por el vapor de la olla. Va hacia la nevera y saca una botella de vino blanco, sirve dos vasos, y esboza un gesto de brindis.
-Siempre me has exigido más de lo que podía hacer. Me has obligado a subir a los árboles, a nadar en el río, a leer, y no me dejabas ver la televisión. y sin embargo, tú no admites que nadie interfiera en tu vida. A tu amigo Raúl, porque quiso ahorrarte un dinero, se ha convertido en tu enemigo.
Sergio cuela parte del caldo en otra olla más pequeña, y lo pone a fuego vivo. Le añade un poco de vino blanco, el rape y los calamares, una pizca de pebrella, pimentón de hoja, y tres cominos aplastados con la cuchara. Unta los cuencos de barro con un diente de ajo cortado por la mitad, e interrumpe a María, que está en la conocida fase de reprocharle lo poco abuelo que ha sido para ella.
-María, ni tú eres Heidi ni yo un abuelito de cuento. Qué se le va a hacer.Pero nunca habrás comido una sopa mejor que la mía.
-Has sido grosero y cruel con Raúl. Lo has humillado delante de todos.
-Oh, no te preocupes, está acostumbrado.
-Sí. Todos nos hemos acostumbrado a que tú eres quien decide lo que está bien y lo que está mal. ¿Qué te ha hecho para que no lo puedas perdonar?
-Son cosas mías. ¿Quieres ir poniendo la mesa?

Sumerge en la olla una cestilla metálica con los mejillones y las almejas. Pone la tapadera, y saca las servilletas, coloca los platos, los cuencos untados de ajo para la sopa, los cubiertos, y un pan mediado. María lo taladra con la mirada, silenciosa y con los brazos cruzados, sin moverse.
-Raúl también es mi amigo, por si no lo recuerdas. Tú me has dicho mil veces que quien no defiende a sus amigos no merece tenerlos. Y durante quince años ha sido tu mejor amigo en el pueblo. Dime qué te ha hecho para que lo ofendas así.
Sergio saca la cestilla de la olla, y sirve los mejillones y las almejas en una fuente. Añade dos puñados de fideo fino en la olla, y se sienta a la mesa. Rellena los vasos:
-Vamos... siéntate y come.
-Dime qué te ha hecho Raúl.
-Eres igual de incordio que tu
madre, no pararás hasta que no consigas sacarme de mis casillas.
-Seguro que es algún pique tonto...

Sergio deja la servilleta sobre la mesa, aparta la silla, y se queda mirando a su nieta, que no parpadea.
-Fue por lo que le hizo a Ortega ... -Y se le quiebra la voz. María espera.
-Acuérdate, la última vez que viniste ya estaba muy viejo...
-Sí, claro que me acuerdo.

-Los últimos meses me quedaba con él, dejé de salir al monte porque no podía seguirme... se ahogaba...
-Me dijiste que le iban a poner una inyección para que no sufriera...

-Sí, hablé con el veterinario para que le pusiera primero anestesia, y luego le pondría una inyección para... Pero me resultaba muy duro, y... Raúl se ofreció para llevarlo. Vino a buscarlo ...le di el dinero para que le pagara al veterinario ... y me despedí de Ortega. Le dije que lo enterrara él, en el ribazo del olivar...que no lo quería ver muerto... A Ortega lo puse en el asiento de atrás, echado en su manta, pero no sé de donde sacó fuerzas y se puso a dos patas, y se me quedó mirando desde la ventanilla hasta que me perdió de vista en la curva...
Sergio no puede seguir hablando. María tiene los ojos despavoridos.
-¿Y qué pasó?
-Pensé que Ortega se merecía que yo fuera a su entierro, y llegué al olivar cuando Raúl estaba cavando su tumba.
Sergio apaga el fuego y se queda ahí parado, de espaldas a su nieta.
-No sé cómo no lo maté.
María tiene un nudo en la garganta; pero se ve venir alguna idiotez mayúscula a la hora de las honras fúnebres del perro, y se muestra sardónica.
-Ya... porque no era el sitio que tú le habías dicho exactamente o, quizás, no había preparado flores para plantar en su tumba...
-Lo había ahorcado.

Gatopardo

Imagen: Cuadro de Adriana Puente.

17/03/2007 12:42. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: monocamy

Creo no será fácil concienciar al prójimo del respeto a la vida de un animal. Muchos de los que sienten que se les encoge el corazón al ver un galgo ahorcado se muestran indiferentes al aplastamiento de 200 hormigas, cuando extienden su mantel para recrear un bucólico picnic.

Tendemos a sentir compasión, en exclusiva, por los animales de sangre caliente, susceptibles de sentir dolor/temor.

¿Y los demás? ¿Dónde está el límite?

Oh, dios... estoy filosofando sobre el dolor animal ¡en el blog de una gata! Necesito unas vacaciones...

Fecha: 17/03/2007 16:38.


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Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
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y persiste en el error,
va derecho al paredón.
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le colgamos un campano.
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que alegre su antifonario
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