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ALGO HUELE A PODRIDO EN EL REINO DE ESPAÑA


Autor: Diego Jerez. Publicado en El burdel de las rimas

O por lo menos en esta esquina del levante. No sé muy bien cuando comenzó el hedor, a decir verdad, sólo se nota cuando la brisa de los acontecimientos extraordinarios amaina, es entonces, en la calma chicha de lo cotidiano, cuando uno se da cuenta de que está sentado justo encima de, y perdonen la expresión, la mierda.
Hace unos días, el señor Rodríguez Comendador, a la sazón alcalde de Almería, destacaba como virtud de su magnífica gestión el hecho de que se hayan reparado dieciocho mil no sé cuantos baches. En mi humilde opinión, lo realmente excepcional es que existieran, no que se hayan reparado, pero dada la podredumbre profesional de nuestros representantes, hay que admitir que la normalidad de unas tareas de mantenimiento debe considerarse algo extraordinario.
Desgraciadamente, hasta ahora a nadie se le ha ocurrido coger un legón y un carretillo de alquitrán y dedicarse a reparar los innumerables socavones que sufre la cultura en nuestra provincia.
Días atrás, y después de muchas cábalas y dudas, me decidí a registrar mi primer libro antes de comenzar el inevitable peregrinaje por las distintas editoriales. Como cualquier persona que no ha tenido que verse nunca en esas lides, me encontraba totalmente perdido, así que lo primero que se me ocurrió, incauto de mí, fue consultar en la página del ministerio de cultura. Tecleé “ministerio de cultura registro de la propiedad intelectual Almería” en el omnisapiente google y, en menos que tarda en persignarse un cura loco, allí estaba:

Oficinas Delegadas Dependientes del Registro Territorial-
ALMERÍA: C/ Hermanos Machado 4. 04071 - Almería. Teléfono: 950.230.375. Fax: 950.011.109

Ya sabía el dónde, ahora me faltaba el cómo, de modo que telefoneé a un amigo de otra provincia que está más curtido en este tipo de cuestiones.
Es sencillo, me dijo, sólo tienes que llevar una copia de la obra y una fotocopia del DNI, allí rellenas un impreso, pagas las tasas y ya está.
Solventados como estaban el cómo y el dónde, me dispuse a resolver el cuándo. Llamé a algunos clientes de la capital y les pedí que me preparasen los pagos para recogerlos al día siguiente, así no tendría que hacer el viaje ex profeso para registrar el libro.
Sobre las doce del mediodía, atendidos ya los compromisos adquiridos el día anterior, y después de unos treinta minutos tratando de encontrar aparcamiento por la zona de Oliveros, me dispuse a cumplir con el verdadero propósito de mi visita a la capital, y me presenté en Hermanos Machado, 4, con mi libro bajo el brazo.
La primera contrariedad surgió cuando al entrar en ese edificio de la pocas veces alabada (me pregunto por qué) Junta de Andalucía, no encontré ni rastro de ninguna oficina levemente relacionada con la cultura en los paneles indicadores. Escruté las paredes en busca de alguna pista sobre el paradero de la delegación de cultura, pero lo único que encontré fue la mirada distraída de la vigilante de seguridad mientras sonaba el agradable pitido del arco detector de metales, que es posiblemente de lo único que se hace aún menos caso que de la cultura en esta tierra nuestra.

Víctima de mi natural ingenuidad, sólo se me ocurrió pensar que me había equivocado. Sin duda había leído mal la dirección, al menos el número, y salí de nuevo a la calle dejando atrás el pitido del ignorado detector de metales. Recorrí varias veces la calle de un extremo a otro sin encontrar ningún edificio oficial a parte de una oficina de extranjería ante la que hacían cola varias docenas de inmigrantes marroquíes, lo que me provocó una sonrisa, no por la situación de esas pobres criaturas, sino por la idea de que hubiesen ubicado la delegación de cultura en una oficina de extranjería, al fin y al cabo nada les es más extraño a nuestros políticos…
Aún con esa sonrisa del niño que ha hecho una travesura sin ser descubierto, conduje mi malicia hasta el primer edificio, y tras volver a escuchar el monótono canto del detector de metales, me dirigí a la mesa dónde la vigilante ojeaba la prensa, y le pregunté por el registro de la propiedad intelectual. Tras unos instantes, levantó la cabeza y con una expresión similar a la de un niño que no recuerda la tabla de multiplicar, me confesó que no lo sabía, que preguntase en la tercera planta (creo recordar que era la tercera) a ver si allí me decían algo, y lo cierto es que algo me dijeron. Una señora bastante amable me informó de que la delegación de cultura había sido trasladada hace meses, pero no supo decirme a dónde, me invitó, eso sí, a que buscase por las sexta y séptima planta, antigua ubicación de la delegación, por si quedaba algún vestigio de la misma o allí podían darme más señas.
Después de un cuarto de hora paseando por ese laberinto de pasillos me sentía como el minotauro persiguiendo a Teseo, como era de esperar, nada nuevo me dijeron en esas plantas.
Casi había perdido ya toda esperanza de registrar mis poemas ese día cuando, en un último intento por saber del paradero de “Cultura”, detuve a un señor que salía de la delegación de minas. Él tampoco supo decirme dónde estaba, pero al verme con una carpeta abarrotada de folios bajo el brazo, me preguntó si mi intención era registrar un libro. Me dieron ganas de abrazarlo, o de clavarle una bandera en la cabeza y posar junto ella con las manos en la cintura como si hubiese escalado el mismísimo Everest. ¡Al fin alguien que me entendía! Aquel hombre, con gran amabilidad, me explicó que su hermano había escrito un libro hace tiempo, y que él mismo se lo había registrado en la Biblioteca Villaespesa, justo en el edificio de enfrente. Le di las gracias efusivamente y me monté en el ascensor dando saltos de alegría.
Mientras salía a la calle, tras dejar de nuevo atrás las protestas del pobre detector de metales, volví a sonreír ante lo irónico que me resultaba el hecho de haber encontrado el único atisbo de “Cultura”, además del periódico de la vigilante, precisamente en “Minas”. La cultura no sólo está muerta, sino que también la han enterrado, me dije.
Apenas había salido de mis pensamientos cuando me encontré ante el mostrador de la biblioteca, con una sonrisa de oreja a oreja, y con mis poemas bajo el brazo. ¡ya estaba allí! A la mañana siguiente, lo primero que haría, sería enviarlos a todas las editoriales que apareciesen en el google.
Por desgracia para mí, ese particular Vía crucis no estaba aún ni próximo a terminar.
El señor que había tras el mostrador me explicó que, efectivamente, allí había estado el registro de la propiedad intelectual, en la tercera planta, pero que hacía meses que se lo habían llevado a un edificio nuevo al final de la rambla, justo al otro lado de la ciudad. Le agradecí la información y corrí como alma que lleva el diablo hacia el coche, puesto que, como es bien sabido, cuanto atañe a la función pública en este país, tiene la engorrosa costumbre de cerrar a las dos de la tarde, y con una puntualidad digna del más puntual y digno de los británicos.
Al llegar al coche pude comprobar que algún hijo de madre descocada, había aparcado en mitad de la calle dejándome encerrado, y como es tradición, los municipales sólo aparecen cuando es uno el que ha aparcado mal. Mientras desesperaba en lugar de esperar, escuché en las noticias de la una que la, siempre poco alabada, Junta de Andalucía había entregado no sé cuantos, muchísimos más de los que entrega a la Orquesta Sinfónica Provincial de Málaga o a cualquier otra entidad cultural de nuestra comunidad, millones de euros a la Orquesta Barenboim ¡Exacto! Esa que invita a cantar a Doña Sonsoles Espinosa, esposa de nuestro, siempre poco alabado, presidente del gobierno, al que Dios acoja en su seno cuando llegue la hora que tanto se hace esperar. Pues bien, estaba yo desesperando y haciendo cuentas para saber cuánto era eso en pesetas de las toda la vida, cuando, por alguna extraña asociación de ideas, me acordé de la bendita página del ministerio de cultura que me había llevado hasta allí, y me pregunté si no podrían haber desviado algunos céntimos de esas generosas subvenciones a los cánticos presidentoconsortiales, para actualizar la dirección del puñetero registro.
Después de unos cuantos cigarrillos, de las uñas de mi mano izquierda, y de un alegro vivace de claxon, sin que el bendito hijo de mala madre apareciese a retirar sus coche, me decidí al fin a mover uno a uno los ciclomotores que había aparcados sobre la acera, para con paciencia y un buen puñado de maniobras, salir de allí por encima de ella, con los espejos plegados para no tocar en la pared o en las farolas. Quince metros más adelante, bajaba de nuevo al asfalto mientras el locutor daba la una y media de la tarde.
Crucé la ciudad tan rápido como me fue posible, lo que a esas horas, en Almería, es digno de una película de Indiana Jones (si ya lo dicen los anuncios: “Almería, tierra de cine”), pero aún a pesar de todo tuve suerte, y pude llegar al nuevo edificio minutos antes de las dos, y entré a la carrera en el edificio, sin tener que tirarme rodando bajo una pesada puerta de piedra que descendiese amenazando con aplastarme.
Jadeante por la carrera, pregunté en información por el dichoso registro, y esta vez, por fin, y casi sin poder creérmelo, escuché como me remitían de nuevo a la tercera planta (creo recordar). Allí, tras esperar unos minutos ante la puerta abierta, esperando a que una señora mayor terminase de aleccionar a otra más joven que asentía continuamente, y cuando por fin repararon en mi presencia y me invitaron a entrar, crucé el umbral con expresión victoriosa, y con emoción contenida pregunté:
- ¿El registro de la propiedad intelectual?
- Pase a ese despacho de allí.
No exagero si digo que me temblaba el paso. Estaba más nervioso que la primera vez que pisé un burdel, pero al menos ya no era el minotauro, sino Teseo siguiendo el hilo que me conduciría a hasta Ariadna. A escasos metros se encontraba la salida del laberinto burocrático.
¡Al fin estaba allí! Por tercera vez en esa mañana me hinché como un pavo real, y con una amplia sonrisa y mis poemas bajo el brazo, me dispuse a dar mi primer paso como escritor, y si no el primero puesto que ese es escribir, sí el más ceremonioso y el primero fuera de la intimidad de mi cuarto. Iba a reivindicarme como autor de una obra.
En el despacho, por llamarlo así, puesto que era un apartado de la misma habitación distinguido solamente por dos biombos, encontré una chica bastante agradable, tanto de trato como de físico (es Ariadna, pensé), que me saludó cortésmente y que, antes de que despegase los labios, me consultó si mi intención era registrar alguna obra, por lo que yo me pregunté para qué otra cosa podría presentarse allí un joven con un manojo de folios bajo el brazo, pero como no soy de natural sarcástico, y ese tampoco era el momento, me limité a asentir.
La muchacha se me quedó mirando con la boca entreabierta, como tratando de hilvanar una frase, y a mí se me hizo un nudo en la garganta.
- Lo siento, la compañera que sabe utilizar el programa de registro está de vacaciones, si fuesen impresos como se hacía antes…
El edificio entero y hasta el mismo cielo se desplomaron sobre mi cabeza, el corazón se me paró unos instantes, pero sólo para volver a latir furioso e indignado.
¿De vacaciones? Me repetí. De vacaciones… Me sentía como el protagonista de una película de Buñuel.
Aún sin haberme recuperado del mazazo, y haciendo acopio de toda la serenidad de la que fui capaz, acerté a preguntar:
- ¿Y cuándo regresa?
- En octubre… vuelva usted en octubre y podrá registrar su obra.
Dudo mucho que el mítico Vesubio hubiera desatado una cólera mayor cuando sepultó Pompeya, que aquella que sentí estallar en mi pecho en aquel momento. ¿Vuelva usted en octubre? ¿Pero qué ha sido del tradicional “vuelva usted mañana”? ¿Cómo es posible que se paralice el registro de obras literarias en una provincia durante todo un mes? ¿Cómo es posible que se haga sin que el ayuntamiento proteste enérgicamente ante la Junta de Andalucía? ¿Por qué demonios no siguen con el impreso de siempre si no tienen gente capacitada para trabajar con el programa? ¿Por qué destinan un porcentaje mísero del dinero que le dan al tal Barenboim, para contratar una persona que sustituya a la ausente? ¿Qué clase de ineptos con corbata administran nuestro dinero? ¿Qué clase de ineptos descorbatados somos los almerienses, que admitimos y callamos sus vergüenzas?
No voy a repetir aquí todo cuanto se me pasó por la cabeza, entre otras razones además de la educación, porque probablemente la mayoría de ellas conlleven pena de cárcel, sólo os diré que, haciendo gala de un autocontrol del que no creía capaz a un ser humano, me despedí todo lo correctamente que me fue posible y me marché.
Lo que se me vino a la cabeza en esos momentos, es algo que quedará para siempre entre el ascensor que me condujo a la planta baja, y yo.
Ya he conseguido registrar los poemas, en otra provincia, como cabía esperar, y con algún otro problemilla gracias a la página del ministerio de cultura, pero después de todo, algunas cosas si que he podido sacar en claro de todo este asunto:
Una es que la delegación de cultura en Almería, realmente lleva a cabo una labor cultural, puesto que entré en ella malhablando el castellano y salí de allí jurando en arameo. La otra es que por fin sé que es lo que huele mal por aquí, el cadáver de la cultura pudriéndose en los sótanos de las instituciones.

Diego Jerez. Publicado el 7 de setiembre de 2006 en El burdel de las rimas
20/06/2007 20:44. Editado por Gatopardo enlace permanente. COLABORACIONES

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