ESTRICTAMENTE PROHIBIDO. REPORTAJES CENSURADOS Y OTROS RETRATOS DE LA ESPAÑA NEGRA

A Marta Canalizo, bien venida al pasado

Prólogo del autor. Algunas claves para la lectura del pasado
Algunos reportajes que se publican en este libro no pudieron ver la luz en el momento en que se escribieron. Fueron prohibidos por la censura oficial de la época, que entonces se llamaba algo que sonaba más o menos así: “oficina de presentación de escritos para consulta previa”. Otros cayeron víctimas de la censura interna que se veían obligados a practicar los directores de las publicaciones en las que colaboraba. Los demás sufrieron distintas violencias previas a su nacimiento: ninguno de ellos vino al mundo como se merecía, en paz y en libertad. Todos están tarados “ex ovo”: también el autor lo estuvo y, víctima de un síndrome irreparable, lo está. Cada uno es víctima de sus circunstancias y de las de los otros. ¿Qué más se puede pedir?¿No es poco mérito haber sobrevivido?
Los lectores jóvenes de hoy, y también los no tan jóvenes, es decir, los que nacieron hace treinta o treinta y cinco años, se sorprenderán al descubrir en qué invirtieron su celo los censores. Es más que probable que desconozcan que durante casi cuarenta años hubo censura de prensa en la España de sus padres y de sus abuelos. Van buscando dinosaurios en las enciclopedias y no se dan cuenta de que los tienen más a mano.
Yo fui uno de aquellos autores censurados y también prohibidos. No es que escribiéramos grandes temas que pusieran en peligro la estabilidad y la continuidad del Régimen: esta tarea quedaba reservada para los exiliados que, fuera del alcance del Dictador, podían escribir cuanto se les viniera en gana. Nosotros, los que nacimos con el franquismo y nos rebelamos contra él, pretendíamos lo mismo que aquéllos, y a veces más, pero debíamos hacerlo burlando la vigilancia del Sistema. Además, ni siquiera era necesario rebelarse contra el franquismo para ser víctima de la censura: podía serlo cualquiera, incluidos los autores que se hallaban a gusto con la situación. Y no hacía falta que el tema elegido fuera de primera magnitud. Don Luis Marsillach, el padre de Adolfo, fue llamado a presencia del gobernador de Barcelona y obligado a comerse el artículo que acababa de publicar en la Soli, “Solidaridad Nacional”, el periódico que dirigía. No es una figura retórica: “comerse" es exactamente eso: comer, masticar, deglutir, tragarse un buen trozo de papel. Se trataba de una crónica urbana que él había titulado “Las casitas de papel”, sirviéndose de una letra de moda, en alusión a la calidad de unas viviendas sociales, las del “Congreso” que se habían construido en Barcelona de prisa y corriendo, con materiales de pésima calidad, para cubrir el expediente. Para nosotros, entonces estudiantes de periodismo, don Luis, que era un falangista de cara avinagrada, nos parecía un héroe que había sufrido la peor de las humillaciones que puede padecer un periodista. Por cierto que el castigo de comerse un papel no era raro en aquellos años. Asistí a una tragicómica conversación entre dos presos en el penal de Burgos, el uno comunista y el otro anarquista. Se quejaba éste de que durante los interrogatorios a que fue sometido por los policías de la Brigada Político Social se vio obligado a tragarse una foto de Durruti recortada de un periódico. “Era un viejo ejemplar de la Soli que había sido utilizado para envolver algo grasiento y estaba rancio”, se lamentaba el anarquista. El comunista replicó: “Tuviste suerte, porque yo tuve que comerme una foto de Lenin y era de las antiguas, de cartón”. Creo que el comunista era el poeta Marcos Ana, que entró en la cárcel siendo casi niño y salió encorvado por casi veinticinco años de cautiverio. Otros presos tuvieron que comerse de prisa y corriendo, literalmente, es decir perseguidos por los carceleros, los papeles clandestinos para evitar que cayeran en manos de los guardianes.
Fue una época en que a todos se nos indigestó al pie de la letra el papel escrito.

El joven buscador de dinosaurios se preguntará qué escribíamos. En el primer Consejo de Guerra que padecí en mi vida (hubo varios), cuando tenía veintitrés años, se presentaron como prueba contra los procesados los escritos íntimos de uno de nosotros. Era su Diario y en él anotaba sus dudas religiosas, sus inquietudes filosóficas y sus pensamientos más íntimos. Aquellos escritos sirvieron para aumentar la condena de todos. Es decir, cualquier papel que cayera en las manos de los censores de la época, y de la policía política, podía servir para procesar a alguien. No hacía falta que se tratara de grandes conspiraciones.
Al principio yo me batí en el periodismo como otros lo hicieron en el cine, en el teatro, en la novela y en la poesía, sin olvidar que otros recurrieron al humor y al género satírico para ridiculizar al Régimen.
Había un gran tema general, una atmósfera de principio que lo invadía todo: la reivindicación de los humillados y ofendidos, la historia de la pobre gente que había sido desposeída de su historia y de su esperanza. No eran anécdotas. Las familias de campesinos que encontré haciendo el camino a pie desde Almería a Barcelona, con los abuelos y los niños, no reflejaban sólo un drama personal y familiar. No eran sólo unos pobres aparceros a la búsqueda de un lugar en cualquier suburbio de Barcelona. Eran, sobre todo, campesinos derrotados que habían perdido la Reforma Agraria. No eran sólo pobres. Eran antiguos combatientes de una libertad imposible, miembros de un ejército derrotado, que escondían su verdadera personalidad. No huían sólo del hambre, escapaban de la persecución política. Había algo más detrás del tema aparentemente anodino. Era todo una inmensa y dramática alegoría. Cuando yo hablaba con un pastor transhumante en la Siberia Extremeña y describía su vida, estaba hablando en realidad no sólo de él, sino de todos los pobres de España, y no sólo simbolizaba a todos sino que por encima de ellos estaba aludiendo al “paraíso perdido”, la democracia destruida, la República imposible. Esta es la razón de que fuéramos tan transcendentales y tan graves. La censura nos persiguió no porque habláramos de pobres y de humillados sino porque dábamos a entender que el Régimen los había empobrecido y humillado. Al menos, aquel Régimen tenía la grandeza de avergonzarse de los pobres que creaba. El actual, ni siquiera esto.

Tengo el raro privilegio de ser quizás el único escritor de la postguerra al que la censura de prensa y de publicaciones, que dependía de un ministro de Información llamado Manuel Fraga Iribarne, además de privar a su libro del número de Registro Legal, ordenó retirarlo y destruirlo por la guillotina. El libro se titulaba “El Miedo, la Levadura y los Muertos” y lo había publicado la editorial Nova Terra en 1968. Había aparecido legalmente, tras acogerse los editores - dos cristianos progresistas, José María Verdura y Alfonso Carlos Comín- al trámite de Silencio Administrativo que el propio censor, un oscuro A. Barbadillo, había aconsejado tras desistir de emprender acciones penales contra el autor. El informe del Censor decía escuetamente: “Libro tendencioso, negativo, que encierra una dura crítica a nuestras Instituciones en multitud de facetas. Clarísima infracción del artículo 2º de la vigente Ley de Prensa e Imprenta. Aunque linda con los preceptos analógicos del artículo 165 bis b) del Código Penal, a mi criterio no se perfila como figura delictiva. En consecuencia, y desde un plano estrictamente jurídico, procede la Aceptación del Depósito, directamente, o bien a través del Silencio Administrativo, tal como aconseja el Lector 36 en su preceptivo informe”.
No sabemos quién era ese “lector 36”, pero su cifra sirve al menos para saber que había otros 35, si no más, ocupados en los mismos oscuros menesteres. Siempre me he preguntado qué habrá sido de aquellos anónimos lectores al servicio de la censura, en qué asuntos andarán ahora metidos, si se reconocerán a sí mismos y qué pensarán de aquellos que fuimos sus víctimas. Cómo, seguramente, seguirán odiándonos a escondidas, predicando maldades, desprestigiándonos o quizá agazapados detrás de empleos honorables, convertidos además en críticos literarios. Nunca se han atrevido a reconocerse públicamente. Nunca se han reivindicado. Y sería bueno que los conociéramos y que dieran la cara.
Se lo que le ocurrió al libro. Un grupo de la Brigada de Investigación Político Social recibió la orden de proceder a la retirada de cuantos ejemplares del libro se hallasen a la venta en las librerías. Una vez conseguidos fueron llevados a un almacén donde una guillotina de cortar papel los partió por la mitad. El autor, que entonces tenía veintiocho años y acababa de salir del Penal de Burgos donde había pasado los últimos casi cuatro en cautiverio, se las arregló para conservar el prólogo de aquel libro que, por otras razones distintas, se convertiría en una amarga profecía.
No hay acceso a otras claves que permiten la entrada franca al conocimiento de los textos que ahora se publican, sin una referencia al autor, y como nadie puede darla de forma más directa y substancial que yo, diré algunas cosas que pueden ser útiles al lector.
Soy propietario de una memoria especializada en registrar el padecimiento de los otros. Con toda seguridad, de no haber sido así, tocado por una extraña manía de conmoverme por la suerte de los demás, mi forma de escribir habría elegido otros registros distintos. Seguramente ni siquiera habría sido escritor. La tendencia irresistible a compartir el sufrimiento de las víctimas ha adquirido en mí una peculiaridad ruinosa: me lleva a ser justo hasta las últimas consecuencias. Tan pronto como un verdugo se convierte en víctima me obliga a ponerme de su lado. Es lo que me impide tener amistades duraderas en un mundo donde la gente elige de una vez para siempre a sus amigos y a sus enemigos. No es que yo sea tan voluble que encuentre satisfacción en sentarme a comer con los enemigos de ayer. No. A los enemigos de ayer y a los de hoy les dejo que sigan su camino, sin importarme las vicisitudes que tengan, sean buenas o malas. Lo que ocurre es que he estado tan cerca de los condenados, los he visto tan desnudos en lo que quedaba de su antigua maldad, que no inspiraban ya sino lástima. Y lo que sucede, sobre todo, es que he conocido a muchos supuestos verdugos que habían sido víctimas de errores judiciales y de pesquisas infames. Es decir, yo no pretendo ser sólo justo, sino además caritativo. La verdad debe ir acompañada de ambas cualidades. Por sí sola, la verdad no sirve para nada.
A la segunda condición pertenece la mayoría de mis escritos en el franquismo: en las cárceles, en la clandestinidad y en la lucha contra la censura. Gran parte de lo que no se publicó se perdió para siempre. El resto apareció fundamentalmente en la revista Destino, de Barcelona, entre los años de 1966 y 1972, en Gaceta Ilustrada y en Sábado Gráfico (1973-74). En la primera condición, la de pretender ser justo, se encuadran los grandes reportajes de investigación sobre la corrupción industrial, económica y política publicados fundamentalmente en Interviu (1977-82) de los que no aparece ninguna muestra en este libro porque aun sorteando otro tipo de censuras y de intereses no participan del espíritu que anima a los de la segunda y, además, se salen del espacio y del tiempo de la censura.
En las condiciones en que fueron escritos los reportajes que se publican aquí, ser justo significaba ponerse del lado de los que sufrían persecución a manos de los distintos rostros del Régimen. Como eran pobres y humillados respetar su verdad conducía a compadecerse de su situación y puesto que el autor pretendía cambiar las condiciones sociales que hacían posible aquellos escenarios, orientaba su habilidad narrativa a conmover a los lectores. Naturalmente el autor no pretendía hacer caridad al estilo de los que dan una moneda y salen corriendo, sino encontrar argumentos morales para el cambio del Régimen. Tardaría muchos años en comprobar que aunque el Régimen había causado muchos pobres y mucho sufrimiento, ni los había inventado ni desaparecieron con él. Es más, en aquel tiempo tuvimos oportunidad de hablar de los pobres y de las humillaciones, cosa que ahora, aún habiendo tantos o más que entonces, no se estila.

(...) para continuar leyendo el prólogo: "Estrictamente prohibido: reportajes censurados y otros retratos de la España negra"

© Eliseo Bayo , del libro: Estrictamente prohibido. Reportajes censurados y otros retratos de la España negra. Publicado en Colección Clásicos de la Prensa.

29/07/2007 12:28.

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gravatar.comAutor: pau

Unos tiempos oscuros pero en muchos casos inolvidables. Aunque para el obligado a hacer tan difícil digestión, lo de inolvidables debe tener otro sentido.
A mi padre le obligaron a beber aceite de ricino, al descubrirlo hablando en catalán con mi madre por la calle. Y no es que fuera hombre de escribir muchos libros, no. Solo hablaba y demasiado.
Mi abuelo fue uno de los niños que subió andando de Almería a Barcelona, con madre y diecisiete hermanos (el padre se fue a procrear con otra), fue antes de la guerra y de la reforma agraria, pero luego se volvió franquista... Mundo desquiciado. Ya ves.
Un abrazo.

Fecha: 01/08/2007 22:46.


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