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EL ÚLTIMO ESCRITO

      Esto no se publicará hasta que no haya muerto. Si fuera uno de mis relatos literarios, me comunicaría con los vivos desde el más allá, y en vez de transmitir esos mensajes entrecortados y algo pueriles de las psicofonías al uso, revelaría los arcanos de lo inmanente y lo contingente.
        Pero escribo esto antes de saber ningún secreto que no sea fácilmente deducible para quien haya sabido vivir.
     Sí, formé parte de los niños de Morelia, de las supervivientes de la guerra Civil española, y es todo cuanto diré de mí,  porque creo que la verdad no significa gran cosa si no es para ejercer como notario. Los seres humanos mentimos siempre, en todo, y sin motivo. Y mentimos, sobre todo, cuando creemos ser veraces, porque ya no reconocemos la verdad, salvo en nuestras pesadillas.
      Me contaron que mis padres murieron en aquel bombardeo, pero no lo recuerdo; sólo sé que cuando me rescataron de entre los escombros, estaba atrapada en el hueco protector de un armario, llevaba un abrigo que me venía grande, con el nombre y los dos apellidos bordados, y me aferraba a él, no dejé que me lo quitaran, y durante años fue una especie de talismán. No tengo ningún recuerdo anterior. Ahora no logro saber qué cosas sé porque las viví o porque me las contaron; pero si sé que me dejaron a la deriva con una “buena gente” con la que tuve que aprender a reservar siempre un trozo de pan, mi miedo, y mi debilidad para cuando los pudiera saborear sin peligro.
      Y sobreviví a los desvelos de los benefactores en dos continentes y en varios países, a pesar del agua contaminada, de los guisos hechos con despojos de carne pútrida y cartilaginosa, de los golpes, de las caídas, del frío y del calor, de la violencia, de las enfermedades, del hambre, y, sobre todo, a pesar de su interés, del que yo me curaba con té de ruda y zoapatle cuando era preciso. Hasta que aprendí a manejar un arma, el instinto de supervivencia y mi cerebro en este orden. Y he sobrevivido hasta hoy para no contarlo, porque la queja debilita, y señala la vulnerabilidad que nos condena.
      La primera vez que volví a España busqué a la familia a la que creía pertenecer, y supe que el nombre y los apellidos con los que había vivido no eran míos, como tampoco aquel único abrigo de mi infancia. Quizás se asustaron con el anuncio de mi visita, el caso es que me esperaron con la policía. Tal vez pensaron que yo iba a disputarles la herencia. Era "buena gente", de esa que no quiere líos, ni enfrentamientos, ni violencia, ni discusiones, ni complicaciones: es decir, perfectamente repugnantes. Y para quitarse incordios, me acusaron del saqueo de su casa, bombardeada durante la guerra, cuando yo tenía cuatro años, y como prueba aportaron la carta que les había enviado preguntándoles si sabían donde encontrar a mi familia, y la historia del abrigo con el nombre bordado, a la que jamás contestaron.
      Para no tener que pasarme el resto de mi vida peleando con los agentes de la DGS española, y con los de inmigración en México, hice desaparecer aquel nombre y aquellos apellidos de mi vida. Y descubrí la libertad de ser gachupina en México, terroni en Italia, sefardita en España, métèque en Francia, y no sentirme extranjera en ningún sitio, porque llevo el estigma de los apátridas.
     Cuando leáis esto, no estaré para deciros, una vez más, que el único crimen imperdonable es la necedad, la pereza mental, y la falta de valentía que obliga a pensar como todo el mundo. No estaré para deciros que no otorgo mi respeto a quien no se lo gane, y que sólo me enriquece quien no se contenta con lo obvio, no estaré para atacar a mis enemigos; pero no tendrán tregua.
     No suspiréis con alivio por mi muerte, porque aquí no estoy sólo yo, y ése es mi triunfo: esta incapacidad para callar y pactar con la modorra y la ceguera es una planta borde que ha arraigado, y continuará extendiéndose para desesperación de los pazguatos, de los que tienen el ego de cristal de Bohemia, el superego amiantado, la honestidad intelectual inexistente, y ese malsano deseo de paz y concordia que sólo les permite solidarizarse con los que se dejan machacar y no con los insurgentes, que caracteriza a los que se autodenominan “buena gente”, que es la fiel infantería de los canallas... ¡Ay de los tibios!...
      Y tiene su guasa que no me maten mis enemigos, sino la misma enfermedad hereditaria e incurable que ha extinguido a toda la familia de los que me acusaron de haber robado aquellos apellidos rimbombantes y el único abrigo que tuve en mi niñez.

      Hasta para esto existen los finales con sorpresa.

Gatopardo

Foto: Tina Mérandon

19/08/2007 19:15. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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gravatar.comAutor: reikiaduo

Me ha tocado (por razones de edad) asistir a los últimos años y momentos de vida de varias personas.

Al final siempre es lo mismo, se concentran en aquello que fue más significativo en sus vidas; como una especie de resumen agudizado de lo que siempre fueron

Fecha: 21/08/2007 05:31.


gravatar.comAutor: carlos Martinez

Ni siquiera se si de dirá sobreviviente o superviviente, pero si que en ese aspecto te considero colega. Personalmente tengo la sensación de vivir de prestado; como con un permiso especial. Lo que pasa es que tu tienes un buen equipaje y yo llevo una mochila asquerosa.
Que te vaya bonito y ahí nos vemos.

Fecha: 21/08/2007 08:19.


gravatar.comAutor: J.S.Zolliker

Delicioso.
No he olvidado esa propuesta que me hiciste. Te lo haré llegar por correo un día de estos, nada más que esté más avanzado. Un abrazo, siempre un placer leerte

Fecha: 21/08/2007 17:41.


gravatar.comAutor: Wolffo

Soberbio, du-bi-dú, du-dú...
(a partir de ahora sólo cantaré para ti, viejales)

Soberbio, de verdad.

Un beso, sha-la-lá...

Fecha: 03/09/2007 02:05.


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Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
mentes inmisericordes,
por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
ni meapilas ni legales:
somos los Irregulares,
somos gente de Zapata.

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