UN GATO EN EL OLIVAR DE CHAMARTÍN

 

 

      Uno de mis pocos principios deontológicos es no apoyar una causa sin haber observado e investigado previamente a los "causantes". La campaña en defensa del Olivar de Chamartin habría quedado incompleta si yo no hubiera podido cotillear in situ, a modo y a gusto.

      El 12 de noviembre de 2005 me colé de rondón en la Fundación Ramón Menéndez Pidal durante la celebración de XX aniversario como Centro de Estudios Históricos y Filológicos. Mala táctica. La concentración de más de dos eruditos y académicos por hectárea acarrea serios peligros, y me pareció que había más de un centenar. Por lo pronto, hablan mucho; por lo demás, tienden a no menearse del sitio donde estén, aunque una ponga el codo discretamente a la altura de sus costillas flotantes y empuje en la buena dirección. Lo más parecido a aquella reunión es la colonia de cotorras de Kramer que se han asentado en los alrededores de Televisión Española.

      Así es que tuve que volver otro día, alegando que quería consultar la documentación existente sobre tararí y tarará.

      Me abrió la puerta un solido ejemplar de leñador barbudo, cubierto de barro hasta las rodillas, con una resma de papeles debajo del brazo.

      —¿Podría ver al director de la Fundación?
      —Pues soy yo -dijo con cara de "a ver si le valgo y, si no, busco algo mejor".

      Mientras yo le iba dando explicaciones sobre mis supuestas investigaciones, Diego Catalán (el director-leñador) iba arrancando por el jardín unas matas bordes que estropeaban los romeros. El jardín es silencioso, elegante y austero. Cada olivo es un candelabro gigantesco que nace entre tomillos, cantuesos y jaras. Acostumbrada a la imagen del olivo de producción, estos ejemplares sorprenden porque tienen la grandeza de un roble y la majestuosidad de una encina. Cada uno tiene su historia. Catalán recuerda cómo la familia estuvo un día entero enfadada con Ramón Menéndez Pidal porque éste había ordenado una poda drástica de ciertos ejemplares enfermos "Un desmoche terrible, pero necesario" —concluye con pesar. Cuando el Ayuntamiento de Madrid, en los años setenta, arrasó parte de la finca para abrir una calle, Jimena Menéndez Pidal consiguió replantar y salvar los olivos arrancados en la parte norte del jardín.

      Entre los olivos sobresale un impresionante madroño con una arboladura catedralicia, al que la Reina Sofía, en su visita, alabó como el más extraordinario olivo que jamás hubiera contemplado.

      —¿Se ha conservado este jardín así desde un principio?
     —No. El jardín pasó una etapa desastrosa durante los años noventa y parte de los ochenta. Cuando se inauguró la casa como sede de la FRMP, una empresa de jardinería se desvivió por estropear y tapar lo que consideraba "naturaleza salvaje" con plantas "elegantes y vistosas". A esto se sumó la desidia de los cuidadores del jardín que llegaron a perpetrar actos de auténtico vandalismo.
—Me enseña una gruesa rama del madroño donde aún se distinguen heridas— Aquí dejaban clavadas el hacha o las herramientas que utilizaban.
      —¿Y qué han hecho ustedes para restaurarlo?
      —Lo primero, cosas de sentido común. Se limpió de maleza y plantas invasivas y se regeneró el suelo que se hallaba empobrecido. Luego, además de mis recuerdos personales, recurrimos a la documentación existente sobre el jardín en el Archivo Cultural para recuperar su carácter original.
      —¿Se encarga de esto algún organismo oficial? ¿Han recibido ayudas?
      —Hemos recibido ayudas de la Fundación Ramón Areces durante unos años. Hoy el mantenimiento del jardín es posible gracias al trabajo desinteresado de personas que le tenemos gran cariño a este olivar y que, además, consideramos un deber ético mantenerlo y legarlo en las mejores condiciones.
      —¿Pero quiénes curran?
—pregunto intentando que el buen hombre no se me escape por la fronda del lenguaje oficial.
      —¿Ahora? Javier Sáinz Moreno. Y yo colaboro trayendo plantas autóctonas de la sierra para repoblar zonas.
      —Me suena algo ese nombre...
      —Es profesor de Derecho Financiero en la Universidad Autónoma.
      —¿Y cómo han conseguido que un profesor de derecho financiero se ponga a cavar?
      —Yo no he sido
—contesta como las doncellas de Miss Marple cuando rompen un plato—. Él es así.

      Javier Sáinz Moreno, recuerdo, es quien llevó la acusación popular contra Polanco en el caso Sogecable, y su familia ha legado a la Fundación Menéndez Pidal la Bliblioteca Sainz Bujanda, con más de 4.000 volúmenes.

      En los árboles, los petirrojos, herrerillos, escribanos, ruiseñores, amenizan la escena.

      —Y la labor de la Fundación Menéndez Pidal ¿en qué consiste? Usted tiene un ritmo de publicaciones que es sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta que todo se basa en estudios minuciosos y documentados...

      —Abarca varias áreas... ¡Perdone! ¿me puede sujetar esto un momento? — me da un rastrillo y el mazo de papeles, y se pone a arrancar las raices de unas plantas bordes. Yo miro al mirlo que se pasea ufano y nos observa a unos metros.

      Al cabo, con el tono de concederme un favor que le hubiera pedido con insistencia dice:

      —Creo que no habrá problema... puede venir en los ratos libres a echarnos una mano en el jardín... Hay que cavar en aquella parte para oxigenar bien la tierra. .. y mientras le iré explicando en qué consiste la labor de la Fundación.


      Justamente en ese momento me doy cuenta de lo tarde que es y de la prisa que tengo.

      Cuando vuelvo la cabeza para echar la última ojeada, Diego Catalán está usando un escobón para amontonar las hojas caidas y, a su lado, un gato negro, con la cola erguida y los bigotes palpitantes, acecha al mirlo, que se ha subido a un olivo y lo reta desde allí.

       No dejo de preguntarme si no habré estado hablando con un jardinero, que me ha tomado el pelo haciéndose pasar por el presidente de la Fundación Menéndez Pidal.

 

II.-

      No me conmueven las casas ilustres. No me interesa dónde dormitaba el señor marqués, ni dónde elucubraba sus fórmulas el matemático sabio. Si visité algún château del Loire sólo me ha quedado en la retina la silueta de un gato dormitando en la rama de un roble centenario. Agradezco a Diego Catalán que me enseñara y explicara el vasto patrimonio cultural que encierra la casa Menéndez Pidal sin hacerme pasar por el suplicio de "admirar" el sillón de don Ramón (supongo que hay alguno) o la estilográfica que usaba para sus escritos. La casa tiene una atmósfera agradable, diáfana y silenciosa. Por los grandes ventanales entra el gris perla del otoño y el sonido del viento en el jardín. Todas las estancias han sido dedicadas a la conservación de los fondos documentales y a la magnífica biblioteca de consulta que los acompaña. No hay calefacción. Coceo con elegancia y feminidad para entrar en calor, pero una dama gorda de labios apretados me mira con reprobación desde una foto sepia. Es Maria Goyri . Una "femme formidable". Una "no-nonsense lady". No le gusto y me parece que se remueve en el corsé de indignación.

      —¿Qué tipos de fondos documentales hay aquí?
      —Hay seis archivos de carácter muy distinto pero complementarios. El Archivo del Romancero Menéndez Pidal/Goyri contiene el mayor volumen de información que existe hoy en el mundo sobre
romances hispánicos. Son miles y miles de documentos distribuidos y clasificados por el nombre del romance al que acompañan o explican.
      —¿Es difícil de consultar? Yo aún estoy convaleciente de haber ido al Archivo Histórico Nacional
      —En absoluto. Le voy a poner un ejemplo. ¿Conoce algún romance?
      —El de la Muerte del Príncipe Don Juan.
(Publiqué en Gatopardo la versión de Diego Catalán, pero me guardo de decírselo)
      —Venga y le enseño lo que hay.

      Pasamos a una habitación llena de ficheros metálicos y, mientras saca decenas de carpetas encima de una mesa, me va explicando los cuidados que requiere la conservación de los documentos, las carpetas especiales de cartón sin cloro, el grado de humedad óptimo...

      —La historia de este romance es muy curiosa. Aquí tenemos las versiones recogidas desde su descubrimiento hasta hoy. Hay versiones peninsulares, de los judíos de Oriente, de Sarajevo, Salónica, Rodas, Bulgaria. La última que obtuve yo fue en Zamora en los noventa . Hay alrededor de cuatrocientas versiones. En estas carpetas puede ver cómo se descubrió el romance en 1900 y las investigaciones sobre sus antecedentes históricos y literarios.
      —¿Cómo se descubrió el romance?
       —Lo descubrió Maria Goyri. Mis abuelos dedicaron su viaje de bodas a hacer la ruta cidiana. Cuando pararon en el Burgo de Osma se alojaron en una pensión. Una mañana que mi abuela y la asistenta estaban haciendo la cama, Maria Goyri empezó a canturrear el romance de El Conde Sol y la asistenta le dijo que ella también sabía algunos. Entre los romances que le cantó había uno desconocido hasta entonces.

      Me enseña el relato de María Goyri escrito con letra apretada y caligráfica. Cuesta imaginar que la antipática mujer del retrato fuera alguna vez joven, cantara alegre después de una noche gozosa o tuviera esa figura de muchacha atlética y despreocupada que veo en las fotos.

      El rastreo de este romance tradicional lleva a María Goyri hasta unos versos recogidos en la Serrana de la Vera de Vélez de Guevara. En las carpetas se guardan el trabajo de Goyri publicado en 1916, las anotaciones de Ramón Menéndez Pidal, los estudios de Paul Benichou, o los artículos de Catalán sobre este tema.

      —Últimamente se ha descubierto una versión del siglo XVI en un Cartapacio de la Biblioteca Real, es decir una versión casi contemporánea a los hechos narrados en el romance
      —¿Quiere decir que la tradición oral ha conservado hasta hoy un suceso que ocurrió hace quinientos años?
      —No es que haya conservado el suceso, es que ha conservado el relato de ese suceso y ese relato ha ido variando en expresiones, en fórmulas, en el desenlace, pero ha seguido fiel a su arquetipo.
      —¿Y por qué decía que este romance era muy curioso?
     —Porque es uno de los ejemplos más claros de cómo la tradición oral conserva datos históricos y cómo la investigación literaria va por delante a veces del descubrimiento histórico. En las distintas versiones se había mantenido, a lo largo de los siglos, el nombre de un tal Doctor De la Parra, como el médico que da el fatal diagnóstico al príncipe moribundo: "confiésese Vuestra Alteza,/ mande ordenar bien su alma./ Tres horas tenéis de vida,/ la una ya va pasada". Sólo más tarde se descubre en un documento de pago de la época que el Doctor de la Parra recibió diez mil maravedíes "por atender a su Alteza".

      Voy ojeando la ingente cantidad de documentación. Unas hojas están escritas con pluma, otras a lápiz, otras en ordenador. Se han recogido versiones en páginas de cuadernos que ya no existen, o en el envés de un sobre alguien anotó que hay que revisar un Cancionero de Palacio. Se ha guardado con respeto el artículo de algún estudioso que discrepaba con las tesis de Menéndez Pidal o Catalán. Durante más de un siglo distintas generaciones de varios países han trabajado, han colaborado y han discutido sobre un dato o un descubrimiento con generosidad, sin ese recurso al "yo lo tengo, yo me lo guardo" tan propio del intelectual o del erudito mediocre.

      Mientras reflexiono, helada de frío, Catalán sigue hablando sobre la pasión amorosa que llevó a la tumba al hijo de los Reyes Católicos, "que cayó de su caballo/ a las puertas de su amada/ por cortar un ramo verde/ y ponerlo a su ventana".

      —Hay un relato histórico del confesor del príncipe que confirma punto por punto que , aun en sus últimas horas y sabedor de su suerte, el joven no puede evitar seguir deseando a su mujer.
      —¿Se han llegado a grabar alguna de las versiones modernas?
     —Claro. El conjunto de todas las encuestas que dirigí yo desde 1977, además de otras donaciones hechas por diversos investigadores, están recogidas en casettes y en CD. Es lo que forma el Archivo Sonoro del Romancero "Débora Catalán". Es un Archivo complejo y sobre el que estamos estudiando organizarlo de forma que sea posible acceder a él por otro orden que no sea sólo el cronológico. Le voy a buscar una versión del Príncipe Don Juan para que la oiga.

      Rebusca entre los cientos de CD mientras discute consigo mismo si una u otra versión es la mejor. Suena un teléfono y descubro con sorpresa que hay alguien que responde. Alguien silencioso como un ratón y al que no he visto ni oído. Es el Bibliotecario de la Fundación. El erudito bibliotecario, José Polo, (1) va a tener trabajo hoy con el follón y el desorden que Diego Catalán va dejando a su paso. Escuchamos en el portátil la versión del romance. La anciana recitadora debía de andar por los noventa años y renunció usar la dentadura postiza al cumplir los ochenta. Las consonantes dentales, por no hablar de las efes, dejan mucho que desear. Pero impresiona esa voz cascada, rota y vieja desgranando con mimo la historia de un joven enamorado hace quinientos años.

      Ha empezado a llover con furia. Diego Catalán me sigue enseñando (y sumiendo en un caos indescriptible) los archivos restantes: el Archivo Lingüístico, que contiene todos los ficheros y material científico utilizado para la elaboración de la Historia de la Lengua Española,(2) además de documentos lingüísticos medievales; el Archivo de Historiografía Peninsular que reúne una ingente cantidad de documentos, fotografías, microfilms y copias manuscritas de textos medievales cronísticos, además de anotaciones y estudios de Menéndez Pidal, Solalinde o Catalán. Yo ando confundida no sé si por la cantidad de información que tengo que memorizar y procesar o porque el estado de congelación me está produciendo un sueño invencible.

      —La importancia de los otros dos archivos, el Archivo Cultural de fines del siglo XIX y primera mitad del XX y el Archivo de los Laboratorios Humanísticos, puede verla aquí. En esta obra es donde explico qué significa el Archivo del Romancero, cómo se formó y enriqueció y los avatares históricos que pasó. (3)

      Salgo arrastrando unos pies que no siento, y con dos tomazos de 10 kilos de erudición bajo el brazo. Me lo tengo merecido. Por cotilla. Diego Catalán, desde la puerta, mira la manta de agua que está cayendo y exclama con mucho sentimiento:

      —¡Qué pena que llueva y no podamos trabajar un rato en el jardín!


Gatopardo. Febrero, 2006.

1) José Polo:
Manifiesto ortográfico de la lengua española, Madrid, Visor, 1990. (Capítulo V en la Revista Espéculo de la UAM)
2)Ramón Menéndez Pidal: Tomo I: Historia de la Lengua Española.
Diego Catalán:
Tomo II: Introducción a la Historia de la lengua de Menéndez Pidal.

Fundación Menéndez Pidal y Real Academia de la Lengua. 2005.

Distribuidor Marcial Pons

3)Diego Catalán, El Archivo del Romancero: patrimonio de la humanidad. Historia documentada de un siglo de historia.
Fundación Ramón Menéndez Pidal. Madrid, 2001, 2 vols.
Distribuidor: Marcial Pons

Imágenes: una de las salas de la Fundación Menéndez Pidal, y pasaporte de Miguel Catalán Sañudo y de Jimena Menéndez Pidal, padres de Diego Catalán. Archivo Digital Ramón Menéndez Pidal.

16/09/2007 08:26. Editado por Gatopardo enlace permanente. SOCIEDAD CIVIL

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