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TIEMPO DE ADVIENTO EN LA CAUSA ZAPATISTA

      Hay otra forma de nihilismo que se acoge al derecho de asilo de las ideas libertarias, pero no las reivindica, sino que las encarna superando la superestructura ideológica, farallón de prescripciones que no privilegiamos escondiendo fidelidades que son parte de nuestra más honda realidad. Y asumimos este caos sin angustia —último síntoma de una esperanza basada en la huida de la realidad— aceptamos que siendo innecesarios y prescindibles, no seamos intercambiables, y sólo así adquiere todo su valor lo poco de terriblemente humano que nos constituye, infinitamente precioso, y capaz de inspirar este apasionado amor a la vida que rompe todas las barreras. Pero para amar así es necesario haber desechado toda idea mesiánica sobre el hombre y su función; para aceptar el mundo y al ser humano con la activa receptividad de quien no espera cambiarlos, hay que bucear en sus abismos; para asumir la vida con los brazos abiertos y la ausencia de cadenas es necesario saberse inmersos en sus imponderables y su aterrador arcano, vulnerables e inermes.

      Cuando no se tiene un destino, las estrellas no han anunciado con una explosión galáctica nuestro nacimiento y no hay futuro que ensalce y subraye con su trascendencia nuestra periclitable y fútil realidad, cuando no hay un mundo mejor ni un proyecto más importante que este presente sin renuevos, la vida concreta y el individuo adquieren todo su brillo y su relieve ante nuestros ojos, quizás demasiado empañados por la pátina que deja la búsqueda de lo conocido, lo ya sabido —seguridades y certezas que apuntalan y no dejan crecer— porque sólo los otros —y su alteridad— nos ayudan a mirar y a ver.

      No esperar otro universo y otra realidad humana nos despoja de ese futurismo milenario, que no nos sirve ni nos seduce. Vivir y morir no tiene ninguna trascendencia y ninguna importancia; este presente fugaz, este inasible instante que vivimos es nuestra única certeza, y, aun siendo la medida de todas las cosas, sólo somos seres contingentes en esta tierra de nadie que nos acoge, y que no nos pertenecerá jamás. Aceptamos que no puede haber código común en nuestras relaciones profundas y no podemos aprehenderlo en un discurso lógico; nuestro amor y nuestra lucha no podrán cambiar la realidad —ni siquiera en parte— porque los demás la constituyen; y sólo estamos convencidos de que nuestra verdad es aleatoria y nuestra visión del mundo es un intento burdo de aproximación. Y, sin embargo, precisamente por eso, amamos irremisiblemente esta parcela de vida, arrendada a la eternidad, y la arriesgamos.

       Partiendo de estas premisas no nos puede afectar demasiado como nos vestiremos, la última pirueta ideológica o el enemigo que prepara sus vacaciones; pero nos capacitan para vivir “como si" realmente importara, porque sabemos que el fracaso es tan irrelevante como el éxito. Y, no obstante , escogemos el atuendo con todo cuidado, la última en ideologías nos proporciona una apasionada polémica , y nuestro enemigo no es el único que hace proyectos sobre su futuro; pero no nos importa radicalmente, es un juego, y podemos perder y volver a empezar con la misma decisión obcecada, porque vamos a morir, como todos, mientras seguirá existiendo este planeta y nacerán otros hombres que, quizás, también hubiéramos podido desconocer.

      Hemos escogido esta lucha, aunque no sirva de nada y aunque cada día tengamos la misma tarea acumulada, y degustamos la belleza que tiene el sinsentido de nuestros actos, porque la lucha épica ha perdido su carga mística para convertirse en un juego peligroso en el que el riesgo y la sequedad en la garganta, los latidos del corazón que se desboca, esta apasionada fraternidad entre combatientes, y ese escalofrío hondo ante el peligro, importan sobre la utilidad y el fin último que se persigue , ajenos a otra embriaguez que no sea la que nos proporciona nuestra lucidez y nuestra libertad.

     El revolucionario moderno suele ser un creyente vergonzante y mesiánico que busca trascender; nosotros somos nihilistas intemporales, sin remordimientos por dedicar nuestra vida a un combate desprovisto de brillo, aferrados al presente y a nuestra realidad humana, que amamos por encima de todo.

     Y eso que aparentemente nos condena al fracaso, nos hace invencibles.

     Nosotros aceptamos el riesgo y, en cada reto, escogemos la muerte que nos ha de llegar, pero ni en el último instante de nuestra agonía, desnudos e inermes, nos podrán arrebatar nuestra ternura lumpen y nuestra salvaje alegría de vivir, porque nuestra vida la podemos desperdiciar, regalar o perder, pero para quitárnosla, nos tienen que matar. Y esa es la diferencia con los prudentes, los tibios, los comparsas de lo posible, los que han comido todos les dias de su vida, no conocieron el código de honor del perseguido y amaron tibiamente su cotidianidad, su ideología solipsista, su verborrea, y sus zapatos. A ellos los matará el cáncer o una pila de años; pero primero se dejaron arrebatar la vida que no supieron merecer.

Gabriel V. Pasquale, Reflexiones apócrifas del subcomandante Marcos

Dibujo de Edith Holden

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gatopardo

gravatar.comAutor: Hannah

Después de este largo distanciamiento y desde esta fría lejanía, no puedo más que rendirme a las palabras de Pasquale y agradecerte que las hayas escogido y publicado para todos los que te leemos. Las he robado y puesto en mi blog, espero que ello no te moleste.
¡Qué el silencio nos acoja, amiga!
Hannah

Fecha: 19/12/2007 13:59.


gravatar.comAutor: pau

Debo reconocer que no conozco al tal Pasquale, como tampoco entiendo el, para mí, complicado mensaje. Mañana, más fresco, lo leeré con mejor dedicación.
Tiempo de adviento en...

Lo terrible de las malos momentos, por grandes, importantes, graves o desesperados que puedan ser para el hombre que los sufre, es que pasan de moda como cualquier bagatela, memez o sinsentido de periodismo rosa.
Pasan los siglos y no aprendemos como sociedad. Solo sabemos que de tener un problema deberemos solucionarlo en solitario, sin apenas ayuda.
Reclamar apoyo o el esfuerzo de soliviantar constantemente a la opinión pública con algún éxito nos puede costar más esfuerzo que solucionarlo por nosotros mismos, aunque nos vaya la vida en ello, o nos la cueste, que viene a ser lo mismo.
Bueno, supongo que al zapatismo le ocurre algo parecido; que ha pasado de moda como las mangas ajustadas de las camisetas que fabrico.
Creo que no le va a quedar más remedio que releer el IF de Rudyard Kipling y volver a coger las armas, entrar en algunos pueblos de gentes desahuciadas y luchar hasta morir por ellas... y volver a empezar.
Un abrazo.

Fecha: 19/12/2007 16:17.


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Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
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por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
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