Facebook Twitter Google +1     Admin


GERALD DURRELL: UN OCÉANO DE CAMAREROS.

Los malos escritores creen que escribir tiene la misma naturaleza gaseosa que la fe, el sentido del equilibrio o la percepción moral.
Y,  creen que si escriben en pleno paroxismo emocional  podrán transmigrar las deposiciones de su alma al lector; o que, por el hecho de estar poseídos de una convicción irrebatible,  siempre y cuando lo expliquen sin dejar cabo suelto a la imaginación, le transmitirán sus ideas. De modo que, cuando quieren  contar una experiencia,  se empeñan en poner al narrador en un primer plano, distorsionando  perfectamente la realidad que quieren describir, y sitúan sus sentimientos como foco de interés  primordial del relato, poniendo buen cuidado en aclarar que no son los que tendría cualquier mindundi insensible.
Pero, como la alienación para socializarnos empieza por las emociones -lo que todos creen que forma parte de nuestro ser íntimo, único e irrepetible-, suelen ser tan convencionales como la ropa de temporada. Y por más que ahondemos, la paupérrima muestra de lo que somos capaces de sentir se reduce a unas pocas variantes de media docena de emociones intercambiables, y no demasiado interesantes ni elaboradas.
Los mejores autores, como los grandes estafadores y los buenos actores, no se molestan en diferenciar entre la verdad y la mentira, y se centran  en lo que el incauto lector puede y debe sentir y comprender,  y cómo transmitírselo.
Para escribir es necesario saber  mirar y ver; oír y escuchar; comprender y reflexionar,  y discernir lo esencial de lo anecdótico. y saberlo dosificar. Y contarlo sin tratar de sorprender al lector con nuestra fascinante personalidad, ni despreciar su inteligencia, de modo cabal, y, a ser posible,  sin recurrir a los vocablos apolillados que el autor no  use habitualmente, y con los que no esté familiarizado.

Uno de los escritores que admiro, capaz de convertir sus emociones y peripecias en parte del relato, y a si mismo en un personaje más, y no en el protagonista,  es Gerald Durrell, del que transcribo el capítulo 2 de "Tierra de murmullos":

 

UN OCÉANO DE CAMAREROS

Era un ave muy valiente; hasta que llegó al mar no dejó de enfrentarse conmigo obligándome a retroceder. Charles Darwin, El viaje del Beagle

A la mañana siguiente, temprano, cuando el cielo estaba aún oscuro, me despertó Huichi moviéndose por la cocina, silbando suavemente para sí, y haciendo entrechocar la cafetera y las tazas tratando de interrumpir nuestro sueño suavemente. Mi reacción inmediata fue arroparme aún más bajo el montón de suaves y tibias pieles de guanaco de color tostado que cubrían la enorme cama de matrimonio en la que Jacquie y yo nos resguardábamos. Luego, tras un momento de meditación, decidí que si Huichi estaba levantado yo también debía estarlo; de todas formas sabía que tendría que levantarme para sacar a los demás de la cama. Así que, respirando profundamente, retiré la ropa y salté ágilmente de la cama. Pocas veces me he arrepentido tanto de una acción: fue como salir directamente de un cuarto de calderas y tirarse a un río de montaña. Con los dientes castañeteándome, me puse toda la ropa que encontré y entré renqueando en la cocina. Huichi sonrió y me saludó con la cabeza y luego, muy comprensivo, vertió dos dedos de coñac en una taza grande, la llenó de café humeante y me la tendió. Pronto, resplandeciendo de calor, me quité uno de los tres jerseys y me dediqué, con perversa satisfacción, a hacer salir de la cama al resto del grupo.

Finalmente, a la pálida luz del amanecer, amarilla como el narciso, emprendimos la marcha, llenos de coñac y café, hacia el lugar donde se encontraban los pingüinos. Grupos de ovejas inexpresivas huían precipitadamente por delante del Land-Rover, con el vellón bamboleándose al correr. Una vez pasamos por una charca larga y poco profunda, atrapada en una grieta entre las suaves ondulaciones de las colinas, y en su borde se alimentaban seis fla-mencos, rosas como capullos de ciclamen. Seguimos adelante como un cuarto de hora más y entonces Huichi apartó el Land-Rover del camino principal y lo dirigió a campo traviesa hacia una suave ladera. Cuando estábamos llegando a la cima de la elevación, volvió la cabeza y me sonrió.
Ahora —dijo—, ahora los pingüinos.

Entonces, llegamos a la cima de la ladera y allí estaba la colonia de pingüinos.

Delante de nosotros la maleza, oscura y baja, desapa
recía lentamente y en su lugar quedaba un gran desierto de arena resquebrajada por el sol y separada del mar, que estaba más allá, por una cresta en forma de media luna de dunas de arena blanca, muy empinada y como de unos doscientos pies de altura. En esta zona desierta, protegidos del viento marino por los brazos envolventes de las dunas, los pingüinos habían construido su ciudad. Hasta donde alcanzaba la vista, a cada lado, el terreno estaba como picado de viruelas, lleno de nidos, algunos de ellos un débil rasguño en la arena, otros de varios pies de profundidad. Esos cráteres hacían que el lugar pareciera una pequeña porción de la superficie lunar vista a través de un poderoso telescopio. Por entre esos cráteres, andaba la mayor colección de pingüinos que yo había visto nunca, como un océano de camareros enanos, arrastrando los pies solemnemente de un lado a otro como si tuvieran las espaldas arqueadas por haber estado llevando bandejas demasiado pesadas durante toda su vida.  Su número era prodigioso, extendiéndose hasta el horizonte más lejano, donde centelleaban, blancos y negros, en medio de la calina. Era una vista impresionante. Condujimos lentamente entre la maleza hasta llegar al borde de esta gigantesca criba de nidos y allí paramos y salimos del Land-Rover.

Nos quedamos mirando a los pingüinos y ellos se quedaron mirándonos a nosotros con inmenso respeto e interés. Mientras permanecíamos cerca del vehículo no daban muestras de miedo. La mayor parte de las aves eran, por supuesto, adultas, pero en cada nido había uno o dos polluelos, todavía con sus abrigos de plumón de bebé, que nos miraban con grandes ojos oscuros y tiernos con aspecto de jovencitas gorditas y tímidas vestidas con pieles demasiado grandes de zorro plateado para su presentación en sociedad. Los adultos, elegantes y pulcros en sus trajes blancos y negros, tenían barbas rojas alrededor de la base del pico y ojos brillantes, rapaces, de vendedor ambulante. Cuando te acercabas a ellos, retrocedían hacia sus escondrijos, torciendo sus cabezas de lado a lado como advertencia, hasta que algunas veces nos miraban completamente cabeza abajo. Si te acercabas demasiado, andaban de espaldas hasta sus escondrijos y desaparecían poco a poco, sin dejar de torcer la cabeza vigorosamente. Los polluelos, en cambio, te dejaban llegar a unos cuatro pies de ellos, y entonces perdían la calma, se daban la vuelta y se tiraban de cabeza al nido, así que lo único que se veía eran sus grandes traseros cubiertos de plumón, y sus patas batiendo el aire frenéticamente.

Al principio, el ruido y el movimiento de la vasta colonia eran desconcertantes. Como telón de fondo al murmullo continuo del viento estaba el piar constante de los jóvenes, y el rebuzno alto y prolongado, parecido al de un burro, de los adultos, que, de pie, rígidos y derechos, con las aletas extendidas y el pico apuntando al cielo azul, rebuznaban con alegría y regocijo. Al principio no sabías a donde mirar primero, y el movimiento constante de jóvenes y adultos parecía inconexo y sin propósito. Luego, al cabo de unas horas acostumbrándote a estar en medio de un grupo tan enorme de aves, se hacían evidentes unas ciertas pautas. Lo primero que se vio claro fue que la mayor parte del movimiento se debía a las aves adultas. Muchas estaban de pie junto a los nidos, evidentemente haciendo guardia junto a las crías, mientras que otras muchas deambulaban, unas camino del.mar, y otras de vuelta de él. A lo lejos, las dunas estaban salpicadas de diminutas figuras de pingüinos que caminaban pausadamente, trepando por las empinadas pendientes, o deslizándose por ellas. Esta caminata constante de vaivén entre el mar y los nidos ocupaba gran parte de la jornada de los pingüinos, y era una hazaña tan tremenda que merece ser descrita con detalle. Mirando atentamente la colonia, día a día durante las tres semanas que vivimos en ella, descubrimos que lo que ocurría era esto:

Por la mañana temprano, uno de los pingüinos padres (el macho o la hembra) salía hacia el mar, dejando a su pareja al cuidado de los polluelos. Para llegar al mar, el ave tenía que recorrer alrededor de milla y media por un terreno de lo más difícil y agotador que se pueda imaginar. Primero tenían que avanzar cuidadosamente a través de la maraña de nidos que constituían la colonia, y cuando llegaban al borde de ésta —los suburbios, por así decirlo—, se encontraban en la zona desértica, donde la arena, cocida y resquebrajada por el sol, parecía un gigantesco rompecabezas. En esa zona, desde por la mañana temprano, la arena se ponía tan caliente que quemaba al tocarla, y, sin embargo, los concienzudos pingüinos la atravesaban lentamente, parándose a descansar frecuentemente, como si estuviesen en trance. Esto solía llevarles una media hora. Pero cuando llegaban al otro lado del desierto, se encontraban otro obstáculo más, las dunas, que se alzaban sobre las diminutas figuras de los pingüinos como una cadena de montañas del Himalaya, blancas como la nieve, de doscientos pies de altura y con las empinadas pendientes compuestas de arena fina, suelta y deslizante. Nosotros mismos encontrábamos difícil salvar aquellas dunas, así que mucho peor debía ser para unas aves tan mal equipadas para ello como son los pingüinos.

Cuando llegaban al pie de las dunas, generalmente se detenían unos diez minutos a descansar. Algunos simplemente se sentaban allí, cavilando, mientras que otros se dejaban caer hacia delante, sobre el estómago y se quedaban así jadeando. Luego, cuando ya habían descansado, se ponían de pie con firmeza y corrían hacia la pendiente, evidentemente con la esperanza de pasar la peor parte de la subida lo antes posible. Pero su rapidez desaparecía cuando habían subido una cuarta parte de la pendiente más o menos; el avance era más lento y se paraban más a menudo a descansar. Como la inclinación se iba haciendo más y más fuerte, finalmente se veían obligados a dejarse caer sobre la barriga y luchar contra la pendiente de esa forma, ayudándose en la subida con las aletas. Luego, en un furioso arranque final de velocidad, llegaban triunfales a la cresta, donde se quedaban de pie, derechos, batían sus aletas con deleite, y luego se dejaban caer sobre el estómago para descansar unos diez minutos. Habían llegado a mitad del camino y echados allí, en la afilada cresta de la duna, veían el mar a media milla de distancia, centelleando fresco y tentador. Pero todavía tenían que bajar el otro lado de la duna, cruzar un cuarto de milla de matorral y luego varios cientos de yardas de playa de guijarros antes de alcanzar el mar.

La bajada de la duna, naturalmente, no era ningún problema para ellos, y lo hacían de dos formas igualmente divertidas de.ver. O bien bajaban andando, empezando con mucha calma y yendo más y más deprisa según se iba haciendo más pendiente la bajada, hasta que acababan galopando de la forma más indigna, o bien se deslizaban sobre sus panzas usando las alas y las patas para darse impulso por la arena, exactamente igual que si estuviesen nadando. Con cualquiera de los métodos llegaban al pie de la duna en medio de una pequeña avalancha de arena fina, se ponían de pie, se sacudían e iniciaban tenazmente el camino hacia la playa a través de la maleza. Pero eran las últimas cien yardas de playa las que más parecían hacerles sufrir. Allí estaba el mar azul, rutilante, siseando seductoramente en la orilla, y para llegar hasta él tenían que arrastrar sus cuerpos cansados por la playa pedregosa, donde los cantos crujían y se tambaleaban bajo sus patas, haciéndoles perder el equilibrio. Pero al fin, corrían el último trecho hasta el borde de las olas agachados en una curiosa postura, luego se estiraban repentinamente y se lanzaban al agua fresca. Durante unos diez minutos giraban y se zambullían en la superficie rizada y resplandeciente, lavándose el polvo de las alas y la cabeza, agitando las patas calientes y doloridas en el agua, como en éxtasis, remolineando y surgiendo de repente, desapareciendo bajo el agua y saliendo de nuevo a flote como corchos. Luego, completamente refrescados, se aplicaban a la tarea, más seria, de pescar, impertérritos ante el hecho de que tendrían que afrontar el arduo viaje de vuelta antes de poder dar a sus hambrientas crías el alimento que capturasen.

Una vez que habían recorrido trabajosamente el camino de la vuelta a la colonia, llenos de pescado, por el terreno ardiendo, los pingüinos empezaban el agitado trabajo de alimentar a sus voraces crías. Esta proeza se asemejaba a un cruce entre un combate de boxeo y uno de lucha libre, y era muy entretenido y fascinante contemplarla. Había una familia que vivía en un nido cerca del lugar donde aparcábamos el Land-Rover todos los días, y tanto los padres como las crías se habían acostumbrado tanto a nosotros que nos dejaban sentarnos y filmarles a una distancia de unos veinte pies, de forma que podíamos ver todos los detalles del proceso muy claramente. Una vez que el pingüino padre llegaba al borde de la colonia, tenía que evitar los ataques de varios miles de crías antes de llegar a su propio nido y a sus crías. Todos aquellos polluelos estaban convencidos de que, lanzándose contra el pingüino adulto en una especie de abordaje, podían conseguir que regurgitase el alimento que llevaba. Así que el adulto tenía que evitar los asaltos de esos polluelos gordos y peludos, esquivando de acá para allá como un hábil delantero centro en un campo de fútbol. Generalmente, el padre terminaba en su nido todavía acosado por dos o tres polluelos ajenos, tenazmente decididos a hacerle sacar la comida. Cuando llegaba a casa, el adulto perdía repentinámente la paciencia con sus perseguidores, y, volviéndose hacia ellos, procedía a darles una paliza sin ningún género de vacilaciones, picoteándoles con tanta perversidad que arrancaba a los polluelos gran cantidad de plumas, que flotaban como el vilano por toda la colonia.

Después de poner en retirada a los polluelos ajenos, el pingüino volvía su atención hacia los suyos, que le atacaban ahora de la misma forma que lo habían hecho los otros, lanzando gritos agudos y jadeantes de hambre e impaciencia. El padre (o madre) se acuclillaba a la entrada del nido, mirando pensativamente sus patas y haciendo movimientos como si estuviera tratando de contener un fuerte ataque de hipo. Al verlo, las crías se ponían en un estado de frenesí y de deleitada expectación, profiriendo gritos jadeantes y salvajes, agitando frenéticamente las alas, apretándose contra el cuerpo del padre y estirando el pico y haciéndolo chocar con el del adulto. Esto continuaba unos treinta segundos más, hasta que el padre, —con expresión de alivio— regurgitaba de pronto violentamente, metiendo el pico tan dentro de las bocas abiertas de las crías, que costaba imaginar que pudiera volver a sacar la cabeza. Los polluelos, satisfechos, y sin haber sido, al parecer, atravesados de punta a cabo con la entrega del primer plato, se sentaban sobre sus gorditos traseros a cavilar un rato, y el padre aprovechaba la oportunidad para lavarse y cepillarse rápidamente, limpiando y componiendo cuidadosamente las plumas del pecho, quitándose diminutas motas de polvo de las patas y pasándose el pico por las alas con un movimiento de cortauñas. Después bostezaba y se doblaba hacia adelante como si quisiera tocarse las puntas de las patas, con las alas estiradas hacia atrás y el pico muy abierto. Luego se sumergía en el estado de trance que los polluelos habían alcanzado momentos antes. Todo quedaba tranquilo durante unos cinco minutos, hasta que, de repente, el padre volvía a empezar sus extraños movimientos de hipo e inmediatamente volvía a estallar el tumulto. Los polluelos se despertaban de su sopor digestivo y se lanzaban contra el adulto, tratando cada uno de que su pico estuviera en el primer puesto. Una vez más todos eran aparentemente apuñalados hasta el corazón por el pico del padre, por turno, y luego, una vez más, volvían a adormecerse.

Los padres y las crías que ocupaban el nido donde filmamos el proceso de alimentar a las crías, eran conocidos, como forma conveniente de referencia, con el nombre de «los Jones». Bastante cerca del establecimiento de los Jones había otro nido donde vivía un polluelo solo, pequeño y subalimentado, a quien bautizamos Henrietta Vacanttum. Henrietta era el producto de un hogar desgraciado. Sus padres eran, sospecho, o cortos de luces o simplemente vagos, porque les llevaba el doble de tiempo que a los otros pingüinos el sacar la comida de Henrietta, y cuando lo hacían era en unas cantidades tan minúsculas que ella estaba siempre hambrienta. Prueba de los hábitos de los padres era el desaliño del nido, una simple raspadura, apenas suficientemente profunda como para proteger a Henrietta de las inclemencias del tiempo, totalmente distinta a la villa, profunda y cuidadosamente excavada, de la familia Jones. Así que no es de extrañar que Henrietta nos produjera mucha lástima, con sus grandes ojos, y su apariencia de malcuidada y medio muerta de hambre. Siempre estaba al acecho de la comida, y como los Jones tenían que pasar por delante de su puerta camino de su pulcro nido, Henrietta siempre hacía valientes intentos para obligarles a regurgitar antes de llegar a su casa.

Esos esfuerzos eran generalmente en vano, y todo lo que lograba Henrietta con sus trabajos eran unos fuertes picotazos que desprendían sus plumas en grandes nubes. Se retiraba, descontenta, y miraba angustiada cómo los dos polluelos Jones, repulsivamente gordos, devoraban su comida. Pero un día, accidentalmente, Henrietta descubrió una forma de pellizcar algo de la comida de la familia Jones sin repercusiones desagradables. Esperaba hasta que Jones-padre empezaba los movimientos de hipo preliminares de la regurgitación y hasta que los polluelos Jones estaban girando frenéticamente alrededor, agitando sus alas y resollando, y entonces, en el momento crucial, se unía al grupo, acercándose al padre cuidadosamente por detrás. Resollando fuertemente y abriendo mucho el" pico, metía la cabeza, bien por encima del hombro del padre, por decirlo así, o bajo su ala, pero siempre manteniendo cuidadosamente su posición detrás del padre para no ser reconocida. Jones-padre, con su prole acosándole con la boca abierta y la mente totalmente ocupada en la tarea de regurgitar una pinta de gambas, no parecía darse cuenta de la aparición de una tercera cabeza en la confusión general que le rodeaba, y, llegado el momento final, introducía la cabeza en el primer pico abierto que se le presentaba, con el aire ligeramente desesperado del pasajero de avión que agarra su bolsita de papel marrón al principio de la quincuagésima bolsa de aire. Sólo cuando se había desvanecido el último espasmo, y podía concentrarse en cuestiones externas, se daba cuenta Jones-padre de que había estado alimentando a un vástago ajeno, y entonces Henrietta tenía que andar muy lista sobre sus grandes patas planas para escapar a sus iras. Pero incluso si no se movía con la suficiente rapidez, y recibía una paliza por su iniquidad, la complacida mirada de su rostro parecía argüir que habría valido la pena.

En los tiempos en que Darwin visitó esta región todavía quedaban restos de las tribus de indios patagones, empeñados en una inútil batalla contra su exterminio por parte de colonos y soldados. Se describía a estos indios como toscos e incivilizados y generalmente carentes de toda cualidad que les hiciera merecedores de un poco de caridad cristiana. Por lo tanto desaparecieron, como sucede con tantas especies animales cuando entran en contacto con las benéficas influencias de la civilización, y nadie, aparentemente, sintió su desaparición. En varios museos de distintos lugares de Argentina se ven unos pocos restos de su artesanía (lanzas, flechas, y demás) e, inevitablemente, un gran cuadro, bastante macabro, que trataba de reflejar el aspecto más desagradable del carácter de los indios, su lascivia. En todos esos cuadros aparece un grupo de indios, melenudos y salvajes, montando indómitos corceles haciendo cabriolas, mientras que el jefe del grupo estrecha inevitablemente, en su silla, a una mujer blanca vestida con ropas diáfanas y cuyo desarrollo pectoral daría que pensar a las actrices modernas de cine. En todos los museos el cuadro era casi igual, variando solo el número de indios y la expansión torácica de su víctima. Aunque esos cuadros eran fascinantes, lo que me sorprendía era que nunca había una obra similar que representara a un grupo de hombres blancos civilizados galopando con una voluptuosa muchacha india, y, sin embargo, esto había ocurrido con igual frecuencia —si no más— que el rapto de mujeres blancas. Este era un aspecto secundario de la historia, interesante y curioso. De todas formas, esas ingeniosas, aunque mal pintadas, escenas de rapto tenían un rasgo interesante. Estaban destinadas claramente a dar la peor impresión posible de los indios, y, sin embargo, lo que conseguían era dar la impresión de un pueblo bravio y bello y llevarle a uno a lamentar que ya no existiera. Así que cuando bajamos a la Patagonia busqué con avidez restos de esos indios, y pregunté a todo el mundo sobre ellos. Los relatos, desgraciadamente eran abundantes en exceso, y no me explicaban nada, pero en cuanto a los restos, resultó que no podía haber encontrado un sitio mejor que la metrópolis de los pingüinos.

Una tarde, al volver a la estancia* después de una ardua jornada filmando, cuando estábamos bebiendo mate * alrededor del fuego, le pregunté al Sr. Huichi —por medio de María— si había habido muchas tribus indias en aquella región. Hice mis preguntas con delicadeza, porque me habían dicho que Huichi tenía sangre india y no estaba seguro de si estaba orgulloso de ello o no. El sonrió con su sonrisa lenta y suave y dijo que en sus estancias* y en los alrededores de ellas había una de las mayores concentraciones de indios de Patagonia; de hecho, continuó, el lugar donde vivían los pingüinos todavía conservaba evidencia de su existencia. Pregunté con avidez qué clase de evidencia, Huichi sonrió de nuevo, y poniéndose de pie desapareció en la oscuridad de su habitación. Le oí sacar una caja de debajo de la cama; volvió con ella en las manos y la colocó sobre la mesa. Quitó la tapa, volvió el contenido sobre el mantel blanco y yo me quedé boquiabierto.

Había visto, como he dicho, restos distintos en los museos, pero nada comparable a esto. Porque Huichi volcó sobre la mesa un arco iris de objetos de piedra soberbios por su colorido y su belleza. Había puntas de flechas, desde las delicadas y frágiles del tamaño de la uña del meñique hasta las que tenían el tamaño de un huevo. Había cucharas hechas partiendo por la mitad grandes conchas marinas y limándolas cuidadosamente; había cacillos curvos de piedra para sacar los moluscos comestibles de sus conchas; había puntas de lanzas afiladas como cuchillas de afeitar; había bolas para las boleadoras*, redondas como bolas de billar, con un canalillo alrededor de sus ecuadores, por así decirlo, por donde iba la correa de la que colgaban; eran tan perfectas que apenas podía creerse que una precisión así pudiera lograrse sin una máquina. Luego estaban los artículos puramente decorativos: las conchas pulcramente agujereadas para pendientes, el collar hecho de una piedra verde, lechosa, parecida al jade, bellamente combinada, el hueso de foca cincelado y tallado en forma de cuchillo, que, evidentemente, era más ornamental que útil. Su dibujo consistía simplemente en unas series de líneas, pero talladas con gran precisión.

Contemplé aquellos objetos con deleite. Algunas de las puntas de flecha eran tan pequeñas que parecía imposible que nadie pudiera haberlas hecho cincelándolas toscamente, pero si se las veía a plena luz se podía ver cómo se habían separado las delicadas esquirlas de piedra. Lo que era aún más increíble era que todas esas puntas de flecha, por pequeñas que fueran, tenían un borde minuciosamente dentado para hacerlas penetrantes y afiladas. Mientras examinaba los objetos, me chocó de repente su color. En las playas cercanas adonde estaban los pingüinos casi todas las piedras eran marrones o negras; para encontrarlas de colores atrayentes había que buscar mucho. Y sin embargo, cada punta de flecha, por pequeña que fuera, cada punta de lanza, cada piedra en realidad, que se había usado, había sido claramente escogida por su belleza. Colóqué todas las puntas de flecha y lanza en hileras sobre el mantel y allí brillaron como las delicadas hojas de un árbol fabuloso. Las había rojas con una veta de un rojo más oscuro, como sangre seca; las había verdes, cubiertas con una fina tracería de blanco; las había de color blanco azulado, como nácar, y amarillas y blancas, cubiertas con manchitas de dibujos semiborrados, azules o negros, allá donde los jugos de la tierra habían manchado la piedra. Cada pieza era una obra de arte, de bella forma, tallada, afilada y pulida cuidada y minuciosamente, hecha con los guijarros más bellos que el artesano había encontrado. Se veía que estaban hechas con cariño. Y todo aquello, me recordé a mí mismo, lo habían hecho aquellos indios bárbaros, toscos, salvajes y totalmente incivilizados cuya extinción no parecía provocar el mínimo remordimiento en nadie.

Huichi parecía encantado de que yo mostrase un interés y una admiración tan claros por aquellos restos y fue a su cuarto y desenterró otra caja. Esta contenía un arma extraordinaria, de piedra tallada: era como una pequeña pesa. La barra central que conectaba las dos bolas de piedra, grandes y mal formadas, cabía fácilmente en la palma de la mano, de forma que, luego, una gran bola de piedra quedaba encima del puño y otra debajo. Como todo ello pesaba unas tres libras, era un arma temible, capaz de partir un cráneo humano como si fuese un bejín. Lo siguiente que salió de la caja —que Huichi desenvolvió reverentemente de una hoja de papel de seda— parecía como si realmente hubiese sido tratado con la maza de piedra. Era la calavera de un indio, blanca como el marfil, con un gran agujero con los bordes astillados abierto en la parte superior del cráneo.

Huichi me explicó que a lo largo de los años, siempre que su trabajo le había llevado al rincón de la estancia * donde vivían los pingüinos, había buscado restos indios. Dijo que, al parecer, los indios habían utilizado mucho aquella zona, pero nadie sabía seguro con qué propósito determinado. Su teoría era que habían utilizado aquella gran zona llana donde ahora anidaban los pingüinos como una especie de «arena» en la que los jóvenes de la tribu practicaban el tiro con arco y flechas, el lanzamiento de la lanza y el arte de enredar las patas de sus presas con las boleadoras.  Al otro lado de las grandes dunas, dijo, se encontraban grandes montones de conchas vacías. Yo había reparado en aquellos grandes y blancos montones de conchas, algunos de los cuales abarcaban un área de un cuarto de acre con un espesor de unos tres pies, pero estaba tan absorto filmando a los pingüinos que no me había fijado en ellos más que de pasada. La teoría de Huichi era que esa zona había sido un lugar al que venían de vacaciones, una especie de Márgate de los indios, por decirlo así. Que iban allí a alimentarse de los abundantes y suculentos mariscos, a buscar, en la playa de guijarros, piedras con las que hacer sus armas y una agradable zona llana en la que practicar con ellas. ¿Qué otra explicación podía tener que se encontrasen allí esos grandes montones de conchas vacías, y, esparcidas por las dunas y por los guijarros, una cantidad tan grande de puntas de flecha y de lanza, collares rotos y, de vez en cuando, una calavera aplastada? Debo decir que la idea de Huichi me pareció sensata, aunque supongo que un arqueólogo profesional habría encontrado alguna forma de refutarla. Me horrorizó pensar en la cantidad de preciosas y delicadas puntas de flecha que debían haberse aplastado y hecho astillas bajo las ruedas del Land Rover mientras conducíamos alegremente de acá para allá por la ciudad de los pingüinos. Decidí que al día siguiente, cuando terminásemos de filmar, buscaríamos puntas de flecha.

Resultó que al día siguiente tuvimos solamente unas horas de luz decente para filmar, así que dedicamos el resto del tiempo a gatear por las dunas, en curiosas posturas fetales, buscando puntas de flecha y otros restos indios. Pronto descubrí que no era ni remotamente tan fácil como parecía. Huichi, después de años de práctica, podía descubrir cosas con misteriosa exactitud desde una gran distancia.
Esto, una  —decía sonriendo, mientras señalaba con
la punta del zapato un montón de guijarros. Yo miraba en el sitio indicado, pero no veía nada más que pedacitos de piedra sin trabajar.
  
Esto*, decía otra vez, e inclinándose cogía una bella punta de flecha con forma de hoja que había estado a cinco pulgadas de mi mano. Una vez que te la habían señalado, naturalmente, resultaba tan patente que te preguntabas cómo podías no haberla visto. Poco a poco, a lo largo del día, mejoramos, y nuestro montón de hallazgos empezó a aumentar, pero Huichi seguía experimentando un malvado pla-cer en pasear erguido detrás de mí, mientras yo gateaba laboriosamente por las dunas, y tan pronto como yo consideraba que había registrado una zona minuciosamente, se agachaba y encontraba tres puntas de flechas que yo, por alguna razón, no había visto. Esto ocurría con una regularidad tan monótona que empecé a preguntarme, bajo la influencia de una espalda dolorida y unos ojos llenos de arena, si no estaría sacándose puntas de flecha de la manga, como un prestidigitador, y fingiendo que las encontraba sólo para tomarme el pelo. Pero luego mis poco amables dudas se disiparon, porque de repente Huichi se inclinó hacia adelante y señaló una zona de guijarros en que yo estaba trabajando.
Esto*, —dijo, e inclinándose me señaló una esquinita
diminuta de piedra amarilla sobresaliendo bajo un montón de guijarros. La miré incrédulo. Luego la cogí suavemente entre los dedos y saqué de debajo de los guijarros una soberbia punta de flecha con un filo meticulosamente serrado. Había estado a la vista aproximadamente un cuarto de pulgada de la punta de flecha y aún así Huichi la había descubierto.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que yo
me tomase la revancha. Avanzaba por una duna hacia la siguiente zona de guijarros, cuando mi pie tocó algo blanco y resplandeciente. Me agaché, y lo cogí, y vi con asombro que era una preciosa punta de arpón de unas seis pulgadas de largo, magníficamente tallada en hueso de oso marino austral. Llamé a Huichi y cuando vio lo que yo había encontrado se quedó atónito. Lo cogió con suavidad, lo limpió de arena, y luego le dio vueltas y vueltas en sus manos, sonriendo encantado. Explicó que una punta de arpón como ésa era una de las cosas más difíciles de hallar. Él sólo había encontrado una y estaba tan aplastada que no había merecido la pena guardarla. Desde entonces había estado buscando, sin éxito, una en buen estado para añadirla a su colección.

Pronto se empezó a hacer tarde, y estábamos todos desperdigados por las dunas, encorvados y absortos en nuestra tarea. Yo rodeé un montículo de arena y me encontré en un diminuto valle entre las elevadas dunas, un valle decorado con dos o tres árboles marchitos y carunculados. Me paré a encender un cigarrillo y a descansar mi espalda dolorida. El cielo se estaba poniendo rosa y verde como solía ponerse al atardecer, y, aparte del débil murmullo del mar y el viento, todo estaba en paz y en silencio. Caminé lentamente por el vallecito y de repente noté un ligero movimiento delante de mí. Un armadillo pequeño y muy peludo se escurría por las cimas de las dunas como un juguete mecánico, dedicado a la búsqueda vespertina de alimento. Lo estuve mirando hasta que desapareció al otro lado de las dunas y luego continué. Bajo uno de los matorrales me sorprendió ver a un par de pingüinos, porque generalmente no escogían esa arena fina para excavar sus nidos. Pero esta pareja había elegido este valle por quién sabe qué razones, y había escarbado y raspado un tosco agujero en el que se acurrucaba un único polluelo cubierto de piel. Los padres castañetearon sus picos como advertencia y torcieron ¡a cabeza hasta mirarme de abajo arriba, muy indignados de que perturbase su soledad. Les miré un momento y entonces noté algo medio escondido en el montón de arena que habían escarbado para hacer su nido. Era algo liso y blanco. Me adelanté y, a pesar de la casi histeria de los pingüinos, arañé la arena. Allí, delante de mí había una calavera de indio perfecta que los pingüinos debían haber desenterrado.

Me senté con la calavera en las rodillas y fumé otro cigarrillo mientras la contemplaba. Me pregunté qué clase de hombre habría sido este indio desaparecido. Podía imaginármelo, en cuclillas en la orilla del mar, arrancando cuidadosa y hábilmente diminutas esquirlas de un trozo de piedra para hacer una de las preciosas puntas de flecha que ahora chirriaban y cloqueaban en mi bolsillo. Podía imaginármelo con su cara morena de finas facciones, y sus ojos negros, la melena hasta los hombros, su rica capa de piel de guanaco marrón ceñida, mientras se mantenía muy derecho en su caballo desherrado y salvaje. Miré las cuencas vacías de los ojos y deseé ardientemente haber conocido al hombre que había hecho algo tan bello como aquellas puntas de flecha. Me pregunté si debía llevarme la calavera a Inglaterra y ponerla en el lugar de honor de mi estudio, rodeada de sus obras de arte. Pero entonces miré en torno mío y decidí no hacerlo. El cielo tenía ahora el azul intenso del crepúsculo, con borrones rosas y verdes de nubes. El viento hacía escurrirse la arena en diminutos riachuelos que siseaban suavemente. Los extraños matorrales con formas de brujas crujían agradable y musicalmente. Pensé que al indio no le importaría compartir su última morada con los animales de la que antaño fuera su tierra, los pingüinos y los armadillos. Así que excavé un agujero en la arena, coloqué en él la calavera y la cubrí con cuidado. Cuando me puse de pie, mientras las sombras se extendían con rapidez, el lugar parecía impregnado de tristeza, y la presencia de los indios desaparecidos parecía muy cercana. Casi podía creer que si miraba rápidamente por encima del hombro, podría ver a uno a caballo, su silueta recortada sobre el color del cielo. Me sacudí esa sensación por fantástica, y regresé al Land Rover.

Mientras volvíamos a la estancia, traqueteando con estrépito,  en el atardecer, Huichi, dirigiéndose a Marie, dijo en voz baja:
—Sabe, señorita*, ese lugar siempre parece triste. Se
siente mucho la presencia de los indios allí. Están alrededor de uno, sus espíritus, y a uno le dan lástima porque no parecen espíritus felices.
Ésa había sido exactamente mi sensación.
Al día siguiente, antes de irnos, di a Huichi la punta de
arpón que había encontrado. Me partió el corazón dársela, pero Huichi había hecho tanto por nosotros, que parecía un pago muy pequeño por su amabilidad. Se puso muy contento, y sé que esa punta de arpón estará ahora reverentemente envuelta en papel de seda en la caja que tiene bajo su cama, no muy lejos de donde debería estar, enterrada en las grandes dunas resplandecientes, sintiendo sólo la arena moverse cuando los pingüinos andan pesadamente por encima.

Gerald Durrell, capítulo 2 de"Tierra de murmullos".
Título original: The Whispering Land
Traductora: Marta Sansigre Vidal


 

23/10/2008 11:38. Editado por Gatopardo enlace permanente. CRÍTICA LITERARIA

Comentarios > Ir a formulario



gravatar.comAutor: marina

Gracias.

Fecha: 24/10/2008 14:56.


Añadir un comentario



No será mostrado.







Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
mentes inmisericordes,
por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
ni meapilas ni legales:
somos los Irregulares,
somos gente de Zapata.

Temas

Archivos

Enlaces

Bitacoras.com

TOP Bitacoras.com para México


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris