
Otro mago que conocí no era un profesor, sino un pobre hombre. Gómez era el mago del naturismo.
Le conocí en el tren. Una noche de invierno, muy fría, en que iba yo en el expreso de Valencia, entró en el tren el señor Gómez, cerca de Madrid, y al poco tiempo pretendió abrir el cristal del vagón, a lo que, naturalmente, nos opusimos todos los viajeros.
-Quería hacerlo -dijo- porque esta atmósfera no se puede respirar, esto es muy malsano.
Luego dijo que había perdido su tren, y se reveló como naturista.
Era un hombre de unos cincuenta años, de color terroso, que tenía un abceso en la mejilla y un catarro terrible.
-Ahora paro en una de estas estaciones, me voy a casa -dijo- y me paseo media hora descalzo en el suelo helado. Luego, en casa, cenaré una lechuga y dos naranjas.
-Se va usted a poner malo -le indiqué yo.
-¡Ca, hombre, al revés! ¡Así estoy tan fuerte!
- Tiene usted un catarro terrible.
-Eso no importa. Eso es salud. Yo no me curaré jamás un catarro. Él desaparecerá cuando quiera. ¿Usted sabe las consecuencias funestas que tiene curar un catarro?
-Yo, no. Yo, siempre que puedo, me curo los catarros.
-Pues hace Vd. muy mal.
-Parece que tiene usted también un abceso.
-Sí, pero no crea usted que me pongo ninguna medicina, ni me aprieto con los dedos. No. Sólo me doy baños de vapor. Esto es pura salud.
El señor Gómez por lo que me dijo era empleado de un ministerio y naturista rabioso.
Le vi luego en Madrid, siempre con su aire hético y triste; pero siempre convencido de que era un Hércules.
Gómez era, además de naturista, medio teósofo y medio homeópata. Creía que las medicinas hacían efecto a distancia. También presumía de esperantista. Gómez era intransigente. Tenía siete u ocho libros ridículos en los que creía a cierra ojos. Sostenía que la infusión de café era un producto artificial, y que, en cambio, la de bellotas tostadas era muy natural.
Yo no le hacía caso porque me parecía muy tonto y muy aburrido. Yo le decía:
-Todo eso del naturismo me parece una estupidez. No sé por qué llevar sandalias ha de ser natural y llevar zapatos, artificial; tampoco comprendo por qué el comer pan con salvado es natural y comerlo sin salvado es artificial.
Al señor Gómez se le metió en la cabeza que necesitaba un pan hecho de harina molida en antiguos molinos de piedra, y no en molinos modernos de cilindros.
-Esos molinos de harina de cilindros que hay ahora quitan al pan sus virtudes- y al decir esto, Gómez cerraba los ojos y movía las manos, como si estuviera viendo las virtudes del pan que se iban perdiendo en el abismo.
- Pero ¿cómo sabe Vd. que el molino de cilindros hace ese efecto? - pregunté yo.
-Eso se comprende.
-¿Y qué virtudes son las que se pierden?
-Todas - me contestó categóricamente.
A pesar de su idiotismo, y probablemente por él, Gómez tuvo sus discípulos y partidarios.
Luego se empeñó en no comer más que cosas crudas: berzas, zanahorias, cebollas, y en andar medio desnudo, y poco después se murió, mártir de su apostolado, aunque él, seguramente, creyó que moría a fuerza de salud.
Autor: Pío Baroja. Memorias del novelista. Tomo II Familia, infancia y juventud (1944)
Editorial Caro Raggio. Madrid.

Otros títulos de las "Memorias del novelista":
Tomo I: El escritor según él y según los críticos
Tomo III: Final del siglo XIX y principios del XX
Tomo IV: Galería de tipos de la época
Tomo V: La intuición y el estilo
Tomo VI: Reportajes
TomoVII: Bagatelas de otoño