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LUIS CARANDELL: VIDA Y MILAGROS DE MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER, FUNDADOR DEL OPUS DEI (2)

A manera de prefacio

Luis Carandell

Cuentan que, en una ocasión, hace unos años, el padre Arrupe, general de la Compañía de Jesús, le preguntó al que por entonces era el Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Riberi, si había visto a don Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador y presidente general del Opus Dei. "No, no", contestó el Nuncio con el gesto de extrañeza del superior que espera en vano una obligada visita. Y, al parecer, así lo cuentan, el padre Arrupe ladeó canónicamente la cabeza para decir al oído del prelado en tono de amistosa confidencia: "Yo, señor Nuncio, a veces dudo de que exista".
Esta es una anécdota no comprobable que, sin embargo, nos pone en la pista de una trascendental personalidad española, cuyo conocimiento no puede sernos indiferente. Una personalidad de oscuro y recio origen provinciano que, a través de una serie de vicisitudes,  no ajenas a la historia patria de estos años, llega a alcanzar un preeminentísimo lugar en el Who’s Who de la crónica mundial. Abundando en el mismo sentido, cualificados miembros de la Curia romana cuentan también que, cuando el padre Arrupe asumió las responsabilidades del cargo de general de la Compañía de Jesús, escribió una carta a cada uno de los prepósitos de las órdenes y congregaciones religiosas e institutos seculares, anunciándoles su intención de visitarles personalmente. Era ésta una muestra del espíritu fraterno que el Padre Arrupe traía a la Compañía.  Los prepósitos, unánimemente, se apresuraron a contestar que no era el general de los jesuitas quien debía visitarles a ellos sino ellos quienes debían acudir humildemente ante el general de los jesuitas. "No vengáis vos hacia nos. Somos nos quienes vamos hacia vos". En este toma y daca de la cortesía vaticana se hacía patente el deseo de inaugurar una nueva etapa en la historia de las relaciones entre las órdenes. Pero hubo una excepción: el presidente general del Opus Dei, don Josemaría Escrivá de Balaguer  no contestó,  así se dice, a la carta del padre Arrupe. No se arredró por ello el dinámico jesuita, ni su humildad y buena disposición eran tan pasajeras que no pudiera resistir esta prueba. Telefoneó personalmente a Bruno Buozzi, 73, la suntuosa residencia de Monseñor Escrivá de Balaguer en Roma. Fuentes fidedignas informan de que Arrupe llamó a Monseñor hasta cinco veces y las cinco le contestaron que "el Padre" no estaba en casa. Posteriormente, los dos hombres de Iglesia tuvieron ocasión de entrevistarse y se fotografiaron juntos en la terraza de un edificio del vaticano, teniendo por fondo la grandiosa cúpula de Miguel Angel.
Pero esto pertenece a otra historia, la historia de las delicadas relaciones entre la Compañía de Jesús y el Opus Dei. Mi intención ahora no es traer a colación viejas y acaso superadas disensiones, sino excusar ante el lector las insuficiencias que necesariamente ha de padecer el libro que tiene en las manos. No es maravilla, en efecto, que el hombre que hizo esperar al nuncio Riberi, que no contestó al padre Arrupe una fraternal carta y que, finalmente lo tuvo pegado al teléfono en humilde y desproporcionada solicitud de audiencia, haya ignorado completamente la petición del autor de este libro.  En efecto, tan pronto como decidí escribirlo, me dirigí a monseñor Escrivá de Balaguer pidiéndole que accediera a recibirme personalmente, ya que tenía el propósito de hacer una semblanza de quien yo considero, y así se lo decía "una importante figura de nuestro tiempo". Monseñor Escrivá está acostumbradísimo a no contestar las cartas que se le dirigen. Con periodicidad variable, según los casos, y al menos una vez al año, sus setenta mil "hijos" del Opus Dei escriben lo que se llama la "carta al padre", y esas cartas no obtienen nunca respuesta, aunque es creencia general entre los miembros de "la Obra" que monseñor "las lee todas". Y yo pregunto: si el padre no contesta nunca a sus propios hijos, ¿qué tiene de extraño que no me conteste a mí, que, lejos de seguir el "camino" por él trazado, me siento más bien incurso en casi todos los dicterios e imprecaciones que contienen las máximas de su famoso libro?
De esta manera, mi semblanza biográfica de monseñor Escrivá, y aquí omito de propósito el segundo y sonoro apellido en anticipación de lo que diré más tarde, mi semblanza del del fundador del Opus Dei adolecerá, por la razón que he dicho, de una limitación fundamental, y es: que no he visto al padre Escrivá de Balaguer en mi vida.
Cuando el biografiado vive,  el biógrafo no puede excusar el contacto personal con él, salvo que existan sustanciosas razones que le impulsen a saltarse el inexcusable requisito. Éste es mi mi caso. A medida que iban pasando las semanas y los meses sin que yo obtuviese respuesta de monseñor a mi carta, sentía una explicable inquietud por el futuro de mi trabajo. Decidí, pues,  dirigirme a la secretaría de información del Opus Dei en Madrid para saber si tenían alguna noticia de Roma que hiciera referencia a mi petición. La secretaría conocía la solicitud de entrevista  que yo había hecho a monseñor, pues, simultáneamente,  había escrito a uno de los secretarios, don Luis Gordon,  dándole cuenta de mi petición y rogándole que la reforzara oficialmente. Con  don Luis Gordon había tenido yo anteriormente, por iniciativa suya,  otros contactos y cambios de impresiones acerca de cierto controvertido punto de "Camino" que yo me había permitido glosar en un capítulo de mi libro "Los españoles", aparecido en la primavera de 1968. Don Luis Gordon me invitó a acudir a las oficinas de la secretaría en la calle Vitrubio,  de Madrid. La cosa vino porque, al hablar de la sexualidad española, yo había transcrito la famosa máxima de "Camino" que dice:

"El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares".

Al citar esta frase de un cualificado moralista moderno, yo pretendía señalar la pervivencia en nuestro tiempo de la tradicional actitud española ante el sexo. Don Luis Gordon -tengo que decir que con encomiable espíritu animado de lo que en el Opus Dei se llama "corrección fraterna"-, me explicó que el pensamiento del padre Escrivá era muy distinto de lo que yo había supuesto y, precisamente, monseñor había sido uno de los primeros en defender y propugnar la dignidad y la santidad del estado matrimonial. Contesté que procuraría estudiar el ideario del fundador y que si quedaba convencido, no tendría inconveniente  en retocar la referencia  a "Camino". Este episodio tiene para mí alguna importancia,  porque fue a partir de esas conversaciones sobre la concepción sexológica del padre Escrivá cuando pensé en adentrarme en el estudio del Opus Dei y de la personalidad de su fundador.
Así, pues, en vista del silencio del Opus Dei en Roma, me dirigí de nuevo a la secretaría del Opus Dei en Madrid.  Me hicieron pasar, igual que  en mi primera visita, al saloncito de gusto burgués, con su tresillo tapizado en terciopelo oro, su lámpara de pie de pergamino, su moqueta de color ocre, su mesita de mármol jaspeado, su lámpara de cuentas de cristal suspendida del techo en el centro de la sala. No puedo explicar ahora las hondas resonancias sociológicas que percibí yo en el españolísimo gusto de aquel saloncito confortable. Me vino a la memoria, por vía de contraste, en aquel momento, mi fugaz paso por la Acción Católica, en los años de la inmediata posguerra, a los catorce o quince de mi edad, y aquellas catequesis de los barrios bajos barceloneses con las paredes desconchadas, los bancos desvencijados, la estufa negra sobre la cual hervía un puchero con hojas de eucaliptus, donde los hijos de buena familia iban a ganar el cielo y la completar la ingente labor de catolización emprendida, pocos años antes, en la guerra, por el nacional-catolicismo. Desde aquella cochambre hasta el aterciopelado saloncillo del salón del hotelito de Vitrubio, los invictos niños de los años cuarenta habían hecho un largo recorrido.

No se hizo esperar mi interlocutor, que esta vez era el jefe de la secretaría, don Javier Ayesta, la cabeza visible del Opus Dei madrileño. Conocía a Ayesta  de oídas, y, sobre todo, por la referencia que de él hace Daniel Artigues en su conocido libro "El Opus Dei en España",  llamándole,  por cierto equivocadamente, "el padre Javier Ayesta", pues  no es ni ha sido nunca sacerdote. En el libro de Artigues, por lo demás muy bien informado y documentado, se hace referencia a una entrevista del periodista Marcel Niedergang con Javier Ayesta publicada en "Le Monde" en la que el secretario del Opus Dei en Madrid  declara que este Instituto "es algo muy similar a la FAO o a la UNESCO". Animado por la indudable "apertura" que esta información supondría,  me dirigí a Ayesta con la esperanza de obtener alguna información  que me fuera útil.  Como dice Artigues,  al comentar esta entrevista, cualquier persona puede obtener  la iinformación que desee acerca de la FAO o de la UNESCO con sólo abrir los anuarios internacionales correspondientes. No existe en estos organismos, que yo sepa, esa "discreción" tan típicamente opusdeística que yo he podido comprobar en mis conversaciones con los miembros de la "Obra". Dice la máxima 645 de "Camino":

"¡Qué fecundo es el silencio!  -Todas las energías que me pierdes con tu falta de discreción son energías que restas a la eficacia de tu trabajo-. Sé discreto".

No sé si Ayesta recordó concretamente esta máxima durante la conversación que sostuvo conmigo. Lo cierto es que salí del hotelito de Vitrubio ayuno de  informaciones sobre la vida y la personalidad del padre Escrivá. En los días anteriores a mi visita había estado haciendo la necesaria labor de investigación bibliográfica y había comprobado una notable ausencia de datos sobre el tema que me interesaba. No había más que una pequeña semblanza biográfica escrita por don Flo­rentino Pérez Embid e incluida en la obra Forjadores del mundo contemporáneo y un Perfil biográfico,  pu­blicado por el periodista Carlos Escartín en «Diario de Navarra». Estos dos papeles daban una información muy somera de la vida de mi personaje: las cinco o seis fechas cruciales de su biografía, la relación de sus escritos y sus principales actuaciones públicas. Perte­necían ambos al género laudatorio, y los elogios que se dedicaban al fundador del Opus Dei eran de tipo muy general, sin que sus autores buscaran la apoyatu­ra de la descripción personal o de la anécdota ilustrativa de su carácter. Se juzgaba al hombre más por la magnitud de la obra que había realizado que por los rasgos físicos y espirituales de su personalidad. Expuse a Javier Ayesta mi preocupación por esta carencia de datos y le pedí toda la ayuda informativa que pudiera prestarme. No me escuchó. Se limitó a decirme que no consideraba llegado el momento de que se escribiera una biografía de monseñor Escrivá de Balaguer y que, si yo lo intentaba, mi libro quedaría absolutamente in­completo y sería fácilmente superado por futuros tra­bajos.
No doy a ese libro más allá de diez años de vi­gencia —me dijo.

Tengo el convencimiento de que solamente un escri­tor perteneciente al Opus Dei o al menos situado, como se dice ahora, en la órbita de la Obra, podría hacer una biografía del fundador que tuviera esa «vigencia» que Ayesta negaba de antemano a mi trabajo. No soy ni he sido hasta ahora de la Obra y por tanto va a ser difícil que esta semblanza de monseñor Escrivá sea todo lo «vigente» que debiera ser. Pero lo que sí puedo asegu­rar es que si el libro que ofrezco al lector consigue te­ner una vigencia de diez años, me doy, como suele de­cirse, con un canto en los dientes. Así se lo dije al jefe de la secretaría de información del Opus Dei, al tiempo que le preguntaba si le había llegado de Roma alguna indicación relativa a mi petición de ser recibido en audiencia privada. Me dijo que «de palabra» se le ha­bía comunicado que «el padre» tenía un programa den­sísimo de trabajo y que, por otra parte, monseñor Es­crivá no juzgaba que su persona fuera lo suficientemen­te importante como para ser objeto de una especial atención. Que, no obstante, llegado el momento, tendría «sumo gusto» en recibirme. Pregunté entonces a Ayes­ta qué plazo calculaba él que tendría que durar mi im­paciente espera.
Unos tres años —dijo. Y añadió una frase que, como luego he podido comprender, era muy del estilo de esta pía asociación con tan señalada vocación inter­nacionalista. «Delante de ti —dijo— hay sesenta perio­distas esperando, muchos de ellos extranjeros.»Salí de la secretaría con las ideas confusas respecto de lo que debía hacer y con un folleto de propaganda de la Asociación de Amigos de la Universidad de Na­varra, que fue todo lo que pude obtener de la represen­tación oficial del Opus Dei en Madrid.En mi afán de explicar la esencia de mi conversa­ción con Javier Ayesta, tal vez haya dado al lector una impresión falsa del tono en que se desenvolvió. No quisiera ser injusto con el secretario de información. Aunque no logré de él nada realmente positivo, mi conver­sación con Ayesta se mantuvo en un tono extremada­mente cordial. El tuteo de las relaciones públicas ma­drileñas le quitaba hierro a la tirantez de la pugna pe­riodística.
Te ruego que comprendas —le decía yo— que no he venido a preguntarte si el Banco Popular es vuestro o si es verdad que habéis comprado la editorial Ruedo Ibérico. Lo único que quiero son datos sobre la vida de monseñor. Era evidente, sin embargo, que la secretaría no que­ría hablar del padre. Recuerdo que Ayesta bromeó a propósito del Banco Popular y de la compra por parte de la Obra de la editorial Ruedo Ibérico, una operación acerca de la cual existían por entonces rumores sin más fundamento que la idea de que esta compra sería la mejor forma de neutralizar a la editorial que mayor atención ha venido prestando al tema del Opus. De monseñor Escrivá de Balaguer, en cambio, no pude hablar con Ayesta una sola palabra. El fundador era, es y seguirá siendo, sin duda,  la pieza clave del Opus Dei, el eje alrededor del cual gira la vida del Instituto, el padre de la gran familia. Un amigo mío solía decir en la época en que los miembros de la Obra procura­ban ocultarse más que ahora, que la prueba decisiva para saber si una persona es del Opus es hablarle des­pectivamente del "padre". Saltan en seguida. Ellos alegan que es «su padre» y que cualquier persona saltaría si le hablaran mal de su padre. Es dudoso, sin embargo, que en España haya nadie que tenga a su padre colo­cado en un pedestal. Lo que todavía Juanito Valderrama ha podido decir de la figura humana de la madre, esto es, que «madre no hay más que una» y que «a ti te encontré en la calle», difícilmente podría aplicarse en nuestros días a la figura, en otro tiempo venerable, del padre. El Opus Dei, que al parecer no cree dema­siado en la Historia, resucita a las puertas del año 2000 un trasnochado paternalismo y eleva al máximo rango la figura del fundador-padre. Le coloca en un pedestal inaccesible, le mitifica en vida. El propio padre Escri­vá se refiere a los miembros del Opus Dei diciendo que son sus «hijos» y sus «hijas», y sus hijos y sus hijas se arrodillan ante él cuando están en su presencia, igual que se arrodillaba para besar la mano a su padre el pequeño héroe de Valentín o el niño bien educado, ma­nual de urbanidad tradicional de la clase media espa­ñola. En sus raras apariciones en público, el halo má­gico y paternal de que está rodeado provoca escenas de histerismo colectivo. Hombres hechos y derechos se arrojan a sus plantas tratando de besarle el borde de la sotana, madres de familia pugnan por acercárse­le y tocar un hilo de su ropa, jóvenes ilustrados y tecnocráticos se arremolinan en torno a él gritando a coro: ¡Padre! ¡Padre! Y estas escenas, que parecen sa­cadas de una hagiografía de los siglos oscuros, han po­dido verse en España, y en menor medida también en otros países, hace bien poco tiempo. La popular ima­gen literaria de Juanito Valderrama ha encontrado su contrapartida masculina. «No me llames padre. Ya sa­bes que padre no hay más que uno», le decía un sacer­dote de la Obra a una persona que fue durante algún tiempo miembro del Instituto.

Ya iremos viendo la enorme importancia que esta concepción paternalista tiene en el Opus Dei y hasta qué punto está enraizada en el pensamiento del fundador. Es precisamente esta paternidad espiritual, inter­pretada con los criterios familiares de un hombre na­cido en el seno de una honrada familia de la pequeña burguesía comerciante de una también pequeña ciudad de provincias española, la que ha dado al Opus Dei su cohesión de gran familia. Esta consideración es tal vez lo que justifica el interés y actualidad de una semblan­za de monseñor Escrivá de Balaguer. Y de la misma manera que, en la familia española pequeño-burguesa tradicional, el buen hijo se distingue por una indecli­nable adhesión y respeto al principio de la paternidad, así también en el Opus Dei la suprema norma de con­ducta es la devoción y respeto al padre, tanto más cuanto que, si el padre de la familia es meramente pa­dre en la carne, en la gran familia que el Opus Dei constituye la paternidad del fundador tiene un altísimo contenido espiritual. Como él mismo dice:

"¿Ansia de Hijos?,.. Hijos, muchos hijos y un ras­tro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne."

Monseñor Escrivá de Balaguer encarna, como padre de sus seguidores y devotos, la realización de profundísi­mas aspiraciones sentidas por un sector muy concreto de la clase media que por las mismas épocas en que se desarrolla la vida y la obra del padre elige formas totalitarias de gobierno. Las referencias a la paternidad y al padre son constantes en el libro fundamental del Opus Dei, Camino. En el pequeño prólogo con que se inicia se dice que:

"Lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre."

La relación entre Dios y el hombre se manifiesta una y otra vez como una relación entre el padre y el hijo. Se invita al lector a sentirse continuamente niño:

"El niño débil, si es discreto, procura estar siempre cerca de su padre."

o:

"¿No ves con qué mala gana da el niño sencillo a su padre, que le prueba, la golosina que tenía en sus ma­nos? Pero se la da. Ha vencido el Amor."

o bien:

"Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres, y tu padre sabe siempre muy bien cómo gobierna el patrimonio."

El niño, que el socio del Opus Dei aspira a ser, idealiza a su padre, lo mitifica y lo coloca en un pedestal, ocul­tándolo a los ojos del mundo a fin de mantener intacto lo que en la Obra se denomina su «carisma fundacio­nal». La personalidad del padre es la piedra angular sobre la que se sostiene todo el edificio de la Obra. Y hay que decir que esta ocultación de que la Obra hace objeto a su fundador no es cosa de ahora ni fue inventada cuando el desenvolvimiento del Opus Dei puso al padre Escrivá de Balaguer en el primer plano de la actualidad periodística. Parece datar, por el con­trario, de una época muy temprana, de los primeros años de la actividad apostólica de este grupo formado entonces por una docena de estudiantes universitarios y dirigido por un oscuro sacerdote provinciano llegado a Madrid con un evidente, aunque todavía inconcreto,  sentido de la propia misión. A partir del momento en que, como afirman algunos de aquellos primeros discí­pulos, el Señor manifiesta al padre Escrivá cuál es el camino que debe seguir, su personalidad providencial se rodea de un halo de misterio, se agiganta y se hace progresivamente inaccesible. Un sacerdote navarro, el padre Iribarren, que le visita hacia 1935 en la residen­cia de Ferraz, la primera fundación universitaria de Escrivá de Balaguer, cuenta lo mucho que le costó que le recibiera. Repetidas veces tuvo que anunciarse y, fi­nalmente, viendo que no salía, le dijo al muchacho que le abrió la puerta: «Dígale que hay aquí un cura que no se marcha sin verle.» Salió por fin don Josemaría y le abrazó diciéndole:  «¡Hombre!  ¡Cuánto lo siento! Me ponen un muro, no me dejan salir.»
Hay motivos para pensar que el encierro y aleja­miento en que se mantiene desde el principio a don Josemaría responden a una calculadísima forma de ac­tuar que tiene su origen en el carácter reservado, dis­tante, del propio fundador. En efecto, sus compañeros del seminario de Zaragoza, donde realizó la mayor par­te de su carrera sacerdotal, tienen ya el recuerdo de un muchacho más bien antipático, poco dado a la con­versación y que apenas participa de las preocupaciones, inquietudes o esparcimientos comunes. Como tendre­mos ocasión de ver, algunos de ellos interpretan este rasgo de su carácter como vanidad, orgullo o soberbia, sin que falten los que lo atribuyan a una timidez que en esa época no ha superado todavía. En cualquier caso, parece evidente que monseñor Escrivá de Balaguer cul­tivó desde su juventud esta virtud de líder que consis­te en no prodigarse, en administrar sabiamente el atrac­tivo espiritual e incluso físico que parece tener quien escribía en la máxima 16 de Camino:

"¿Adocenarte? ¿Tú del montón? ¡Si has nacido para caudillo!"

Me inclino a creer que fue este principio de celosa ocultación del gran hombre el obstáculo con el que yo me topé al solicitar, de un modo un tanto ingenuo, una entrevista con el fundador. Una lectura detenida del libro titulado Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer, publicado por la editorial Rialp, hace pensar que no fui yo el único a quien se le negó el acceso al santuario. A pesar del hecho de que la mayor parte de los periodistas que firman las entrevistas contenidas en el libro son miembros de la Obra, o simpatizantes de ella, el tono de casi todas las respuestas hace pen­sar que se trata dé entrevistas contestadas por escri­to. Sé muy bien que éste es un procedimiento que a menudo tienen que utilizar los periodistas cuando en­trevistan a personalidades de alguna importancia pú­blica pero, en todos los casos, se suele hacer una des­cripción o estimación personal del entrevistado. En este libro se transcribe puramente la relación de pre­guntas y respuestas, sin que los firmantes de las en­trevistas se permitan en ningún momento el comen­tario ilustrativo o la observación oportuna sobre el as­pecto físico o la psicología del personaje.

La lectura de este libro, he de confesarlo, me quitó las pocas ilusiones que me quedaban de ser recibido por monseñor, antes de que Javier Ayesta, en la entre­vista de Vitruvio, me las quitara del todo al anunciarme que yo me encontraba al final de una cola que exigiría tres años de espera. Mi decisión de preparar una sem­blanza del fundador del Opus Dei, sin embargo, seguía siendo firme y yo me decía para mis adentros: «La mi­sión de monseñor Escrivá de Balaguer es santificar el mundo á través del trabajo. La mía, hacer el trabajo de una semblanza de monseñor Escrivá de Balaguer.» Pero si monseñor no quería recibirme, si la representa­ción oficial de la Obra no estaba dispuesta a darme datos sobre su vida y su personalidad, ¿qué posibilidad me quedaba?

Trascripción de las páginas 16-27 del libro de Luis Carandell:
"Vida y milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei".
Editorial Laia/paperback, 1975.
ISBN 84-7222-863-0

* 1º Prólogo de Alfonso C. Comín: Andanzas y desventuras de un biógrafo
* 3ª Capítulo: Cómo se hizo este libro 
Siguientes capítulos, en la edición de 1992, en Opus Dei Libros silenciados
*"Made in Spain"
*-Niños, aunque no niñoides
*-"El cura más guapo del mundo"
*-Marqués de Peralta
*-Hijos de todas las clases sociales
*-La estética del apellido
*-La ciudad amurallada
*-De hinojos ante el padre
*-Baños de multitud
*-La quiebra de "Escrivá, Mur y Juncosa"
*-"La ciudad de Londres"
*-Burro de Dios
*-El belén del Opus Dei
*-Torreciudad
*-Flojo en latín
*-Su tío el canónigo
*-La santa cólera
*-El secreto y los escaparates
*-"Es muy santo y tiene que ir a Madrid"
*-Los doce apóstoles
*-Educador de tecnócratas
*-"Nos han hecho ministros"
*-El "apostolado de la inteligencia"
*-"La santa coquetería"
*-Días de rosas y espinas
*-Apoteosis
*-Epílogo para 1992
*-Bibliografía

22/02/2009 13:40. Editado por Gatopardo enlace permanente. OPUS DEI

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gravatar.comAutor: Liberty Balhans

Interesantísimo Luis Carandell, yo encuentro más lleno de vida el legado de los P.Jesuitas y por su puesto el P.Arrupe.

Es una opinión con todo el respeto ya que faltan de esta faz del mundo.

Fecha: 23/02/2009 19:00.


gravatar.comAutor: Pablo Santiago

¡Cómo es la vida! Hablé sólo una vez con Carandell, de casualidad, por la radio. En una tertulia donde estaba Ana Rosa Quintana, en la antigua Antena 3 (ya llovió). El tipo me corrigió, pues creí que la cruz de San Andrés era invertida y no, es en forma de aspa. Yo era un monaguillo que se fijaba poco, casi como ahora.
En cuanto a lo de Escrivá: leer sus andanzas es como ir "patrás", curiosamente el lugar en Grecia donde dicen que crucificaron a Andrés.

Fecha: 27/02/2009 16:21.


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