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EL MORO BÚCAR ANTE VALENCIA

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EL MORO BÚCAR ANTE VALENCIA


a)

Velo, velo viene el moro,
--ya viene por la calzada,
mirando iba a Valencia
--como está tan bien cercada:
-¡Oh Valencia, oh Valencia,
--de fuego fueras quemada,
primero fuiste de moros
--que de cristianos ganada!
Cuando tú eras de moros,
--eras de plata labrada,
ahora que eres de cristianos
--ni de piedra mal tallada.
Si mi espada no se quiebra
--y el caballo no me falla,
antes que venga la noche
--a moros serás tornada
y a ese perro de Ruy Cid
--lo arrastraré por la barba.
Su mujer Jimena Gómez
--será la mi cautivada
y su hija doña Urraca
--será mi enamorada,
la otra hija más chiquita
--tendrá que hacernos la cama.
Ruy Cid bien lo estaba oyendo
--de altas torres donde estaba:
-Asómate, hija mía,
--de pechos a esa ventana,
detenme a ese perro moro
--de palabras en palabras,
las palabras sean pocas,
--pero de amores cercanas.
-¿Cómo le hablaré de amores?
--¡yo de amores no sé nada!-
-Bienvenido seas, morillo,
--buena sea tu llegada.
Siete años había, siete,
--que por ti visto delgada.
-Y otros tantos hay, señora,
--que por ti no rapo barba;
si eso me dices de veras,
--échate de la ventana,
te recogeré en mis brazos
--o en haldas de la mi capa.
Yo traigo un anillo de oro
--en la punta de mi lanza:
mujer que tenga este anillo
--nunca morirá encintada;
hombre que tenga esta espada
--nunca morirá en campaña.
-Vete de ahí, perro moro,
--no digas que te fui falsa,
que en las cuadras del mi padre
--un caballo se ensillaba,
no sé si es para ir a moros,
--no sé si es para ir a caza,
cuando Babieca relincha,
--o ensilla o cabalga.
-No tengo miedo a Babieca
--ni al Cid ni a su armada,
si Babieca corre mucho,
--mi yegua mejor volaba;
que no hay caballo ninguno
--que tras de mi yegua vaya,
si no fuera un potrezuelo
--que se me perdió en Granada.
-Ese potrezuelo, moro,
--mi padre le da cebada.-
Estando en estas razones,
--el su padre que asomaba:
-¡Buenos días, el mi yerno,
--larga ha sido tu tardada,
mas, antes de que lo seas,
--hemos de jugar la espada!-
Deja los caminos anchos
--y tira por las aradas.
-¡Mal haya sea el labrador
--que hizo tamaña labrada!-
Donde pon la yegua el pie,
--pone Babieca la pata.
-¡Oh mal haya sea el potro
--a su madre maltrataba!
-¡Oh mal haya sea la madre
--que a su hijo no esperaba!-
Al pasar el Río Verde,
--le tiraba una lanzada;
la lanza quedó en el cuerpo
--y el palo cayó al agua.

b)

-¡Oh Valencia, oh Valencia,
--de fuego seáis abrasada,
que antes fuiste de moros
--que de cristianos ganada!
No pasará mucho tiempo,
--de moros seréis tornada.
A ese que llaman el Cid
--lo he de prender por la barba
y le tengo de hacer
--molinero de la hogaña,
y su mujer guapa y rica
--la he de tener por esclava
y su hija la menor
--la que me haga la cama
y su hija doña Urraca
--ha de ser mi enamorada.-
Oídolo había el buen Cid
--de su sala donde estaba,
dados de oro tiene en mano
--y al suelo los arrojara:
- Levántate tú, Urraca,
--espejo en que me miraba,
quítate paños de siempre
--y ponte los de la Pascua,
con agua de esa redoma
--arrebólate la cara
hasta que saques el rostro
--como espada acicalada;
con ciento de tus doncellas
--asómate a la ventana,
y a ese moro que allí viene
--entreténmelo en palabras,
mientras ensillo a Babieca
--y doy un filo a mi lanza;
las palabras sean pocas
--y de amor sean tocadas.
-¿Cómo lo haré, mi padre,
--que de amor no entiendo nada?
-Yo te enseñaré, mi hija,
--como si fueras usada.-
-Dios te guarde, el morito,
--que venís por la cañada.
-Alá te guarde, señora,
--a ese balcón asomada.
-Siete años, el morito,
--que por ti no duermo en cama
ni como pan en manteles
--ni me sirven mis criadas.
-Y otros tantos, mi señora,
--que por ti ciño la espada.-
Él metió mano a su pecho
--y ha sacado una granada,
que los cascos eran de oro,
--y los granos de esmeralda.
-Si no fuera por temor,
--en tus brazos me arrojara.
-Arrójese, la señora,
--la recibiré en mi halda.-
Ellos en estas palabras,
--Babieca que relinchara.
-¡Traición, traición, mi señora
--traición me tenéis armada!
-No soy falsa, el morito,
--por la fe de ser cristiana,
los caballos que relinchan
--es por falta de cebada
y si no serán los mozos,
--que vendrán a echarles agua.-
Ellos en estas palabras,
--el Cid que a ellos llegaba.
Ha salido el moro a huir
--que los vientos no le alcanzan.
El Cid llegando al falucho,
--morito ya pasaba.

----Este romance, del cual aún tuve la fortuna de oir y anotar una versión oral en el pueblo fronterizo de Nuez (Aliste), después de asistir a un Auto de Reyes popular, en las Navidades de 1947/48, combina dos escenas de la gesta de “Mio Cid”: aquella en que el Rey Búcar envía al Cid un amenazador mensaje recordándole que Valencia fue de sus abuelos y la de la persecución por el Cid del moro derrotado en batalla hasta las orillas del mar. La primera no ha llegado a nosotros en verso, pues coincide con una de las páginas perdidas del manuscrito del poema épico y, por tanto, sólo conocemos su asunto gracias al resumen que de ella hizo Alfonso X, en la “Versión crítica” de su Estoria de España, según otro manuscrito análogo al conservado.
----Aparte, la transición de la doble escena desde las épica al romancero resulta oscurecida por otros hechos: desde luego, porque no es posible reconstruir el arquetipo del romance, ya que, antes de la primera versión de él publicada circularon otras con versos y motivos distintos, de las que sólo conocemos citas de versos sueltos. Y, sobre todo, porque de las refundiciones épicas posteriores a la vieja gesta de “Mio Cid” de 1144, milagrosamente conservada en un códice del siglo XIV, sólo sabemos lo que deja entrever de ellas la historiografía posterior a Alfonso, y esas crónicas combinan la tradición épica con una “Historia del Cid” de corte hagiográfico escrita por un monje de Cardeña para atraer peregrinos a su monasterio, quien, en vez de prosificar fielmente el poema épico que utilizaba, conforme había hecho Alfonso X con el poema primitivo, lo glosó y manipuló a su gusto. De resultas, los detalles en que las crónicas más tardías recuerdan, en una y otra escena épica, pormenores más cercanos a los de la narración romancística que los propios del “Mio Cid” de 1144 no sabemos qué origen tienen: ¿épico?, ¿cronístico?, ¿romancístico?
----Más clara es ya la historia del propio romance, su conservación y evolución a lo largo de cinco siglos de vida oral, pasando de memoria en memoria. El primer texto completo del romance que conocemos se debe a que un poeta del primer tercio del siglo XVI, Francisco de Lora, dispuesto a lucir sus habilidades versificatorias, se entretuvo en glosar, “por la más nueva arte”, “el más viejo romance” que había oído, ya que su glosa fue impresa en un Pliego suelto de aquellos que cualquier lector podía permitirse comprar en una feria dado su bajo precio. Del Pliego suelto lo extrajo, en 1548, el impresor de Amberes Martin Nucio para incluirlo, sin la glosa, en su “Cancionero de Romances”, arreglándolo con la adición de 14 octosílabos inventados por el corrector. Pero, con anterioridad y con posterioridad a la glosa de Francisco de Lora, versos sueltos del romance, con variantes discordantes respecto a las del romance impreso en el Pliego suelto, eran citados (o parodiados) por poetas portugueses como Pedro d’Almeida (1516), Gil Vicente (1532) o Jorge Ferreira de Vasconcelos (1547), lo cual nos pone de manifiesto una transmisión oral del romance muy extendida, ya que no sólo era muy conocido en España sino en Portugal. Entre las abundantes citas del romance en el siglo XVII, hay dos que se destacan por darnos a conocer versos ajenos al texto divulgado en Pliegos sueltos y Cancioneros del siglo XVI, la de Gonzalo Correas (1630) y la de una “Comedia de las haçañas del Cid y su muerte con la tomada de Valencia” (publicada en Lisboa, 1603, y reimpresa ese mismo año en Madrid), donde se dramatiza su texto recordando muchos de sus versos. Lo más interesante de estas citas es el hallar en ellas versos y motivos ajenos a la versión glosada por Francisco de Lora que tienen correspondencia en la tradición oral del romance llegada hasta los siglos XIX y XX.
----En la tradición oral moderna, se han recogido versiones portuguesas (tanto en el Norte de Portugal como en el Sur y en las islas atlánticas), zamoranas (en Aliste y en Sanabria), leonesas, andaluzas (de la tradición gitana), judeo-españolas (de Marruecos y Orán) y catalanas. Basándome en ellas, me he decidido a ofrecer dos textos: el primero recoge la herencia del noroeste peninsular, el segundo la de las tres últimas tradiciones citadas, atendiendo a la fundamental divergencia que se observa en unas y otras entre la posibilidad de que la hija del Cid llegue a enternecerse ante la galantería del joven moro o lo engañe hasta el final desmintiendo su acusación de traición.
----La tradición oral de tan diversas comunidades de cantores coincide, frente a la vieja versión oída por Francisco de Lora, en haber dotado a la hija del Cid de una voz propia, desde el momento en que su padre le exige atraer con palabras amorosas al moro y ella protesta su inexperiencia en amores. La escena del “diálogo amoroso” entre la doncella y el galante moro se ha apoderado del tema. Ese nuevo foco de la narración es ya patente en la versión acogida en la Comedia de 1603, donde, como es la norma en las versiones tradicionales modernas, aparece la instrucción cidiana “las palavras sean pocas / y a-que-has de amor tocadas” (aunque sin la réplica de la hija) y la advertencia de la doncella “váyaste el moro de hay / non digas que te fui falsa / que mi padre el Cid Ruy Dias / hoy a encillado, hoi cavalga”, así como el poner en boca del moro galanteador la comparación “que si bien corre Bavieca / mi yegua buela sin alas”, que en otros textos (en Portugal en 1516 y 1547 y en España en 1630) se documenta como un hecho objetivo en la persecución del moro por el Cid.
----Aunque el proceso novelizador de la escena épica arranque desde la propia creación del romance y haya avanzado progresivamente para dar lugar a lo escenificado en 1603, la creatividad colectiva ha seguido después operando en esa misma dirección, haciendo que el motivo narrativo de la competencia de las cabalgaduras sea, cada vez más, anticipado como parte argumental del “diálogo amoroso” y que la famosa increpación de Babieca a la yegua, “rebentar devría la madre / que a su hijo no esperava”, se explique en medio de la conversación de la doncella y el galante moro, suponiendo para el “potro” cidiano una inesperada filiación.
----Con todo, aunque en el curso de su vida oral la trama de la doble escena épica esté lejos de haberse fosilizado y en su variación esté la clave de que siguiera siendo atractiva para nuevas generaciones de cantores, subsiste en el romance del siglo XX un componente esencial del episodio épico del siglo XII: la burlona actitud del Cid respecto a su engreido y confiado enemigo, que en el viejo poema se subrayaba con sus palabras de saludo a Búcar:

-Acá torna, Búcar, venist d’alent mar,
verte as con el Cid, el de la barba grant,
saludar nos hemos amos e tajaremos amistad.

Autor: Diego Catalán, publicado en el Romancero de la Cuesta del Zarzal

04/03/2009 06:46. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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