
La mujer latina tiene la misma carga erótica que una santa pintada por Kiko Argüello, y merece la misma consideración intelectual y artística.
La mujer latina se ha instalado en ese limbo vital que es el victimismo, gracias al cual no tiene responsabilidad de sus actos, ni de sus decisiones, ni de su papel en la historia. Ha elevado lo emocional y la degradación sentimental a categorías de antinomias kantianas.
La mujer latina es profundamente inculta, mentalmente perezosa, y ha elegido la reivindicación de la ignorancia y de la incompetencia como recurso retórico de la captatio benevolentiae. En lugar de enterarse para qué sirve esa porción de sesos llamada lóbulo frontal (y, de paso el resto del cerebro), nos da la paliza, inmisericorde, con el relato pormenorizado de su vida personal, su costumbrismo de la cotidianeidad, y su falta de respeto por la inteligencia ajena.
La mujer latina ha convertido su relación filial, fraternal, de pareja, y maternal, en el carburante inagotable para sus alifafes, y para ese martirologio vomitivo que cuenta, detalla, rumia, regurgita y pormenoriza, como un endiablado encaje de bolillos, filtiré y punto repulgo de su inanidad.
Hay una porción de la humanidad que mira al universo y al fondo de los mares, que observa el fin de un mundo y el nacimiento de otro, que investiga, indaga, descubre y se apasiona despejando las incognitas de la vida y la materia. A la mujer latina sólo le interesa su propia parusía vindicativa y lacrimógena: ese bendito día en el que se le reconozca que las demás mujeres son unas furcias envidiosas, su novio no la entiende, su hijo no la quiere, su padre la desprecia, su jefe la discrimina, y los hombres la maltratan...
Y siempre, con bisutería de más y una talla de menos.
Et fiz aqui este mio signo con su seello de çera colorado Gatopardo, l’agüela

Dibujo de Clifford Carleton