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LA VOLUNTAD DE ESTILO

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      En mis tiempos, había una norma de elegancia que se llamaba el método de los 21 botones: por ejemplo, un traje de chaqueta y falda, (2 botones) estampado en cuatro colores (+ 4) con frunces o tableado en la falda, (+1) cinco botones en la chaqueta, (+5) dos bolsillos (+2), con un bolso con cierre dorado (1+1) y un par de sandalias con cierre de hebillas(2+2), significaba que sólo admitiría una joya, un único adorno, ni siquiera un par de pendientes en las orejas, para no caer en la chabacanería.

 

      Cuando leo a los autores con voluntad de estilo, esos que intentan deslumbrar con metáforas de osada factura, con una adjetivación excesiva, superlativa, y aliteración de ideas y sucesos heterogéneos, que enjaretan al hilo del relato, echo en falta el método de los 21 botones, aplicado a la literatura. Y tampoco estaría de más que a las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, se añadieran la sobriedad y la contención.

Ornato del texto mediante adición:

 

      “María besó a Juan” —diría el clásico. El autor con voluntad de estilo jamás se atrevería a dejar que la acción del sujeto recaiga sobre Juan sin más aditivos, sin decir que su boca se entreabrió, y su lengua —que no olvidará de calificar de húmedaacarició los labios y se introdujo como si fuera un viajero que llega a Itaca descalzo…

 

      Los lectores somos buenos, somos pacientes, tenemos cierta propensión a la benevolencia con quien nos describe con premiosa precisión la mecánica del ósculo o la del sonajero, paso a paso, por si la hubiéramos olvidado o no la hubiéramos aprendido. No contento, el autor con voluntad de estilo adorna el beso con ojos entrecerrados, respiración agitada: y acaba con un crescendo donde se decline el verbo morir: ya sea muriéndose de deseo o de ganas o de amor, ya sea dejando morir el día tras los visillos o sintiéndose morir de felicidad. El autor suma y suma y suma adjetivos, adverbios y metáforas sin ton ni son, con la loca certeza de que nadie va a poner pies en pared y le va a preguntar a cuento de qué mete a un viajero sin zapatos y a Itaca en un vulgar beso, como todos los besos, y por qué no puede decir “María besó a Juan” y confiar en nuestra inteligencia.

Repetición:

      El autor con voluntad de estilo no acabaría ahí, sino que repetiría tantas veces como fuera preciso hasta convertir un beso en un ritornello ascendente y redundante: María lo besó con dulzura, dejando que su lengua y sus labios acariciaran como plumas de miraguano la boca de Juan; y lo besó con furia, aplastando sus labios y usando su lengua con determinación; lo besó mordisqueando sus labios… hasta que el lector, ahíto, baja la mirada y busca el siguiente punto y aparte.

Ampliación:

      El autor con voluntad de estilo en este punto y aparte no ceja, sino que ofrece una ampliación discursiva: María, mientras besa, piensa, sí, en su infancia, a ser posible recordará sus incursiones eróticas con un primo afectuoso o brutal, sus recovecos mentales con disquisiciones sobre Bruckner o Wittgenstein, o la última vez que se cambió de casa y pintó las paredes de amarillo, y notó el sabor de un gotazo de pintura en sus labios… porque no hay autor con voluntad de estilo que ignore y no explote las posibilidades de la sinestesia. Y en su ayuda, para infatuar el texto, acude a la tradición descriptiva del paisaje, y describe el lunar en la espalda, las cortinas adamascadas, el tono de la piel y del cabello, de los ojos, del tipo de tristeza o de alegría, con referentes literarios, incisos entresacados de las enciclopedias sobre los utensilios, los oficios olvidados, las labores de aguja o el arte etrusco, incluidos con heterogénea impropiedad mientras María y Juan se besan, y el lector cae en la cuenta de que va por la página cuarenta, y ese beso, santo Dios, es un antídoto de la lujuria.

      El autor con voluntad de estilo logrará colmar su pulsión grafómana si, a propósito del beso, embriagado por su talento, nos endilga un tratado sobre esa cavidad limitada por los labios, los carrillos, la bóveda del paladar, el suelo de la boca, los pilares del paladar y la úvula o campanilla, la lengua, los dientes, las glándulas salivares, y acudirá a la histología, a la fisiología y a lo que sea menester con tal de no caer en la vulgaridad de exponer un hecho, de todos conocido, sin hacerlo con la prosopopeya de quien describe un continente inexplorado.

      Lo que se corresponde con la traca ascendente de unos fuegos artificiales, viene a ser la adición enfática, la acumulación de adjetivos y recursos oratorios sobre gradatio para decir lo dicho anteriormente, y usará la metáfora, la metonimia, el sinécdoque, la anadiplosis, la alegoría, la antítesis, la dilogía, la hipálage, el hipérbaton, y escribirá algo así:

      Sus labios como una patria perdida y encontrada, bocas en la que se refugian y se buscan. Alma tibia, húmeda y exacta. Labio donde se halla la verdad y la paz y la ternura. Oh, sexo facial , eros sin saña, sí, cabalgadura y freno, amor al límite, ilimitado. Noche yemal con sus vahos y sus dulces comas. Barrio Malesherbes. Gabinete oblongo. En la profundidad de las alfombras, de cicloides, abigarramientos en los frunces de las tapicerías, y, apiadándose, la inflexión de las voces. La muerte no es un himno sino un beso…

      Pueden continuar hasta la extenuación, porque lo importante es que el lector descuidado llegue a la conclusión de que ha de tratarse de alguien que escribe muy bien, ya que dice cosas que no se le ocurren a cualquiera y, además, no tienen demasiado sentido. Ése es el truco.

      Si a esto se añade el recurrido y socorrido truco de hablar alternativamente en primera o segunda o tercera persona, en masculino y en femenino, ora en plural ora en singular, para poder dar al crítico la ocasión de ensalzar la riqueza, la complejidad y la multiplicidad de registros, planos y lecturas, la estructura de bucle, y decir que esos universos semánticos suponen un auténtico reto para el lector, frases que suele utilizar de forma recurrente para otorgar el diploma de exquisitez a los autores y a los lectores, y, lo más interesante, tener contento al dueño del periódico y al de la editorial del fenómeno literario de turno.

      Y por lo que más quiera, maestro dÈrsu, no identifique usted la sabia utilización del adjetivo, el uso de la elipsis narrativa, la idoneidad de los recursos estilísticos, y el homenaje que usted hace a la inteligencia del lector, con esa gárrula voluntad de estilo que me hace chirriar los dientes, y desearle al autor tantos latigazos como palabras innecesarias haya usado con desconsiderada prolijidad.  

Gatopardo

Dibujo de Honoré Daumier

10/03/2009 21:41. Editado por Gatopardo enlace permanente. CRÍTICA LITERARIA

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gravatar.comAutor: dErsu_

Oh. ¿Un déjà vu?

Fecha: 11/03/2009 05:34.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Maître dÈrsu: c'est plutôt un déjà lu.

Fecha: 11/03/2009 06:54.


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Gatopardo

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