
Nada sería peor que saber la verdad, pensaba Purita.
Miró la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, y como siempre que pasaba ante ella, musitó una jaculatoria, porque su fe era ya su único refugio y la única luz que iluminaba su Camino -"San Josemaría, ayúdame"- musitó mirando aquella sonrisa benévola y un poquito pícara en su retrato enmarcado.
Las tres de la mañana y seguía sin venir a dormir, porque últimamente su casa se había convertido en un Hotel con desayuno, como esos que, en vacaciones, servían para tener que volver desde cualquier punto adonde les llevara el deseo de Javier de conocer sitios nuevos.
Volvió a colocar bien todos los ceniceros de adorno sobre la mesita y se preguntó en qué momento se había convertido en una extraña. Y recordó aquel domingo en que Javier, después de dormir la siesta, se duchó y se acicaló con esmero, se puso el traje azul y casi desde la puerta, le dijo:
-Volveré tarde. No me esperes levantada...
Ella se había arreglado también para acompañarle, claro. Estaba abrochándose el collar de perlas, y sintió como se le paraba el corazón. Sólo pudo contestar con la voz rota:
-Ya sabes que no me puedo dormir hasta que vuelves...
Y aquellas vaharadas de tabaco y de perfume en su ropa... aquel gesto hermético con el que la escuchaba planear una visita a los amigos o la boda de un sobrino, y la frialdad con la que le advertía:
-No cuentes conmigo, yo no iré...
Cuarenta y siete años olvidándose de pensar por sí misma, de ir y venir con él, de atender hasta sus mínimos caprichos, hablando y pensando a través de él... y todo eso no valía nada, él la había apartado sin explicaciones, como si fuera una zapatilla vieja. Había oído tantas veces que los hombres eran así con una sonrisa incrédula y ahora le pasaba a ella. Pero no podía callar ni un día más. Necesitaba que le dijera a la cara: “Ya no te quiero.”
Javier entró, dijo -“¿No duermes?”- y se fue al dormitorio sin esperar respuesta. Ella le siguió:
-Tenemos que hablar, Javier.
- ¿Ahora? ¡Estoy molido!
-Ahora. No voy a esperar más tiempo tus explicaciones... bastante he esperado ya...
Él suspiró irritado, colgó la chaqueta en el “galán de noche” y se sentó en la cama sin retirar la colcha, y sin mirarla a la cara:
-De acuerdo, ahora será: ¿qué quieres que te explique?
-Quiero que me expliques porqué haces tu vida como si yo no existiera; quiero que me expliques qué he hecho mal para que no cuentes conmigo a la hora de salir a divertirte. Quiero saber por qué quedas con tus compañeros de trabajo y con tus amigos, a cenar y a comer, y ya no me llevas. Quiero que me digas a la cara si es que ya no me quieres y qué significa para ti que durante cuarenta y siete años yo no haya ido sola a ningún sitio sin ti y, de pronto, no pueda contar contigo para nada y tú no te dignes... Quiero que me expliques en qué me he equivocado... porqué me dejas tirada como una colilla...
El llanto le atenazó la garganta y todos los sollozos que había ahogado, que había aplazado, la derrumbaron y se abatió sobre ella su debilidad, su desesperanza, su humillación.
Javier bajó la vista y murmuró sin abrazarla, harto:
- Tengo cuarenta y siete años, mamá, ya es hora de que salga solo y haga mi vida...tienes que comprenderlo...
Gatopardo
Dibujo de Megan E. B. Foldenauer