La ideología es nefasta para el cerebro: elimina la diferencia que hay entre las convicciones y las creencias; entre la adhesión crítica, con condiciones, y la defensa a ultranza y sin fisuras. La mayor parte de los crímenes de la humanidad están basados en las ideologías, las creencias, y la lealtad al grupo al que se pertenece, ya sea la familia, el pueblo o la patria o cualquiera de los subproductos del espíritu gregario. Cualquier consigna perversa, del tipo "la familia es lo más importante", o "Todo por la patria" contiene la exacta dosis de irracionalidad para que se convierta en un dogma irrebatible para un necio, carente de la base cultural, filosófica y científica necesaria para saber y comprender y discernir. Gracias a una ciudadanía amente*, que aplica la fe y la credulidad donde haría falta un rigor moral e intelectual y un espíritu crítico que no posee, obtenemos líderes electos fotogénicos, simpáticos y más falsos que el alma de Judas. John F. Kennedy fue uno de ellos: fue elegido por su juventud, vigor, dinamismo, limpieza democrática, e idealismo: una imagen perfectamente urdida con ayuda de la ceguera crítica de sus electores y sus cronistas: su aspecto saludable y bronceado se debía a la enfermedad de Adisson, un fallo en las glándulas suprarrenales, y su dinamismo se debía a las dosis continuas de cortisol, un glococorticoide que interfiere gravemente en la capacidad mental para tomar decisiones ponderadas y sensatas, ya que, entre otros efectos secuandarios, produce insomnio, incremento de la líbido o satirismo, ansiedad, y delirios paranoicos. Si a esto se suman las inyecciones diarias de anfetaminas, hormonas y enzimas, que le suministraba el doctor Max Jacobson, también llamado "Doctor Feelgood", un taumaturgo mimado por las estrellas y los políticos afines a los Kennedy, que se hizo de oro cultivando su drogadicción. Y por si fuera poco, la leyenda adornó a Kennedy con una herida de guerra que le producía dolores de espalda; aunque la triste realidad es que había nacido con una pierna más corta que la otra, sufría dolores crónicos de espalda, y también necesitaba inyectarse diariamente drogas opiaceas paliativas del dolor. El pueblo soberano puso su seguridad y la del mundo en manos de un hombre drogado con esteroides, anfetaminas, y opiaceos, que percibía la realidad distorsionada por el filtro de su poliadicción. Y eso, por no hablar de sus alianzas familiares con la mafia, a la que pertenecía el clan Kennedy. En el documental "La cara oculta de los Kennedy" no se analiza la amencia* y la alienación de sus votantes y sus partidarios; sino la trayectoria rampante de una familia nefasta. No es poco mérito entre tanta hagiografía sobre este clan maldito.
Gatopardo
* Amencia: Perturbación psíquica que dificulta o imposibilita el ejercicio de facultades básicas como la libertad y la voluntad. En este sentido, existe la amencia con intervalos lúcidos y la amencia sin esos intervalos lúcidos, en cuyo caso los amentes son asimilados a los infantes. ( Según el Código de Derecho Canónico)
Toda la razón. Una mujer muy cercana a mi sombra votó a Suárez porque era guapo. Y más de un pollo votó a Pujol porque era catalán (¿no lo eran los otros?). Pero así estamos. Suerte que la democracia es el mejor gobierno que se conoce.
Por cierto, Gatopardo: reconozco que debía haberlo hecho mucho antes, pero estoy leyendo El Gatopardo.
Es norma de Gatopardo, si alguien se pone a tiro, sea plebe, sea duunviro, que no se escape sin dardo. Si la víctima en cuestión es melifluo y sin humor, y persiste en el error, va derecho al paredón. Si es honesto ciudadano, observador de la ley y santurrón como buey, le colgamos un campano. Si mujer y sufridora, y nos cuenta su diario, que alegre su antifonario y se haga acosadora. Si tiene cierto interés por mostrar carné y nombre, que luego no se asombre si recibe algún revés. Bienvenidos los goliardos, golfos, rebeldes y bordes, mentes inmisericordes, por apellido: Bastardos Y que no nos den la lata ni meapilas ni legales: somos los Irregulares, somos gente de Zapata.