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MANUSCRITO ENCONTRADO EN LEIPZIG


Manuscrito encontrado en Leipzig (Atribuido a J P. Eckermann)

      Ya a las puertas de la muerte, tengo dudas y me pregunto si no habré malgastado mi tiempo y mi talento por esa fidelidad casi perruna a mi maestro, que nunca fue conmigo tan benevolente como quise creer y dejé traslucir en aquellas notas, publicadas bajo el título de “Conversaciones con Goethe”. Nunca se debería reflexionar sobre el pasado a esta edad; quizás la única enfermedad piadosa en la vejez fuera la amnesia, puesto que ya nada podemos transformar de nuestro pretérito. O tal vez sea ésta la última oportunidad que Dios nos ofrece para reconciliarnos con nuestra miserable naturaleza y solicitar su divina piedad con sincera contrición, sin los espejismos de nuestra juventud, la soberbia y la fatuidad que nos engañan cuando sólo somos, a fin de cuentas, criaturas defectuosas que de nada deberíamos vanagloriarnos.
      Mi maestro y protector, Goethe, tampoco se salvó de estas vanidades y ése fue el motivo verdadero por el que ocultó el manuscrito que dio lugar a su inmortal Fausto, que encontramos entre los papeles de un conocido nuestro, alquimista y filósofo, perteneciente a una noble familia lejanamente emparentada con el Gran Duque y con el que mantuvimos estrecha relación a propósito de la teoría de los colores, que Goethe se apropió, sin mencionarnos, si bien trabajamos en ella por igual Fausto Svanitz
ese fue el nombre que utilizó para salvaguardar su apellido en el ámbito científicoy yo, aunque es verdad que cada uno investigamos con desigual fortuna, ya que Svanitz pretendía que la luz era energía y, como tal, sujeta a las leyes de la Física; algo tan absurdo que quizás hubiera debido alertarnos sobre los desequilibrios que lo llevarían al suicidio, acaso por excesivos escrúpulos al haber seducido a una joven de los alrededores, cosa que nunca llegué a calibrar con exactitud, ya que la tal Gretchen ni siquiera quiso la reparación económica e incluso se abstuvo de acusar a Fausto Svanitz, no obstante su pobreza y juventud, por lo que llegamos a sospechar que nunca existió tal seducción más que en el desequilibrado cerebro del anciano alquimista.
      Dada su importancia social y la delicada situación que podría arrostrar su familia si la noticia y los motivos del suicidio trascendían, fui enviado por Goethe para sustraer la última confesión de Fausto Svanitz, escrita, al parecer, la víspera de su muerte, y dejamos creer en un malhadado accidente, provocado por la mezcla de gases venenosos de sus redomas y alambiques, ocultando la prueba de su absoluta voluntad de morir, junto con la fórmula de los gases letales que, minuciosamente, apunto en su último cuaderno de experimentación.
      Transcribo ahora, por primera vez, aquello que escribió Svanitz y que mi maestro jamás menciono, ni siquiera omitiendo el nombre del autor, para no menoscabar el mérito de su Fausto y la gloria consiguiente.
      Confesión que suscribo y rubrico en plena posesión de mis facultades.
      Weimar, enero del año de gracia de 1854. 

(Sigue firma ilegible)


CARTA ENCONTRADA EN EL LABORATORIO DE FAUSTO SVANITZ EL DÍA DE SU MUERTE

      A lo largo de mi vida he escrito cientos de cuadernos con mis experimentos, hipótesis de trabajo, mis rudimentarias conclusiones y mis grandes descubrimientos; pero ésta es la primera vez que intentaré describir lo que no puedo cuantificar ni resumir en fórmulas científicas. La vida siempre tiene la obscena ironía de lo desconocido por demasiado próximo y, un día u otro, se venga de nosotros con sus sarcasmos más crueles porque tratamos de ignorarla.
 

      Yo, que he menospreciado a los literatos, inventores y no descubridores de la realidad, que adolecen de la más elemental cosmogonía y gozan de la estima de unos lectores en consonancia con su enciclopédica necedad, hoy cambiaría toda mi sabiduría por encontrar su facilidad de palabra, y rompo una y otra vez las páginas apenas empiezo, incapaz de redactar sencillamente, sin adjetivos vacuos, lo que es mi más genial hallazgo: el amor.

      Ante este vocablo, todo lo que la palabra inefable significa se agolpa en mi cerebro y paraliza mi pluma sin poder transmitir esta nueva mirada sobre el mundo, en la que advierto otra armonía y otras leyes que no hubiera podido conocer antes de amar, ahora que ya es demasiado tarde para aprender a familiarizarme con esta extraña lucidez.


      Nací cuando mis padres ya no esperaban descendencia. Hijo único y heredero de una gran fortuna, me crié rodeado de seres dispuestos a endulzar mi niñez, llena de quebrantos de salud. Desde muy temprano fui miope y, como se desprende de esta tara —o quizás la miopía sea la consecuencia de lo que mi alma abarca—, dediqué toda mi atención al estudio minucioso de los volúmenes empolvados de la biblioteca paterna y, casi sin advertirlo, me alejé de mis semejantes más inmediatos para recluirme en una zona aneja de la casa de mis padres, ya ancianos y sin energías para interesarse en un hijo, largo tiempo deseado, que vino a romper una rutina de sosiego mucho más fuerte que el pálido recuerdo de sus esperanzas de continuidad. De vez en cuando, con un sobresalto, recordaban que mi educación y mi porvenir eran, en parte, responsabilidad suya, y yo escuchaba en esas ocasiones sus monólogos sobre lo que debería ser mi conducta, reflejo de sus fantasmas y sus miedos y no de una mínima perspicacia respecto a mis posibilidades. Durante mi adolescencia los detesté con todas mis fuerzas; pero en mi juventud y su decadencia final llegué a sentir por ellos una mezcla de piedad y fastidio que jamás exterioricé.

      Mi verdadera pasión desde la infancia fue la lectura,  los experimentos de química y física,  y las matemáticas, y cuando murieron mis padres y pude escapar así a su vigilancia, inicié mis estudios sobre los cuerpos vivos, saber que participa de todas las materias, pero tiene su propia metodología y sus leyes específicas.

      De todos estos años hablarán mis cuadernos de anotaciones, rigurosamente agrupados en orden cronológico, que guardo en el laboratorio bajo llave. Sólo destruiré antes de morir aquél que contiene mis experimentos para hallar la piedra filosofal, porque en el transcurso de esa búsqueda, la materia me desveló propiedades que la humanidad no sabría utilizar sin una evolución espiritual similar a la que consigue el investigador.

      Puedo decir, sin miedo a utilizar las palabras para esconder la realidad —porque no soy un literato—, que el único conocimiento verdadero se logra a través de la acumulación de datos y más datos, observando maniáticamente cada manifestación de la materia; pero la síntesis suprema donde todo se interrelaciona y adquiere sentido —la sabiduría—, es una explosión de potencia creadora, y el estudioso puede, al fin, ser algo más que un notario de la ciencia cuando se despoja de todo lo que ha aprendido. No es una paradoja de sofista al uso, aunque quien lea esto con la imaginación poco estricta de un habituado a las novelas pueda pensarlo.

       Pero no es a ellos a los que me dirijo, porque no me entenderían. Escribo para quienes dejarán su juventud, sus fuerzas y su armonía con el entorno, para buscar en los alambiques y en las fórmulas yertas de los manuales, las minúsculas, insignificantes y consabidas leyes, estipuladas antes por otros, quizás no mejores ni más geniales; sólo más pacientes que sus contemporáneos. Y aunque sepan que nada nuevo podrán añadir, comprobarán por sí mismos cada axioma, cada afirmación,  y no poseerán otra prebenda que la sed y la avidez que el conocimiento proporciona y no calma. Me dirijo a quienes desean desentrañar la creación para conocerla, pero no buscan transformarla aunque sólo les concierna a ellos descubrir el modo de lograrlo, porque el papel del sabio no incluye ningún poder, y toda su capacidad creadora debe huir de la realidad y concreción de sus proyectos, porque la prostituiría y nos condenaría.

      A mis continuadores se lo advierto: todo conocimiento se adquiere a través de la aceptación de sucesivos a priori, y todo juicio racional confirma un prejuicio irracional e intuitivo, porque el cerebro se adecua a lo ya sabido y bloquea la comprensión de lo desconocido. Por eso, todo lo que resulta claro y verosímil para la conciencia incide en la ancestral pereza de nuestra capacidad cognoscitiva, y aquello que eriza y repugna a nuestra lógica suele ser lo que representa un peldaño más alto para la evolución de nuestra inteligencia. Por esta causa, cuando el investigador haya superado todos los vacíos y los obstáculos formales en la disciplina escogida, debe despojarse de toda certeza y toda seguridad, y buscar, desde el primer grado de su aprendizaje, las grietas responsables de la fragilidad de todo su edificio lógico; aun cuando todo le parezca sólido e irrefutable deberá objetar con la despiadada incredulidad de un abogado del diablo, hasta desmoronarlo íntegramente.

     Sólo después de dudar sistemáticamente de todas y cada una de las demostraciones, el sabio puede encontrar la piedra filosofal en el fondo de sus redomas, como resultado y síntesis de todos los elementos innobles que mezcló, y sabrá en qué consiste. Si evitase con mis indicaciones el proceso que lleva a ella, invalidaría su consecución, porque importan tanto los intentos fallidos como el éxito final o el fracaso definitivo: suprema sabiduría de la Alquimia, y sublime parábola del hombre, exiliado en un universo gélido y magnífico que lo ignora, pero no lo soslaya, puesto que nos interpela una y otra vez, en cada generación.

      Hubiera podido morir apaciblemente, «
colmado de días», sin vislumbrar otra realidad que la accesible a mi limitado raciocinio; sin embargo me suicidaré a medianoche para perder mi alma eternamente, según lo estipulado con el Tentador. ¿Quién creería un despropósito mi pacto con Mefistófeles si conociese lo que obtuve a cambio? La mayoría de la humanidad muere sin saber de otra embriaguez que la pérdida de lucidez en el estado semicomatoso de una intoxicación etílica; pero yo habré degustado aquella que exige luz, más luz, y es vertiginosamente límpida: amar y ser amado un día. Todas las mujeres del mundo existentes en Gretchen amaron a todos los hombres en mí. Podría ser una historia banal a fuerza de repetirse, si no fuera tan esencialmente distinta de cuanto se vive en el transcurso de una vida. Por eso, respetadme los que me sobreviviréis: amé y fui amado al precio de mi alma y del resto de mis días sabiendo lo que significa la eternidad para el amor.

      Como todos, conocí el placer carnal en periódicas efusiones sexuales, que procuré como simples medidas higiénicas para la estabilidad de mi mente y un organismo sano. Nunca fueron ni remotamente comparables a las emociones que viví solo, en mi laboratorio, cuando la aridez de los ensayos fallidos y la fatiga acumulada se resolvían en un fogonazo de clarividencia y la materia desvelaba otra incógnita para mi insaciable pasión por conocer. No quise que las mujeres interfirieran en mi vida y situé mis episódicas incursiones en los contornos, lejos de mi domicilio; cambié la dirección de mis pasos conforme llegaba el hastío a una relación, pero siempre hallé mujeres saludables y risueñas que, tal vez agradecidas por el privilegio de conmocionar la carne y la bolsa de un hombre rico, creyeron o fingieron amarme, pero a mí nunca me interesaron más allá de unos momentos: el tiempo que medió entre la turbación de los instintos y la desmadejada somnolencia de después. Así llegué al dintel de la vejez, con el espíritu aún ávido y la carne saciada.

      Sin embargo, cuántas noches en mi adolescencia lloré de rabia por aquel cuerpo indómito, indiferente a los consuelos que yo le procuraba, sin que ningún placebo lo engañase por mucho tiempo y nada anestesiase su feroz energía. Cómo sufrí entonces, cuando todas las mujeres me parecían deseables e inaccesibles. Llegué a creerme un monstruo entonces, incapaz de inspirar otra cosa que repulsión, o piedad en el mejor de los casos.

      Hasta que conocí a María, una campesina terca y silenciosa que me observaba en mis paseos, cuando ella venía a buscar forraje a un terreno de mi propiedad y jamás contestó a mis saludos. Una tarde, no sé aún que pasó por su cabeza, se acercó al ribazo donde yo descansaba después de mis largas caminatas para mortificar el cuerpo, y sin mediar palabra cogió mi mano y me condujo a la cima de un cerro cercano, señaló al sol poniente y me sonrió turbada. Ninguno de los dos tomó la iniciativa, y, sin embargo, en un acuerdo que parecía estipulado desde siempre, nos amamos despaciosos y asombrados, una vez y otra, durante algo más de un año. Un día faltó y al siguiente vino con un joven robusto, atezado, y creo que fue la primera vez que me habló: “
Es mi marido —dijo—: nos casamos ayer.”

      Ya no acudí nunca más a la hondonada donde la esperaba, ni he vuelto a subir al cerro que se ve desde mi ventana. Durante casi cincuenta años había olvidado a María, enterrada quizás bajo las sucesivas mujeres que fueron acogedoras conmigo, y no sé por qué la recuerdo hoy con un nudo en la garganta. Tal vez fue el amor más auténtico de mi vida: nada nos pedimos porque todo lo teníamos y nunca nos mentimos: callamos como criaturas inmersas en un juego mágico y solipsista en el que sobran las palabras porque no hay que disfrazar el hastío.

      El hombre no es un todo: nacemos privados de alma y sólo el transcurso del tiempo, la existencia, y la impregnación emocional nos conforma un espíritu. El adulto que soy es el hijo del lactante únicamente provisto del reflejo de succión para sobrevivir. Nada de lo que soy es enteramente mío: todo lo que viví me condicionó; lo que aprendí fue descartando arbitrariamente todas las demás parcelas del conocimiento y en esa necesidad de optar se trasluce, paradójicamente, la falta de libertad del hombre, que nunca podrá abarcarlo todo y desechar lo que no desea con conocimiento de causa. Trascendí al hombre elemental y compulsivo, víctima de todas las ignorancias, es cierto, pero negando una parte de mí que quedó anquilosada.

      La exterioridad absoluta no existe, puesto que nos implica en sus imponderables y no hay autonomía en ningún hombre nacido de madre: todo está interrelacionado en el universo, pero su designio nos es desconocido. Del mismo modo que la miopía fue causa de mi desinterés por los espacios abiertos y condiciono mis tendencias introspectivas
a la vez que se agravó por no ejercitar la vista hacia lo lejos, mi interés por el estudio me alejó de mis semejantes, con los que no podía compartirlo y, al mismo tiempo, se desdibujaron, disformes e insubstanciales como ese bosque borroso que rompe la línea del horizonte y apenas se me representa como masas de luz y sombra ante mis ojos.

      No se escoge la naturaleza de la inteligencia que desarrollaremos: existe el cogitativo, que sólo retiene lo esencial, la verdad última, lo trascendental, las constantes, deduce lo general de lo particular y nada puede sino dejar libre curso a esta tendencia que se impone por carencias al descartar otras formas de ser y estar en el mundo. Y, existe esa otra inteligencia acumulativa de situaciones y experiencias, que enumera sin establecer categorías ni graduar cualitativamente, y solo obedece a la causalidad de las sugerencias exteriores, debido a una falta de valoración ultíma de la realidad. Un tipo de inteligencia siempre se afirma por incapacidad para ser de otro modo.

      Recuerdo con toda nitidez el momento, a principios de la primavera pasada, en que di cima a mis investigaciones sobre la piedra filosofal. Gocé de un placer tan puro y tan alto, fue tan intenso el éxtasis, que tuve miedo. Supe inmediatamente que, a partir de entonces, todo me dejaría un sabor de ceniza y nada sería nunca tan exaltante como aquel momento, sabiendo como sé que mi naturaleza es, en lo esencial, disconforme y exige una progresión geométrica en los estímulos para responder con la misma pasión cada día. Así descubrí que mi identidad no era un refugio para mi alma, sino su prisión Dejé de estar orgulloso de mis logros para sentirme mutilado de los hombres que no he sido, los proyectos que no realicé y las cosas que no amé. Descubrí mi limitación y no mi plenitud. Durante los días que siguieron la música de Mozart fue un ungüento para mi alma maltrecha y mis nervios enfermos. Y la contemplación de Gretchen me reconcilio con la vida.

      Amar es no juzgar. Privados de los estereotipos y referencias con los que calificamos para definir, en el amor nos encontramos carentes de los asideros habituales que configuran nuestro sistema de valores. El amor es una alteración de la percepción, una fiebre cerebral, pero también una ascesis El amante trasciende su propia limitación humana, su depauperación racional, para acceder a ese estadio donde no importan tanto los defectos y virtudes —que lo son hasta encontrarlos en el ser amado
como las características. El amante sufre y goza de un espectáculo humano que sobrepasa su habitual receptividad: a través del sentimiento amoroso aprehende otra realidad, tan innegable como su propia identidad y descubre el amante novel y el experto la dimensión del otro. El objeto amado nos hace vivir como un cataclismo la alteridad, lo que no somos, con una añoranza de fusión que es, también, el deseo de traspasar los límites de nuestro propio ser, nuestra piel, en los que descubrimos una sima y una prisión. El otro, el amado, tiene una realidad ontológica tan formidable y tan arrasadora a los ojos del amante que anula cualquier petrificación, por muy profunda que sea, para percibir la propia inanidad y subrayar las propias carencias.

      El amor es una llamada a nuestra irracionalidad, pero también al supraconocimiento. El sistema cognoscitivo es, habitualmente, reptante y somnoliento —en el ser humano el raciocinio es un automatismo sin consecuencias—, y sólo cuando se llega a traspasar las barreras del anquilosamiento mental —mediante la ascesis mística, la sabiduría, el amor o el dolor— se despiertan algunas de las parcelas del cerebro, inutilizado en su mayor parte, desaparece ese estado vegetativo desde el que reconocemos el mundo y nos reconocemos, para vislumbrar otra realidad, desde otra perspectiva, y algo similar a la primera vez de todas las cosas y todas las vivencias, se impone a nuestra percepción. El amor abre puertas a una forma de conocimiento ajena a los prejuicios —única sabiduría posible— y más allá de la obnubilación del enamorado se encuentra la clarividencia, esa mirada con la que contemplarían el mundo el primer hombre y la primera mujer que lo estrenaron.

      Nadie puede tener mayor deuda con Dios que yo, que he cambiado su paraíso por esta parcela de la creación que me dio en usufructo, y por lo mismo, nadie estará nunca más seguro de su infinita misericordia, que no desespero en alcanzar aun hoy, cuando estoy dispuesto a condenarme mediante el suicidio que exigió Mefistófeles. Porque amé y fui amado, sé que esta sed de absoluto Dios la puso en mí, como sé que el único pecado imperdonable para Él, si nos ama, ha de ser la desesperación de quien no crea que la piedad y el perdón han de ser gratuitos, al margen de todo merecimiento. Quien ama no juzga, no hace sumarios: sólo puede amar.

      Para mi mente ahíta de abstracciones e incógnitas despejadas, ¡que temblor! No sé qué mecanismos, incluso al margen de mis conveniencias y mis opciones, desencadenó Gretchen, para iniciarme en los misterios de una sabiduría tan ancestral como el mundo y siempre nueva para quien ama. Todos los amantes del mundo perciben con estupefacción que aman a pesar de si mismos, de su decisión y aun al margen de sus previsiones. Casi siempre existe una profunda ironía en la elección; siempre es el amor el que nos escoge y nos señala sin que podamos, a priori, detectar lo que ocurrirá: igual que en una catástrofe natural, en el amor hay algo imprevisible y se vive como un seísmo que agrietara v alzase abruptas zonas de nuestra integridad. Quien ama y es amado no se halla satisfecho y colmado en el amor, sino profundamente desarbolado, sujeto pasivo por excelencia, y descubre con honda zozobra su falta de entidad. El amado nos ofrece un sentimiento gratuito y gratificante por el que nos descubre nuestro vacío y la hondura de nuestra iniquidad, nuestra falta de merecimientos por contraste con el bien que se obtuvo.

      Y en la iniquidad todo está permitido, salvo el arrepentimiento

      Mi amada Gretchen, aunque perdiera mi alma no podría arrepentirme de nuestro amor, y volvería a suicidarme si Dios, a cambio del olvido, me propusiera prorrogar mi existencia. Renunciaría gustoso a todo lo que aprendí y todo lo que he vivido, salvo a tu recuerdo, porque descubrí mi insegundad radical con tus caricias; pero antes sólo existió en mí un piadoso abotargamiento, que me hizo creerme ajeno y autosuficiente, y el prójimo era una entelequia, que nada significaba fuera de los inconvenientes que impone y resuelve. La percepción de la gratuidad, el lujo que es el otro, su insoslayable realidad, al margen de mí, profundamente valiosa por si misma y como troquel de mi identidad, sólo la tuve desde la vivencia de tu alteridad. “
Ama al prójimo como a ti mismo”podría muy bien ser una vía de ascesis a la supraconciencia y no una norma moral. Sólo quien ha percibido que su realidad esencial es el trasunto del vacío último y su vértigo, está cerca de trascender sus paupérrimas certeza para llegar a la fulgurante visión de un yo que sólo nos limita y nos acota la realidad, y que hemos preferido al resto porque es nuestro, en un supremo fatalismo en el que no escogemos ser quienes somos, sino lo que somos.

      Al amarme subrayaste la arbitrariedad de mi egocentrismo y su absurdo, precisamente porque me amaste sin merecérmelo, en mi desnuda condición, con todas mis limitaciones que jamás has señalado acusadoramente. Quizás por ello me sentí deudor de tu benevolencia y, por extensión, descubrí hasta qué punto soy, como todos, un ser proyectado a la nada, sin más valor que el que se otorgue arbitrariamente a mi existencia, siempre anodina, siempre prescindible. Salvo para quienes me aman: Gretchen y Dios.
No aspiro a merecerlo; sólo sé que ese amor legitima mi vida, mi muerte y mi conducta.

      Leipzig, 25 de febrero del año de gracia de 1822

(Sigue firma ilegible)

Gabriel Veraldi-Pasquale

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gravatar.comAutor: pau

Una maravilla que no admite, pienso, comentarios; pero ya ves, he sentido la necesidad de decírtelo.

Fecha: 29/05/2009 18:37.


gravatar.comAutor: Moncho

Demasiados sustantivos abstractos para mi gusto. La lectura te lleva por momentos en volandas, pero al final tropiezas con demasiado raciocinio. Falta amor, aunque parezca mentira.

Por otra parte os seguiré leyendo.

Salud(os).

Fecha: 01/06/2009 10:52.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Pau: la palabra "maravilla" no es pertinente aquí, por mucho que te guste la palabra y el texto.

Moncho: no has leído a Goethe, ni a Eckermann, y con esas premisas, no tienes ni repajolera idea de lo que representa este heterónimo. Y la literatura, el raciocinio y el amor sin la etiqueta y el precio no sabrías ni a qué especie pertenecen.
Melonadas, las justas, chato.

Fecha: 01/06/2009 12:02.


gravatar.comAutor: Moncho

Para melones los de mi primo. Lamento herir tu orgullo, pero imitar a los alemanes es más difícil de lo que parece. Me ha gustado el principio y no el final, nada más. Y además has empleado mal la palabra heterónimo.

Fecha: 01/06/2009 15:58.


gravatar.comAutor: Moncho

...iniquidad, insegundad, entelequia, gratuidad, insoslayable realidad, identidad bis, alteridad, ascesis, realidad, realidad bis, arbitrariedad, egocentrismo, benevolencia, existencia... ¡En sólo dos párrafos! Uf

Fecha: 01/06/2009 16:08.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Moncho: No abuses de tu debilidad.

Fecha: 01/06/2009 20:11.


gravatar.comAutor: Alimaña News (redactor-Jefe) a Moncho

Moncho: No sigas sufriendo. Lo tuyo es el rap.

Fecha: 02/06/2009 09:33.


gravatar.comAutor: Ajoporro

Brutal. He rejuvenecido 40 años. Tuve la suerte de leer a Goethe, Werther y Fausto, durante mi primer amor. Les aseguro que eso no se olvida.

Fecha: 02/06/2009 17:09.


gravatar.comAutor: Moncho

Perdona gato, pero es que no me llaman melón todos los días. La verdad es que me sienta bien.

Te invito a tomar un trago, y como prueba de buena voluntad te dedico estos versos escritos por una sandía que conozco hace ya mucho, y que para hablar de amor no necesitaba palabras terminadas en de.

"Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada."

(Reconozco que me gustó un poquito lo de "troquel de mi identidad", a pesar de todo. También reconozco que has sido piadoso, pues ¿qué hace un gato de la casa de Anjou respondiendo a un melón que no ha leído a Gohete ni a Eckermann, y que no sabe lo que es el amor, ni la literatura, ni el raciocinio, si no es por la etiqueta que cuelga de sus pristinas colas?
No pierdas más el tiempo conmigo, gato, que los melones no somos gente de bien)

Fecha: 03/06/2009 05:30.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Hacía mucho que me estaba dando con un canto en los dientes porque nadie se ponía estupendo citando alguna consabida rima del consabido Becquer.



Fecha: 03/06/2009 07:03.


gravatar.comAutor: Alimaña News (redactor-Jefe) a Gatopardo

A mí me da el pálpito que, de un momento a otro, Monchoallyouneedislove nos pone un poema de Fanny Rubio.

Fecha: 03/06/2009 08:22.


gravatar.comAutor: Gatopardo a Alimaña

O de Benedetti.

Fecha: 03/06/2009 11:07.


gravatar.comAutor: Monchoallyouneedislove

¡Que no, que no!¡Juro por dios que era una sandía!¡Además vino un gato y se la comió!

Fecha: 03/06/2009 12:35.


gravatar.comAutor: Gatopardo

¡Cuánto daño ha hecho en estas mentes hirsutas la Gallina Caponata y la Teresa Rabal!

Fecha: 03/06/2009 14:00.


gravatar.comAutor: Melonchollyounidislove

Aprecio, comentó el gato, con grande perplejidad,
tras devorar con desdén la consabida frutita,
que toda mi identidad se va poniendo marchita,
y hasta el alma se me escapa por una negra oquedad.

Mas poco a poco descubro que ha de ser una otredad,
y que no es alma inmortal la que el ojete me irrita,
pues me parece notar que va pepita a pepita,
saliendo por ese sitio la inmunda hortalicidad.

¡Qué me pasa! Se quejaba nuestro gato enamorado
¡Más valiera que de ascesis fuera hecha apreciación,
que esta huida de mi ser me incomoda la existencia!

¡Qué me ocurre! Realidad de alimento incontrolado,
que hace de mi unicidad cenizas de combustión,
excretando displacer y de corazón ausencia.

Fecha: 03/06/2009 15:06.


gravatar.comAutor: Gatopardo

Un hallazgo eso de no aprovechar todo el renglón.

Fecha: 03/06/2009 15:37.


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Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
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y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
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Y que no nos den la lata
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