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AUTOESTIMA

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Desde que empecé a trabajar en el bufete, la mujer de don Claudio, mi jefe, no perdió ocasión de demostrarme su interés. Era una cuarentona con un cuerpo escultural y unos ojos chispeantes de pecado. Yo tenía veintiséis años y no necesitaba hacer un curso de autoestima.
- Si no le gusta la profesión de abogado usted no tendrá problemas…
Y me sonrió.
Siempre he sabido cuando le gusto a una mujer, y sé cuando funciona mi atractivo, aunque sepa disimular, pero doña Irene no se escondía y delante de todo el mundo me hacía la rosca.
- Tiene usted mucha agilidad, lleva la bandeja de la correspondencia con una mano y sin aparente esfuerzo… ¡Qué chico tan fuerte! ¿Hace deporte?
El resto de los empleados fingían no escuchar, pero claro, cuando se fue me dijo el secretario:
-Haz lo que quieras, pero ten cuidado… nosotros ya hemos pasado por lo mismo y quiero advertirte que…
-No me chupo el dedo… ya soy mayorcito, y no necesito consejos.
-¡Ya, ya! – y se quedó muy serio.
Y a los pocos días doña Irene me preguntó delante de todos si sabía que daban una fiesta el sábado siguiente.
- Algo he oído, doña Irene…Espero que sea un éxito y se diviertan…
-Es el aniversario de boda, y solemos invitar a muy pocos amigos, es muy íntimo – y si su tono era sugerente su mirada y su escote directamente desvelaban una falta de pudor total.
Y dije con intención, sepultando mi mirada en su escote:
-Debe ser divertido… y excitante…
Ella lanzó una carcajada y me dijo:
-Es usted muy joven y muy atrevido -Pero no desvió la vista y añadió - Aunque usted no tendrá esmoquin ¿verdad?
Yo mentí recordando que los actores lo alquilan
-Oh, si, tengo uno…
-¡Chico precavido, me gusta!
Después de tres semanas coqueteando con ella, me sobresaltó un poco cuando don Claudio me llamó a su despacho.
-Mi mujer me ha insinuado que se ha fijado en usted... -y trató de esconder su turbación limpiándose las gafas con la corbata.
- No...
-Supongo que el sábado usted tendrá ya algún compromiso… mi mujer me ha dicho que usted tiene esmoquin y…bueno, tal vez no le apetezca...
Yo lo estaba pasando mal por el pobre carnudo, pero naturalmente no me eché para atrás…
- Me siento muy honrado, don Claudio ¿A qué hora es la fiesta?
- La fiesta empieza a las ocho, yo no puedo llegar antes...pero usted venga a las seis...
Es decir, que el marido me dejaba vía libre y consentía.
Cuando salí todos me miraban y bajaron la vista turbados.
Los tres días siguientes pasé mis horas libres yendo de la ceca a la meca para probarme los esmóquines de todas las tiendas de alquiler: los que me venía bien la chaqueta de contorno me venía corto de mangas y el pantalón no me llegaba a los tobillos; el que me estaba bien el pantalón no me quedaba la chaqueta… Y no había forma de convencerles para que desparejaran dos esmóquines. Al final, el sábado, a última hora de la mañana, decidí alquilar dos, de uno usaría la chaqueta y de otro el pantalón, y gasté todos mis ahorros en comprar una camisa blanca impecable, unos zapatos de charol, calcetines de seda, una pajarita, y ropa interior…
Llegué a mi casa con el tiempo justo para prepararme una tortilla francesa y un café. Puse en el video la película “En brazos de la mujer madura” y me relajé mirándola media hora. Luego, llené la bañera, puse medio bote de gel, me lavé a conciencia, me corté las uñas, me afeité con una cuchilla nueva, me embadurné en agua de colonia, y me vestí.
A las seis en punto llegué a la verja de hierro forjado que cerraba una especie de parque. Iba elegantísimo y eufórico. A cincuenta metros vi la casa más impresionante de mi vida, un palacio…
Doña Irene estaba en el jardín, junto a unas mesas preparadas para la fiesta, y hablaba con un señor mayor, que llevaba un esmoquin maravillosamente cortado a su medida, pero en cuanto me vio me hizo un gracioso gesto con la mano para que me acercara. Su mirada ávida me recorrió desde la cabeza a los pies, y me premió con una sonrisa indescriptible.
-¡Es usted un encanto de puntualidad! –Y dirigiéndose a su interlocutor- ¡Jorge, aquí tiene el camarero que le prometí para servir los canapés y las bebidas! Perdone, joven, pero no me acuerdo de cómo se llama usted... ¡Bueno, da lo mismo!

Gatopardo

Foto de Brassaï (seudónimo de Gyula Halász, 1899 - 1984)

17/06/2009 05:31. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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Gatopardo

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si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
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por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
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