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JULIO CARO BAROJA: RECUERDOS. BAROJA Y SU MUNDO


Julio Caro Baroja. Dibujo de Luis Merida

PRELIMINAR

      Gusto de guardar silencio cuando me encuentro entre gente que habla mucho. Y a veces, el pensar que lo que se me ocurre al asistir callado a una discusión es tan estimable como lo que dicen los que participan en ella, me produce una secreta alegría. Por otra parte, he buscado refugio en la taciturnidad desde el momento en que el objeto de la perorata o de la controversia pública era una persona allegada. Así, al morir mi tío, mien­tras se hablaba de él como tema obligado en cenáculos, redacciones de; periódico o cátedras de literatura, mientras se escribían artículos de circunstancias y se pronunciaban algunas conferencias, yo preferí callar.

      Me acordé en aquella como en otras ocasiones parecidas de los versos finales de La mort du loup, de Alfred de Vigny;                                    

Gémir, pleurer, prier, est également lâche.
Fais énergiquement ta longue et laurde tâche
Dans la volé où le sort a voulu t’appeler,
Puis, après, comme moi, souffre et meurs sans parler.

      Sin embargo, permanecer siempre en silencio puede considerarse como cobardía o indiferencia. Y ahora, dando vuelta a mis recuerdos de más de cuarenta años, he pensado que, ya que no he hablado, puedo escribir. Escribir algo sobre el muerto que no esté influido por lo que acerca de él han dicho gentes con reputación literaria pero que, claro es, le conocieron menos que yo, ni tampoco por lo que sus panegiristas o detractores han dicho de él, casi siempre abusando de la nota tremendista.

      He nacido el 13 de noviembre de 1914. Desde mi infancia hasta el 30 de octubre de 1956, puede decirse que he sido la persona que ha tenido trato más continuo e íntimo con Pío Baroja. De niño, mientras mis padres quedaban en Madrid, yo solía pasar grandes temporadas en Vera con él y con mi abuela. Muerta ésta en 1935, el tío vino a vivir con nosotros. Y tras som­bríos años de separación y zozobra, después de la guerra, a partir de 1940, hemos vivido más unidos que nunca. A última hora las tornas se volvieron. Los cuidados que me prodigó siendo niño, un niño débil y precoz como el pequeño Dombey, se los he tenido que prodigar, durante una vejez larga y en gran parte parecida a la infancia; una vejez dickensiana.

      Porque mi tío en sus últimos años había perdido casi en absoluto la con­ciencia y había que cuidarle, ya que no tratarle, como a un niño. Al final de sus ochenta y tantos años de vida, todo se le había borrado casi, salvo algunas impresiones infantiles, o de adolescente. Ni la literatura, ni las ideas políticas, ni la religión, ni el arte o la ciencia le interesaban gran cosa. No podían interesarle. Pero, de repente, de noche, se despertaba sobresal­tado, angustiado y venía a decirme la causa de su congoja: tenía que ir a examinarse al instituto o a la universidad, y no sabía nada. Para tranquili­zarle, lo mejor era no discutir la realidad de estos exámenes terribles, obse­sionantes. Era menester decirle que alguien había avisado que quedaban aplazados, que estábamos en vacaciones o que ya se habían celebrado. Y entonces, se ponía contento y, entre risas, volvía a la cama. En otras oca­siones, a la hora de comer o de cenar, me preguntaba: «¿Dónde está Ricardo?», o «¿Por qué no ha venido Darío?», o «¿Qué hace mi hermana?» La respuesta era para mí más angustiosa. Y más angustioso aún el ver que, en alguna ocasión, se daba cuenta de que estaba preguntando por personas muertas. Un hiato enorme existía entre lo que pensaba y lo que decía. A veces, cuando yo cantaba alguna vieja canción, a la par que arreglaba unos papeles o dibujaba un plano, él le decía a Clementina, su fiel vigilante: «Oiga usted cómo canta mi hermano.» Así se le pasaban las horas, dormi­tando, tranquilo, con una sonrisa plácida o acongojado, según las fases de su dolencia inexorable. Un día después de haber permanecido absorto mu­cho tiempo, sentado en su sillón, preguntó a un amigo: «¿Y yo cuándo me he muerto?» Otra vez la pregunta fue esta: «¿Y a mí cuándo me van a enterrar?»

      Acaso, de tarde en tarde, entre nieblas, una llamarada del antiguo ge­nio surgía en su cabeza y se daba cuenta de eso: de que era un muerto en vida, o una especie de niño desvalido, sin esperanza.

PRIMERAS IMPRESIONES: VERA

      Las primeras imágenes que conservo de mi tío, si cierro los ojos, me lo representan como a un hombre de estatura mediana, más bien alta para España (medía aproximadamente 1,70 metros), pero que parecía hasta bajo porque era corpulento, andaba algo arqueado siempre y tenía la cabeza fuerte, voluminosa. El cráneo descubierto resultaba muy grande por causa de la calvicie. El color era bueno, los labios muy rojos se veían entre un bigote lacio y una barba cortada en punta, que de color cobrizo pasaron a ser amarillentos y luego blancos. Los ojos parecían entre castaños y ver­dosos según la luz. La expresión plácida, un poco triste a veces, sardónica también otras, fue haciéndose más risueña con la vejez, a medida que el cuerpo se iba achicando, encorvando.

      Con las manos atrás, mirando al suelo, daba grandes paseos por la carretera de Francia, frente a Itzea, una y otra vez. Cantidad de veces le acompañaba yo y las conversaciones entre el hombre, solterón, talludo, y el niño de tres o cuatro años, han quedado reflejadas en alguna de sus obras. Por ejemplo, en el capítulo quince del libro cuarto de Las horas solitarias, al hablar de unos húngaros que pasaron por Vera, allá por el verano de 1918. Más tarde las explicaciones entre tío y sobrino fueron haciéndose largas, complicadas. Uno preguntaba, el otro respondía. Nunca oráculo fue más atendido, a pesar de que era el oráculo menos grave y sibilino que pueda darse.

      El que lea la mayor parte de los escritos que tratan de mi tío sacará la impresión de que era un hombre triste y áspero. Sin embargo, la realidad es que durante muchas horas de su vida fue jovial, jovial como no creo que lo haya sido ningún escritor español de su época. Si alguien ha reído en casa a borbotones, de una manera dionisíaca, ha sido él. Los demás hemos tenido la risa más difícil, o con un matiz más frío.

      El tío, a veces, se sumergía en un mundo imposible de imaginar para la mayoría de los críticos y literatos. Por ejemplo, yo tenía en Vera muchos amigos de mi edad, hijos de vecinos, gente humilde en su mayoría. Y era raro ver, no cómo observaba a aquella fauna infantil, cosa natural en un novelista, sino cómo participaba de sus proyectos y tenía conversaciones largas con ella. Le divertía particularmente la tendencia a la farsa de un amigo mío pelirrojo que se llamaba Josecho, y tan pronto le hablaba con gravedad como adoptaba con él un tono también de «mixtificador». Así se creó una mezcla de popularidad y respeto en torno al tío, que explica el que en cierta ocasión otro niño, hermano de Josecho, le dijera candida­mente: «Don Pío, átame la alpargata

      Josecho comenzaba a contar una historia fabulosa en que él era prota­gonista. El tío le escuchaba, callado, con atención. Pero de repente fingía enfadarse y le decía: «Josecho, esas son mentiras, malditas mentiras. Eres un bolero.» El otro se defendía medio en broma, medio en serio y el diá­logo terminaba, al fin, con una risa abierta.

      Recuerdo perfectamente los comienzos de mi «instrucción». Había que aprender a leer. Y no tenía ninguna gana, claro es; la opinión se dividió entre mi tío y mi abuela. Mi abuela creía (con arreglo a lo que se debía creer en el país vasco a mediados del siglo XIX) que no había otro modo de aprender que con un texto clásico: las fábulas de Samaniego. Pero mi tío pensaba que aquellas fábulas eran demasiado conceptuosas y decía que él sólo las había entendido después de los veinticinco años. Cuando me toca­ba la lección con mi abuela no había más remedio que pasar por lo de la mona y las nueces, etc. Pero con mi tío la cosa variaba. El texto que usaba no era tampoco muy moderno que digamos: se trataba del Álbum del Momo, donde había muchas poesías burlescas de Martínez Villergas, Rodríguez Rubí, etc. Tal vez de entonces me ha quedado un gusto, más o menos larvado, por la poesía satírica y por la burla, gusto que, en tercer término, procuró diluir mi madre haciéndome leer los cuentos clásicos de la literatura infantil. Pero esto cuando el esfuerzo ya había sido hecho. Pasó aquel período primero y mi tío empezó a darme a leer novelas e his­torias, sobre todo novelas inglesas para chicos: Stevenson, Rider Haggard, Marryat, Scott. Luego yo me lancé solo a explorar la biblioteca de Vera, aunque no paraba en mis interrogaciones. A veces incluso cuando estaba trabajando, le iba a preguntar una cosa. Entraba en la biblioteca despacio, él me miraba por encima de las gafas, dejaba el papel, la tinta y hablaba, hablaba copiosamente o me leía en voz alta algún trozo de literatura un poco tremebunda, como la escena del cañón, en El 93, de Víctor Hugo. Creía, sin duda, que para mantener el gusto de la lectura había que ali­mentar la imaginación del niño con descripciones aparatosas. Otras ve­ces me daba unos libros llenos de estampas, de grabados románticos y seguía su trabajo, mientras yo miraba en silencio. Tenía gran aprecio por algunos ilustradores de novelas francesas del siglo XIX y decía que a veces sugerían más que el novelista mismo. Así le ocurría, por ejem­plo, con Férat, oscuro ilustrador de La isla misteriosa y de otras obras de Julio Verne que también leí, aunque él decía que este autor era demasiado triste para niños.

      Pero no sólo compartíamos las lecturas y los juegos. Yo le acompañaba a veces en rebuscas más importantes para él.

      Los tipos, los «caracteres» que había en Vera cuando yo era chico le producían mucha curiosidad: con frecuencia los sacó, más o menos cam­biados, en sus libros. Podría ahora fácilmente decir en cuál de ellos aparece Domingo Berasátegui, el albañil gordo, medio macabro, medio jovial, ve­cino nuestro; donde Martín José, el carpintero aficionado a las farsas cí­nicas; «Tipito» el confitero; Ignacio el cantero; Berécoche el acordeonista; «Fillipo» el buscador de tesoros; Echegaray el proyectista; «Porthu», «Shaguit» o «Satorra» entre los hombres. Entre las mujeres la Fanny y su rival Pepita Recalde, la Dolores, la Florentina... y muchas más.

      Las conversaciones de mi tío con estas y otras personas eran animadas, rápidas. Luego, en casa, volvía a hablar de ellas. Y al cabo de unos meses surgían, con un ropaje más o menos distinto en novelas, cuentos o artículos.

      El pesimismo intelectual de la vejez le hizo pensar que también los «tipos», las personas raras, iban desapareciendo del mundo, que todo era más vul­gar, más chato y sin carácter que «antes». Desde luego yo recuerdo como una edad mágica aquella en que mi tío buscaba a sus personajes: donde nosotros no veíamos más que un hombre o una mujer bastante vulgar él nos hacía percibir mil matices de carácter y persistía en su tarea de obser­var. ¡Cuánto tiempo permaneció preocupado —por ejemplo— con un pe­queño Rasputín vasco-francés que se llamaba Sugarret! ¡Qué de cabalas no hizo en torno a una ola de anónimos que padeció el pueblo! Las conversa­ciones transcurridas durante las horas del atardecer con mi madre y otros contertulios le dieron también material para algunos diálogos de sus nove­las. Creo que en unos fragmentos de memorias que dejó mi madre, frag­mentos que están inéditos, se halla muy bien reflejado el giro de aquellas conversaciones. Mi abuela escuchaba silenciosa, sin comentar nada favora­ble o desfavorablemente. Sin duda ella, como las señoras de su edad que la visitaban, creían que mi madre, mis tíos y sus amigos eran un poco raros, a causa de la época absurda en que habían nacido. Les reconocían conoci­mientos profundos, no sólo literarios o artísticos, sino otros difíciles de imaginar. Pero siempre quedaba un poco de desconfianza.

      Había en Vera una señora vieja, aún más vieja que mi abuela, que se llamaba doña Micaela Elizondo, viuda de un coronel, primo de don Juan Valera. Y esta señora, que en sus últimos años vivió algo trastornada, tenía una admiración profunda por la sabiduría médica de mi tío. La razón estaba en que éste un día le había dicho que después de comer debía tomar un poco de café puro y una copita de anís y la medicina le pareció tan agradable y útil que no hacía sino alabarla a todas horas. En cambio, claro es, sentía gran prevención por el resto de las ideas de mi tío. Y, así, una tarde otoñal en que había hecho una gran hoguera en la huerta de casa con las hojas caídas y las plantas secas arrancadas, doña Micaela, que paseaba por la carretera con un aire de hada venerable, dijo sarcástica y senten­ciosa: «¡Ahí está Baroja, siempre con su espíritu de destrucción!» En nuestra casa de Vera se percibían raros contrastes. En primer lugar, ence­rrado en la biblioteca vivía mi tío Pío, leyendo y escribiendo con una liber­tad absoluta. También pasaba temporadas mi tío Ricardo, lanzado a la pintura y a los proyectos más o menos fantásticos: tan pronto dibujando un modelo de barco corno ideando un aparato volador. Mi madre con la mujer de mi tío Ricardo y sus amigas, María Martos, Pilar Zubiaurre, María Gáldez, se dedicaban a los análisis psicológicos de que gustaban las muje­res jóvenes de su época..., y en el comedor, los días señalados, se reunía mi abuela con doña Micaela, doña Javiera y las señoritas de Larrache como representantes de un pasado austero, lleno de formalismo familiar, de rigideces sociales vascas y burguesas, sometidas a la costumbre ancestral con la que no había que bromear. Todas las tardes a las siete, mi abuela, vestida de negro, con un delantal que nunca abandonó, se levantaba e iba a la cocina, y, allí, con las tres muchachas que por lo general tenía, rezaba el rosario. Acaso, mientras tanto, mi tío discutía con un amigo nietzscheano venido de Suiza, como Paul Schmitz, con un joven catalán que soñaba con la Anarquía, o con un escritor madrileño, procesado por haber escrito un libro sobre la guerra de Marruecos, que se le presentaban en Vera como raras aves de paso. En casa de mis abuelos maternos había mucha libertad en punto a ideas, muy poca en materia de costumbres; por eso he de insistir una y otra vez en que un elemento, que podría definirse como puritano, es parte integrante de la personalidad de mi tío; este elemento heredado de su madre estaba acaso menos señalado en sus hermanos.

      La abuela, el nieto y el tío constituíamos un triángulo algo independien­te dentro de la vida familiar. Aunque yo no he sido de estos seres moder­nos que han tenido conflictos oscuros, iniciales, con sus padres, ansiaba el ir a Vera y sentirme atendido, ya que no mimado, de una manera impe­riosa, absorbente por mi abuela; de modo más enigmático y fascinador por mi tío. Para ellos, muertos en edad temprana un niño y una niña hermanos míos, y antes que naciera mi hermano menor, Pío, en 1928, yo era una especie de problema continuo.

      Me desarrollaba enfermizo, débil,  y los desvelos médicos de mi tío se repartían por igual entre su madre y yo. A veces ejercía una verdadera dictadura médica sobre la vieja y el niño. Tenía gran fe en la terapéutica de su época, la que había aprendido bajo la férula de don Benito Hernan­do, una de sus bestias negras universitarias. Manejaba el láudano, la digitalina, el bismuto con una soltura, con una prudencia de médico de cabe­cera clásico. Con los anteojos calados echaba gravemente en la copita de agua las gotas del medicamento. Mi abuela, en aquella ocasión, debía pen­sar qué locura tan grande había cometido su hijo al dejar su «hermosa carrera» y escoger esta otra, rara y escandalosa, de escritor, de novelista. Mi tío era hipersensible a las enfermedades y se afectaba más que nadie acaso con las familiares. La muerte de mi hermano Ricardo le produjo una depresión que está reflejada en un capítulo de La leyenda de Juan de Álzate de modo hermosísimo. Este es, por cierto, el primer libro suyo acerca de cuya gestación tengo algunas ideas en la memoria. Su manuscrito se conser­vaba en Vera, dedicado a mí, y fue el que marcó mi vocación por la Etno­grafía vasca.

MADRID

      En Madrid, sea porque yo tenía que ir a la escuela o al instituto, sea porque la índole de sus salidas de casa era más particular, tenía mucha menos relación, sabía menos de lo que hacía el tío, que en Vera. Pero algo sabía al fin. Nuestra casa estaba en la calle de Mendizábal, 34, 36 más tarde. Hoy día resulta difícil reconocer nada de lo que queda allí. La guerra destrozó la casa y otras vecinas, de suerte que aquella calle que era clara, porque se componía de muchos hotelitos y construcciones bajas, hoy parece oscura y antipática, con sus altas casas de cemento.

      ¡Cómo ha cambiado el barrio de Argüelles de cuando yo era chico a hoy! En nuestra calle había hoteles de burgueses como nosotros y de aris­tócratas. Pared por medio con el nuestro estaba el de la duquesa de Frías, enfrente (aún queda) el del conde de Torrepalma; más abajo, cerca de la calle de Ventura Rodríguez, el de la marquesa de Villavieja. A la puerta de las mansiones más o menos señoriales de la calle de Mendizábal se veían porteros patilludos, que recordaban en su aspecto a don Tomás Luceño el sainetero, mayordomos asturianos y gallegos metidos en su frac, fastuosos y sonrientes; por las noches, desde el comedor de casa o de los dormitorios del piso de arriba, se oían los coches de caballos, que volvían de los teatros y de las reuniones a las cocheras del barrio. Al lado de estas imágenes e impresiones de la vida cortesana, recuerdo otras populares, aún deci­monónicas también, como la llegada de los carros de bueyes, cargados de jara, a la puerta de la panadería de enfrente, o a los dependientes de las tiendas de ultramarinos tostando café, en la pálidas mañanas de in­vierno. Veo al zapatero remendón de al lado de casa, a Manini, en su taller adornado de fotos taurinas, con la perdiz enjaulada tomando el sol, mientras el loro del conde de Torrepalma repetía una y otra vez: «¡Ana, dame café!» Una ciega cantaba todos los jueves bajo nuestros balcones con mucho gusto y expresión, acompañándose de la guitarra. Mi tío Ricardo, admirador del tango del Espartero y de otros cantos pa­recidos, la solía escuchar atentamente y hablaba con ella. Aquella mezcla de cochambre y distinción era deliciosa. Y dentro de mi casa puede de­cirse que subsistía. Porque, de un lado, la casa era un hotelito construido en la segunda mitad del siglo XIX por un título, para vivir en él, con la holgura con que la gente acomodada vivía en el Madrid de entonces. Pero, por otra parte, aquel hotelito, con sus salones decorados, con sus techos un poco aparatosos, con sus lobos de escayola en el zaguán, con otros detalles más o menos propios de la época en que se hizo, medio elegantes, medio cursis, estaba habitado por una especie de clan compuesto de un escritor, un pintor y un impresor a cual más despreocupados en sus hábitos, y, además, en la parte interior estaba la imprenta y la editorial: la «Editorial Caro Raggio». Es decir, la editorial de mi padre.

      ¡Cuántas noches me habré dormido mecido por el ruido de las máqui­nas! El olor a tinta de imprimir, a papel, a engrudo, ha dominado toda mi niñez. En el piso alto de la casa, sobre la calle, vivían durante el invierno mi tío Pío y mi abuela, con una persona que era como de la familia, la Julia, confidente de toda mi niñez. En el piso principal teníamos nuestro asentamiento mis padres y yo. En el bajo mi tío Ricardo y mi tía Carmen. El punto de cita familiar era el piso principal. Rara vez mi abuela bajaba al piso de abajo, rara vez subían los del piso de abajo al suyo. ¿Por qué? Porque la que hacía de aglutinante en aquella familia, rara y compleja, era mi madre y, secundariamente, yo.

      El niño era «el niño» para todos. Carmencita seguía siendo la hija menor. Mientras en casa de mi tío Ricardo había tertulias abigarradas y se celebraban reuniones abundantes y hasta representaciones teatrales, en la de mi tío Pío apenas se recibía a nadie, salvo a periodistas, literatos jóvenes o aficionados a la literatura que iban, uno a uno, y a horas fijas: casi siempre al final de la mañana.

      Yo he conocido en casa de mi tío Ricardo a una serie de personajes famosos que, a veces, eran incompatibles con mi tío Pío: por ejemplo, a Valle-Inclán, un Valle-Inclán atildado y bien vestido que tenía que ver poco con el de las caricaturas y anécdotas. He visto a Azaña, triste, pensa­tivo, con aire doliente. He oído cantar, con mucho gusto y estilo, cancio­nes de fines del siglo pasado a don Juan Echevarría, y hacer pinitos escé­nicos a Edgar Neville y a Claudio de la Torre... Pero, por otra parte, re­cuerdo de modo más fuerte si cabe a los extraños tipos que desfilaban por la imprenta de mi padre y que parecían sacados de las novelas de mi tío Pío. En primer término a don Ciro Bayo, con el que solía ir a la «parada» de Palacio o a alguna ceremonia pública, cuyo desarrollo solía explicar con aire doctoral a algún paleto sencillo o algún humilde jubilado, bien dispuesto a escucharle. Cuando las tropas de los cuarteles del barrio de Argüelles salían aguerridas a la calle, era una delicia acompañarlas, también con don Ciro, llevando el paso, al son de los Voluntarios o de otro pasodoble jacarandoso. Tras don Ciro veo al señor Navarrete, el comisionista de vinos riojanos, con manía persecutoria, a Rafael Urbano el teósofo, a Daguerre el traductor mal humorado, a Álvaro Retana que escribía nove­las muy subidas de tono y a otras personas que producían bastante interés a mi tío. Pues aquella editorial de mi padre, un tanto absurda, en la que se publicaban desde novelas verdes hasta libros de Filosofía, atraía lo mismo al joven principiante que al viejo catedrático: por allí desfilaron desde Cé­sar González Ruano, con su jersey amarillo y su aire de joven atrevido y dispuesto a cualquier aventura, a don Adolfo González Posada, el sociólogo venerable.

      Allí Caro Raggio, envuelto en un traje aún más desastrado que los de mis tíos, hablaba con unos y otros y pasaba de la alegría a la tristeza y de la tristeza a la alegría como se pasa de la lluvia al sol en un día del mes de marzo. ¡Qué historias le contaban los obreros! ¡Qué escenas y discusiones entre ellos y el patrón y entre el patrón y los literatos famélicos y proyec­tistas! ¡Qué angustias y zozobras también cuando llegaban algunos sábados y los pagos resultaban difíciles de realizar! Todo esto era materia literaria, materia que mi tío podía animar, pues él, ante todo, fue un testigo de su época. Un testigo que observaba continuamente y que a veces no hablaba de lo que había observado, hasta que aparecía escrito.

      Jamás hombre de negocios u hombre de ciencia fue más fiel a su profesión que mi tío lo fue a la suya de observador. La realidad, alegre o triste, casi siempre más triste que alegre, quedaba prendida a su pluma una vez desprovista de superfluidades: de un drama, compartido por nuestra familia año tras año, surgió, por ejemplo, una de sus más hermosas obras, escrita en forma dialogada: el Allegro final. El viejo médico que allí apa­rece es nuestro médico de entonces don Enrique Dupuy Unzueta, un madri­leño castizo a pesar de sus apellidos, que llevaba encima, con aparente estoicismo, el peso del suicidio de un hijo único, pero que en el fondo era un hombre destrozado. El tío hizo del don Enrique real un personaje lite­rario, es decir, más «sintético». Era su procedimiento. Para escribir una de sus buenas páginas se pasaba, sin duda, horas y horas, pensando, des­pués de haber mirado a la persona que le interesaba con aquella mirada suya, medio inquisitiva, medio cándida que sorprendía a tantos. De re­pente, le venía la idea de lo que había que hacer con la persona observada, el perfil que debía darle.

      El escribir no era para él una especie de delirio ni tampoco un trabajo de fotógrafo o de notario. Era una labor paciente, de pintor antiguo, que requería una vida muy regular y ordenada.

      A eso de las ocho y media o nueve de la mañana desayunaba y se ponía a trabajar sobre algún original. Si no surgían visitantes estaba manos a la obra hasta el mediodía. Comía a la una con su madre y luego bajaba con ella un rato a nuestro piso, donde hablaba con mis padres o su hermano. A eso de las tres o tres y medía salía. Bajaba por la calle de Mendizábal hacia el centro, cruzaba la plaza de España. Se metía por Leganitos arriba o la Gran Vía, aún sin dibujar del todo, cogiendo Alcalá y el Prado y lle­gaba hasta la feria de libros del Botánico. Allí charlaba con los libreros de viejo y rara vez dejaba de comprar algo. Con los bolsillos del gabán defor­mados, llenos, o cargado con un paquete, emprendía la vuelta. A eso de las seis estaba otra vez en casa. Volvía a escribir o corregir pruebas hasta las ocho. A las nueve cenaba. De nueve a diez y media se desarrollaba otra tertulia familiar y luego, en la cama, solía leer varias horas, hasta la una o más tarde.

      A veces le acompañé yo en sus paseos a la feria del Botánico. En la calle con frecuencia saludaba, con la mano derecha a la altura del ala del sombrero, a alguien. Pero rara vez se paraba y menos al sol, al que le temía como a enemigo personal.

      Yo le preguntaba: «¿Quién es ese señor que te ha saludado?» Y él respondía: Ese era Lerroux, ese era Albornoz, ese era Répide o cualquier otra persona conocida entonces, olvidada hoy. A veces yo notaba también que unos jóvenes decían: «Ahí va Baroja.» Y esta popularidad callejera me producía gran satisfacción, aunque también me di cuenta de que para algunos madrileños no era un personaje simpático. ¿Por qué?, me pregun­taba yo. En mi idolatría por los míos no me percataba de que había naci­do en un nido de pájaros raros. Creía que los raros eran los demás. Ahora sí, viendo el mundo, ya talludo, comprendo aquella antipatía que podía inspirar y también la que a él le producían gran cantidad de españoles normales, de un bando u otro. Es la antipatía que produce el solitario, el independiente. La que éste siente también. Entre los años de 1920 y 1930 mi tío tuvo muy pocos amigos. A veces, en la calle, se paraba un rato con Azorín, su viejo y fiel camarada de juventud. Pero nunca se hacían visitas. Si no recuerdo mal sólo tres casas eran las frecuentadas por él: la de Ortega y Gasset, la de Juan Echevarría y la de la marquesa de Villavieja. Y al llegar la época de la República estas tres casas dejaron de serle familiares. La del pintor bilbaíno por la muerte de aquél, las otras por razones distintas.

      Durante bastantes años de mi primera infancia los domingos fueron regulares en su desarrollo. A eso de las doce y media mi tío y yo cogíamos los bulevares arriba, llegábamos a Colón. De allí al cruce de Serrano y en esta calle a la casa número 53. En ella, en un piso grande, vivía la familia de Ortega, con la que almorzábamos. Existía entonces una gran amistad entre mi tío y Ortega. Yo era sobre todo amigo del hijo menor de éste, de José. Después de comer los hombres charlaban en un despacho. Los niños éramos señores de un dominio mucho más amplio, que constaba de un pasi­llo largo, una terraza y varios cuartos interiores. De aquella casa, repleta de libros y estantes, recuerdo aún un caimán disecado que presidía, próximo a la terraza, nuestros juegos y una gran fotografía del Caballero de la mano en el pecho de El Greco. Yo era muy pequeño entonces para saber qué se discutía en el despacho: eran proyectos de excursiones, proyectos de obras. A veces también me figuro que surgía la discrepancia entre la opinión basada en el saber académico de Ortega y la opinión personal de Ba­roja. Todo esto pasó. Cuando yo tenía doce o trece años apenas veía a los Ortega. Mi tío tampoco. La distancia se hizo mayor poco antes de la Repú­blica, Y solo en estos años últimos reanudé yo las relaciones.

      Mi tío no creyó, desde el principio, en el éxito del ensayo republicano. Esto por dos razones. Tenía muy poco aprecio personal por la generalidad de los jefes de los partidos en auge. Consideraba —por ejemplo— que Le­rroux era un pobre hombre reblandecido, que Azaña era un remedo de hombre enérgico y que otros eran puros charlatanes. Sentía aversión por al­gunos jefes socialistas, a causa de su tendencia dogmática, aunque los parti­dos obreros en sí le producían curiosidad. No sobrestimaba las fuerzas de la izquierda y hubiera visto con gusto un ensayo de dictadura reformista, radical. Pero si el programa de los conservadores le repugnaba siempre, si su tendencia anticlerical era profunda, no por eso dejaba de comprender que éstos tenían mucha fuerza y también ciertos derechos. Así pasó los años que van de 1931 a 1936 sin creer en los unos ni en los otros y augu­rando casi la guerra civil. Soñaba a veces con un hombre que lo resolviera todo. Otras veces creía que no había remedio. Contra lo que hubiera po­dido creerse en un intelectual que no gustaba de las recetas democráticas, —el advenimiento de Hitler no le produjo más que preocupación. Por Mussolini sentía una antipatía casi física y las experiencias rusas le parecían propias de un pueblo casi incomprensible para un europeo.

      ¿Adonde mirar? Mi tío era un liberal a la antigua y los que le gustaban eran los políticos a lo Clemenceau, o a lo Churchill, no los dogmatizantes o los especialistas. No creía que en España las instituciones tuvieran fuer­za en sí. Y desde los sesenta y tantos a los ochenta y tantos años vivió como un barco que hace agua, azotado por las olas de un lado y otro, sin que la gente de izquierda le considerara como a uno de los suyos y tampoco, claro es, la de la derecha. El cumplir con su sino fue causa de que perdiera tam­bién otra amistad querida, una amistad de la que conservó recuerdo hasta sus días finales. Allá por el año 27 mi tío tenía una tertulia en la vecindad: la de la marquesa de Villavieja. La marquesa era una mujer muy hermo­sa, que además de serlo tenía la inteligencia despejada y mucha comprensión. Con frecuencia llegaba a casa un sobre azulado con letra grande, pi­cuda, aristocrática. Mi tío sabía que contenía una indicación de la Villavieja para que fuera a pasar la tarde con ella y sus deudos. Rara vez falta­ba a aquella tertulia: a veces también continuaba en el verano, pues a Vera llegaban cartas de Zarauz, del palacio de Narros, o de Biarritz. Yo, claro es, no conservé más que el recuerdo de los comentarios de mi tío, siempre admirativos para su amiga. Con la caída de la Monarquía, las relaciones hubieron de enfriarse, suspenderse luego. Pero en sus últimos años mi tío, de vez en cuando, sacaba un paquete de cartas, cartas que no contenían más que indicaciones breves y las leía una y otra vez. Entre las cartas había el retrato de una señora atractiva, distinguidísima, que el viejo miraba con atención, sin decir nada. A los pocos días volvía a aparecer el paquete y a desaparecer luego. Fácil era adivinar la cantidad de recuerdos que traían aquellas cartas y aquel retrato. Pero ninguna palabra los tras­lucía. Porque mi tío era hombre poco dado a confidencias. ¿Por qué? Éste es un rasgo del carácter suyo que creo vale la pena de que se analice.

FAMILIA

      Mi tío Pío nació dentro de una familia en que se amalgamaban de modo extraño la bohemia y el puritanismo. La tendencia a la primera estaba en­carnada en su padre, en Serafín Baroja. El segundo en su madre, Carmen Nessi. Si digo que él, desde el punto de vista del carácter se parecía más a mi abuela que a mi abuelo materno, no hago más que repetir la opinión generalizada en casa. Sin embargo, mi abuela era una mujer sin inquietudes intelectuales y de un rigor moral que hoy parecería absurdo. Tenía también cierta tendencia al pesimismo y, dentro de éste, al conformismo. A pesar de ello vivió en muy buena armonía con su marido, que era el hombre más alegre de San Sebastián, pueblo abundante en gente divertida, al menos an­tes. Mi abuelo pasó por la vida como un pájaro, riendo, cantando y ha­ciendo cosas raras, acompañado de su mujer austera, que le sobrevivió más de veinte años: de 1912 a 1935. Tuvieron cinco hijos de los que alcan­zaron edad larga dos varones y no tan larga, pero sí madura, una mujer, mi madre, mucho menor que ellos y muerta también antes que ellos. En 1950. Cada uno nació en un punto distinto de España, a donde la profe­sión de ingeniero llevó a Serafín Baroja.

      Los tres hermanos eran también muy distintos en muchas cosas, aun­que parecidos en otras. Mi tío Ricardo, el mayor, heredó más que ninguno la alegría exterior, la despreocupación de mi abuelo. Era de una versati­lidad extraordinaria, de un ingenio raro y muy sociable, aunque esto no quiere decir que siempre fuera de trato fácil. Si una persona le resultaba antipática, o si una cosa le parecía mala, era capaz de decirlo a voces, ha­ciendo alarde de una mezcla de befa italiana y de humor vasco. En su época en Madrid unos le tenían gran simpatía, a otros les producía una aversión profunda y a veces hasta irracional. Y él en vez de evitarla la fomentaba con sus juicios terribles y caricaturescos de puro agrios. Mi madre, la menor de los hermanos, era la más equilibrada, y muy indepen­diente en sus juicios. Con frecuencia los tenía opuestos en todo a los de su madre o mis tíos y les discutía de pe a pa una opinión. A veces en la discu­sión se acaloraban. Pero ella no daba su brazo a torcer y casi siempre adoptaba la postura de mayor transigencia, la menos «barojiana». Defen­día, por ejemplo, a Galdós o a Valle-Inclán de las críticas de mi tío Pío, o si éste se burlaba un poco del Mediterráneo hacía la apología de Valencia y Andalucía.

      De joven hubiese querido estudiar una carrera. Pero esto no parecía posible en casa. Ella tenía una gran simpatía por el grupo de mujeres que trabajaban en la Institución Libre de Enseñanza y esto también era motivo de discusiones. Mi tío Pío estaba en buena relación con Cossío y otras personas representativas de aquel Port Royal madrileño, mas no así mi tío Ricardo, y cuando surgía el tema de la Institución ya se sabía que la polé­mica se entablaba entre él y mi madre. Era raro ver, en última instancia, cómo, refunfuñando o no, los dos hermanos reconocían el valor de los argumentos de la hermana y cómo ésta a veces les regañaba o les decía cosas que a nadie hubieran tolerado.

      El que más se debatía y se irritaba era mi tío Pío, porque en ocasiones parecía tener una sensibilidad de niño pequeño de los que consideran que sus padres y parientes no les hacen los cariños suficientes. Siempre, fue, en efecto, un poco celoso del cariño de su madre y de su hermana; no creo que tanto del mío. Acaso los psicólogos modernos, puestos a ello, pretendieran aclarar algunos de los rasgos de su carácter a la luz de la idea del «complejo de hermano menor», y tal vez, este complejo, podría explicar las relaciones de él con Ricardo, acerca de las que quiero decir ahora unas palabras.

      Hay, sin duda, una correspondencia grande entre el arte pictórico y gráfico de mi tío Ricardo y el literario de mi tío Pío. Y lo más sorprendente es que cuando Ricardo escribía lo hacía de modo que no resultaba tan acorde con su pintura. Cuando hablaba tampoco, pues era un hombre animado, jovial, con explosiones de entusiasmo y de indignación, que se había pasado la vida pensando en el Renacimiento italiano, en invenciones raras y en proyectos fantásticos.

      En la vejez las relaciones de los dos hermanos se habían enfriado, sobre todo del lado de Pío.

      Yo sospecho que éste de chico había tenido una gran admiración por su hermano, bien plantado, lleno de fantasía, buen dibujante y hasta un poco matemático. Allá en Pamplona debió comenzar la época de los gran­des inventos, la época en que Ricardo dibujaba submarinos, máquinas vo­ladoras, uniformes de explorador, barcos veloces, mapas de islas remotas. Todo esto produjo, sin duda, en el ánimo de Pío una gran revulsión. Des­pués los años hicieron de uno un hombre tenaz, callado, empeñado en realizar una obra y del otro una mezcla de artista, de bohemio y de dandy.

      El encanto se rompió de un lado. Mi tío Pío reprochaba a su hermano su versatilidad, el haber derrochado unas facultades extraordinarias. Le indig­naron también sus opiniones políticas germanizantes de última hora. Pero a la postre, cuando perdió la conciencia del tiempo, una de las personas de quien más hablaba era de Ricardo. El Ricardo, sin duda, de los años de bachiller, capaz de proyectar un viaje mayor que los del capitán Nemo, el que pensaba, tal vez, que era o había sido la debilidad de su madre y de su hermana. Pero éstas son suposiciones mías, originadas por la propia observación, pues, como he dicho, mi tío Pío era refractario a confidencias y ni siquiera a mí me las hizo. La confidencia le parecía algo que podía considerarse como un tanto impúdico, y un rasgo que le caracterizó siem­pre, aun en los últimos días, en que parecía no tener conciencia de nada, fue el del pudor, un pudor extraordinario. Pocas veces se hablaba en su tertulia de temas escabrosos, sexuales, aunque de viejo le gustaba hablar del amor como de algo fundamental en su vida. Este pudor fue también probablemente el que le hizo demostrar varias veces, de un modo violento, su aversión a las teorías psicoanalíticas de Freud y el que hacía que en casa se considerara como de mal gusto el tratar de «cosas personales». En torno a los asuntos sentimentales de un miembro de la familia, en torno incluso a las cuestiones de dinero, se guardaba una especie de hermetismo abso­luto, y cuando las más graves preocupaciones de esta índole embargaban a todos, se procuraban encubrir mediante una conversación trivial sobre el tiempo, la cantidad de sal que tenía un guiso o la posibilidad de que se en­friara la sopa. Nunca una familia ha hablado menos de asuntos familiares y más de asuntos de los que se llamaban «generales». Es decir, de artes, ciencias, filosofía o política, de todo lo divino y lo humano, con tal de que no tocara de cerca a los asuntos pertenecientes a ella. En esta coyuntura las discusiones eran interminables y sobre materias poco sospechadas.

      Ciertos críticos han dicho y repetido que una de las características de la llamada «generación del 98» es la de que para ella no existe la música. No voy a discutir este asunto. Lo único que he de decir aquí es que en la vida familiar de mi tío la música desempeñó un papel grande, si no pri­mordial. Mi abuelo sabía tocar regularmente el violoncelo y era amigo de casi todos los músicos de su época, sobre todo de los vascongados. De chico había estudiado en San Sebastián con Santesteban el viejo. Para el hijo de éste escribió nada menos que el libreto de toda una ópera, en vascuence, en la que —en honor a la verdad— la música es mejor que la letra. A las melodías de un colega suyo en ingeniería, Zuaznábar, les puso letra también en la misma lengua y frecuentó el trato de Gayarre, de Sarasate, de Zabalza y de otros virtuosos de fines de siglo. Mi abuelo era clasicista e italianizante. Gustaba poco de Wagner y de los «modernos». En esta postura era aún más exagerado Zuaznábar. Contaba mi madre que cuando era casi una niña este músico-ingeniero solía llevarla con su hija a los con­ciertos del Casino de San Sebastián. Si en la primera parte se tocaba algo de Bach, Zuaznábar con voz cavernosa les decía: «¡Esto hay que oírlo de rodillas, como la misa!» Pero si en la segunda parte había algún trozo wagneriano salía de la sala de conciertos de una manera espectacular con las dos niñas y produciendo murmullos y molestias.

      En casa,  el gusto musical de mi abuelo lo heredó mi tío Pío. Ricardo fue mucho más wagneriano. Mi madre, como siempre, se mantuvo en pos­tura menos rígida. A veces, antes de que yo naciera, en la calle de la Misericordia o en los primeros años de la de Mendizábal, Serafín Baroja, su hija y algún violinista joven, daban pequeños conciertos. A ellos asis­tían los amigos. A veces también iba a tocar el piano el viejo maestro de la Capilla Real don Valentín Zubiaurre. Y por las noches, en el café de los escritores y artistas del grupo, las discusiones quedaban suspendidas cuando Corvino y Anguita la emprendían con la Sonata a Kreutzer o un aria de Bach. En el Real, mi abuelo, conocía a mucha gente, entre ellos a Basurco, el flautista. Y al volver de la ópera las discusiones eran acaloradas: hacían sentir su antiwagnerismo mi abuelo y mi tío Pío; mi madre y Ricar­do defendían a Wagner de sarcasmos e irreverencias. Mi abuelo decía que la música de Wagner era «música de sacacorchos» y Pío la atacaba por considerarla de un simbolismo pesado y demasiado pedagógica y progra­mática. Con los años las discusiones no cejaron.

      Pero algunas tardes mi madre sacaba las viejas partituras, los cuadernos de sonatas y con poca ejecución, pero mucho gusto, iba tocando al piano trozos de Mozart, de Haydn y Beethoven, o repasaba las viejas óperas de Bellini y, los románticos más antiguos. El tío Pío escuchaba y a veces recor­daba las escenas, incluso la letra de una vieja romanza, pues tenía memo­ria de cantidad de letras, incluso de zarzuelas, operetas y hasta cancioncillas callejeras. Su gusto era limitado, exclusivo. Llegaba de Bach al romanti­cismo, pero de Wagner en adelante la música era letra muerta para él. Ni rusos, ni franceses se salvaban. Y con igual tranquilidad decía que Sírawinsky era detestable como que Puccini era un músico para peluqueros. Otra de sus fobias era Chopin.

      En cambio, tenía una gran admiración por algunos músicos populares españoles. Le gustaban el brío de Iradier y la gracia madrileña de Chueca.

      Otras diferencias, otras predilecciones matizaban el gusto de los herma­nos. Mi tío Ricardo y mi madre eran más inclinados a las artes plásticas que mi tío Pío, aunque éste se quejaba frecuentemente de que no le hubie­ran enseñado a dibujar. De jóvenes incluso tuvieron unas pequeñas velei­dades «modernistas» y «simbolistas»: simpatizaban con Valle-Inclán y con otros escritores y pintores de tendencias parecidas, cosa que nunca le ocu­rrió a mi tío Pío. Sentían también menos interés por la vida popular y por la tierra vasca, aunque lo mejor de la obra de mi tío Ricardo sean paisajes y aguafuertes de temas populares.

      En Pío la tradición vasca ejercía un poderoso influjo.

      Mi abuelo había escrito cantidad de cosas en vascuence. Mi abuela lo hablaba muy bien, con acento de San Sebastián. De los hermanos la que lo sabía mejor era mi madre. Mi tío Pío iba en segundo lugar y en tercero el tío Ricardo. Mi madre, aún mayor, podía hablar con un poco de esfuer­zo. El tío Pío, que lo había hablado de joven, sobre todo en Cestona, ya no hablaba. Pero entendía bien las conversaciones y recordaba cientos de can­ciones y poesías, y todo lo vasco le atraía. Nunca le interesó, sin embargo, la estructura de la lengua, pues la gramática era para él letra muerta en cualquier idioma. Pero reunió muchos libros y folletos sobre asuntos vas­cos y tenía ideas muy originales sobre la historia del país, ideas que le ser­vían para fundamentar su antilatinismo y otras posturas que mucha gente consideraba como extravagantes. Porque aunque en España se haya con­siderado a mi tío como a un gran novelista, un gran creador de tipos y paisajes, siempre se le puso en cuarentena como hombre de pensamiento y aun de sentimiento. Tan simples eran a veces las reacciones de aquella alma exquisita, que un pedantillo cualquiera se creía con medios intelec­tuales suficientes para acusarla de sencillez, argumentando con pedregosas razones castellanas.

CULTURA

      Se ha repetido muchas veces, en son de reserva, que mi tío tenía una cultura atropellada, cosa con la que, la verdad, no sé qué quiere decirse.

      En primer lugar nadie en el mundo ha considerado que a los novelistas haya que medírseles o juzgárselos por lo que saben o dejan de saber. No ha sido pauta crítica el justipreciar la cultura de Dickens o Balzac para decir si su obra es buena o mala. Tampoco se puede imaginar a un gran creador de éstos con las preocupaciones de un profesor de universidad. Pero supo­niendo que a un novelista hubiera que pedírsele saberes concretos, creo que mi tío sabía más, en conjunto, que la generalidad de los profesores y crí­ticos españoles.

      Desde luego no sabía gramática ni le importaba esta disciplina. No había estudiado los sistemas que cualquier bachiller tiene que estudiar aho­ra para encuadrar sus conocimientos o si los había estudiado no los recor­daba. El aspecto formal de la cultura no le interesaba nada. Pero cuando llegaba la ocasión se veía que de una cosa concreta sabía mucho más de lo que pudiera imaginarse. Y que, sobre todo, sabía cosas vitalmente rela­cionadas con España y con la vida cotidiana de los hombres. Aquí puede hallarse el primer motivo de discrepancia entre él y Unamuno.

     Cuentan  —y no sé si es verdad— que una vez Unamuno, en cierta dis­cusión, le dijo: «Usted, Baroja, que es un admirador de la ciencia, no sabe fórmulas como el binomio de Newton, y yo, que no lo soy, sí las recuerdo y sé.» A esto parece que mi tío no respondió más que marchándose.

      La anécdota puede ser falsa. Pero es representativa. Mi tío sabía distin­guir perfectamente lo que es la ciencia en un programa universitario y lo que es como asunto personal, como experiencia vital. Por eso, sabiendo de memoria o no fórmulas como el binomio de Newton, creía que la cultura universitaria era una cosa pobre, protocolar y ridícula, y, sin embargo, era un admirador de la ciencia. Acaso más en su plenitud que en ninguna otra época de la vida, cuando encerrado en Itzea, leía sin cesar.

      Esta admiración no era puramente pasiva y se hallaba dominada por una desconfianza extraordinaria hacia ciertos grandes sistemas. Así de las teorías «científicas» más en boga en su época no recogió gran cosa. Las cuestiones sociales le interesaban, pero el marxismo puro le producía poca confianza. Sentía una aversión marcada por el psicoanálisis. Los pro­blemas de la Física moderna no pudo dominarlos, aunque intentó re­petidas veces el enterarse de ellos, sin fruto alguno según reconocía. En cambio, leyó mucho y con detenimiento acerca de cuestiones raciales, sobre Biología y lo que, en suma, le permitía su formación de médico, nada ma­temática ni humanística. Porque, claro es, si su vida se centró en la litera­tura, no comenzó a interesarse en ella siguiendo cursos o leyendo manuales.

      Sin duda, mi tío de chico y de adolescente fue un gran lector de folle­tines, de aquellos folletines, franceses en su mayor parte, que publicaban los periódicos de la segunda mitad del siglo XIX. Algún profesor de litera­tura, sabiondo, doctoral y con pretensiones de ironista, ha dicho que mi tío buscó su estilo leyendo tal clase de obras, como si esto fuera una falta, como si los novelistas tuvieran que empezar haciendo un examen académi­co de los que hemos padecido los que tenemos la desdichada carrera de Filosofía y Letras. Un hombre que quiera comprender la gran novela del siglo XIX, sea la rusa, la francesa o la inglesa, y que ignore el significada del folletín como base de su creación, es como un historiador de la litera­tura griega que no sepa griego, o un poeta que no tenga más formación que la que le da el Diccionario de la rima. El folletín es el medio de expresión para Ponson du Terrail, pero también para Balzac. En una época de pro­ducción en masa, las gentes devoraban a la par las obras de E. Sue y de Víctor Hugo, las de Montepin y A. Dumas. De una especie de magma vital salían las grandes novelas y los grandes engendros: Rocambole y los héroes balzaquianos, los tres mosqueteros con su aire de muñecos y el cura de Tours.

      El folletín daba imagen de un mundo misterioso, romántico, popular: lo mismo lo leía el portero en su sotabanco que el presidente del Consejo de Ministros en sus ratos de ocio. El secreto era no negarlo, sino superarlo, y en vez de crear un personaje sin alma que le dominara, crear personajes que parecieran verdaderos, aunque no lo fuesen. Folletinistas fueron Dickens y Balzac, incluso en la forma material de producir sus novelas. Lector de folletines fue Galdós; en su juventud difícil escribieron trozos de folletín a destajo Blasco Ibáñez y Valle-Inclán. Ninguno de ellos, que yo sepa, hizo estudios universitarios sobre los prelopistas o cosas parecidas, que a los que los hemos practicado  no nos parecen tan respetables como se les quiere pintar. Pero claro es, el mundo cambia a la vuelta de unos años.  

      El muchacho que había leído, allá entre el año 80 y el 90 del siglo pasado, cientos y cientos de novelones, descubrió otras cosas, comenzó a inquietarse por mil y un asuntos. El folletín quedó como un légamo, un abono fecundo y nada más.

      Cuando mi tío, viejo ya, recordaba los entusiasmos de su adolescencia y quería revivirlos, se llevaba una desilusión. A menudo yo le había oído hablar del entusiasmo que le había producido de chico una novela de Dumas, poco conocida por cierto, que se llama Creación y redención. Muchas veces intenté encontrarla en las librería de viejo. Por fin, un día, hace de esto cosa de diez años, la encontré en la calle Ancha y la llevé triunfante a casa. El tío metió el libro en su cuarto, a la hora de acostarse, con gran curiosidad e ilusión. A la mañana siguiente me dijo que no había podido leer más que unas cuantas páginas: tan absurdo le parecía. Esta y otras experiencias semejantes le produjeron gran tristeza. También le corrobo­raron la caducidad de las ilusiones, caducidad sobre la que siempre estaba especulando o que le impidió releer obras de mayor talla e incluso de ma­yor significación en su vida.

      Dejando a un lado este asunto de los folletines, con relación al gusto literario referido a obras más importantes, experimentó cambios, pues de viejo valoró de modo distinto a los autores que en su juventud habían constituido su Panteón literario. Así, por ejemplo, terminó teniendo una indiferencia casi absoluta por la obra de Nietzsche, a la que consideraba como demasiado retórica y con un regusto filológico excesivo. Sin duda, también, le repugnaba la idea de coincidir con algunos prohombres del fascismo, por ejemplo Mussolini, por el que tenía una terrible aversión inte­lectual.

      Más curioso a mi juicio es que Stendhal tampoco le entusiasmara como antes. Leía las Memorias de un turista, Luciano Leuwen y algún otro libró de vez en cuando. Pero no quiso volver a leer La cartuja de Parma. Tam­poco releyó a Tolstoi ni a Balzac. En cambio, siguió fiel a su admiración por Dickens y a su entusiasmo por Dostoyewski. Siempre que hablaba de los tipos de Dickens, cuyo padrón recordaba al dedillo, sonreía. Y el sentido de lo demoníaco, de lo inquietante, que domina en las novelas de Dostoyewski le producía un gran asombro técnico, como novelista.

      Allá entre los años de 1920 y 1930 se familiarizó mucho, a través de traducciones francesas sobre todo, con Thomas Hardy, por el que sentía una admiración fuerte. Leyó también a Meredith con cuidado, a Conrad y a otros novelistas ingleses. Huxley y Lawrence puede decirse que fueron los que llamaron su atención entre los más jóvenes. De los posteriores no tuvo gran idea. También entre 1920 y 1930 leyó mucha literatura francesa moderna. Pero dudo de que ejerciera en él la influencia y, sobre todo, la atracción que le habían producido los viejos autores de narraciones cortas, como el mismo Stendhal, Merimée y otros en su primera época, es decir, la más vigorosa  y representativa.

      El gran éxito de Proust le dejó frío. En cambio, sentía curiosidad por Gide, aunque no simpatía. Admiraba mucho a Colette y a J. Green. Tambien admiraba a Jules Renard entre los hombres de su época o algo más viejos y conocía al dedillo casi todo lo que se había escrito de notable en Francia a fines del siglo xix y comienzos de éste, no sólo de novela, sino también de poesía: la biblioteca de Vera es testimonio.

      Allí están reflejadas sus admiraciones. También sus incompatibilidades laboriosas, pues, por ejemplo, la animadversión hacia Anatole France no es de primer impulso. Está fundada en la lectura de la mayor parte de su obra.

      Aquella biblioteca produciría no poca zozobra a un crítico o historiador con ideas comúnmente recibidas. Baroja era poco amigo de Francia —se dice—; sin embargo, la masa mayor de una biblioteca de miles de volúme­nes está en francés. Baroja era un hombre poco erudito. Sin embargo, los libros que tenía eran de erudito en gran parte. ¡Qué tiene que ver el autor de La busca o Mala hierba con los siglos XVII y XVIII! Pues a pesar de eso, allí, en Itzea, están leídas por él cantidad de memorias y documentos de aquella época, con el retrato de Bayle en lugar preferente y los de los enciclopedistas puestos aquí y allá.

      Yo pienso que mi tío había venido muy tarde al mundo. No era, como han dicho algunos, un epígono del siglo XIX, una especie de «posromántico», sino que, por la mayoría de sus gustos y sus ideas era más bien un «prerromántico», un hombre que hubiera vivido a gusto desde la época napoleónica hasta 1840, asistiendo a los estrenos de las grandes óperas, hablando de Filosofía con un sentido aún dieciochesco y buscando pintar con sobriedad, pero con color, las pasiones humanas. Sólo el medio en que vivó le dio otra cosa. Pero en cuanto pudo se sumergió en aquella época. Son testimonio las Memorias de un hombre de acción empeza­das en 1912 y concluidas en 1934. También rechazó del romanticismo pleno y del realismo un gesto muy particular. A diferencia de otras gentes de su época mi tío adoptó, casi siempre, el tono menor. Y por eso simpatizaba con los artistas que participaban de él. Se ha dicho, por ejemplo, que quien en pintura representa a la «generación del 98» es Zuloaga. Fue, en realidad, el que retrató a casi todos los hombres de ella. Pero mi tío detestaba la pintura de Zuloaga como algo aparatoso y sin sinceridad. Tampoco pudo nunca tener palabras de comprensión para el tremendismo de Solana, con el que se le relacionó a veces. En cambio, estimaba a Regoyos y a Echevarría, sobre todo cuando pintaba paisajes o flores. Paralelamente sintió aversión por las posturas elocuentes de Unamuno, Valle-Inclán o Maeztu, y gustaba de las observaciones finas de Azorín o de los versos de Machado. En otro campo sentía la misma aversión por los grandes oradores que por los jefes de la política que hacían ostentosa gala de su austeridad. Hombres como Salmerón y Costa, con to­dos sus méritos, eran como la antítesis de mi tío. Eran almas ibéricas dolo­ridas y un tanto teatrales a la par; no en balde se les comparó con los santones islámicos (sin que esto sea, a mi juicio, un desdoro). Hablaban de España como de algo personal, dominable, como de algo que puede arre­glarse con recetas y expedientes.

      Por eso mi tío, escéptico y carente de facundia, se sentía incómodo inscrito en la generación del 98. Él con sus ideas de médico racionalista» un tanto stendhaliano, con sus gustos musicales y sus tendencias viejas, dieciochescas casi, con su afición al tono menor o, en todo caso, al exabrupto,  aparece al público como una especie de ser fabuloso, amenazador, sarcástico, en un grupo de grandes hombres con grandes barbas y grandes gestos y pretende defenderse, separarse de tanta gravedad.

      Pero esto es difícil. Porque cada uno somos, querámoslo o no, hijos de nuestra época.

IDEAS

      Muchas veces he procurado buscar la razón de que la gente vea de modo tan claro que mi tío queda incluido en un grupo de escritores, poco más viejos o más jóvenes que él, cuando para él esto era casi algo incomprensible. Y no la puedo hallar más que en incompatibilidades de carácter que hacían que mi tío se sintiera por completo ajeno, no sólo a lo que se decía de su generación, sino también a mucho de lo que pasaba en la España de su época. En primer lugar adoptó, ante el poder público, una actitud estrictamente defensiva: lo mismo en la Monarquía, que en la República, que después.

      En cambio, la generalidad de los hombres importantes en las letras españolas, contemporáneos suyos, procuraron entrar en la vida pública y sacar beneficios de ella. Mi tío no tuvo jamás la idea de que él, como escritor importante, podía sacar algo de España o, mejor dicho, del Estado español. Para él el Estado era un mal, el dinero era otro: males necesarios si se quiere, pero no por eso menores. No se movía con soltura en medios oficiales, ni entre personas de las que influían más en la vida del país. ¿Había algo de timidez en esto? Acaso sí. Pero yo más creo en que existía repugnancia terrible, física, hacia ciertas instituciones y personas. Por ejem­plo, mi tío «sentía» biológicamente las diferencias raciales. El, calvo, zarco o rubio cobrizo, con un aire nórdico, pero de nórdico oriental (varias veces en París le tomaron por ruso), sentía una antipatía instintiva por la gente muy morena, de pelo rizado, de facciones muy dibujadas. Y sobre esta an­tipatía formaba toda clase de teorías. Ahora bien, lo importante es que, do­minado por ella, tenía que sentirse, y de hecho se sentía, descuajado dentro de una sociedad como la madrileña. Era un tipo poco común entre meridio­nales. Mas ésta es también la causa de que muchos extranjeros, europeos del Norte, no hayan sentido atracción por él, porque cuando se viene al Sur se buscan cosas propias del Sur. Las ironías de mi tío, envueltas en su rojiza barba, no podían atraer tanto, de primera intención, como los lamentos ibé­ricos de Unamuno, los primores castellanos de Ortega, o las imágenes anda­luzas de García Lorca. Así vivió y escribió más descentrado que nadie y buscó refugio en la soledad. Incluso las personas que venían a casa con idea de solidarizarse con él, quedaban desconcertadas. Porque esperaban encontrar a un hombre apocalíptico y se hallaban con un escéptico, con un carácter mucho más enigmático de lo que reflejaban a veces ciertos de sus libros, aunque otros lo reflejen bien. Les sorprendía la simplicidad del trato, la amabilidad y hasta la tendencia a dejar que el visitante hablara más que el visitado. También les llamaba la atención la indiferencia abso­luta que sentía por algunos problemas.

      Así, por ejemplo, la religión, no ésta o aquélla, sino cualquier forma de religión, era algo que constituía un capítulo en blanco dentro de su conciencia. Hay que advertir que en tal característica no se diferenciaba gran cosa de su padre, de su hermano y de otros miembros de su familia. La indiferencia familiar debe arrancar de antiguo. Mi abuelo, nacido en San Sebastián en 1840, era un liberal como lo eran los del Norte de España, en donde es tan grande la fuerza de los que no lo son; un liberal galdosiano, anticlerical y progresista. Mis tíos tuvieron tal vez más preocupaciones teó­ricas que él. Pero Ricardo terminó siendo una especie de admirador de Lucrecio y del paganismo clásico, mientras que Pío concluyó en un agnos­ticismo que tendía más a ser negativo que positivo, cuando se trataba de asuntos religiosos. Allá entre 1930 y 1935, sin embargo, leyó muchos libros acerca de los orígenes del cristianismo y después, durante la guerra y hasta hace cosa de diez años, leía con frecuencia los Evangelios en una traduc­ción francesa de la Sociedad Bíblica, pues encontraba demasiado retóricas y enfáticas las versiones españolas. Discurría a veces sobre esta lectura. Pero siempre sacaba una sensación de perplejidad de ella.

      Más tarde fue hablando menos y menos de temas relacionados con la religión. Tampoco hablaba de la muerte. La esperaba al parecer sin miedo y sin cuidado: como a algo que tiene que llegar y que a la postre no es en sí nada. Así cuando perdió la conciencia jamás le asaltaron terrores, ni misteriosas preocupaciones: sólo los episodios de su juventud eran los que le preocupaban y también aquéllos por los que necesitaba consuelo o ánimo.

      ¿Qué preocupaba entonces normalmente a mi tío, de modo cardinal? La masa de los hombres y las mujeres, de los ambientes y de las sensacio­nes. Aquello, en fin, que queda inadvertido para la generalidad, pero que siempre ha constituido la medula del arte novelesco.

      Los proyectos de las personas humildes, los asuntos que podían intere­sar a una pareja de novios pobres, a una madre viuda, a un cesante, a un chico, eran aquellos que llamaban más la atención de mi tío. Él, que pasa­ba indiferente ante el rascacielos en construcción, que miraba las casas sun­tuosas con poca simpatía, veía con gusto una habitación modesta, ador­nada pobremente, pero con cierto gusto o esfuerzo, discutía un viaje en tercera con el que lo tenía que hacer, analizaba la viabilidad de cierto plan enderezado a obtener unos duros. Lo rico, lo fácil, lo aparatoso no le atraía. Pero un esfuerzo hecho en medio de la adversidad o de la pobreza era algo que le encantaba. Luego, su alma lírica, envolvía esto en poesía auténtica, contra lo que se ha dicho y repetido acerca de su arte «foto­gráfico».

      Aborrecía las instituciones fundadas con intención de intervenir en la conciencia individual, o de someterla, fuera el que fuese su signo. Sentía también antipatía profunda por las personas bien situadas dentro de una sociedad organizada burocráticamente y su simpatía por el anarquismo se fundó en este rasgo de su temperamento. Soñaba con lo imposible: con una sociedad en que los méritos individuales fueran los únicos reconocidos. Y por eso siendo liberal y hasta anarquista de temperamento profesaba el culto a los grandes hombres.

      Mas no era fácil cuestión la de saber cuáles eran sus grandes hombres. Porque en odios y predilecciones resultaba tajante. Metía en su santuario a Cervantes y a Calderón, pero no a Lope y a Quevedo. Veneraba a Kant, pero no a Hegel. Sentía gran simpatía por Dickens y se incomodaba (creo que justamente) con los ingleses que pretendían parangonarlo con Thackeray. Desde joven hablaba con entusiasmo de Claude Bernard y con desdén de Charcot. Y era difícil saber la razón de las antipatías y las predileccio­nes porque, en esto sí creo que era vasco típico, es decir, muy poco afi­cionado a razonamientos largos.

      —Esto es así venía a decir— y el que quiera saber por qué es así que haga el esfuerzo necesario para saberlo.

      A veces también daba una razón que parecía secundaria para llevar a cabo la exclusión: la pedantería, la farsantería, la antipatía de ciertos gran­des hombres bastaban para excluirlos del panteón individual.

      Aquel individualismo absoluto tenía que hacerle estar en choque conti­nuo. Y creo, en verdad, que sobre ningún autor español se han acumulado mayor cantidad de insultos y dicterios provenientes de los comunistas y de las hijas de María, de los socialistas y de los carlistas, de los republica­nos y de los monárquicos, de los creyentes y de los librepensadores, pues con constancia negaba la validez, la bondad, a los esquemitas que les ser­vían para vivir y para distinguir lo bueno de lo malo. Y además la negación a veces iba envuelta en forma de exabrupto.

      Una de las cosas que más irritación producían a mi tío era el casticismo nacional. Pero no sólo el casticismo folklórico, literario o musical, sino también el casticismo político e ideológico. No era, ciertamente, un inter­nacionalista. Mas la idea de que argumentando con razonamientos más o menos históricos se quisiera someter a todos los españoles a tal o cual programa, le sacaba de quicio. Y lo mismo le daba que defendiera esto un nacional que un extranjero. No comprendía que se dijera de una cosa, para alabarla, que era «muy española». Tampoco que era muy «inglesa» o «francesa». Consideraba que los rasgos específicamente nacionales casi siempre son malos, por lo mismo que en la nación más inteligente que pue­de haber en el mundo, la mayoría de los subditos son gentes mediocres guiadas por políticos mediocres. Así dijo cosas muy violentas contra Fran­cia, desde este punto de vista. Pero también las dijo contra Inglaterra, con­tra Alemania, contra Italia y contra España. Batió el récord en éste como en otros campos, aunque cuanto más viejo se fue haciendo también fue perdiendo virulencia hasta que llegó a una edad en la que, a lo más, decía de una cosa, riéndose de modo infantil casi, que era «una farsa» o, más modestamente, una «melonada». ¡Cuántas opiniones de hombres respeta­bilísimos he oído calificar de «melonadas»! Lo malo es que con mucha frecuencia suscribo la opinión reflejada por esta palabra, aunque no me atreva a decirlo.

      El adjetivo agrio, la risa estrepitosa le salían del cuerpo cuando discutía, cuando opinaba, cuando había escrito algo para el público. Pero toda delicadeza era poca en el trato cotidiano, en la vida privada. Ya he dicho que mi tío raramente hizo confidencias. Con la persona a la que  respetaba más en los últimos años de su vida, es decir, con mi madre, no creo que tuviera secreto alguno. Pero tampoco le abría demasiado su corazón. A mí creo que aún menos. En parte porque me consideraba como a un hijo, con el que todo pudor es poco, en parte también porque creía que yo no era dado a análisis psicológicos y sentimentales.

      En sus obras a veces el cinismo cubre una sensibilidad excesivamente vulnerable. En la vida familiar estos alardes de cinismo desaparecían por completo. Casi nunca ante la gente de casa dijo palabras malsonantes, ni permitía que se dijeran, sobre todo si había mujeres. Siempre gustó, por otra parte, del trato con ellas, a pesar de lo que se ha dicho de su miso­ginia. La literatura barojiana está llena de encantadoras y enigmáticas si­luetas femeninas: yo creo que hasta muy idealizadas. Y he de observar una cosa. Aquel solterón calvo y encorvado, sin gran prestancia, producía gran interés a las mujeres en general. Más a cierto tipo de mujeres un poco románticas que a las de «complexión amorosa», como diría un escritor antiguo; es decir, a las más bien cerebrales que sensuales. Yo sé de más de una que iba a él como quien va a un confesor. Y no porque esperare que le «sacara» en sus novelas como protagonista, sino porque realmente le inspiraba confianza. Creo que mi tío, de haber vivido en otra época y con otras creencias, hubiera podido ser no un gran predicador o disputador teológico —como lo hubiera sido Unamuno, por ejemplo—, pero sí un gran pastor de almas, un confesor pacienzudo y lleno de persuasión. ¿Y qué es, en suma, el novelista sino un confesor de la gente de su época?

LA GUERRA

      El año 1935 fue un año crítico en la vida de mi tío Pío. Su madre, que andaba ya bordeando los ochenta y seis años, murió en Vera, el día 8 de septiembre, después de un proceso largo de desintegración vital. Aun­que todos esperábamos desde hacía tiempo el desenlace, aunque ya desde hacía años era una sombra triste de lo que había sido, el hueco que dejó fue mucho mayor de lo que podíamos imaginarnos: tanto absorbía el cui­darla, tan fuerte había sido siempre la noción de su presencia. Yo creo que entonces fue cuando mi tío, con cerca de sesenta y tres años ya, dio un gran bajón en todo, comenzó a sentir los síntomas de una vejez que aún había de prolongarse, y cada vez más desprovisto de incentivos. De su novela Las noches del Buen Retiro, fechada en Vera, en el otoño de 1933, a El cura de Monleón, que terminó en los primeros días del año 1936, hay un abismo. Para mi gusto, la obra citada en primer término es una de las mejores que escribió y puede competir con las de sus años de mayor brío. Parece como si hubiera realizado en ella una recopilación de sus ideas y sentimientos de la juventud; pero está cargada a la par de una fina nostal­gia de hombre maduro. En la segunda comienzan a verse los titubeos y cansancios de la vejez. Es cierto que en las Memorias y en otros escritos posteriores hay páginas muy buenas. Pero yo tengo por cierto que mi tío empezó a declinar al morir su madre. Y la guerra hizo que el declive se acusara.

      El mismo año 35 había ingresado en la Academia. Al final del discurso de ingreso hay un párrafo que resume todas sus inquietudes respecto al futuro: «Aunque racionalmente tenga uno la sensación un poco pesimista del porvenir próximo, siempre se espera algo...» Poco había que esperar de bueno, sin embargo, al menos en la vida familiar: la guerra, la destruc­ción total de la casa de la calle de Mendizábal, la separación de la familia y la ruina. Y todo esto lo pasó entre los sesenta y los setenta años.

      No voy a contar aquí uno por uno los episodios de que constó la vida de mi tío entre 1936 y 1940. Sólo recordaré que poco después de que sobre­viniera el conflicto nacional fue preso en la carretera de Irún-Pamplona por unos requetés que iban de Navarra a Guipúzcoa. Estos, aleccionados por un jefe, quisieron fusilarlo. Pero no llegaron a realizar su intento. Mi tío con otras dos personas que lo acompañaban, quedó preso provisional­mente, al atardecer de un pesado día de julio, en la cárcel de Santesteban, de donde le sacó el duque de la Torre. Pasó la noche en casa del médico de aquella villa y antes del mediodía del día siguiente apareció en Vera en un estado terrible de irritación. Comió allí y luego, siguiendo el consejo que le había dado el mismo duque, emprendió la marcha a Francia. Salimos los dos carretera adelante, andando, cuando al llegar un poco más arriba del kilómetro dos, rumbo al collado de Ibardin, vimos que también camino de Francia iba un automóvil. Lo paramos y pedimos al que lo conducía que nos llevara hasta la frontera misma. Accedió. Era un francés que ha­bía tenido la ocurrencia de ver de cerca los sucesos de España y que había sido rechazado al llegar al primer puesto de control nacional. Allá por el kilómetro tercero un carabinero nos paró. El hombre estaba indeciso. Mi tío le explicó su caso, él dijo: «Váyanse, que yo no quiero hacer mal a nadie

      Llegamos a Ibardin y allí nos bajamos del auto; el tío me dijo: «¿Qué piensas hacer?» Yo respondí que volver a Vera con mi madre. Y nos sepa­ramos llenos de tristeza y de inquietudes. Volvía yo carretera abajo, a Vera, cuando un ruido de autos a lo lejos y pensando que podía ser objeto de sospecha, al verme solo por la carretera y en aquellas circunstan­cias, me metí entre los helechales. Vi desde allí pasar a los primeros requetés que se encargaban de guardar la frontera.

      Así comenzó la etapa de la guerra. Mas pronto tuvimos nuevos sobre­saltos. Al llegar mi tío a San Juan de Luz contó lo que le había ocurrido y la prensa lo publicó poco después. Algunos de los comentarios a la noti­cia era de una delicadeza extraordinaria. Por ejemplo, un periódico madri­leño, se lamentaba de que los requetés no hubieran llevado a efecto su primer propósito.

      La publicidad del hecho enfureció a los carlistas, etc., por otra parte. Y yo hube de escribir al tío recomendándole que no hiciera demasiadas declaraciones, dado que de un lado nosotros estábamos en Vera, en zona nacional, y que mi padre estaba en zona republicana, en Madrid. Nuestra situación le asustó: le hirieron también los comentarios socialistas y la actitud de algunos revolucionarios conspicuos para con él. Y esto le llevó a hacer algunas declaraciones nuevas, hostiles a la República. Desde Vera veíamos todo bajo los tonos más sombríos. Lo que para los demás eran ilusiones, en nuestro caso particular se convertía en zozobras permanentes.

      El primer momento se superó. Ahora había que pensar en sobrevivir. Comenzaba la época de los acomodos y de las «posturas». Una figura como la de mi tío, antipática para unos y otros, podía, cuando menos, ser­vir para la propaganda. De su nombre se usó y se abusó, como del de otros viejos escritores, artistas y hombres de ciencia. Uno de los hechos que más le perjudicaron en esta hora triste fue, por ejemplo, la aparición en Valladolid, el año 1938, de un libro hecho con fragmentos de otros suyos que lleva el título de Comunistas, judíos, masones y demás ralea. Puedo decir ahora que la selección no la hizo él, que el título tampoco es suyo y que la correspondencia mía de entonces con mi tío y con el editor es suficiente para probar que fui yo el que serví de mediador en un asunto editorial que se presentó de una manera y que resultó de otra. ¡Pero qué importan a la opinión pública tales interioridades! Los grupos políticos querían señuelos, banderolas, propagandas, exageraciones: todo esto era noble, limpio, puro. El traidor, el corrompido, el miserable era el que no aceptaba la propaganda política como un don delicadísimo del pensamiento. Los españoles dejaron de existir y sólo tuvieron existencia España, la República, etc. Al socaire de semejantes conceptos se procedió con ligereza en muchas oca­siones, con maldad manifiesta en otras. A la postre, en un país, donde tanta gente se presta a tantas cosas, surgió una gran preocupación por la «postura», por la manera como se quedaba ante los demás. La guerra civil con su cortejo de miserias y desastres individuales y colectivos, personales y familiares, sirvió para que después de ella muchos se fijaran, ante todo, en la posición en que habían quedado los intelectuales y las personas cono­cidas ante un público anónimo, como si se tratara dé una función de teatro. Hubo fieros Catones de uno y otro lado que midieron con su rasero la con­ducta de los demás. Aplicaron fácilmente el criterio de que hay unos bue­nos que siempre tienen la razón y unos malos que siempre tienen la culpa. Esto les sirvió para culpar a los que, por una causa u otra, no eran dema­siado categóricos en sus juicios y actuaciones. Mi tío, que salió de España malquisto, como es natural, de la gente de derecha, o llamada de orden, fue tan zaherido por ella como por los elementos republicanos: con regocijo se le acusó de cobardía, de envilecimiento, de traición, etc. Las circunstancias de la vida personal nada valían entonces. La cosa era hacer buena figura, «mantenerse en una postura airosa», «actuar con arreglo a las convicciones», etc. ¡Triste y desdichada época para el hombre que te­nía poca fe! ¡Y qué de hipocresía al socaire de las convicciones e ideales! Todo un estilo de prosa garbancera y altisonante ha surgido en torno a nuestras luchas políticas. Y el hombre público no ha sido al final sino un monigote al servicio de las mismas. Mas ¿para qué hablar de esto con mayor extensión? Mi tío vivió malamente en París unos años, mientras que los hábiles y discretos vivían bien y, además, moralizaban. Volvió a Vera una corta temporada, aún no terminada la guerra, amenazado de una en­fermedad que pareció en principio más seria de lo que resultó. Itzea, allá por el año 38, era una casa de espectros. Mi madre se mataba a trabajar incluso en el campo para defender la pequeñísima hacienda familiar: mejor dicho, lo que podían darle mi tío Pío y mi tía Carmen, la mujer de Ricardo. De Madrid todo eran malas noticias. El pueblo estaba hermético, el trabajo para un escritor resultaba difícil. Pensó que ya no le quedaba más que seguir trabajando al amparo de La Nación, de Buenos Aires, y albergar sus huesos cansados en algún hotelillo de suburbio parisiense. Pero la guerra mundial deshizo este proyecto. Y cuando los alemanes invadieron Francia, mi tío, que había escrito algunos artículos violentos contra el hitlerismo al comenzar el nuevo conflicto, se vio obligado, otra vez, a cruzar la frontera, pasó el verano de 1940 en Vera y de Vera vino a Madrid, a abrir un nuevo período de su vida. El último.

AÑOS FINALES

      Mi hermano, que tiene más facundia que yo, ha escrito un libro que titula La soledad de Pío Baraja, en el que ha contado bien la vida familiar de 1940 a 1950 poco más o menos. Allí aparecen los amigos más fieles del tío en los años no muy alegres para él, en que, vuelto de Francia, se instaló con nosotros otra vez. Fueron años de pobreza —a veces hasta de miseria— familiar. No quiero hablar mucho de ellos. Me repugnan tanto pensando en mí como pensando en los demás. Porque cuando, a fuerza de luchar, pensamos que los habíamos superado, la muerte quebró todas nuestras ilu­siones y esperanzas.

      Mi padre, destrozado física y moralmente a consecuencia de la guerra, de la desaparición de todo cuanto tenía en Mendizábal, 36, había alquilada un piso en la calle de Casado del Alisal, frente a los Jerónimos, donde me­tió los restos de la ruina: mesas rotas, sillas cojas, bargueños faltos de cajo­nes, sillones despanzurrados, cuadros rasgados. De allí nos trasladamos a un piso de al calle de Alarcón y algo después, dentro de la misma casa, pasamos del piso cuarto derecho al izquierdo. En él murió mi padre el año 43, alimentando aún una ilusión irrealizable de restaurar lo perdido. La vida no fue muy blanda con él en ninguna época.

      Quedamos, pues, mi madre, mi hermano pequeño y yo con el tío como valedor: él sin dos pesetas y nosotros dependiendo de él. Yo había termi­nado la carrera de Filosofía y Letras poco antes, con cierto éxito. Pero una cosa son los diplomas y otra el trabajo, y cuando empecé a bucear en el mundo madrileño para ver si encontraba algo que hacer noté más resisten­cia de la que mis éxitos académicos me auguraban. El primer sueldo que he ganado en mi vida lo gané en el Instituto Británico de Madrid, ayudan­do en asuntos de tipo literario y lingüístico, tales como revisar traducciones, buscar libros, referencias, etc., al profesor Walter Starkie. Si siento, como siento, un afecto hondo y sincero a la familia Starkie y si considero a Ingla­terra como a una segunda patria, poseo más que motivos suficientes para guardar tales sentimientos. Este empleíto en el Instituto me permitió ayu­dar a mi familia y continuar modestamente los estudios que constituían mi vocación y que luego me dieron nuevas oportunidades, poco aprovecha­das siempre. El Instituto fue un refugio también para mi tío. Muchos domingos íbamos allí y junto a la gran chimenea del hall de la casa de la calle de Méndez Núñez comentábamos los acontecimientos de la semana con unas pocas personas. A veces se celebraba una reunión mayor, más formal y aparecía la larga y sardónica figura de sir Samuel Hoare, o la de algún hombre importante, camino de misiones especiales; por ejemplo, el amigo del coronel Lawrence, sir Ronald Stors, el famoso actor Leslie Howard o lord Beveridge. Si mi tío hubiera tenido algunos años menos hubie­ra encontrado en el Instituto Británico de Madrid, elementos suficientes para una serie novelesca. Pero ya estaba muy cansado, el presente le inte­resaba poco y sólo escribía acerca de su vida pasada, simplificando cada día más sus hábitos y sus ideas. Poco a poco fue dejando también de salir y llegó un momento en que los amigos más fieles, es decir, el doctor Val y Vera, Luis Fernández Casas, Gonzalo Gil Delgado, el ingeniero Valderrama y algún otro venían a diario a contarle cosas, de siete a diez de la noche.

      En estos últimos años de su vida perdió el interés por el Arte, perdió también el interés por la Ciencia. Conservó siempre un sentido ético, sim­ple, severo, sin retórica, pero ya no era sombra de lo que había sido. Escri­bía con premiosidad usando del expediente de copiar y pegar cuartillas una y otra vez, formando borradores, que luego intentaba reformar pero que no quedaban bien porque la memoria le fallaba y a veces repetía las mis­mas cosas. A pesar de estas dificultades aún escribió unas Memorias que son de gran interés, digan lo que digan sus detractores, porque habló con libertad de la mayoría de sus contemporáneos.

      Muchos de estos españoles que se curan tanto, como he dicho, de las «posturas» ajenas, porque su anonimato les permite no cuidar demasiado la propia, me solían preguntar, cuando mi tío, en estos últimos tiem­pos, publicaba alguna cosita floja: «¿Por qué no interviene usted en lo que hace don Pío?» También me han indicado que ya no debía escribir, pues lo que escribía no añadía nada a su prestigio, sino que más bien lo disminuía. Y en esto, una vez más, veo que pienso de modo radicalmente opuesto al común. Creo, en primer término, que a un hombre viejo no se le debe dar la sensación, ni un momento siquiera, de que está decadente o flojo y también me parece impertinencia el interferirse en lo que puede crear o dejar de crear una personalidad acusada, ya en estado de declive. Lo que haga será interesante, aunque no sea más que como «documento humano». ¿Es que un hombre a los setenta y tantos u ochenta años no «tiene derecho» a decaer? ¿Es que el espectáculo de la ruina no es tan sig­nificativo como el del apogeo y más dramáticamente enternecedor? Tenía razón mi tío cuando decía que en España había mucha cabeza de «cartón-piedra». El siguió su camino, como pudo, hasta el final. Sus rasgos men­tales se simplificaron, sus rasgos físicos se ennoblecieron y dignificaron.

      La simplicidad de sus razonamientos podía parecer hasta infantil e in­admisible, desde luego, para gentes acostumbradas a adornarlo todo con sutilezas y jeribeques. Pero frente a los requilorios y alambicamientos ibé­ricos pocas veces le faltó la razón en última instancia. Era el hombre me­nos parecido a todo lo que  había y se estilaba alrededor. En una España dominada en terreno artístico y literario por los adoradores de la forma verbal, de las abstracciones estéticas, en un país en el que las inquietudes religiosas y los movimientos políticos tomaban forma extremadamente dog­mática, su realismo simple y su individualismo, resultaban casi incompren­sibles.

     ¿Qué puede haber menos actual que un viejo incrédulo y racionalista Y con una moral estrecha y estrictamente personal? Siempre me acordaré de la repetida sensación de zozobra que experimentaban algunos escritores jóvenes cuando venían a casa a ver a mi tío y le preguntaban sus opiniones acerca de ciertas cuestiones y personas. Porque se entablaba un diálogo en que parecía que unos hablaban en castellano de 1945 y el otro en un idio­ma extraño y casi ininteligible. Decía, por ejemplo, el joven:

      —¿Qué opinión tiene usted, don Pío, de su contemporáneo don Fu­lano?

      —Fulano, ¡psch! Creo que era un tío lata.

      Y se iban sucediendo las preguntas y los juicios de carácter radical, categórico, de tipo moral sobre todo. Para él los escritores, los pintores, etc., se dividían entre los que eran buenas personas y los que no lo eran. Mal canon para un historiador de las Artes. Se llevaba la conversación a terre­no literario o artístico, se intentaba que juzgara la obra de alguien y el tío fulminaba: «Era un pesado«Era un tío lata.» Esto era lo peor, pues creo que en su vida al que más temió fue al hombre aburrido. Pero lo más común era oírle decir: «Era un hombre de carácter insoportable», «Era un mentiroso terrible», «Era un hombre de cuidado», «Siempre andaba con pequeños líos». Así, en cinco o seis minutos, despachaba setenta años de literatura española y luego sonreía con placidez. A veces mi madre le sermoneaba, le decía que no fuera tan arbitrario. Pero él se revolvía afir­mando que no había dicho más que la verdad. Aquí podría hacer una dis­tinción fácil entre la verdad de cada cual y la de todos. Mas este casuismo es ajeno a mi carácter. Yo también creo que mi tío decía la verdad. El círculo de sus intereses se fue cerrando, el de sus amistades también. Pero a casa llegaban verdaderas caravanas de curiosos, que, cuando menos, que­rían hacer una visita única a aquel hombre raro que sobrevivía en Madrid, en este Madrid que de capital de una vieja monarquía europea había pasa­do a ser una especie de chillón emporio sudamericano. A veces les sorpren­día que la puerta de la casa la abriera un viejecito sonriente, de aspecto burlón, que se escusaba ante ellos, y adoptaba un extraño aire de humildad.

      Este era el tremebundo don Pío, el de los manuales de literatura y el de los ensayos dogmáticos, el de los artículos de periódicos a treinta duros, cargados de tintas. Y don Pío hablaba de la escasez del carbón, de la miseria de los tiempos, de la dificultad que existe para ganarse la vida hon­radamente o de la guerra. Sin duda, el visitante se preguntaba a veces in­quieto: «¿Pero cuando va a empezar este hombre a hablarnos de Nieízsche y de la generación del 98?» No. Don Pío, como si en todo quisiera llevar la contraria, hacía un canto a Churchill y decía que el existencialismo era la Filosofía en calzoncillos. Los «temas» no salían o se atascaban en la conversación apenas anunciados. Sobre todo los temas esperados.

      Entre otras cosas que echó abajo la guerra civil una fue su interés y cu­riosidad por el siglo XIX. Lo espantoso de la ocasión hizo que nunca más volviera a hablar con gusto, como antes lo hacía, de las guerras carlistas y de las personas que habían intervenido en ellas: el mismo Aviraneta dejó de ser un personaje familiar en casa. Sin duda reconstruía ahora en su cabeza los hechos que le habían producido tanta pasión literaria, con ca­racteres repugnantes: la vida es maestra de la Historia y en el caso que yo vi al lado, maestra decepcionadora. La guerra civil sufrida no era ocasión para nada más que para callar y sufrir. Las otras debían de haber sido algo parecido.

      Pasamos, pues, unos años mediocres, cada cual sumergido en su mundo pero muy unidos. La vida familiar volvió a dramatizarse con la enfermedad y muerte de mi madre, que produjo en casa tanto dolor como descon­cierto. El 4 de junio de 1950 quedamos como huérfanos tres hombres de tres edades distintas. Un viejo, bordeando los ochenta, yo pasada la trein­tena y mi hermano con veintidós años. Nunca creí que podríamos acomo­darnos como nos acomodamos. La unión continuó siendo grande. A veces entre el viejo y el chico había discusiones. Pero eran discusiones cómicas e intrascendentes sobre la hora de volver a cenar o sobre cuál de los dos había comido más de unos pasteles que había traído yo. Mi hermano decía una broma. Entonces el tío respondía: «A mí esas bromas de señorito madrileño me tienen sin cuidado. La cuestión es venir puntual a las horas de comer.» Y en esto paraba todo.

      Como todos los viejos se había hecho muy riguroso con la marcha de la vida. Y además gran consumidor de medicamentos. Val y Vera no daba abasto. A su experiencia de viejo médico de cabecera vino a unirse la de un joven sabio, el doctor Arteta. Las conversaciones de Arteta con el tío giraban en torno a la Medicina de ayer y de hoy. Arteta, que pertenecía a la generación de histólogos que pueden considerarse ya como los nietos de Cajal, oía con gran regocijo los comentarios que hacía mi tío acerca de los profesores de San Carlos a fines del siglo XIX, comentarios, en general, poco académicos y en los que los doctores Letamendi y Hernando hacían el gasto.

      A última hora la vida se le presentó de un modo plácido, casi. Pues, apartado del mundo literario, de las amistades oficiales, de los honores y competencias, se vio rodeado no sólo de los amigos fieles, sino que en torno suyo vio surgir, casi de repente, una serie de muchachas y mujeres, que le alegraban con su alegría, con su belleza o con sus cuidados maternales. Ésta fue la paradoja final dentro de una existencia de solterón que incluso había tenido fama (injustificada una vez más) de misógino.

      Unas muchachas encantadoras, sobrinas de don Salvador de Madariaga, a pesar de que creo que nunca mi tío y don Salvador habían hecha buenas migas, le alegraron muchas horas entre los años 50 y 56. Era como si en el habitáculo del viejo pájaro nocturno entraran una serie de pajari­tos canoros de brillante plumaje. También recibía a gusto la visita de una señorita irlandesa, profesora del Instituto Británico, miss Joyce, y la de Palmira Abelló, una muchacha estudiante de Filosofía y Letras, muy inte­ligente y atractiva.

      Inspiraba también grandes simpatías entre las mujeres que venían a servirle, entre los obreros que hacían las chapuzas caseras, los carteros, los repartidores, la gente humilde en conjunto, pues a todos sorprendía que un hombre famoso fuera tan sencillo y llano. Hasta el final fue capaz de ha­blar con un joven o con un niño de tú a tú, sin considerar que existían dife­rencias sustanciales entre él y su interlocutor.

      Pío Baroja, pues, fue desintegrándose lentamente, rumiando los re­cuerdos de la niñez y de la primera juventud y pensando que el mun­do actual era un mundo sórdido, sin interés desde el punto de vista litera­rio. No esperaba nada, no deseaba nada. Los apuros económicos habían pasado. Un poco tarde y gracias al éxito de las Obras completas y de otras ediciones. En estos últimos años todo lo que le producían sus libros lo iba metiendo en un cajón de un armario de luna. No quería complicaciones bancarias, ni problemas de dinero. Pero le gustaba administrar la casa. Así, yo, cada mes le daba una cantidad y él ponía otra. A comienzos del año 54, sin embargo, a raíz de la muerte de su hermano Ricardo, que le afectó más de lo que podía suponerse, se sintió tan abatido que me dijo: «Mira; yo ya no quiero seguir ocupándome de la casa y del dinero. Será mejor que te encargues de todo. Ahí en un cajón del armario de mi cuarto tengo unos billetes. Haz con ellos lo que te parezca.» Yo sospechaba que tenía bastan­te dinero ahorrado. Pero mi sorpresa fue grande cuando me encontré el cajón casi lleno de billetes de todas clases, desde los de peseta a los de mil, mezclados con calderilla, duros de nuevo cuño y pesetas. Toda una mañana me pasé contando y clasificando dinero. Al final, ya cansado, le dije: «¿Cuánto dinero crees que había en el cajón?» Y me contestó:  «¡Psch! Bastante. Lo menos ochenta mil pesetas.» Cuando le respondí que había setecientas cincuenta mil, se asombró un poco. Luego pasó a hablar de otra cosa. Lo mismo hacía cuando yo, después, le exponía mis pequeñas expe­riencias financieras. Le producían una sorpresa momentánea.

      Y lo curioso es que hasta última hora creyó que tenía que escribir, trabajar, para ir viviendo. A veces, como si se tratara de un proyecto lejano le decía a nuestra ama Clementina: «Sí; ahora vamos a ver si Julio y yo damos un empuje y después ya podremos vivir trabajando menos.» Esto a los ochenta y dos años. Era la que tenía, una idea medio novelesca, medio filosófica, de que hay que realizar siempre un esfuerzo grande para sobrevivir. Y aún en la inconsciencia de los últimos meses, cuando la arteriosclerosis tenía minado su cerebro, a todos sus movimientos les daba este sentido: había que preparar originales, escribir novelas largas, hacer viajes, examinarse, buscar datos... Y hacía como que hacía, revolviendo en un maremagnum papeles, cartas y artículos ya publicados.

      En un momento de su vida se había definido a sí mismo ante un con­junto de burócratas y charlatanes, como un «hombre humilde y errante». Luego, en otro de humor, había dicho que lo mismo podía haberse clasifi­cado como «hombre soberbio y sedentario». En la última vejez lo de se­dentario le cuadraba mejor que lo de errante: pero lo de humilde seguía caracterizándole. Mejor dicho, le pasaba lo que expresó sutilmente el car­denal de Bernis. Cuando se consideraba a sí mismo en el mundo, rodeado de gentes que tienen que llevar a cabo el común esfuerzo cotidiano, se estimaba en poco: era un hombre humilde más. Pero cuando se comparaba con otros de su oficio, ya la humildad no era tanta, pues una parte grande de su obra le satisfacía. Estaba contento de ella, y, así, se leía y releía a sí mismo, y de vez en cuando comentaba: «Pues aquello que escribí yo en Los últimas románticos, que me parecía que era cosa floja, lo he vuelto a leer y ahora me parece que está bastante bien.»

      Le gustaba —claro es— que elogiaran sus novelas y hubiera deseado la mayor difusión de ellas. Pero nunca fue capaz de moverse de una ma­nera política para obtener éste u otro beneficio. Cuando se hablaba de la posibilidad de que le concedieran tal o cual premio se encogía de hombros. Estaba seguro de que los premios que dan los hombres no eran para un solitario como él. ¿A qué dedicar, pues, a esto de las recompensas, más atención que la de un comentario fugaz?

      No fue hombre que recibiera grandes honores del mundo. Pero a la postre creo que tuvo suerte en los últimos años de la vida privada. Su vejez fue amparada por amigos incondicionales, de una fidelidad a toda prueba. Mujeres y muchachas en el apogeo de su belleza le quisieron con ternura y devoción. Nosotros, los de casa, hicimos cuanto fue posible para que no echara de menos nada. A veces a costa de sacrificios grandes, pues no es pequeña molestia, por ejemplo, hacer del hogar una especie de estación de ferrocarriles, en la que entraban y salían todos los que querían verle, a todas horas. Esto no quita para que alguien haya insinuado últimamente que en torno al viejo desvalido se había formado una especie de muralla de parientes y familiares fanáticos, que le impedían la comunicación verdadera con el exterior. La verdad es que el que no le ha visto en sus años finales ha sido porque no ha querido. Y si yo he determinado en dos o tres casos negar la entrada a alguien, esto se debió a que ese alguien se comportó de manera inadmisible en cualquier medio decoroso. 

      Es más, creo que si he pecado de algo ha sido de dejar en absoluta li­bertad a una conciencia que se iba perdiendo. Y así resultaba fácil, última­mente, que un periodista que deseara hacer su articulito viniera a casa, oyera a mi tío y escribiera unas cuantas cuartillas en que las observaciones del viejo quedaban envueltas en retórica tremendista o malevolencia.

      Pero los hombres de la prensa amigos de él de verdad, que eran mu­chos, sabían dar capotazo a estas pequeñas fechorías y yo estoy agradecido a escritores como Cela, González Ruano, Pérez Ferrero y otros por la devoción que sintieron hacia él, paralela a la que siendo joven sintió el viejo maestro Azorín, a quien tanto se ha querido y admirado siempre en casa por todos, grandes y chicos.

FINAL

      En el año 1954,  el estado mental de mi tío empezó a tomar un aspecto muy alarmante. El proceso arteriosclerósico había llegado a un punto en que la memoria y la facultad de ideación estaban casi perdidos. Es probable también que el exceso de barbitúricos ingeridos durante años y años, en que padeció de insomnio, contribuyera a esta ruina. Seguía con buen ape­tito y tenía mejor aspecto que algunos años antes. Pero el mal se agravó durante el año 55 y, a comienzo del 56, las fobias, las angustias y los estados de letargo se complicaron con una inseguridad notoria en los movimientos, de suerte que se cayó varias veces. Por fortuna, sin mayores resultados. Mas este peligro de la caída con malas consecuencias flotaba en casa en el ánimo de todos. A las seis de la mañana del 2 de mayo de 1956 mi tío cayó por quinta o sexta vez y se fracturó el fémur derecho por la parte superior. Se levantó, sin duda, de la cama, con un estado de angustia pro­ducido por la falta de riego cerebral, y, como varias veces lo había hecho, comenzó a forcejear con la puerta de un armario de luna que tenía en el cuarto anterior a su dormitorio. En este forcejeo resbaló. Ya no volvió a levantarse más. Cuando me llamó Clementina estaba aún en el suelo, mi­rándonos con un aire medio indiferente, medio abstraído, mil veces más trágico que si hubiera sido el del hombre asustado o vencido por el dolor. Apenas daba muestras de saber qué le había pasado. Pero al llevarle a la cama como pudimos, vimos que la cosa era grave. A las nueve estaba ya en casa Val y Vera, que confirmó lo pensado. Después vino Arteta. A medida que iba pasando el día, el aspecto del tío era peor. Cuando algo después de las nueve de la noche, llegó don Gregorio Marañón, quedó impresionadísimo, tan mal veía la cosa. Un cirujano joven, López Quiles distendió la pierna rota como pudo y antes de iniciar otro remedio se pro­curó combatir un ataque de uremia que había dejado al tío en estado agó­nico. La sorpresa de todos fue grande al ver que su organismo respondía con una rapidez vertiginosa al tratamiento. En tres días la urea bajó al estado normal.

      Entonces se pensó ya en la operación quirúrgica. Buscaron los médicos un sanatorio en el barrio de Argüelles, nuestro antiguo barrio, en la calle de Quintana, número 9, y el 25 trasladamos al enfermo allí. Iba tranquilo, alegre, sin darse cuenta de lo que le pasaba; hablando en la ambulancia con Vicente Silió, otro fiel amigo, le dijo: «Estos coches camas actuales son muy raros.» Tenía la impresión de que iba o venía de Vera.

      La operación fue larga. López Quiles la concluyó tranquilo y con éxito, ante Marañón, Arteta, Val y Vera y el doctor García Vicente, también amigo antiguo. Al siguiente día el enfermo empezó a hacer su vida de sana­torio, siempre tranquilo, sonriente, sin enterarse de gran cosa. Se divertían mucho las enfermeras hablando con él. También las chicas que lo servían; A veces, a medianoche, cuando había que hacerle una cura o una muda» una enfermera muy dispuesta le decía: «Bueno, don Pío, vamos a cantar un poco.» Y empezaban a cantar trozos de zarzuelas viejas. Y el hombre que había perdido la noción de todo lo presente se acordaba con el mayor detalle de la letra de la canción de la Menegilda de la Gran Vía o la de la cerillera de El año pasado por agua. Fueron días en que los amigos se des­vivieron, en los que muchos tuvieron la ilusión de volverle a ver en casa, sentado en su sofá o ante la mesa, revolviendo papeles. Yo, la verdad, nunca creí en esto.

      La caída era consecuencia de algo mucho más grave en sí que ella misma. De todas suertes resultaba maravillosa la vitalidad del tío: las heridas se le cicatrizaban con rapidez, comía con apetito, hablaba con uno y con otro. A los seis días de sanatorio lo trajimos a casa, a esperar. El mes de junio transcurrió relativamente bien. En julio bastantes amigos se fueron yendo, se notaron también síntomas de que el enfermo decaía, era más difícil moverle, no resistía tanto tiempo sentado y tenía algunos trastornos se­cundarios. Pasó julio y pasó la primera mitad de agosto. La vida en casa tomaba un aire desesperante. Yo a veces tenía crisis nerviosas que me cos­taba mucho dominar. Clementina seguía siempre amorosa, impertérrita.

      El día 20 de agosto vino mi hermano de Méjico, donde estaba, buscando fortuna, desde 1953. El profesor Bustinza me llevó al aeropuerto a recibirle. Me encontré con que el chico flaco, nervioso, de movimientos un poco bruscos que había salido de Madrid, se había convertido en un hom­bre fuerte, hecho, lleno de vitalidad. Al llegar a casa y ver al tío tuvo, sin embargo, una crisis de llanto. El tío le reconoció, aunque como siempre, no podía recordar su nombre. Le miraba con una risa maliciosa y decía: «¡Qué fuerte está!» Los días que pasó mi hermano entre nosotros el tío no estuvo mal. Se iba remediando el peligro de que se llagara, a fuerza de cuidados. Pero, justamente, coincidiendo con la vuelta de mi hermano a Méjico, a mediados de septiembre, le sobrevino una pulmonía traumática que Val y Vera cortó. Pero el organismo ya estaba vencido. Las úlceras aparecieron en la superficie del cuerpo y la cara del enfermo tomó un aire triste que hasta entonces no había tenido. Se barruntaba un final más o menos cercano. Yo pensaba que coincidiría con los primeros fríos del otoño y así fue: confieso, además, que no compartía la idea de los optimistas que, ante todo, querían prolongar la vida de aquel cuerpo doliente. Como siem­pre dejé hacer a los médicos, afanosos pero también pesimistas. Los atar­deceres frescos de mediados de octubre dieron a la casa de la calle de Alarcón un aire más melancólico que nunca. Antes, el día 10, se celebró una especie de ceremonia literaria de la que muchos periódicos habla­ron. E. Hemingway tuvo una delicada atención con el viejo moribundo. Vino a verle trayendo unos regalos sencillos y a decir unas palabras de admiración y respeto, que mi tío apenas entendió. Yo no las oí porque me salí del cuarto, para ocultar mi congoja. Vi, sin embargo, al escritor norte­americano sentado como un niño grande y tímido que habla a su maestro y a mi tío mirando a la nada, con una expresión más severa que la que hasta entonces había tenido. Esta severidad en la expresión ya no le aban­donó mientras tuvo vida. Durante las semanas siguientes las siluetas aba­tidas de don José García Mercadal, el viejo compañero de tareas, de Rico Godoy, de Silió, de Casas, de Val y Vera, de García Vicente, de F. Eche­varría se sucedían al pie del lecho. Los desvelos de la señora de Bustinza y las atenciones de las amigas de mi madre, Pepita Iturrioz y María Martos de Baeza, no servían para levantar al enfermo de su postración. Pero, cosa curiosa, cuando en la habitación entraba alguna muchacha joven de las que le visitaban desde años antes, sus ojos se animaban, sonreía y les cogía la mano con ternura. A veces también besaba la mano de las señoras que le cuidaban y saludaba siempre con una rara compostura.

      El día 30 de octubre de 1956, a eso de las tres de la tarde se notó que su organismo entraba en una fase final, después de varios días de fiera lucha. Y salí de la habitación y esperé abatido en el despacho, mirando al sillón donde tan­tas horas había pasado. A eso de las cuatro entró Arteta en aquel despa­cho y me dijo: «Ya

     El final había llegado. Lo que pasó después, en el resto del día, fueron cosas puramente protocolarias. Un gran amigo de casa ya citado, Rico Godoy, se encargó de gestionar los preparativos del entierro. A la noche, rendido, me marché a descansar un poco a casa de la viuda de Ortega, de doña Rosa que, tan maternal y solícita como siempre, me ofreció refugio. Los recuerdos se me agolparon durante las horas pasadas en aquella casa en que faltaba también algo grande. Mientras tanto en Alarcón los amigos pasaron las últimas horas con nuestro muerto. Hubo sitio para algún admirador fervoroso, pero menos familiar en la casa, que estuvo de pie mirando al cadáver desde las seis de la tarde hasta la mañana siguien­te. Y llegó la mañana cercana al día de Difuntos que, contra lo que se ha dicho y escrito, no fue agria y desapacible, sino nublada, húmeda y sere­na. A eso de las nueve empezaron a congregarse gentes en la calle, a subir otras al piso a dar la última despedida al tío.

      Como el entierro había de celebrarse dentro de la mayor modestia y con un carácter civil, resultaba difícil imaginar cuál iba a ser su desenvol­vimiento. Formamos en el último momento una pequeña comitiva al salir de casa. A la cabeza íbamos Val y Vera y yo encorvados, derrotados. De­trás una presidencia oficial, con don Jesús Rubio y los miembros de la Academia Española. Ante el Museo de Artillería me despedí de esta pre­sidencia y el que quiso cogió un auto o un ómnibus para ir al cementerio. Allí había la cantidad justa de personas: ni muchas ni pocas. Y lo que más me confortó fue ver que en su mayoría eran hombres y mujeres jóvenes. Creo que todos lloramos, pero no se turbó el silencio en el momento de dar sepultura al muerto, más que por los golpes secos de la pala y el repicar lejano de un lapidario, que trabajaba alguna losa.

      Unos amigos venidos de Guipúzcoa, del país natal, trajeron algo de tierra en un frasquito: una tierra húmeda como la que le había gustado siempre al tío. La arrojé a la fosa.

      Después nos volvimos todos a Madrid por aquel suburbio desolado de las cercanías del Este, tan bien pintado por él, dejándole en compañía de los hombres de su época, de los hombres con los que no había estado con­forme muchas veces, pero que quedaban siempre más cerca de él que los actuales. Yo creo que pudo decirse entonces que había muerto el mayor novelista español del siglo XX. Pero también que había dejado de existir el último gran español del siglo XIX.

EPÍLOGO

      Vivimos rodeados por la muerte. Desde que nacemos. Cada día que pasa es un milagro. Pero cuando se llega a un hito de la vida en que tene­mos más gente entre los muertos que entre los vivos, el milagro nos parece mayor. Más inútil también, ¿Qué hacemos aquí, cuando la mayoría de los nuestros, jóvenes y viejos, listos y tontos, guapos y feos, se han ido? Des­de 1935 mi vida ha sido un puro atestiguar muertes de personas queridas. Formaban un todo ante mi conciencia. Un todo que se ha desintegrado ahora casi por completo. De este todo vital, para los de fuera de él, no queda nada, salvo una figura o dos. Los demás no son, no somos, nada. Pero estas figuras que sobreviven, o que quedan destacadas a causa de la obra que dejan: «¿Qué son en realidad?» Son lo que quieren los demás que sean, se achican o agrandan a voluntad. Tan pronto parecen grandí­simas, como pequeñas, simpáticas como antipáticas. Constituyen materia para un pequeño artículo de diccionario enciclopédico o para una tesis de doctorado. ¡Pobre destino el del hombre con cierta fama! Más pobre aún que el que duerme en un cementerio de aldea envuelto en la oscu­ridad, el anonimato. Ahora, al terminar de escribir, al correr de la pluma en estas cuartillas sobre mi tío, pienso más en él que en el novelista Pío Baroja. Pienso en él como puedo pensar en mis padres, en mis abuelos, en lo que he tenido y tengo de más entrañable junto a mí. Si alguno ve propó­sito apologético en estas cuartillas quiero decirte que no ha sido mi intento el hacer apología. Para mí, mi tío no necesita apología, como no la necesitan mi madre o mis más queridos amigos. Lo único que he pretendido es dejar una visión cercana de un hombre muerto, importante para los demás por unos motivos, más importante para mí por otros.

      Yo bien sé que ahora la obra tendrá una vida propia y que el recuerdo de la persona quedará envuelto en controversias. De ellas no saldrá nunca verdad, porque la experiencia indica que, en general, los grupos de contro­versistas son otros tantos grupos de mentirosos. ¿Por otro lado, cómo se alcanza la verdad?
El mito de Proteo es, como casi todos los relativos a personajes secun­darios de la Mitología griega, de gran interés psicológico, pues nos da una especie de clave para entender cuan difícil resulta siempre el obtenerla, cómo se resiste y cómo a quien la posee en un momento puede aparecer bajo formas distintas y extremadas, que desorientan y desilusionan. 

      El viejo dios marino sólo libraba sus oráculos después de una lucha te­naz, tras haber tomado diversas apariencias. Como decía J.-J. Rousseau en su conocida oda:

Sous diverses figures, arbre, flamme, fontaine,
s’efforcé d’echapper à la vue incertaine
Des mortels indiscrets
...

      Proteo debía ser el patrón de los novelistas, que también escapan a la vista de los lectores y críticos bajo la apariencia de cientos o miles de personajes con opiniones diferentes, con sentimientos contradictorios, con pasio­nes encontradas. Detrás de todas estas apariencias o apariciones hay un ser único, un hombre con una idea o unas cuantas ideas cardinales. Pero ¿quién está autorizado a decir que ha alcanzado a ver cómo era, en realidad, Cer­vantes, tras de leer el Quijote, o cómo pensaban y actuaban otros grandes novelistas, autores de obras famosísimas también, después de haberlas leído y releído? Mi propia experiencia me indica que entre la imagen de un no­velista, dada por la generalidad de los tratados de literatura y de los libros y artículos que se han escrito sobre él y la que podía obtenerse mediante el trato familiar, cotidiano, hay una gran distancia. No quiero hablar ahora de algunos juicios que han tenido que aprender generaciones y generaciones de estudiantes españoles en aquel linaje de obras que se llaman manua­les (y a las que, como dijo alguien, mejor cabría aplicar el dictado de «pedales») para pasar sus exámenes de literatura española en la Universidad acerca de mi tío, Pío Baroja, o de otros contemporáneos suyos. Me refiero a estudios con más pretensiones en los que, por ejemplo, aparece aquél como fanático o como escéptico, como cobarde o como valiente, como seco y frío o como tierno y delicado, sin estilo o con estilo, con calidades poéti­cas o desprovisto de ellas, como patriota o como antipatriota, etc., etc., se­gún el temple, el pelaje y el humor del crítico, ensayista y pedagogo. La ex­periencia vital, la incongruencia de todos estos juicios ante lo que yo veía con mis propios ojos ha sido causa de que tenga poca afición a los estudios literarios, aunque guste de la literatura.

      Y en fin lo que he pretendido es dar un último paseo junto a la sombra de mi viejo tío. Cuando murió le puse a mi hermano un telegrama con un texto muy corto: Gaur il da. ¿Por qué le anuncié aquella muerte en vasco y no en castellano? Me pareció más íntimo, más recatado, menos oficial. Ahora no me queda más que, en la soledad, seguir viviendo con arreglo a la pauta que me dio. No es cosa fácil.

Autor: Julio Caro Baroja. "Recuerdos"
Páginas 33-73 de “Pío Baroja y su mundo”, tomo I.
Obra realizada bajo la dirección de Fernando Baeza.
Ediciones ARION
Impreso en los talleres de Gráficas Benzal, calle Virtudes, 7, Madrid, el día 6 de abril de 1962.
Número de registro 5.472-58
Depósito Legal: M 4.337-1962 (I)


21/06/2009 13:29. Editado por Gatopardo enlace permanente. SERES EXTRAORDINARIOS

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gravatar.comAutor: Lazarillo

Aparte de la admiración compartida por quien fuera mi convecino y compañero de paseos, te agradecería que por ser tu blog uno de los que me siguen, qué podría hacer en la circunstancia que hoy apunto y ha hecho ilegible mi post del día. Un abrazo cordial

Fecha: 22/06/2009 12:43.


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