
La poetisa que daba el recital a las seis de la tarde me mandó llamar a las cuatro, porque se le había enclavijado la mandíbula. Agarré el ungüento con alcohol de romero, espliego, árnica e hipérico y salí pitando en su auxilio.
Aquella ametralladora verbal parecía una carraca con sordina:
-No pueo epegá o diente-dijo.
-Espera, te doy un masaje y para las seis, seguro que estarás mejor...
-Iposible, no pueo habar así
Yo casi lo prefería, porque me tendría que chupar el recital de poesía rodeada de toda la plana mayor de la intelectualidad y de la delincuencia local, que por culpa de su buen hacer como abogada estaban sueltos y sin vacunar, dispuestos a jalearla.
Pero mis masajes obran prodigios. A las seis llegamos la poetisa y yo, envueltas en el aura del ungüento, que apestaba a veinte metros. Josico, peinado como si lo hubiera lamido una vaca, y nervioso como un novio, esperaba en la puerta del Salón de Actos con una docena de colegas de la ganzúa y del tirón, tan peripuestos como él. Ella se fue camino del comité organizador y yo me quedé en la puerta con ellos
-¡No choricéis a estos primos, eh, que os conozco!
-Que no, agüela, que ehtamo mu tenso... Oye, ¿dónde te va a sentá?
-No sé, en cualquier sitio, no habrá mucha gente...
-Nosotros detrá, y lo que tú haga, nosotro lo mimmo... ¡Hotia, qué fuerte, tú, mi abogá hace poesía!
Y lo decía con la misma expresión que diría “mi abogada levita”.
Y llegó Ágata, la simpar, con las pupilas como faros, y con unos cuantos aficionados a los alucinógenos, para solidarizarse con la poetisa, que para eso están los amigos. Traté de disuadirlos:
-Oye, no, venga, idos a dar por culo a otro sitio...
-¡Venga, agüela, no seass borde, que esstos dicen que no han oído nunca poessías, y vamoss de buen rollito, eh, no te passes!
-¿Os estaréis callados, eh?
-¡Que ssi, que ssi, que no seass brassas! Nos sentamoss detráss y lo que tú hagass, nosotross lo missmo.
Y entramos. Y me senté en los bancos de la izquierda, con más de veinte bombas de relojería detrás.
El comité organizador y el resto de los invitados cuando nos veían se iban sentando en los bancos de la derecha, bien lejos, y con esa expresión que tiene la gente fina de estar oliéndose un bigotillo de mierda fresca.
Mi amigo Juan José, el patriarca de aquella movida, sin enterarse de cuál era su sitio en aquel evento, vino a sentarse conmigo.
Y la poetisa empezó a declamar que si el atardecer, que si la pasión, impetuosa como una quinceañera, y que si, ay, te quiero, amor, con mucho brío y mucho énfasis... cerca de una hora raca-raca, hasta que se atascó, se le olvidó de qué iba y para disimular quiso que aquello pareciera interactivo:
-Agüela ¿cómo es lo de la novela...?
Y no pudo terminar porque de los bancos de la derecha se levantó un señor al borde de la congestión y se fue hacia donde yo estaba.
-¿La agüela? ¿Tú eres la que vas haciendo befa, mofa y escarnio de los poetas de Albacete?
Me puso perdida de babas. Yo lo miré arrobada y le pregunté a Juan José:
-¿Quién es este energúmeno?
Juan José, tan caballero y tan puntilloso con las normas de etiqueta, consideró que debía presentarnos según los cánones:
-¿Me permites que te presente a Manuel Tarrín?
-A mí no me presentas a esta tía que nos ha insultado y...
- Yo he insultado a los poetas; pero usted ni lo es, ni lo ha sido, ni lo va ser en su puñetera vida... -dije por si acaso escribía sin aprovechar todo el renglón.
Me puse de pie y para hacerlo le di lo que yo considero un ligero empujón, y casi se mata contra el respaldo de un banco.
Todos los que se habían sentado detrás, acudieron de refuerzo. También acudieron en tropel los organizadores para mediar, pero Tarrín, ciego de ira por la que le estaba cayendo, quería atizarme. Juan José con los brazos en cruz melodramáticamente gemía:
-¡Manuel, que ella es como de mi sangre, que es como si me pegaras a mí!
Mientras, las huestes no literarias repartían patadas y mandobles en la melé a todo lechuguino que se acercara, sin preguntar a qué fin. Juro que nunca había visto tantos poetas tambaleantes desde que trabajé en un bar.
Y Pepe Navarro, el locutor de voz más engolada de todo el universo mundo, en lo que considero que fue su momento estelar en el campo de la diplomacia, entrevistaba para la radio, micrófono en mano, a la poetisa, en el otro rincón del ring.
-"¿Por qué una poetisa escribe poesía?" Y la poetisa con los ojos que se le salían de las órbitas repetía como un mantra: "Pues, pues... pues... pues...", mientras fulguraban los insultos y los aullidos. Fue una entrevista inenarrable la que se retransmitió al día siguiente.
Por fin, ogramos separarnos de los poetas sin pizca de melancolía, y allá que nos fuimos con la poetisa a casa de Ágata a celebrarlo.
Nunca he visto tantos analfabetos funcionales entusiasmados con la poesía: querían ir siempre que hubiera un recital.
En casa de Ágata se organizó en un pispás un pequeño banquete: vino, entremeses, whisky, coca colas, una tortilla de patatas troceada en cuadraditos, queso, tacos de jamón... y unos ceniceros de cristal de roca divinos.
-Venga, come, que todo esto es por ti...
La poetisa, con lágrimas en los ojos, emocionada, ponderó:
-Habéis gastado hasta lo que no tenéis por mí, es...sois... no sé... Y no pudo seguir.
Nosotros nos miramos un poco incómodos. Y callamos todos: esta abuela, los delincuentes y los drogotas.
Como dijo Camus, "un hombre es más por lo que calla que por lo que dice"...
¡No íbamos a dejar todo aquello en el bufé para que se lo comieran los poetastros! ¿no?
Gatopardo