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AMORES PÓSTUMOS

 

Nunca quise ser escritora.
Yo quería ser bailarina, girar y danzar subrayando la música, y saludar con una graciosa reverencia a quienes, aún hechizados, aplauden.
En mi camerino, flores y tarjetas de admiradores que nunca sabrán de la rigurosa disciplina que ha hecho de mi cuerpo una herramienta dúctil. Luego, vestida con un traje sastre, sin maquillaje, saldría de incógnito para encontrarme en una ciudad cualquiera, hasta llegar al hotel, adonde me esperaría Baroja, con su sonrisa tenue y un punto triste.
Le contaré, irónica, que fue un gran éxito y cuantas veces hube de saludar, los aplausos...
-"La verdad es que estos meridionales son unos niños... ¡Qué arraigada tienen la preocupación por lo bello! "
Cuando enfermé, desfilaron los médicos con sus muecas gafes y sus diagnósticos nebulosos sobre el origen de mi parálisis. Descarté los escenarios y decidí ser bióloga. Luchar durante años contra esta puerca materia que esconde sus arcanos, y que mis cuadernos, salpicados de ácidos vesicantes, detallen mi pugna con los elementos.
Hasta que un día, con ese escepticismo que siempre me surge ante lo demasiado evidente, permaneceré hasta el amanecer en el laboratorio, para repetir aquel experimento que me abrirá las puertas del descubrimiento genial. Al llegar a casa, exhausta, encontraré a Baroja adormilado frente a la estufa apagada, que al primer golpe de vista ha adivinado todo. Y no me felicita.
- “¡Terrible viaje de donde no se vuelve!"
Y yo, después de muchos años sin permitirme una debilidad, lloraré mansamente, arrebujada en su abrazo, sin poder hablar, porque en verdad es arrasador enfrentarse a lo desconocido y dejar de lado las dulces certezas de siempre y de todos por la revelación fulminante de un día.
Cedió la enfermedad sin que yo abriera un libro de Biología ni manejase una simple probeta, y me encontré en plena adolescencia, sobrante de vigor.
Sería conspiradora. Haría un arte de la intriga política. Una mujer aparentemente inocua y de brumosa indefinición, daría paso a una aventurera despiadada que viviseccionará la ingenuidad del enemigo, burlará a la policía de varios países y tendrá cronometrados los estímulos y las reacciones del adversario, gracias a mi prodigioso cerebro. Sí, morderé en la vida como quien nunca aprendió a usar los cubiertos, con el aire desganado que enmascara mi decisión depredadora. Neutralizaré al contrario con una sonrisa, un melindre y con ese encanto melifluo y certero de mujer deseable, para asestarle, indefenso, un golpe letal. Risueña, pediré ayuda a los aduaneros, que han memorizado mi descripción de fiera al acecho entre los reclamos de busca y captura, para transportar mi liviano equipaje, deliciosamente frágil, escondiendo mi fortaleza y las pruebas de un escándalo político internacional o una conjura inenarrable tejida entre sonrisas,
Mientras, mis víctimas, hechizadas con quien soslayó su vulgaridad y sólo apreció su fulgor, rozarán la muerte y el descrédito por haber revelado información confidencial, secretos de Estado, claves, transacciones, proveedores, intermediarios... Quizás el "síndrome de Estocolmo" explique más tarde su confusión emocional, su oscura simpatía por la enemiga y su silencio cómplice, que me salva.
Habré de desconfiar de esa difusa mística reformista de mis correligionarios, imbuidos de un despreciable espíritu de sacrificio, demasiado peligroso para quien, como yo, sólo considera sagrada su propia supervivencia. Y al cabo de varios suicidios en mi conciencia, agotada, con ese sabor de ceniza que deja la exploración de lo humano; pero invicta, llegaré a mi cubil para encontrar la ternura abrupta de Baroja, que me retirará el pelo de la cara, y me dejará apoyarme dulcemente en su hombro.
-"Las pasiones políticas tienen eso; con la cabeza tocan lo más noble, la salvación de la patria y de la raza; con los pies, con lo más miserable, con la policía, los vicios y los crímenes."
Pero para cuando yo quise conspirar, las alternativas políticas posibles consistían en atrofiar la capacidad crítica y desarrollar la obediencia debida.
Seré la abnegada amante de un hombre único. Purificaré mi egoísmo, mis petrificaciones de solitaria irreductible. Amar. Disfrutar del encanto de los diminutivos y las palabras cargadas de significado, intraducibles. Me apasionaré así, como todo el mundo, con esa pizca de absurdo argumental que hace de toda historia a dúo algo inefable. Mañana, tarde y noche viviré con mi amado y para mi amado. Nos contaremos secretos y ternezas y pereceré de dicha en sus brazos.
No obstante, la dosis de vacuidad necesaria para solazarme en la contemplación de las córneas de mi amado se evapora en cuanto me imagino unas horas en su compañía y con toda la eternidad para nosotros.
Me temo que las cumbres y las simas de un gran amor son mesetarias, y con mi inicua naturaleza no podré pretender que me entusiasme.
No seré bailarina, ni bióloga, ni conspiradora, ni una amante legendaria.
Seré escritora y mis lectores descubrirán los tesoros de Sardanápalo en mi prosa, mi léxico y mi sintaxis, pulimentados con precisión de orfebre, en una narración donde mi alma se ensanchó hasta abarcar la de mis personajes. Ojerosa y ebria ante mi creación me sentaré a los pies de Baroja, que leerá mi manuscrito con gesto indescifrable.
-"Yo, como todo escritor que quiere mejorar su obra he probado varias veces a emplear el adorno conocido por todos. He hecho el ensayo, he suprimido "ques", he quitado gerundios, he perseguido las asonantes, he puesto donde estaba escrito “había nacido", "naciera... y al final no he hecho más que comprobar que esa especie de perfección, que no es perfección, sino habilidad colectiva y mostrenca, no vale nada."
Lo taladro con la mirada, buscando camorra; él me mira por encima de las gafas, burlón.
-"Yo soy un fauno reumático que ha leído un poco a Kant."
Abrí de una patada la puerta de mi estudio, que preside Baroja, donde mi vieja gata maullaba para que la bajase, encaramada en lo más alto, haciendo equilibrios en las estanterías. Cuando me subí a la escalera (¿en,  con, o por la escalera?) la arrullé, y mientras se aferraba a mí con todas sus uñas, la dejé en el repecho de la ventana,  e hice un gesto demasiado brusco que dio con mis huesos en tierra.
Durante un mes he de llevar este corsé de escayola.
- "¡Don Pío, átame las alpargatas!"
Me pregunto por qué te tuviste que morir, condenado Baroja, sin conocernos.

Gatopardo

13/12/2009 11:24. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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