
Julio creció como único varón de una familia de mujeres, de la que su padre se libró mediante una pulmonía que lo llevó a la tumba, cuando su hijo tenía tres meses.
Sus tías, sus primas, su abuela, y sus hermanas, mucho mayores que él, se eternizaban en minuciosas chácharas sobre cualquier sentimiento o barrunto en una vertiginosa noria emotiva. Diseccionaban con fruición el comportamiento de cualquiera, si miró, quiso decir, hizo un gesto, iba solo como si...qué ropa llevaba... Exponían con determinación sus ideas sobre los pliegues y las pinzas en las faldas, el conjunto de jersey y rebeca, el zapato salón y la altura de los tacones, entre admoniciones muy sensatas sobre el carácter y la biografía de todos los conocidos y desconocidos. Eran de una minucia expositiva inagotable, y todo era objeto de comentarios.
No le dejaban jugar con sus compañeros al salir de clase, porque temían que se resfriara, aprendiera ordinarieces o se malease, y controlaban sus horarios, sus idas y venidas, planificaban sus quehaceres y sus ocupaciones. Julio recibía todo el tiempo instrucciones, mimos, burlas y broncas cuya causa no comprendía; y llegó inexorablemente a la conclusión de que era poco inteligente o, al menos, que desconocía la claves, y su mirada impregnada de perpetua extrañeza lograba desatar las risas y la irritación del gineceo.
-¿Qué te parece el vestido que llevaba Paca?
-No sé...
-¿No sabes qué te parece un vestido verde con falda de vuelo y mangas jamón?
-No me he fijado en el vestido...
-¿Y en qué te has fijado? Has estado hablando con ella media hora...
-Hablábamos de su viaje... Se va a ir a París a estudiar y dice que le da miedo, pero que está decidida...
-Hombre tenías que ser para no darte cuenta que ese vestido es horroroso, y lo mal que le sienta ese color lechuga...
Surgían las burlas y los enfados cuando quería comprender el estricto código de lo conveniente y lo inaceptable:
-¿Por qué os extraña que Lucas vaya con sus amigos y no tenga novia? Vosotras tenéis amigas y no tenéis novio...
Y sus tías respondieron con un ataque de ira, seguido de llanto. La abuela, cuando supo la razón, le obligó a pedir perdón por su crueldad. Pero Julio actuó con un arrepentimiento ficticio, como siempre en estos casos, porque no llegaba a comprender cuál había sido su crimen.
La primera vez que se encontró rodeado de hombres, en el servicio militar, sintió una estremecida sensación de paz interior, de serenidad: las ocupaciones y preocupaciones de sus congéneres no le inspiraban el estupor balbuceante que sentía en el gineceo, aunque no podía mirar a las mujeres como piezas de caza, a las que evaluar como objetos de deseo, y no acababa de entender la obsesión que demostraban sus compañeros con los asuntos de faldas. A él todas las mujeres le recordaban las de su familia, y era como si sus miradas, sus mohines, sus gestos y sus palabras llevaran adjunto un mensaje estupefaciente que le incomodaba.
Se encontró feliz y liberado en aquella ciudad de provincias, y las tardes que tenía libres en el cuartel acudía al taller de reparación de coches del brigada. Al principio, limpiaba las piezas de los motores desmontados, sin atreverse a colocarlas; pero, poco a poco, adquirió destreza y se ocupó de montar y desmontar motores, supo interpretar su sonido, y diagnosticar el problema...
Aquel taller era un lugar de reunión para conductores, taxistas, repartidores y militares del parque móvil. Aquel mundo de amistades masculinas, sin llantos ni risas inmotivadas, aquella falta de dramatismo y el tono monocorde de los saludos, las confidencias y las conversaciones era un bálsamo para su mente, tan necesitada de tranquilidad.
Cuando volvió a la casa familiar, una vez licenciado, fue para decirles que le habían ofrecido trabajo en el taller y lo había aceptado.
Hubo revuelo, extrañeza, llantos, propósitos de acudir por turnos para “limpiar a fondo”, tomaron bajo su responsabilidad prepararle la casa donde viviría, cosieron fundas para cojines, colchas, sábanas, compraron telas para hacer cortinas, le obligaron a aceptar sus consejos y sus instrucciones. Julio desaparecía temprano y se marchaba al bar o al taller del pueblo, y fue aceptado en la cofradía masculina con alivio, porque a sus paisanos les había resultado sospechosa aquella falta de rebeldía, que lo había mantenido lejos de ellos.
El último día en el pueblo, una hora antes de tomar el tren, mientras comían, recibió como una bofetada la pregunta que habían estado planteando y discutiendo a sus espaldas, y que sólo su abuela consideró que estaba autorizada a hacerle.
-Julito, di la verdad ¿te has hecho homosexual?
Julio abrió la boca y sólo pudo emitir un sonido inarticulado, como un ronquido. Palideció, las miró de hito en hito a todas, y al cabo, se hizo la luz en su mente, y fue consciente de como se podía definir su armisticio consigo mismo. Y respondió tajante, sin importarle los llantos, la ira, ni los ataques de nervios que desencadenase en aquellas mujeres:
-No, abuela, no soy homosexual. Soy misógino, como cualquier hombre normal que haya tenido que convivir sólo con mujeres.
Gatopardo
Foto de Cartier-Bresson