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EL ENAMORADO Y LA MUERTE

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EL ENAMORADO Y LA MUERTE

Esta noche soñé un sueño
   muy contrario al alma mía,
soñé que tenía en mis brazos
   la prenda que más quería
y era la Muerte que estaba
   haciéndome compañía:
-¿Por dónde has entrado, amor,
   amor mío y vida mía?
-Soy la Muerte, Enamorado,
   que Dios del cielo me envía.
-Por Dios te ruego, la Muerte,
   por Dios y Santa María,
que me dejes otra noche,
   que me dejes otro día,
que me quiero confesar,
   enmendarme de esta vida.-
Aún no era bien de noche
   y el galán a rondar iba:
-¡Ábreme la puerta, blanca,
   ábreme la puerta, niña!
-¡Cómo quieres que te la abra,
   si yo abrirla no podía:
mi padre se está acostando,
   mi madre que no dormía,
mis hermanitos pequeños
   mirando a ver lo que hacía!
-¡Si no la abres esta noche,
   ya no lo harás en la vida!
-Anda, vete a la ventana
   donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
   para que subas arriba,
si el cordón no te alcanzase,
   mi cabello te echaría.-
Estando en estas razones,
   la Muerte que allí venía:
-Vamos, vamos, Namorado,
   hora es de dejar la niña.-
Le cogió la Muerte a cuestas
   por una oscura montiña,
donde no hay moros ni moras
   ni gente de cristianía.
Encontraron una ermita,
   que un ermitaño tenía:
-Por Dios te pido, ermitaño,
   por Dios y Santa María,
hombre que de amores muere
   ¿tendrá la Gloria perdida?
-Las penas que ahora tú pasas
   yo algún tiempo bien tenía,
festejaba una señora
   que era la flor de mi vida:
Yo me calzaba por ella,
   por ella yo me vestía;
yo no comía por ella,
   por ella yo no dormía;
por ella soy ermitaño,
   ermitaño en esta ermita.

b)

En aquel vergel chiquito,
   chiquito, de gran valía,
donde hay rosas y flores,
   albahaca y clavellinas,
donde crece la naranja
   y el limón y la cidra,
donde hay ruda menuda,
   que es guarda de las paridas,
allí estaba el Amador,
   el que de amores servía;
la Muerte tiene a su lado,
   que llevárselo quería.
- Así vivas, tú, la Muerte,
   que me prestes otro día,
déjame que vaya a ver
   a una amiga que tenía.
Si encuentro la puerta abierta,
   me prestarás nueva vida;
si la amiga no me abre,
   haz de mí lo que querías.-
Ya se parte el Amador,
   ya se parte, ya se iba;
topó las puertas cerradas,
   ventanas que no se abrían.
Batió, batió en la puerta,
   y abrir no le abrían;
se asomó a una ventana,
   vio que con otro dormía.
Ya se parte el Amador,
   ya se parte, ya se iba;
de los sus ojos lloraba,
   de la su boca decía:
-¡Malhaya sea el hombre
  que de mujeres se fía!
¡Un amor tenía ella,
  por otro lo cambiaría!

      Este romance ha tenido en la tradición catalana del siglo XIX una gran difusión, que se continuaba en el siglo XX. Conozco 21 versiones, la mayor parte de ellas inéditas (custodiadas en el archivo del “Cançoner Popular de Catalunya”). Aunque escasísimas, hay también versiones sanabresas, una de las cuales tuve la fortuna de oir y anotar en San Martín de Castañeda el año 1949. Esta versión y otra muy análoga que Tomás Navarro Tomás recogió en Galende en 1910 son muy similares a la primera de las que aquí publico y tienen la misma estructura que las catalanas, salvo que omiten la “confesión” final del ermitaño, pues empalman con la narración de otros romances: el de “El alma peregrina y el caballero piadoso” o el de “La penitencia del rey Rodrigo”. Este último romance es responsable de que en la tradición oral del siglo XX de León y de Asturias sólo sobreviva del tema de “El Enamorado y la Muerte” la escena inicial, desde la cual la narración salta a la entrevista con el ermitaño, seguida por la penitencia de ser sepultado vivo con una culebra, según el romance del rey Rodrigo, sin el episodio de la visita a la amada.
      Mi segunda versión responde a cómo el tema es recordado por los cantores sefardíes de Tesalia y la Macedonia griega.
      Una versión mejicana (en asonante –á.a), procedente de Tlalnepantla, es un arreglo erudito del romance tal como lo publicó Ramón Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos (libro difundido en Hispanoamérica en ediciones de Buenos Aires).
      El romance oral de los siglos XIX y XX tuvo su origen en el Romancero trovadoresco del siglo XV, del cual proceden los dos “temas” que se combinan en la tradición peninsular (tanto en la del Reino leonés como en la de Cataluña) y, asimismo, en la tradición judeo-española oriental.
      Entre los poemas escritos por el poeta cuatrocentista Juan del Enzina “desde que huvo catorze años hasta los veynte y cinco”, que constituyen su Cancionero (1496), ninguno alcanzó tanto éxito como el que comienza “Yo estava reposando, / durmiendo como solía”. Aunque llamado “Romance”, se trata métricamente de un poemita en octosílabos cuyos versos pares riman todos en –ía y los impares consuenan de dos en dos.
      El romancero tradicional, entonces de moda, le sugirió este curioso esquema métrico, y también la fórmula de comenzar la narración “Yo estaba...” y otras expresiones o modos de decir; pero no, como alguna vez se ha creído, el tema. Se trata de un romance o pseudo-romance que responde perfectamente al género, muy cultivado a finales del siglo XV, de la poesía cortesana en moldes poéticos populares. El romancero “trovadoresco” mantuvo su boga hasta mediados del siglo XVI, en que dejó de interesar al público lector; pero, entre tanto, “Yo estaba reposando” fue reproducido, no sólo en las múltiples reediciones del cancionero juvenil de Juan del Enzina publicadas durante el reinado de Isabel y Fernando, sino en cancioneros musicales, en pliegos sueltos y en cancioneros de romances. He aquí su texto:

Yo estava reposando
  durmiendo como solía,
acordé, triste, llorando
   con gran pena que sentía.
Levanteme muy sin tiento
   de la cama en que dormía.
cercado de pensamiento,
   que valer no me podía.
Mi pasión era tan fuerte,
   que de mí yo no sabía,
conmigo estava la muerte
   por tenerme compañía.
Lo que más me fatigava
   no era porque muría,
mas era por que dexava
   de servir a quien servía.
Servía yo a una señora,
   que más que a mí la quería
y ella era la causadora
   de mi mal sin mejoría.
La media noche passada,
   ya que era cerca del día,
salime de mi posada
   por ver si descansaría;
fui para donde morava
   aquella que más quería,
por quien yo, triste, penava,
   mas ella no parecía.
Andando todo turbado
   con las ansias que tenía,
vi venir a mi Cuydado
   dando bozes y dezía:
-Si dormís, linda señora,
   recordad, por cortesía,
porque fuestes causadora
   de la desventura mía;
remediad mi gran tristura,
   satisfaced mi porfía,
porque si falta ventura
   del todo me perdería.-
Y, con mis ojos llorosos,
   un triste llanto hazía,
con sospiros congoxosos,
   y nadie no parecía.
En estas cuytas estando,
  como vi que esclarecía,
a mi casa, sospirando,
  me bolví sin alegría.

      El romance del siglo XX heredó del pseudo-romance de Enzina el asonante –í.a, como adaptación de la rima en –ía de los versos pares y eliminó todo rastro del artificio de rimar de dos en dos los impares. También conservó las dos escenas del poema cuatrocentista: la visita de la muerte al enamorado en medio de la noche, interrumpiendo su placentero descanso,y el desesperado y fallido intento del enamorado por entrevistarse con su amada; pero alterando profundamente la concepción de una y otra. Tanto en la escena de la visita intempestiva de la muerte, como en la recuesta de amor, las versiones modernas conservan (consideradas en conjunto) múltiples reminiscencias de versos y expresiones procedentes del poema pseudo-romancístico de Juan del Enzina; pero la Muerte a la cual el Enamorado abraza, creyendo ser la mujer amada, es un personaje tan real como él mismo, y no meramente un estado de conciencia del “Yo” que muere de amor; su congoja es porque se enfrenta, inexorable e imprevistamente, con la última oportunidad de gozar del amor carnal compartido, y desaparece toda huella del debate del poeta con su propia pasión analizada mediante disquisiciones introspectivas.Consecuentemente, la ida en busca de la Amada acaba con la escena dramática, a la vez realista y simbólica, de la frustrada “escalada” del Enamorado utilizando el cordón que amorosamente le proporciona la doncella. Así en los textos sanabreses y catalanes.
      En la tradición judeo-española, se substituye el sueño pasional en medio de la noche por un escenario que tiene la misma función contrastante respecto a la inesperada presencia de la Muerte: el de una naturaleza idílica. Ello ocurre también en algunas de las versiones catalanas. El texto sefardí comparte con la tradición peninsular el motivo narrativo del plazo negociado con la Muerte; pero, aunque la ida al encuentro de la Amada se conciba ahora como una “prueba” de confianza en la fidelidad de la que el Amador tiene por amante, el episodio mantiene una mayor similitud en sus versos respecto al romance trovadoresco que el texto peninsular.
      En su final, los dos textos, el peninsular y el sefardí de Oriente, son herederos de un segundo poema trovadoresco, que en el Romancero antiguo sólo nos es conocido adosado a una versión de otro de Juan del Enzina (“Por unos puertos arriba”) mediante una torpe soldadura. Ese poema trovadoresco, un romance asonantado en –í.a, consistía en la “Pregunta a un ermitaño”:

-Dígasme, tú, el ermitaño
  que hazes la santa vida,
el que por amores muere
  si tiene el alma perdida
o, por las penas que pasa,
  si tiene gloria conplida;
dígasmelo, santo ombre,
  sácame de esta agonía,
que siete años son pasados
  que yo hago esta vida,
comiendo las carnes crudas
  y bebiendo el agua fría;
mas reniego de los onbres
  que de las mugeres fían,
falsas son y engañosas,
  hechas son a la su guisa:
uno tiene en los braços
  y por el otro suspira.
      Aunque, desde el último tercio del siglo XVI hasta nuestros días, los “romances trovadorescos” quedaron arrumbados junto con los gustos de aquella literatura letrada y de su acompañamiento musical, el pueblo cantor siguió repitiéndolos y reelaborándolos para ajustarlos a la estética y a la ética del Romancero “acrónico” incontaminado de las modas literarias de cada generación letrada. Gracias a la capacidad creadora de los múltiples cantores que heredaron el tema, tenemos hoy estos dos poemas dignos de permanente recuerdo.

Diego Catalán, publicado en Romancero de la Cuesta del Zarzal

Imagen de portada: dibujo de Holbein

25/02/2010 17:52. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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