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LYDIE AUBERNON DE NERVILLE

 

      Mme. Lydie Aubernon se separó felizmente de su ma­rido en 1867, y acostumbraba a decir que esperaba poder celebrar, en su día, «separaciones de oro». M. Georges Aubernon vivía en Antibes con su hijo Raoul, por lo que su esposa era conocida como «la viuda». Hasta fines de los años ochenta hizo los honores de su salón ayudada por su madre quien, a su vez, fue una destacada dama de sociedad en los años cuarenta, bajo Luis Felipe. Es­tas dos señoras eran llamadas, en una alusión a sus ten­dencias republicanas, y, también, a la conocida comedia de Moliere, «Les Précieuses Radicales». Pese a ello, madame Aubernon no tenía en realidad interés alguno en las cuestiones políticas y solía afirmar: «Sí, soy republi­cana, pero lo soy por desesperación». Tras morir la vieja Mme. de Nerville, Mme. Aubernon dijo a Edmond de Goncourt: «La echo de menos con frecuencia, pero por poco rato». Esta observación la hace también el padre de Swann, después de la muerte de su esposa.
      Mme. Au­bernon recibía a sus invitados en su casa de la Avenue Messine, después en la de la Rué d’Astorg, en la que también tenía su mansión (incongruente coincidencia) la Condesa Greffulhe, y por último en la Rué Montchanin, número 11. A la par que a brillantes invitados, también recibía a cierto número de misteriosas damas de avan­zada edad, que seguramente eran viudas de escritores o de amigos de la madre de Mme. Aubernon, que se sen­taban discretamente en segundo plano, como la tía del pianista o la Princesa Sherbatoff en casa de Mme. Verdurin, y que se las conocía como «los monstruos sagra­dos». En cierta ocasión, el hijo de uno de estos mons­truos, quien consideraba que su madre aparecía con exce­siva frecuencia en las columnas dedicadas a «sociedad» en los periódicos, reprochó a su madre la frivola vida que llevaba, a lo que ésta contestó: «Tienes razón, hijo, a partir de ahora dejaré de asistir a tantos  funerales».
      Mme. Aubernon era una mujer regordeta, menuda y vivaz, con hoyuelos en los brazos, que se ataviaba con llamativos vestidos recargados de adornos, y calzaba za­patos con pompones. De ella dijo Montesquiou: «Parecía la Reina Pomaré sentada en un sanitario». En 1892 con­taba sesenta y siete años y no ignoraba que su belleza se había marchitado; a este respecto, decía: «Me di cuen­ta cuando los hombres dejaron de elogiar mi rostro y se limitaron a alabar mi inteligencia».
      Sus recepciones en las noches de los miércoles (el día de Mme. Verdurin) y los sábados eran precedidas por una cena para doce per­sonas, ni una más ni una menos, en la que el tema de la conversación había sido fijado de antemano. Sus invita­dos no siempre se ceñían al tema elegido con el rigor que ella hubiese deseado. «¿Cuál es su opinión sobre el adulterio?», preguntó Mme. de Aubernon a Mme. Straus una semana en que éste era el tema, a lo que la interro­gada contestó: «Lo siento, pero me he confundido y he preparado el tema del incesto». Labiche, al serle pedida su opinión sobre Shakespeare, dijo: «¿Es que se va a casar con alguna de nuestras amistades?» Y al pedir a D’Annunzio que hablara sobre el amor, la contestación del poeta fue todavía más seca, ya que se limitó a acon­sejarle: «Lea mis libros, señora, y permítame seguir co­miendo». Mme. Aubernon creyó que quizá sería conveniente cambiar de tema a fin de suavizar un poco el comportamiento de su invitado, y comenzó a hacerle pre­guntas sobre los más distinguidos contemporáneos de d’Annunzio. A este efecto, la dama le suplicó: «Hábleme de Fogazzaro». D’Anuncio repitió: «¿Fogazzaro?» Y ac­to seguido añadió: «Está en Vicenza». La cena terminó en un silencio glacial. Cuando Mme. Laure Baignéres tuvo que contestar la pregunta «¿Qué opina del amor?», dijo: «Lo practico con frecuencia, pero nunca, nunca, hablo de ello».
      Si en el otro extremo de la mesa se suscitaba una conversación general, Mme. Aubernon tocaba su famosa campanilla *para que todos prestaran atención a quien hablaba en aquel momento. La primera vez que Labiche asistió a una de estas cenas, se le oyó murmurar: «Yo... yo...»; entonces, la «viuda» agitó la campanilla y gritó: «Monsieur Labiche, aguarde su turno». Cuando el que hablaba terminó su exposición, la dama se dirigió amablemente a Labiche diciéndole: «Ahora puede ha­blar», a lo que el pobre dramaturgo contestó en un mur­mullo: «Yo sólo quería pedir más guisantes».

George D. Painter, "Marcel Proust 1- Biografía 1871-1903"
Traductor: Andrés Bosch
Editorial Lumen en libro de Bolsillo- Alianza Editorial.
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* Era de plata, con un mango que representaba a San Luis; en la campana propiamente dicha estaba grabada la máxima atri­buida por Joinville a este rey: «Si tienes algo importante que decir, dilo a todos; si no, guarda silencio».

Imagen de portada: Marcel Proust, retrato a la acuarela  por Ralph Bruce

26/03/2010 17:22. Editado por Gatopardo enlace permanente. SERES EXTRAORDINARIOS

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gravatar.comAutor: pau

Felizmente separada... Curiosa y certera definición, nunca se me había ocurrido.

Fecha: 27/03/2010 13:06.


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