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ROMANCE DE LANZAROTE Y EL CIERVO DEL PIE BLANCO

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16.- LANZAROTE Y EL CIERVO DEL PIE BLANCO

El rey tenía tres hijos,
   todos tres los maldecía:
Uno se le volvió perro,
   que en cadenas lo tenía;
otro se le volvió moro,
   moro de la morería,
y el otro se volvió ciervo,
   ciervo que al monte se iría.
-No me pesaba del perro,
   sino el alma que perdía;
ni me pesaba del moro,
   sino en la ley que vivía,
que come la carne en viernes
   y bebe del agua fría.
De quien me pesa es del ciervo,
   que por los montes corría
comiendo manos de hombre,
   que otra cosa no comía.-
A la puerta de la iglesia
   a pregonar un día
que al que le trajese el ciervo
   mil ducados le daría
y a la infanta coronada,
   con ella le casaría.
Salen duques, salen condes,
   y el ciervo no parecía.
Baltasar se alabó
   entre las damas un día
que él solo mataba al ciervo,
   solito, sin compañía.
Baltasar tenía un caballo
   que al par del viento corría;
cogió la espada en la mano,
   la su espada guarnecida,
se tiró ese lomo abajo,
   se tiró ese lomo arriba
y ha encontrado un ermitaño
   que hacía la santa vida:
-Por Dios te pido, ermitaño,
   y por la Virgen María,
ese ciervo del pie blanco
   ¿donde tendría su guarida?
-Por aquí ha pasado un ciervo
   tres horas antes del día,
comiendo manos de hombre,
   que otra cosa no comía;
no deja duques ni condes,
   ni cosa que sea viva.-
-Arriba, caballo, arriba,
   con mi espada guarnecida,
tengo de matar al ciervo
   aunque me cueste la vida.-
Allí lo hallara durmiendo
   al pie de una fuente fría.
El ciervo, de que lo oyó,
   a Baltasar se vendría:
-Yo bien sabía, Baltasar,
   que en busca mía venías,
aquel que te mandó acá
   poco estimaba tu vida.-
Allí formaron la guerra,
   Baltasar la vencería:
le mató cuatro leones
   y una leona parida;
lo amarra de pies y manos
   y con el ciervo camina.
Desque los vio el rey venir,
   de contento lloraría:
-Vamos a contar monedas,
   que para ti las tenía.
-Yo no quiero las monedas,
   que yo monedas tenía,
lo que quiero es a la infanta
   que me tiene prometida;
si palabra de rey vale,
   debiera de ser cumplida.

      Se cantaba ya en el siglo XV. Nebrixa cita este “romance antiguo” dos veces en su Gramática sobre la lengua castellana, impresa en Salamanca en 1492, para ejemplificar dos características métricas de los romances viejos: la asonancia (el consonar sólo las vocales) y el verso de “diez e seis sílabas”. En el primer caso, los versos citados son:

-Digas tú, el hermitaño, que hazes la vida santa:
   Aquel ciervo del pie blanco ¿dónde haze su morada?.
-Por aquí passó esta noche un ora antes del alva.

y en el segundo:

-Digas tú, el ermitaño, que hazes la santa vida,
     aquel ciervo del pie blanco ¿dónde haze su manida?

Aunque quepa pensar que Nebrixa conociera el romance en dos versiones de distinto asonante, me inclino a creer que se trataba de un texto en que se daban estrofas paralelas (no necesariamente en “pareados”), tal como aún ocurre con romances de la tradición del siglo XX (sobre todo en el muy conservador romancero sefardí de Marruecos).
      Este diálogo, que ha pervivido casi inalterado en la tradición oral durante más de medio millar de años, formaba parte de una narración que, en la única versión completa publicada en el siglo XVI (en el Cancionero de Romances de Amberes, 1550), comenzaba más o menos como nuestro texto:

Tres hijuelos avía el rey,
   tres hijuelos, que no más,
por enojo que uvo d’ellos,
   todos malditos los ha;
El uno se tornó ciervo,
   el otro se tornó can,
el otro se tornó moro,
   passó las aguas del mar;

aunque, como aquí vemos, en asonante –á, no en –í.a. Tras esta presentación del “ciervo”, el cual va a ser el verdadero protagonista del romance, se nos sitúa, bruscamente en un primer escenario, descrito en asonante –á.o:

Andávase Lançarote
   entre las damas holgando,
grandes bozes dio la una:
   Cavallero, estad parado...

      Y en él se nos explica la razón de la “quête”, ‘demanda’ o búsqueda del “ciervo del pie blanco”: es que la dama (¿la “dueña de Quintañones” a la cuál maldice el ermitaño al fin del romance?) le exige esa búsqueda como prueba de amor, en calidad de “arras” al ofrecérsele en casamiento. Sólo en la escena en que Lanzarote asume la empresa surge el asonante –í.a (sin huellas del otro asonante –á.a que aún pervivía en paralelo a fines del siglo XV). En esta escena, la respuesta del ermitaño ofrece adicionales detalles que enlazan con la tradición oral del siglo XX:

-Por aquí passó esta noche
   dos horas antes del día,
siete leones con él
    y una leona parida;
siete condes dexa muertos
    y mucha cavallería.
Siempre Dios te guarde, hijo,
    por doquier que fuer tu yda,
que quien acá te embió
   no te quería dar la vida.

      Sin embargo, esta versión antigua, rematada con la maldición (“¡de mal fuego seas ardida!”) dirigida a la “dueña de Quintañones” que ha conducido a la muerte a “tanto buen cavallero”, deja intencionadamente la historia envuelta en misterio e incertidumbre. Es posible que este “fragmento” de historia, constituído por la “presentación” del ciervo como un ser humano maldito y las dos escenas reseñadas, fuera, en una novela caballeresca del ciclo arturiano, parte de un amplio episodio; pero para el “buen gusto” poético de los cantores de romances viejos no era ya perentorio conocer ese “todo” de donde este “fragmento” se hubiera desgajado; habían apeado a la “historia” de su papel dominante: en la falta de hilación lógica (que llevó a críticos racionalistas a creerlo compuesto de elementos heterogéneos) estriba la gracia del romance, ya que deja para la imaginación del oyente la tarea de dar sentido a las enigmáticas palabras del ermitaño con que el “fragmento” se remata sin que dé fin la empresa del caballero, en la cual se resolverían, de paso, los misterios. Los medievalistas han podido documentar el tema del “ciervo del pie blanco” en otras obras de la literatura arturiana, el Lai de Tyolet y el Roman van Lancelot holandés; pero el detalle de las conexiones entre ellas no ha llegado a ser esclarecido, con lo cual los lectores del romance enemigos de las narraciones enigmáticas no hallarán consuelo en el conocimiento de la crítica comparatista.
      No ocurrió así con los cantores del romance. Para que, en tradiciones muy apartadas entre sí, perviviera viva durante siglos la memoria del misterioso tema del terrible “ciervo del pie blanco”, el romance tuvo que ser estructurado como “cuento”, dotado de desenlace que le otorgara sentido. No obstante, en una de las versiones modernas (la asturiana, a que enseguida aludiré), las palabras del “ciervo del pie blanco” (trasmutado en “toro del cuello pinto”), malherido en el combate, que cierran la historia resultan casi tan enigmáticas como las de la versión del siglo XVI, al afirmar que, si le mata el caballero, “la hija del aldragón / mañana se casaría”.
      Este fantástico romance, que aún nos sigue situando en un escenario propio de la novelística artúrica, se ha conservado sobre todo en la tradición canaria (donde pude documentarlo ampliamente en 1986); fuera de ella, ha sido recogido en Almería, en 1914 (por el presbítero Sáez); en Segorbe (Castellón), de una cantora procedente de Beas de Segura (Jaén), en 1974 (por Francisco Romero), y en una braña de Luarca, Argumosín, cantada por una vaqueira de 83 años. en 1992 (por Jesús Suárez). Una supuesta versión cacereña (aunque ha sido objeto de un estudio erudito por un ingenuo comentarista) es uno de los muchos originalísimos productos etnográficos creados en la oficina de atracción turística de Caminomorisco/ Aceitunilla, que con tanto éxito ha convertido a ese perdido rincón de Las Hurdes en centro de ocio suprarregional. Los falsarios merecen un destacado lugar en la Historia, aunque sea responsabilidad de la Ciencia discriminar sus fabricaciones.

Diego Catalán, publicado en Romancero de la Cuesta del Zarzal

09/06/2010 16:08. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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