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CUMPLEAÑOS



      Hoy habrá cumplido ochenta y un años, y voluntariamente me ha dejado para siempre la magia de sus quince años.
      Tiene para siempre el rostro sombrío y la belleza tenebrosa de los adolescentes que no se han dejado acariciar sin fruncir el ceño y mostrar su malestar. Tiene la mirada fija y ardiente de un hipertiroideo, pero sus ojos están sombreados por pestañas de ninfa y rabiosos desafíos, gélidos como su ira. La última vez que nos vimos, hace sesenta y seis años, dos meses y nueve días, cuando me crucé con ellos, se dio cuenta de que yo había olvidado ponerme mi abrigo con estrella, e hizo como si no me conociera. “Espera a que te saluden; a ti no te corresponde iniciar la conversación, eres una mujer.” -me había enseñado-, y me mantuve callada.
       Y supe que pensaba desaparecer de mi vida para siempre. Lo supe. Yo sólo he sido clarividente con quien amo y nunca he querido a nadie como a él, mi pequeño dios personal, distante, orgulloso, intemperante y arbitrario como el diablo.
      No se sabe cómo cayó en su poder un libro de buenos modales, y se convirtió en el domador de mi garrulería. Yo hubiera sido una buena alumna si se me hubiera pedido que dejara mi naturaleza desbocada, pero me decía: “Para saludar mira a los ojos directamente y di sin énfasis: ¡Buenos días!, como si estuvieras diciendo “Te doy permiso para quedarte o marcharte.”
      Yo tenía siete años, tragaba saliva y trataba de comportarme como un veterano soldado en combate.
     -“No te dejes caer en el asiento, acércate y aguarda a que la silla quede a la distancia correcta para sentarte.”
      Yo hubiera querido ser etérea y delicada para él, que odiaba mi fealdad y mi espontaneidad, y sólo conseguía ser envarada y zafia.
     Lo amaba hasta la abyección, y hubiera sido feliz si hubiera podido actuar en su defensa, en su honor. Pero no quería nada mío, no quería nada de nadie:
     -“No compres el cariño con regalos”
     Un día le dije que lo quería más que a nadie en el mundo, y que si me pedía que me matara, lo haría. Parece mentira que haya olvidado tantas cosas y recuerde aquella emoción como si se hubiera conservado milagrosamente actual.
     -"La vida no se debe dar por nada ni por nadie."
     Me respondió con desprecio, irritado, y rompí a llorar. Le supliqué que no se enfadara conmigo. Desvió los ojos como si le hiriera mirarme y dejó caer su magnífica revelación:
     -“Pide perdón con dignidad, no te rebajes aunque seas culpable. Nunca.”
     Me enseñó a no llorar poniéndome ante el espejo:
     -Mira qué feo es el patetismo.
     Él tendría doce años, estábamos comiendo y se encontró un garbanzo negro. Lo señaló con su dedo huesudo y frágil, y preguntó:
     -¿Es bueno?
     Mi padre respondió imperturbable:
     -Como tú...
     Y recuerdo su mirada hipnotizada, como ida... Después de un rato que se me hizo eterno, lo apartó. Mi padre se rió con un graznido de alegría. Sé que en ese momento empecé a odiarlo, y clavé mis ojos en él, desafiante, cogí el garbanzo negro y, cuando me lo iba a llevar a la boca, mi padre dijo:
    -¡Deja eso!
    -¡No!

    Y una espléndida bofetada no impidió que lo masticara y me lo tragase sin desviar la vista de mi padre, sin bajar la mirada. Yo tendría  cinco años y, al cabo de tantos años, con un millar de temeridades en mi haber, sé que nunca he demostrado tanto valor como aquella vez.
     Hoy, mi hermano habrá cumplido ochenta y un años, dondequiera que esté, y es como ese miembro fantasma que duele mucho tiempo después de una amputación.
     Desde que supe que no lo vería más, huí, cambié de nombre, de idioma, dejé mi religión, mi país, y luché sin piedad y sin dar tregua hasta una victoria que no me devolvió la paz, e incluso yo he creído que me escondía porque estaba en peligro.
      Pero sólo he huido de la certeza de que no me ha encontrado porque no me buscó, porque no quiso volver a verme nunca más. Aunque quienes no lo conocen me digan que, seguramente, moriría con mis padres en el campo de exterminio de Mauthausen, adonde los llevaron aquel día.

Gatopardo

21/06/2010 06:28. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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y persiste en el error,
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Si es honesto ciudadano,
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le colgamos un campano.
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y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
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Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
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