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MARIBEL Y MISS MARPLE

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      Debajo del vestido con falda de vuelo, unas enaguas almidonadas rozaban desagradablemente sus piernas a cada paso, como si fueran de esparto. Las manguitas farol con un elástico, se clavaban en sus brazos, y Maribel, sin darse cuenta, se rascaba como si tuviera sarna, y ésa era una inconveniencia imperdonable en el rígido código de las buenas maneras que trataban de inculcarle. Tenía las piernas demasiado largas para su estatura, y constantemente le recordaban que había de dar los pasos cortos, con lo que conseguía andar rígidamente desacompasada, sin naturalidad. Para sentarse debía hacerlo con una especie de graciosa reverencia que la depositara etéreamente en la silla, en vez de desplomarse.
      Las aficiones de una niña habían de ser la costura, las muñecas, las cocinitas y la lectura de su misal, y las vidas de santos; pero Maribel tenía una incapacidad absoluta para sostener la aguja y la tela sin pincharse y sin convertir la costura en un muestrario de su impericia; las muñecas rígidas, con su expresión fija, eran objetos que no lograban extraer su instinto maternal, ni su imaginación era capaz de ver en las cacerolitas otra cosa que una mala copia de aquellas con las que su madre bregaba sin alegría. Respecto a las lecturas, adoraba las peripecias de los vaqueros del oeste, provistos de puños y revólveres capaces de silenciar a sus oponentes, y aquellas lecturas piadosas que hubieran debido entusiasmarle le producían un desprecio sin fisuras hacia los protagonistas, aburridos, cursis, y faltos de heroísmo.
      Uno de los  pocos juegos permitidos era el corro, con unas cantinelas, acompasadas con palmas, en las que se hablaba de querer ser tan alta como la lunaaa para ver los soldados de Cataluñaaa, cosa que le daba un sentimiento de ridículo que se traducía en escalofríos. Otro era saltar a la comba, pero había que hacerlo con las rodillas juntas, y con cuidado para que la falda no se subiera, y siempre acababa enredada en la cuerda.
     Y para colmo, su rostro y su mirada eran tan elocuentes que no lograba ocultar el desprecio que sentía por sus mayores, por lo que no era raro que recibiera algunas bofetadas por “mirar así”.
      Cuando, años más tarde, oyó hablar a sus semejantes del amor familiar, no logró rememorar ni un solo momento en el que hubiera percibido algo remotamente parecido, y llegó a la conclusión de que la capacidad de olvidar la infancia era un bálsamo que le estaba vedado, y a los demás, no.
      Maribel trataba a veces de cumplir con los preceptos familiares, harta de recibir broncas y bofetadas, pero cuando menos lo esperaba, se dejaba llevar por su naturaleza y se rascaba, andaba con pasos largos, se embebía con una novela de aventuras en el lejano oeste, o se sentía Zarra y se lanzaba a jugar al fútbol en la calle. Y aquella familia numerosa parecía multiplicarse para vigilarla y reprimir sus escapadas al universo de lo vivible.
      El único escondite que le quedó fue el desván de su tía Aurora, que era viuda y vivía con Roco, un chucho listo que siempre la acompañaba, y con una gata altiva y poco amiga de dejarse acariciar, que solía dormitar en algún sillón al que Maribel no debía acercarse, si no quería recibir sus bufidos y sus arañazos. En el desván había un baúl con novelas de Agatha Christie, y Maribel se pasaba horas allí, leyendo. En su mente Miss Marple tomó el lugar de todos lo héroes anteriores. No pasó mucho tiempo sin que descubrieran su secreto, y le prohibieron ir a casa de su tía, que era la única que no parecía interesada en adiestrarla y reprimirla.
      La liberación le llegó, como siempre, cuando asumió sus limitaciones, supo que había de obedecer estrictamente, y se convirtió en la sombra de su madre y de su hermana mayor.
      Como sólo tenía diez años, tenía prohibido comer los encurtidos, las comidas picantes, y las aceitunas que tanto le gustaban a los mayores. No le importó, y aprendió a preparar los platitos con aquellos entrantes que no debía probar. A veces, contaban las aceitunas, los chopitos picantes, los pepinillos en agua sal, para comprobar que no hubiera comido, y siempre brilló su honradez. Con un delantal de su madre, anudado con un pliegue para que no se lo pisase, aprendió a pelar patatas, y limpiar las verduras; subida en una silla fregaba la vajilla con cuidado, sujetando bien los platos y los vasos enjabonados para que no se le escurriesen, y pedía permiso para poner la mesa, barrer, limpiar el polvo, hacer compras en las tiendas cercanas...
     Cuando aquella gripe complicada con problemas gástricos debilitó tanto a los adultos,  mientras ella seguía sin contagiarse, su educación y su comportamiento pasó a ser la última de las preocupaciones en la familia, y la niña les preparó las tisanas, los caldos, los purés, con una sonrisa, andando con pasitos cortos, y con su delantal bien anudado para no pisárselo. El médico, los tenderos y los vecinos, comentaban con admiración aquel comportamiento de la pequeña, tan dispuesta y tan eficiente...
     Aquel día, el médico llegó, como de costumbre, a las nueve de la mañana, y dijo lo consabido:
     -¿Cómo están nuestros enfermos?
     Y Maribel contestó como siempre:
     -Duermen.
     -Pues ve a prepararles el desayuno, porque voy a despertar a esos perezosos.

     El médico salió del primer dormitorio, cerró la puerta, y entró en los otros, pero estuvo poco tiempo.
     -No prepares el desayuno, vas a hacerme un recado...
     Escribió una nota, la guardó en un sobre, y su rostro, normalmente risueño, era una máscara grave.
     -Llévale esta nota a tu tía Aurora, y te esperas allí hasta que la lea.
     Maribel se atrevió a decirle que tenía prohibido ir a casa de su tía, pero el doctor le dijo que ya no importaba.
     Aurora salió a abrir precedida de Roco, que hizo cabriolas y mostró su alegría al ver a Maribel. Cuando su tía leyó la nota la abrazó, y le pidió que se quedara allí con Roco y la gata, y se marchó sola.
     Aquella epidemia de gripe, que tantas muertes produjo en España, acabó con todos los miembros de su familia, y dejó a la niña bajo el cuidado de su tía Aurora, que hizo sitio en su casa y en su vida a Maribel,  como lo habría hecho con cualquier animalillo sin familia, más interesada por procurarle comida y cuidados que adiestramiento. Y Maribel volvía del colegio, merendaba, salía a jugar, y acudía de vuelta cuando los otros niños, llamados a voces por sus madres, la dejaban sola. Pasaban el resto de la velada escuchando la radio y leyendo novelas, sentadas al desgaire en los sillones de mimbre que dejara libre la gata.
     El droguero, el viejo Artemio, solterón timidísimo, tenía atenciones con la viuda y la niña, y cualquier excusa era buena para entretenerlas un poco más de lo estrictamente necesario. Aurora le sonreía mucho, y Maribel creyó que debía de haber alguna razón para que se acumularan en la despensa tantos productos de limpieza y su tía siguiera comprándolos.
     Hasta que un día, Artemio y Aurora le dieron la noticia: se iban a casar y ella iría, interna, a un colegio religioso.
     Cuando llegó al colegio, fue vigilada y observada por un ejercito de monjas, y le prohibieron entrar a la zona reservada a las religiosas, donde estaban sus celdas y las cocinas, separada por una puerta impresionante, cerrada indefectiblemente con una de las llaves que guardaban en la faltriquera. Las reverendas cuidaron de que hiciera sus devociones, sus deberes, caminara con pasos cortos, cosiera y bordara lo que llamaban "primores y labores", que respetara rígidamente los horarios, y le impidieron cualquier momento de relajación.
     Y Maribel, a sus casi trece años, comprendió que esta vez no habría manera de rebozar con matarratas las comidas reservadas a sus torturadores, y se resignó a ser una educanda ejemplar.

Gatopardo

03/07/2010 17:17. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

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