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GERALD DURRELL: MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES. LAS URRACAS

      Los Bosques de Ciclamen era un lugar excelente para pasar la tarde. Tumbado a la sombra de los olivos, veía desde allí todo el valle, un mosaico de campos, viñedos y huertos, hasta donde el mar brillaba entre los troncos de los árboles, salpicándose de mil chispas encendidas al apretarse perezoso contra la costa. El cerro parecía tener su brisa propia, aunque modesta, y por mucho calor que hiciera en el valle, en los tres olivares soplaba constantemente un viento leve, susurraban las hojas y los lánguidos ciclámenes cabeceaban en eterno saludo. Era el sitio ideal para descansar después de una implacable cacería de lagartos, cuando la cabeza me latía de calor, se me pegaba al cuerpo la ropa descolorida por el sudor y los tres perros sacaban sus lenguas rosadas para jadear corno locomotoras antiguas de juguete. Así estábamos descansando un día cuando se me presentó la ocasión de adquirir dos nuevos animales, desencadenando indirectamente una serie de acontecimientos que afectarían a Larry y al señor Kralefsky.

      Con la lengua afuera, los perros se habían tirado entre las flores y yacían tripa abajo, estirando las patas posteriores para cubrir la mayor extensión posible de tierra fresca. Tenían los ojos entornados y la papada oscura de saliva. Yo estaba recostado en un tronco de olivo que llevaba los últimos cien años adquiriendo las características de un respaldo perfecto, y oteaba los campos tratando de identificar a mis amigos campesinos entre las manchitas de color en movimiento. Muy abajo, sobre un cuadrado rubio de maíz crecido, apareció una pequeña forma blanca y negra, como una cruz de Malta, que planeando velozmente sobre los llanos cultivados se dirigía derecho a la cima. Al aproximarse a donde yo estaba, la urraca emitió tres graznidos secos que sonaron con sordina, como si llevara el pico lleno de comida. Recta como una flecha se zambulló en la copa de un olivo no muy lejano; hubo una pausa, y de entre el follaje salió un coro de grititos agudos que subió en crescendo para luego apagarse lentamente. De nuevo oí graznar a la urraca con voz suave y amonestadora; saltó de las ramas y descendió planeando por la ladera. Esperé hasta verla convertida en un mero puntito, una mota de polvo flotando sobre el encrespado triángulo de viñas en el horizonte; entonces me levanté y rodeé con sigilo el árbol de donde habían salido los curiosos sonidos. En las ramas altas, semiescondido por las hojas verdes y plateadas, distinguí un amasijo oval de palitos, una especie de gran balón peludo. Lleno de emoción, empecé a trepar tronco arriba, mientras los perros se reunían al pie para observarme con sumo interés; ya cerca del nido, bajé la vista y el estómago me dio un vuelco, porque las cabezas de los perros, que me miraban preocupados, aparecían del tamaño de pimpinelas. Me sudaban las palmas de las manos; con cuidado, fui corriéndome por las ramas hasta acurrucarme junto al nido, entre las hojas rizadas por la brisa. Era una construcción enorme, un gran cesto de palitos entretejidos con esmero, con un tazón hondo de barro y raicillas en el centro. El agujero lateral de entrada era pequeño, y las ramitas que lo rodeaban estaban erizadas de espinas agudas, lo mismo que los costados del nido y el redondo tejado de cestería. Era el tipo de nido pensado para desanimar al ornitólogo más ardiente.
      Intentando no mirar hacia abajo, me tumbé sobre una rama e introduciendo la mano cuidadosamente en el espinoso envoltorio rebusqué en su interior. Sentí bajo los dedos la masa blanda y temblorosa de piel y plumón, y un coro estridente de píos salió de dentro del nido. Con mucho tiento cerré los dedos en torno a un bebé gordo y caliente y lo saqué. A pesar de mi entusiasmo, había que reconocer que no era ninguna belleza. El pico chato, con un pliegue amarillo en cada comisura, la cabeza calva y los ojos semicerrados y pitañosos se unían para darle un aspecto borracho y bastante estúpido. Por todas partes le colgaba la piel en bolsas y arrugas, aparentemente sujeta de mala manera a la carne por cañones negros. Entre las patas raquíticas aparecía un enorme estómago fláccido, con la piel tan delgada que a su través se distinguían vagamente los órganos internos. El pollo se asentó sobre mi mano, con la barriga extendida como un globo lleno de agua, y pió esperanzadamente. Hurgando de nuevo en el nido encontré otros tres pollos, cada uno tan repulsivo como el primero. Tras examinarlos atentamente uno a uno y pensarlo un poco, decidí llevarme dos y dejarle los dos restantes a la madre. Me pareció lo más equitativo, y estaba seguro de que ella no tendría nada que objetar. Escogí el mayor (porque crecería rápidamente) y el más pequeño (por su patético aspecto), los envolví tiernamente en mi camisa y bajé con cuidado. Al mostrarles la nueva adición al zoológico, Widdle y Puke decidieron de inmediato que debían de ser comestibles y trataron de comprobarlo. Después de regañarles, se los enseñé a Roger. Él los olisqueó con su gesto habitual y retrocedió prestamente al ver que los pollos estiraban el cuello largo y pellejudo, abriendo de par en par la roja boca y piando con energía.
     Durante la vuelta a casa con mis nuevos protegidos fui todo el rato pensando qué nombre ponerles; aún me debatía con ese problema cuando llegué a la villa y encontré a la familia, que venía de compras en el pueblo, saliendo del coche. Acercándoles los polluelos en la mano, Pedí que alguien me sugiriera un buen par de nombres. Todos se volvieron a contemplarlos y cada uno reaccionó a su estilo.
      —¡Qué monada! —dijo Margo.
      —¿Con qué los vas a alimentar? —preguntó Mamá.
      —¡Qué cosa tan repugnante! —dijo Leslie.
      —¿Más animales? —exclamó Larry con desagrado.
      —Válgames, señorito Gerrys —dijo Spiro con cara de asco—, ¿qué son?
     Repliqué con frialdad que eran urracas pequeñas y que yo no le había pedido a nadie su opinión sobre ellas, sino simplemente alguna sugerencia para ponerles nombre. ¿Cómo podían llamarse?
      —Pobrecitas criaturas, mira que quitarlas de su madre —dijo Margo.
     —Espero que serán ya lo bastante mayores para comer solas, querido —dijo Mamá.
     —¡Qué barbaridad! Las cosas que encuentras el señorito Gerrys —dijo Spiro.
     —Tendrás que vigilarlas para que no roben —dijo Leslie.
     —¿Roban? —preguntó Larry alarmado—. ¿No son las grajillas las que roban?
     —Y las urracas —dijo Leslie—; menudas ladronas son las urracas.
     Larry sacó del bolsillo un billete de cien dracmas y lo agitó ante los pollos: al punto se irguieron, estiraron el cuello con el pico abierto de par en par y se revolvieron frenéticos. Larry retrocedió rápidamente.
     —¡Tienes razón, qué demonios! —exclamó muy excitado—. ¿Habéis visto? ¡Nada más ver el dinero se disponen a desvalijarme!
     —No seas ridículo, querido; lo que pasa es que tienen hambre —dijo Mamá.
     —Nada de eso, Mamá... ¿no has visto cómo se me tiraban? Es el dinero... ya a esa edad tienen instintos delictivos. No nos podemos quedar con unos bichos así; sería como vivir con Arsenio Lupin. Llévatelos y los dejas donde estaban, Gerry.
     Candorosa y falazmente expliqué que no podía hacerlo, porque la madre los abandonaría y perecerían de hambre. Ese argumento surtió el efecto previsto sobre Mamá y Margo.
     —No vamos a dejar que las pobres criaturitas se mueran de hambre —protestó Margo.
      —Yo no veo ningún inconveniente en quedarnos con ellas —dijo Mamá.
     —Te arrepentirás —dijo Larry—; son ganas de buscarse complicaciones. Nos expoliarán toda la casa. Tendremos que enterrar todas las cosas de valor y ponerles un vigilante armado. Es una locura.
     —No digas tonterías, querido —dijo Mamá tratando de calmarle—. Podremos tenerlos en una jaula y sacarles sólo a que hagan ejercicio.
      —¡Ejercicio! —exclamó Larry—. Le llamarás ejercicio a que revoloteen por todos lados con billetes de cien dracmas en sus cochinos picos.
     Yo prometí seriamente que bajo ninguna circunstancia se les permitiría robar. Larry me miró con desconfianza. Señalé que aún estaban sin bautizar, pero a nadie se le ocurría un nombre apropiado. Todos nos quedamos mirando a los temblorosos pollos, pero no nos soplaba la inspiración.
      —¿Y qué van a hacer con esas porquerías? —preguntó Spiro.
      Con cierta acritud le respondí que pensaba quedarme con ellas, y que además no eran ninguna porquería, sino unas urracas.
      —¿Cornos se llaman? —preguntó Spiro, frunciendo el ceño.
      —Urracas, Spiro, urracas —dijo Mamá con pronunciación clara y pausada.
     Spiro se quedó rumiando la nueva adición a su vocabulario inglés, repitiéndola entre dientes para aprendérsela bien.
     —Curracas —dijo por fin—; gurracas, ¿no?
     —Urracas, Spiro —le corrigió Margo.
     —Pues esos es lo que he dichos —replicó Spiro indignado—, gurracas.
     Desde aquel momento renunciamos a buscarles nombre y pasaron a llamarse simplemente las Gurracas.
     Transcurrido el período de voracidad necesario para que adquirieran toda su pluma, Larry estaba ya tan acostumbrado a verlas por casa que se olvidó de sus presuntos hábitos delictivos. Gordas; lustrosas, locuaces, posadas sobre su cesta y batiendo las alas con energía, las Gurracas eran la imagen misma de la inocencia. Todo fue bien hasta que aprendieron a volar. Las primeras etapas consistían en saltar de la mesa de la terraza, aletear con frenesí y planear hasta estrellarse en las losas de piedra, unos cinco metros más abajo. Su valor fue robusteciéndose al tiempo que sus alas, y no hubo que esperar mucho para presenciar su primer vuelo auténtico, una especie de tiovivo alrededor de la villa. Estaban tan bonitas con la larga cola reluciente al sol, las alas silbando al bajar como flechas para pasar por debajo de la parra, que llamé a la familia para que saliera a verlas. Conscientes de su público, las Gurracas se pusieron a volar cada vez más deprisa, persiguiéndose la una a la otra, tirándose contra el muro para esquivarlo a unos pocos centímetros, haciendo juegos de acrobacia en las ramas del magnolio. Hasta que una de ellas, excesivamente fiada de nuestros aplausos, calculó mal la distancia, chocó con la parra, fue a estrellarse en la terraza y, en lugar de un ágil y temerario as de la aviación, me encontré con un desconsolado paquete de plumas que abría la boca para gemir tristemente cuando lo recogí y traté de reanimarlo.

      Pronto aprendieron que la cocina era un lugar excelente de visita con tal que permanecieran en el umbral; en el cuarto de estar y el comedor no entraban nunca si había alguien; de las alcobas, sabían que la única donde que se garantizaba una cálida acogida era la mía. En las de Mamá y Margo entraban, pero continuamente se les estaba diciendo que no hicieran esto ni aquello, y se aburrían. Leslie no les permitía pasar más allá del alféizar de su ventana, y dejaron de visitarle a partir del día en que se le disparó accidentalmente una escopeta. Aquello les produjo un ataque de nervios, y creo que tenían la vaga impresión de que Leslie había atentado contra sus vidas. Pero el cuarto que más les intrigaba y fascinaba era, por supuesto, el de Larry, posiblemente porque nunca lograban echarle un buen vistazo. Antes de tocar siquiera el alféizar recibían tales rugidos de ira, seguidos de rápida lluvia de proyectiles, que no tenían más remedio que aletear velozmente hasta la seguridad del magnolio. Incapaces de comprender la actitud de Larry, dedujeron que si armaba todo aquel alboroto sería porque tenía algo que ocultar, y se impusieron el deber de encontrarlo. Para ello esperaron pacientemente hasta una tarde en que Larry salió a darse un baño y dejó la ventana abierta.

     Yo no descubrí a qué actividad se estaban dedicando las Gurracas hasta que volvió Larry; las eché de menos, pero supuse que habrían volado monte abajo a robar uvas. Es obvio que tenían conciencia de estar haciendo una maldad porque, aunque habitualmente locuaces, llevaron a cabo su incursión en silencio y (según Larry) turnándose de centinelas en el alféizar. Allí es donde él, al subir por el monte, vio con horror a una de ellas y le gritó iracundo. El pájaro dio un chillido de alarma, el otro salió de la habitación y ambos volaron al magnolio graznando con voz ronca, como escolares sorprendidos saqueando un huerto. Larry entró corriendo en casa y se abalanzó a su cuarto, agarrándome por el camino. Al abrir la puerta exhaló un alarido de alma en pena.

     Las Gurracas habían registrado el cuarto con la minuciosidad de un agente secreto en busca de planos. Como cúmulos de hojas otoñales yacían por el suelo montañas de papeles escritos a mano y a máquina, decorados en su mayoría con primoroso encaje de agujeros. Hay que decir que las Gurracas sentían pasión por el papel. La máquina de escribir aparecía en mitad de la mesa cual caballo destripado en el ruedo, saliéndosele la cinta por todas partes y con las teclas salpicadas de excremento. Una escarcha de brillantes clips recubría alfombra, cama y mesa. Las Gurracas, sin duda llevadas de la sospecha de que Larry fuera traficante de drogas, habían luchado valerosamente con la lata de bicarbonato hasta derramar su contenido sobre una fila de libros, confiriéndoles todo el aspecto de una cordillera nevada. La mesa, el suelo, los manuscritos, la cama, y sobre todo la almohada, aparecían adornados con artística y original cadeneta de pisadas en tintas verde y roja, como si cada una de las aves hubiera vertido su color favorito para pasearse en él. El frasco de tinta azul, que no había resultado tan llamativo, estaba intacto.
     —Esto es el colmo —dijo Larry con voz temblorosa—, el verdadero colmo de los colmos. O haces algo con esos animales, o les retuerzo el cuello personalmente.
    Yo protesté que no podía culpar a las Gurracas. Les llamaban la atención los objetos, expliqué; no lo podían evitar, estaban hechas así. Todos los miembros de la familia de los córvidos, continué acudiendo con calor a su defensa, eran curiosos por naturaleza. No tenían conciencia de haberse portado mal.
     —No pretendo que me des una conferencia sobre la familia de los córvidos —dijo Larry amenazador—, y no me interesa el sentido moral de las urracas, sea heredado o adquirido. Lo único que te digo es que o te deshaces de ellas o las encierras, porque en caso contrario les voy a arrancar las alas de cuajo.
     El resto de la familia, ante la imposibilidad de sestear mientras durase la discusión, acudió a averiguar la causa del alboroto.
     —¡Dios santo! Pero, querido, ¿qué has hecho? —preguntó Mamá, paseando la vista por la habitación arrasada.
     —Mamá, no estoy de humor para contestar preguntas imbéciles.
     —Deben haber sido las Gurracas —dijo Leslie, con la satisfacción con que el profeta ve cumplidas sus profecías—. ¿Te falta algo?
     —No, no falta nada —dijo Larry con rencor—; ese detalle me lo han perdonado.
     —Tus papeles han quedado hechos una pena —observó Margo.
     Larry la miró un momento, respirando hondo.
     —Qué eufemismo tan magistral —dijo por fin—; siempre encontrarás la estupidez más apropiada para resumir una catástrofe. Cómo envidio tu incapacidad pensante frente a la Fatalidad.
     —No hay por qué insultar —dijo Margo.
    —Larry no habla en serio, querida —explicó Mamá faltando a la verdad—; es natural que esté disgustado.
     —¿Disgustado? ¿Disgustado? Esos buitres tiñosos me asaltan esto como un par de críticos, me destrozan y empuercan el manuscrito cuando ni siquiera estaba aún terminado, ¿y te parece que estoy disgustado?
     —Es muy enojoso, querido —dijo Mamá, intentando mostrarse vehemente—, pero estoy segura de que no lo han hecho a propósito. Ten en cuenta que no entienden... no son más que unos pájaros.
     —Mira, no empieces —dijo Larry con ferocidad—. Ya he tenido que soportar un discurso sobre el bien y el mal en la familia de los córvidos. Vuestra actitud ante los animales es algo repugnante: tanta cursilería antropomórfica para excusarles, pobrecitos. ¿Por qué no os hacéis todos Adoradores de las Urracas y construís un templo en su honor? No parece sino que soy yo el culpable, y que es culpa mía que mi cuarto esté como si acabara de saquearlo Atila rey de los hunos. Pues os lo aviso: si no se hace algo con esos bichos de inmediato, yo mismo me encargaré de ellos.

      Como Larry parecía dispuesto a realizar sus propósitos asesinos, decidí que sería más prudente poner a las Gurracas a buen recaudo; mientras pensaba qué hacer con ellas, las hice entrar en mi alcoba con ayuda de un huevo crudo y las encerré en su cesto. Era obvio que habría que meterlas en una jaula, pero tendría que ser realmente espaciosa, y no me consideraba capaz de emprender yo solo la construcción de un aviario grande. Sería inútil pedir la colaboración de la familia, y no vi otro recurso que engatusar al señor Kralefsky. Podía venir a pasar el día con nosotros, y una vez acabada la jaula tendría oportunidad de enseñarme a luchar, cosa que yo venía esperando desde hacía mucho tiempo y para la que esta ocasión parecía ser ideal. La habilidad pugilística del señor Kralefsky no era, según descubrí, más que uno de sus muchos talentos ocultos.

Gerald Durrell: Mi familia y otros animales. (My family and other animals)
Alianza Editorial.
Traducción Maria Luisa Balseiro
Para descargar en archivo de Word

Imagen de portada: Gerald Durrel en África. Fotografía de Howard Sochurek en Life

05/08/2010 14:17. Editado por Gatopardo enlace permanente. RECOMENDAMOS

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gravatar.comAutor: Moncho

Empecé este libro hace muchos años, en verano, y no recuerdo por qué no lo pude acabar. Lo había olvidado por completo.

Gracias

Fecha: 06/08/2010 08:12.


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