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ROMANCE DE PARIS Y ELENA

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18 PARIS Y ELENA

Estando la reina Elena
    en su bastidor bordando,
agujica de oro en mano,
    un pendón de amor labrando:
-Dios guarde a la reina Elena,
    Dios la ponga en alto estado.
-¿Quién es ese caballero
    tan cortés y bien hablado?
-París soy, la mi señora,
    París, vuestro enamorado.
-Por vuestro cuerpo, París,
    ¿qué oficios tenéis en mano?
-Mercader soy, mi señora,
    y por la mar gran corsario;
tres navíos tengo al puerto,
   de oro y almizcle cargados.
En el más chiquito de ellos
    tengo yo un rico manzano,
que echa manzanitas de oro
   en invierno y en verano.
-Si tal es verdad, París,
   razón es de ir a mirarlo.-
Con ciento de sus doncellas,
   reina Elena se ha embarcado.
-¿A dó el manzano, París,
   dónde está el rico manzano?
-Yo lo soy, la reina Elena,
   yo soy el rico manzano,
que echo manzanas de amores
   en invierno y en verano;
las manzanas son los hijos
   que vais parir cada año.
¡Iza vela, marinero,
   está la presa en la mano!
-¡Échame en tierra, París,
   París, el descomulgado!
-No lloréis, la reina Elena,
   ni hagáis llanto tan sonado,
que la ciudad ya se aleja,
   el aire me está ayudando.

     A finales de la Edad Media, hubo una generación de juglares romancistas cuyas más divulgadas creaciones fueron los llamados “romances juglarescos carolingios”, de que ya he hablado y habré de hablar repetidamente; pero su actividad no se limitó a temas más o menos relacionados con la poesía épica medieval, pues cubrieron campos muy diversos. Entre ellos, los que la historia y la novelística medieval heredaron de la épica homérica.
     Dos Pliegos sueltos, una Ensalada de muchos romances (incluida en otro) y el Libro en el qual se contienen cincuenta romances (hacia 1525-1530) nos revelan la difusión de un romance de 138 octosílabos (ó 69 dieciseisílabos, con cesura), en dos series asonánticas, -á.o y -á, que con lenguaje, expresiones y motivos convencionales, y recursos compositivos típicos de la juglaría romancística tardo-medieval narra el rapto de Elena, el asalto a Troya por Menelao y Agamenón y su venganza y, finalmente, el cruento castigo de Paris. No hay duda de que el texto impreso en el siglo XVI venía de tiempo atrás.
     Los cantores tradicionales que, desde el siglo XV hasta el siglo XX, repitieron oralmente el romance, haciendo posible su pervivencia en las comunidades sefardíes de Oriente (en Salónica, Lárissa, Constantinopla, Bucarest y Pazardjik) y de Occidente (en Tánger, Tetuán, Larache, Alcazarquivir y Orán), así como en las Islas Canarias, segregaron, sin duda desde muy pronto, la escena inicial, la del rapto, dotándola de autonomía literaria. El hecho de ser, ya en el romance juglaresco, una escena en que predominaba el diálogo, la hacía especialmente apta para ser recordada, no ya tan sólo por profesionales de la narración cantada pública, sino como parte del repertorio de cualquier gustador de romances. Bastaba eliminar de ella los rasgos más típicos del arte narrativo juglaresco, como es el de la presencia de versos o incisos destinados a aclarar quién habla o el de dirigirse con un vocativo al noble auditorio. Es sorprendente la extraordinaria memoria de los versos del antiguo texto que, pasando de boca en oído y de oído en boca durante tantos siglos, se han perpetuado en las tres ramas, tan distantes entre sí, de la tradición.
     Pero la comparación de las tres ramas de la tradición oral de los siglos XIX y XX, la balcánica, la marroquí y la canaria, entre sí y con el romance juglaresco de donde proceden, muestra, por otra parte, que no sólo en el hecho de hacer autónoma la escena del rapto proceden de un mismo entronque. En el romance juglaresco para nada se habla del fantástico manzano, que tanto en la tradición oriental, como en la del Magreb, como en la canaria sirve para atraer a la reina Elena al navío corsario, ni, por tanto, de su simbolismo, revelado por Paris cuando el navío alza las velas. Otros aspectos menores del trabajo de adaptación del texto juglaresco al estilo propio del romancero tradicional confirman la evidencia de que las tres tradiciones recorrieron juntas parte del camino.
      Entre ellos, me interesa destacar la pregunta de Elena:

-¿Qué oficios tenéis, París
   qué oficios habéis tomado?

que tienen en común, con pequeñas diferencias verbales, las ramas oriental y marroquí (y que la canaria deforma, convirtiendo en “vicios” los “oficios”), substitutiva de la del texto juglaresco:

-Paris, ¿dónde avéys camino,
   donde tenéys vuestro trato?,

ya que reaparece en el Alto Aragón:

-¿Qué oficios tenéis, mi hijo,
   qué oficios habéis tomado?

en un romance religioso que es contrafacta de dos romances tradicionales profanos “Las almenas de Toro” y “Paris y Elena”. La Contrarreforma, entre otros fenómenos literarios que trajo consigo, fomentó el de “volver a lo divino” toda clase de productos literarios exitosos. Respecto al Romancero y la lírica tradicional, aparte de los grandes maestros de éste arte (como López de Úbeda y Valdivielso), múltiples ingenios de aquellos tiempos se dedicaron a contrahacer romances y canciones de todo tipo y temática. Bastantes de esos romances “a lo divino” llegaron a entrar en la corriente del romancero tradicional, acomodándose a su estilo, y, llevados por ella, llegaron al siglo XX, en que fueron recogidos en las más diversas regiones. La prresencia en el Alto Aragón (y, más deformado, en la Lérida pirenaica y aún en Castellón) de textos de ”Las almenas de Toro, a lo divino” rematado con “Paris y Elena, a lo divino” muestra que el romance tradicional surgido del juglaresco tuvo difusión en la Península y, a lo que parece, con variantes análogas a las que comparten las muy distantes áreas tradicionales en que el romance continuó recordándose hasta tiempos modernos.

Diego Catalán, publicado en Romancero de la Cuesta del Zarzal

Imagen: Paris, Helena y Cupido : fresco del Museo Nazionale Archeologico de Napoles.

18/09/2010 06:58. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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gravatar.comAutor: Emilio

La modernidad está acabando con estas joyas de la tradición oral. Se conservaron tan vivas (y asombrosamente parecidas en regiones tan distantes) durante siglos y ahora van a desaparecer en el breve tiempo de un aleteo.

Coomaraswamy decía que la alfabetización había sido una ruina para la Tradición. Antes, las personas eran capaces de recordar y recitar de memoria miles y miles de versos de las teogonías hindúes, etc.

El Corán es aprendido de memoria aún hoy, ¿no es cierto? ¿No parece increíble?

Un saludo.

Fecha: 19/09/2010 15:55.


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