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BETTE DAVIS IBA CONMIGO A HACER PINTADAS


       Las tres conjuradas hicimos tiempo hasta que la madrugada hubo despoblado las calles.
      Nos habíamos atiborrado de café y de cigarrillos, y en la boca sentíamos la sequedad de brea del temor anticipado.
      Hace frío, y el vaho de nuestra respiración nos precede y se mezcla con una niebla deshilachada, que nos impide distinguir la acera contraria.
      Podríamos dormir o leer somnolientas en la cama, pero el enemigo está en vigilia, la democracia es frágil,  y sería difícil vencer los remordimientos si optáramos por la comodidad.
      Al poco, nos dispersamos y hacemos una pintada cada una en la rotonda del Gobierno Militar: allí quedan húmedas como sangre licuada: Un civil se puede militarizar, pero un militar no se puede civilizar, Militares, tenéis cerebro por error, os basta con la médula espinal y la más críptica, en azul mahón: El cromosoma Y es un cromosoma X cojo.
      Un soldadito nos chista:
     -¡Venga, idos al pijo que me va a caer un puro por vuestra culpa!
     -¿Pero tú no eras antimilitarista y objetor, so capullo?
     Adolfo, el recluta, hijo de un amigo nuestro de la infancia, pone cara de sufrimiento y nos vuelve a pedir que nos vayamos, pero nos lo pide por favor: por algo se ha votado "sí" a las reformas democráticas...
      Sara lleva un anorac de su hermano, un gorro de lana hasta las cejas, y ha resuelto combatir la cistitis envolviéndose el bajo vientre con una bufanda kilométrica. No sé de dónde habrá sacado que es muy sano escupir y de vez en cuando lanza un escupitajo raquítico.
      En el muro de su antiguo colegio, el de las madres dominicas, escribe: “La virginidad produce cáncer: ¡vacúnate!"
     Ágata lleva el abrigo largo de su madre, con un cuello de dos palmos de piel apolillada, y parece un cruce de Miguel Strogoff con marquesa arruinada. Su estrabismo se agudiza cuando está cansada, y a estas horas uno de sus ojos mira fijamente su hombro izquierdo mientras el otro se pasea arriba y abajo por la acera por si encuentra alguna moneda. Con voz ronca susurra apenas:
      -¿Sabéis cómo hace la policía el test para saber si has fumado hachich?
      -Cómo el de alcoholemia, soplando en un aparato. -Contesto yo, que soy la cartesiana del grupo y suelo dejarme revolcar por su falta de lógica.
      -Te hacen escupir varias veces, y si no tienes saliva, te trincan.
      Nos reímos ante la argucia, si bien es cierto que yo no lo entendí hasta hace poco, porque jamás he fumado hachich, pero eso es como confesar que no hemos tenido una vida amorosa digna de la libertinas que aparentamos ser.
      Llegamos al muro que hemos escogido en el Colegio de los Escolapios, a cincuenta metros del Gobierno Civil y la Comisaría. Tenemos los sprays listos,  verde, rojo y azul, cada una el suyo.
      -¿Quién vigila por si viene la bofia?
      -Yo escribo, vosotras vigilad –digo caballerosamente. Y agito con vehemencia el bote para contrarestar el frío que impide salir la pintura. Hace un ruido atronador al golpear las bolitas de plomo que lleva el bote, o por lo menos eso se nos figura, pero aguantamos el miedo con los ojos desorbitados.
      -Venga, que nos van a oir.
      Temblad, pequeños, yo fui quien mato a Mortimer el Cojo
Y con una letra que nos hubieran alabado los padres escolapios, queda allí para pasmo de mis paisanos.
      Según lo acordado, nos separamos al llegar al cruce y las tres seguimos caminos diferentes hasta llegar al siguiente punto, en la pared blanca que hay enfrente del Hospital.
      Unos cuantos celadores fuman y bromean a la puerta y nos miran llegar escalonadas.
      -Se han fijado en nosotras –digo tensa y con la voz agarrotada. Ágata fija en mí su inquietante mirada pendular y pregunta retórica:
      -¿Cómo no se van a fijar? Llevas unas pintas...
      -¿Qué pinta llevo? -pregunto más retoricamente que ella.
     -Joder, agüela, la boina con visera, el pantalón de cuadros rojos tres tallas grande, el chaquetón de cuadros verdes de leñador, y, por si faltara algo, los botos con herraduras...
      -Voy normal –digo- Mi asignatura negra es la elegancia, según ella, pero precisamente voy conjuntadísima: toda de cuadros, hasta la camisa de felpa y el jersey de rombos.
      Sara corta la discusión:
      -Vamos al mercado y luego volvemos.
      Las calles tienen charcos de hielo y las farolas envueltas en niebla parecen fuegos de San Telmo. Hay que reconocer que mis botos hacen un ruido endemoniado, pero los zapatos de tacón de Ágata no les van a la zaga. La única discreta es Sara, que lleva unas botas militares que yo le envidio.
      A la vuelta de la esquina nos sobrepasa el coche patrulla de la policía, que aminora la marcha y se pone a nuestro paso.
      - ¡Buenas noches! ¿Saben dónde podemos encontrar una farmacia de guardia? –pregunto con una sonrisa boba a lo Bette Davis en "La solterona".
     -¡Vaya, buscas una farmacia de guardia! ¿Se te ha resfríado el espray, agüela? -dice con mucho retintín uno de los bofias.
      Tiro de mi album de interpretaciones y saco a Bette Davis en “¿Qué fue de Baby Jane?" cuando le lleva a la paralítica la bandeja con una tapadera que esconde una rata muerta
      -¿Qué spray?
      Salen los otros policías del coche y nos rodean con caras de pocos amigos:
     -¡Esperad un momento! ¡Vamos a hablarlo nosotros!–  dice uno de ellos, y me separa de mis amigas:
      -Nosotros no hemos visto nada y vosotras nos ponéis estas pintadas del Sindicato de Policía- Y me da el papel con sus reivindicaciones y diecisiete faltas de ortografía.
      No hay otro remedio.
      -Bueno, bueno, bueno... ahora sindicalistas ¿eh?
      -¿Es que sí o que no?
      -Que sí, que haremos vuestras pintadas y las nuestras.
      -¡No, no, las vuestras no!
      -Ah, entonces vamos a comisaría porque no hemos hecho nada por llevar un spray... -digo imitando a Bette Davis en "La Loba". Es para pintar las bicicletas.
      Se queda pensativo y se va a hablar con los otros policías. Discuten. Mis amigas me preguntan en susurros:
     -¿Qué pasa?
     -Que para no detenernos, a cambio quieren...
     -¡Ah, no, qué guarros, eso no!- corta Sara- ¡Que se paguen una puta!
     - ...que les hagamos las pintadas del sindicato clandestino suyo: no os hagáis ilusiones, que no les interesa nuestra virtud.
      Y a la mañana siguiente en la ciudad, hermanadas por la misma caligrafía, campaban nuestras reivindicaciones y las suyas en las que respetamos escrupulosamente sus coces al diccionario: Derecho ha sindicacion para la Policia. La libertad no se mendiga, se conquista . Horarios umanos para los policías. Si Dios existe es su problema. Unete al sindicato de Policia, conpañero. Mata al policía que llevas en la cabeza. Los Policias no tenemo derechos y es una verguenza. Parreño: tienes halitosis anal...
      Y los policías que vinieron desde Valencia se hartaron de vigilar a los policías autóctonos, sin lograr pillarlos haciendo las pintadas que cada noche se multiplicaban por los muros de mi ciudad.
      Fue heroica la transición y la consolidación de la democracia, os lo puedo asegurar: nos llenamos de sabañones, por poco se le queda crónica la cistitis a Sara, y los cabrones aquellos del Sindicato de Policía nunca nos pagaron los sprays.

Gatopardo
30/10/2010 14:27. enlace permanente. RELATOS

Comentarios > Ir a formulario

gravatar.comAutor: Iván

Real como la vida misma. En caso contario dificilmente se podría describir con tal naturalidad.Por decir algo.

Fecha: 31/10/2010 04:54.


gravatar.comAutor: Gatopardo a Iván

Como relato de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Lo único cierto es que los bofias dijeron que nos pagarían los sprays y no nos los pagaron.

Fecha: 31/10/2010 13:16.


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Gatopardo

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y persiste en el error,
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le colgamos un campano.
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