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ROMANCE DE ALIARDA

19 ALIARDA

      a)

Ya tocan a misa en Roma,
    en la iglesia de Santiago,
dice misa el arzobispo,
   la predica el Padre Santo.
Galiarda y sus doncellas
   mucho habían madrugado;
no madrugan por rezar,
   ni les mata tal cuidado,
madrugan por ver mancebos
   que van a misa de gallo.
Por la puerta del Perdón,
   mucha gente iba entrando;
entran condes y marqueses,
   personas de gran estado,
entraba el conde Laurel
   con un niño de la mano.
Cada cual tomó asiento
   según eran sus estados;
el niño, por más pequeño,
   de trece o catorce años,
el niño, que era el más joven,
   tomó el asiento más bajo.
Galiarda, que lo vio,
   del niño se ha enamorado
y le ha hecho una señita
   con el guante de su mano.
Él, aunque luego comprende,
   atento a la misa ha estado;
así que acabó la misa,
   el niño se ha levantado:
—¿Qué me quieres, Galiarda?
   aquí estoy a tu mandato.
—Que me lleves de la iglesia
   hasta entrar en mi palacio;
también, si fuera tu gusto,
   que me lleves de la mano.
—Se lo diré a mi tío,
   que es más viejo y enseñado.
—A ti es a quien quiero, niño,
   yo de viejos no hago caso.
Por donde les veía la gente,
    la mano le iba apretando;
por donde no les ve nadie,
   de amores le iba hablando:
—¡Válgame Dios, muchachuelo,
    si fueras de veintiún años!,
comieras conmigo en mesa,
   dormirías a mi lado.
—Para eso, mi señora,
   ya estoy bastante criado,
¡oh, quién durmiera, Galiarda,
   sólo una noche a tu lado!
—De dormir, galán, dormir,
   de dormir, yo dormiría,
mas miedo me tengo, miedo
   que en la Corte lo dirías.
De dormir, galán, dormir,
   de dormir yo sí holgara,
mas miedo me tengo, miedo
   que en la Corte te alabaras.—
Sacó espada de su vaina
   y la puso contra el día:
—¡Con ésta me mate el moro
    si en la Corte lo diría!—
Sacó espada de su vaina
    y la puso contra el alba:
—¡Con ésta me mate el moro
    si en la Corte me alabara! —
Toda la noche durmiera,
    toda la noche holgara;
otro día, de mañana,
    en la Corte se alababa:
—Esta noche, caballeros,
    dormí con una doncella
que en los días de mi vida
    he visto cara más bella;
tenía la cama de oro,
    los paramentos de seda,
y le relumbraba el cuerpo
—como la nieve en la sierra.—
Todos a una voz dijeron:
    ” Ésa Galiarda era”.
Un hermano que allí estaba,
    ¡nunca en la Corte estuviera!:
—Cásate con ella, niño,
    niño, cásate con ella,
ya que la has afrentado,
    no la dejes en la afrenta.
—Juramento tengo hecho,
    en la cruz de mi bandera,
de no casarme jamás
    con la que el cuerpo me entrega.—
Sacan espadas de vainas
    y el niño conde dio en tierra.

      En octubre de 1946, en el primer año de mi experiencia como colector de romances de la tradición oral, una mujer de unos 50 años, en la villa de Simancas, nos dijo, a Álvaro Galmés y a mí, una magnífica versión de “Ya tocan a misa en Roma”. Estábamos completando nuestro primer artículo científico, sobre el límite lingüístico entre las pronunciaciones con f- inicial y con aspiración h- (hecha j-) en el Oriente de Asturias y el Alto León, buscando en el Archivo de Simancas documentación medieval acerca de los límites de los concejos asturianos partidos por esa frontera. Íbamos a Simancas desde Valladolid cada día en bicicleta y por las tardes aprovechábamos para recorrer pueblos del entorno en busca de romances. Esa versión fue uno de los hallazgos más preciados.
      En la Península, el tema tiene su área de conservación moderna precisamente en Tierra de Campos, siendo las mejores versiones las recogidas en las provincias de Valladolid y Palencia; también son completas las de Burgos y Cantabria. En Asturias, la narración se ha contraído. Aisladamente, en Extremadura, se documenta en una espléndida versión recogida por J. Bal y Gal en 1931. En la tradición judeo-española de Tánger, Tetuán y Orán, también se ha conservado. En la de Oriente sólo sobrevive de forma muy fragmentaria (o incorporado a “Melisendra sale de los baños”), limitándose el recuerdo a la jactancia.
      En el siglo XVI, la historia de “Galiarda (o Aliarda) y Florencios” se publicó fragmentada en varios romances: “Missa se dize en Roma / en el altar de Saniago”, “Galiarda, Galiarda, / o quién contigo folgasse” y “Esta noche, cavalleros, / dormí con una donzella”. De los dos últimos hay, además, versión manuscrita, diversa en variantes y asonancias. En otro texto impreso, la historia se cuenta unida, pero con un escenario introductorio diferente: “Ya se salía Aliarda / de los vaños de vañar”.
    “Missa se dize en Roma” tiene, como el correspondiente trecho de nuestro romance del siglo XX, asonante -á.o. Por su parte, “Galiarda, Galiarda”, en la versión manuscrita, comienza en -á.e y acaba en -í.a, y, en la impresa (salvado el error de remplazar dos desinencias verbales en -ía poniendo -éis), se emplea, además de -á.e y de -í.a, el asonante -ó. “Esta noche. cavalleros” tiene asonante -é.a, como la parte análoga del romance moderno. En cuanto a “Ya se salía Aliarda”, al carecer de la escena de la iglesia, empieza en -á.e (-á); luego recurre a -á.a y, finalmente a -é.a. La tradición moderna comparte con la antigua la variedad de series asonánticas y, en Marruecos, se añade a ella el rasgo métrico, aún más antiguo, de las series paralelísticas.
      La tradición peninsular no conserva rastro de la cínica respuesta de Galiarda al tener noticia de la muerte del muchacho, que remataba, con broche de oro, la historia en el siglo XVI:

Desque Galiarda lo supo,
    gran enojo recibiera:
—Pésame, mis cavalleros,
    hagáys cosa atán mal hecha;
lo que aquel loco dezía
    no era cosa creedera,
hasta saberlo de cierto,
    no le avíades de dar tal pena.

      En la tradición africana, aparece, como sustitución irónica, la retractación del alabancioso, hecha a tiempo para salvar su vida:

—Anoche, mis caballeros,
    yo bebí mucho del vino,
que no sé lo que yo hablo
    ni menos lo que yo digo;
anoche, mis caballeros,
    bebí yo mucho del claro,
que no sé lo que yo digo,
    ni menos lo que yo hablo.

      La desaparición del tema, como conjunto narrativo, en otras comarcas de la tradición peninsular que llegó al siglo XX, no supone el desconocimiento total de su parte central, relativa al incumplimiento por el varón del juramento de no alabarse de la aventura. El famosísimo ciclo de romances referentes al Conde Claros y Claraniña, ha dado lugar en la tradición oral a que emerja como historia preferida aquella (ya conocida en el siglo XVI, aunque menos famosa que la de “Conde Claros preso”) en que el descubrimiento de la deshonestidad de Claraniña da lugar a que su padre, originalmente el Emperador Carlos, la condene a ser quemada. Esa historia aparece en el Romancero del siglo XX encabezada por muy diversas escenas donde se da cuenta de la deshonra de la infanta y de cómo la noticia llega a conocimiento de su padre. Sea cual sea el comienzo, funcionalmente viene a ser lo mismo en la “fábula”, y se narra de la misma manera cuánto sigue: el rey aprisiona a su hija, trata de provocarle el aborto y la condena a ser quemada; la infanta, por medio de un paje, comunica su sentencia al conde; el conde, disfrazado de fraile, acude al lugar del suplicio y, simulando confesarla, consigue comprobar que ella no ha otorgado su amor a otro que a él; el conde libera a la infanta del suplicio raptándola y llevándosela a sus tierras. Entre las diversas causas de que el padre se vea públicamente afrentado, se halla la de la indiscreción del amante por alabancioso, acompañada de más o menos elementos procedentes de “Aliarda”. Por ejemplo, en el Sur de la Península, el romance de “Conde Claros en hábito de fraile” comienza así:

b)

Se paseaba Elisarda
    por sus altos corredores,
con un vestido de seda
    que le arrastran los tachones;
el conde, que la está viendo,
    la requería de amores:
—¡Quién te cogiera, Elisarda,
    esta noche en mis ardores!—
Elisarda le contesta:
    Esta noche y otras noches;
mas temo que eres muy niño,
    te alabarás en la Corte.
—Juro en la cruz de mi espada,
    también por la vida misma,
de no me alabar, Lisarda,
    ni en la Corte ni en la villa.—
Otro día, por la mañana,
    por la Corte lo decía:
-Yo dormí con una dama,
    la flor de la maravilla.—
Todos dicen a una voz:
    Ésa será Elisardilla.

      En el Occidente, desde el Algarve y las islas portuguesas atlánticas hasta Asturias y León, el romance de “Conde Claros en hábito de fraile” puede también incluir todo un episodio de “Aliarda”, sea combinado con el insomnio amoroso del conde (procedente de “Conde Claros preso”), sea como comienzo:

—¡Galanzuca, Galanzuca,
    hija del conde Galán,
quién te me diera tres horas,
    a mi gusto y mi mandar!
—Tres horas a un caballero
    no se le pueden negar;
pero pareces ligero,
    luego te habrías de alabar.
—Con esta espada yo muera,
    con otra de más cortar,
si a mujer que me dio el cuerpo
    yo la fuera a infamar;
secretos de una doncella
    nunca yo los supe hablar.—
Otro día de mañana
    fue a la plaza a pasear:
—Cuenten, cuenten, los señores,
    yo también he de contar.
Esta noche, caballeros,
    sabréis que fui a cazar,
hallé una liebre tan fina,
    que nunca vi tal saltar,
con tres horas de corrida
    nunca la llegué a cansar.—
Miran unos para otros:
    “¿Quién sería, quién será?”
Allí estaban tres hermanos,
    que venían a pasear:
—¿Si será nuestra hermana,
    que no la hay parigual?
—Ésa es, los mis amigos,
    ésa es, ésa será;
para sacaros de dudas,
    la hija del conde Galán.

      En León, Asturias y Orense, el alabancioso describe la esplendorosa naturaleza de la dama gozada:

-Era alta como un pino
    y blanca como el cristal;
la cintura tan delgada,
    con dos manos la abarcar;
encima sus pechos nobles,
    los dados pueden jugar.

Diego Catalán, del Romancero de la Cuesta del Zarzal

Pinturas de Domenico Ghirlandaio

05/11/2010 05:35. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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