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CONSUELO BERGES: SOBRE SAINT-SIMON

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Introducción***

       En la transición del exilio exterior al interior, mi asepsia exagerada —rayana, por lo visto, en neurosis obsesiva— ante ciertos contactos, me impidió agen­ciarme, ni siquiera aceptar, alguno —o algunos— de los acomodos remunerados a la sombra maléfica de... «el régimen».

      «Desperdiciada mi vida dándola sin canal de ofi­cio o profesión»1, mi condición nativa de animalejo incrustado en la biosfera de la literatura me condujo al único trabajo que yo podía desempeñar con gus­toso esfuerzo para cubrir las mínimas necesidades de subsistencia: traducir libros del francés.

      Esto comenzó hace cuarenta años y ha terminado hace muy pocos, parado el maratón por la barrera infranqueable de una longevidad próvida en varie­dades patológicas.

      Después de traducir Los caracteres de La Bruyére para la colección «Crisol» de Aguilar, el fundador de la gran editorial, Don Manuel, me propuso extraer de las Memorias de Saint-Simon lo que contienen so­bre España. Le dije que sí, claro.

Creo que, cuando comencé a internarme en la procelosa selva saintsimoniana, nadie en España ha­bía emprendido su prospección —al menos con resultado editorial— e incluso que eran muy contados aquí los que conocían las oceánicas Memorias, tan célebres, tan celebradas y editadas desde que se le­vantó el secuestro oficial en el que las clausuraron los gobiernos franceses desde la muerte del terrible du­que, que no tenía pelos en la pluma, hasta pasados unos cuarenta años.

      Nada más asomarme al primer tomo de los 43 que suma la espléndida edición crítica de Hachette (todavía no se habían publicado los siete de «La Pléiade»), me quedé deslumbrada, a la vez que abru­mada por el empeño de cumplir el encargo de Aguilar (a 1.500 pesetas tomo de «Crisol»). Había que entresacar y enlazar, a lo largo de los trece primeros tomos, fragmentos de un mismo tema dispersos entre otros de un relato minuciosísimo (en orden o en de­sorden cronológico) sobre hechos y gentes del lar­guísimo reinado de Luis XIV y del copioso personal de su corte. Así llegué a componer dos volúmenes más o menos monográficos: La Princesa de los Ur­sinos (n.° 135 de «Crisol») y De Duque de Anjou a Rey de las Españas (n.° 228). Recientemente refun­didos y reducidos por mí, y alegremente titulados Memorias por Bruguera, reaparecen en un volumen de la colección «Libro amigo».

      Posteriormente volví a la carga, engolosinada por los grandes retratos de mujeres hechos con tan bri­llante pluma (y con tan mala uva en muchos casos) por el severo buscavidas que fue Saint-Simon, superduque y superpar de Francia.

      Recolectado el sabroso contenido de este cuarto volumen, formado y reformado varias veces y varias veces reordenado, corregido y prologado, fui ano­tando algunos posibles títulos. Eliminé los más ob­vios («Mujeres de la Corte de Luis XIV», por ejem­plo) y, superando algunas timoratas dudas, me decidí por el que campa al frente de este original y espero que alguna vez (quizá cuando yo haya cruzado la cercana frontera del sanseacabó) aparezca en la cu­bierta de un libro impreso*.

      Me decidí por este título no sólo porque me en­candiló y por mi condición de traductora de Proust, sino porque la ocurrencia —inspiración más bien— no fue, no es tan caprichosa o arbitraria como pu­diera parecer a la ortodoxia titularía. Me la sugirie­ron unas líneas recortadas de un artículo que Michel Butor publicó en «Le Monde»3 con ocasión del es­truendoso centenario de Proust: «La otra traducción de Ruskin nos lleva directamente a una de las dos obras que Proust designa explícitamente como mo­delo de La recherche: Las Memorias de Saint-Simon y Las mil y una noches».

      Declaración tan sorprendente no me pareció a mí —al menos en cuanto al primer supuesto «modelo»— una boutade contra alguno de esos más o menos impertinentes rebuscadores de influencias, que es lo que pudiera parecer a los lectores reverentes de Proust que no hayan recorrido, no ya todo el trayecto —se­ría demasiado pedir aun al más esforzado de los hi­potéticos lectores—, sino alguna que otra singladura de las oceánicas Memorias.

      Y la declaración proustiana que Butor recogió no me pareció a mí boutade, humorada u otro tipo cual­quiera de salida de pie de banco, porque, en 1971 (fecha del aludido artículo), hacía muchos años que yo había espumado las suculentas bodas de Camacho ofrecidas por Saint-Simon y acababa de traducir los últimos títulos de La recherche y Jean Santeuil para el «L.B.» de Alianza Editorial, y, para «Alianza Tres», los escritos de Proust recogidos en Los pla­ceres y los días y Parodias y miscelánea (títulos ori­ginales: Les plaisirs et les jours y Pastiches et mélanges) y en este menester me habían venido con fre­cuencia a las mientes mis anteriores inmersiones en el magma saint-simoniano. Seguramente mi evoca­ción comparativa obedecía a ciertas aparentes ana­logías del estilo o como quiera llamarse —siempre mal— a la manera en que el pensar y el observar se traducen en escritura; probablemente mi recuerdo de Saint-Simon, al traducir a Proust, surgiría entonces de la endiablada dificultad de desovillar el laberinto parrafal o sintáctico de uno y otro.

      En cuanto a la prosa de Saint-Simon, no tan pri­morosamente endiablada como la de Proust, he aquí cómo la juzga él en las páginas autocríticas con que se cierran las Memorias: «... Diré en fin unas pala­bras del estilo, de su negligencia, de las repeticiones demasiado multiplicadas, sobre todo de la oscuridad que se deriva a veces de la longitud de las frases» (el subrayado es mío).

      Y en el pequeño prólogo a mi primera selección extraída de las Memorias, añadía yo: «En efecto, sólo el pobre traductor conoce bien este múltiple en­lace de cláusulas subordinadas y vueltas a subordi­nar, esta desmesurada longitud de períodos e incisos, estas eslabonadas oraciones de relativo cuyo antece­dente hay que ir, muchas veces, a buscar subiendo la cuesta de cuatro o cinco renglones...».

      Algo parecido habría podido decir en cuanto a los problemas arquitectónicos que la prosa de Proust ofrece para su traducción (dejando aparte las difi­cultades de fondo).

      En todo caso, la impregnación y aun asimilación de la manera de escribir de Saint-Simon es bastante evidente en la de Proust. Y me refiero, claro es, a la exageración dimensional y vueltas y revueltas del pá­rrafo, que irrumpe con fuerza de torrente en Saint-Simon, que fluye con lentitud de remanso en Proust. Además de la citada declaración de deuda, él mismo nos dejó una significativa prueba de su larga inmer­sión en las Memorias: cuando en los Pastiches imita el estilo de varios escritores franceses tratando un mismo tema, su simulación saintsimoniana es tan perfecta, que, de no saber que es eso, simulacro, da­ría el pego.

      Frente a estas analogías aparenciales de construc­ción y dimensión de párrafos, están, naturalmente, las otras diferencias, que se podrían resumir en muy pocas líneas: la prosa de Saint-Simon es la de Proust en bruto; si la pluma de Saint-Simon es como un es­tilete que «perfora la página» (esto lo dijo Cocteau) y avanza a toda marcha, la de Proust la acaricia len­tamente, suavemente, perversamente.

      Y me anticipo a lo que probablemente va a pensar algún lector sagaz: el parentesco fisonómico entre los textos de Proust y los de Saint-Simon no sería suficiente para explicar el sorprendente testimonio en el que Proust declara su Recherche tributaria de las Memorias escritas casi dos siglos antes. Ni creo que, cuando Bastide, por ejemplo, en su excelente estu­dio Saint-Simon par lui-méme4, trae tantas veces a colación a Proust, pensara solamente —más bien nada— en tales apariencias. Ni mucho menos bas­tarían estas analogías de estilo, poco más que visua­les, para que en la copiosa bibliografía de Saint-Si­mon figure este título: Saint-Simon and Proust (Publications of the Modern Language Association of America, junio de 1931). Es, pues, de suponer, sin mayores investigaciones, que, si las Memorias de Saint-Simon sirvieron de algún modo a Proust como «modelo» para su Recherche (y es claro que habría que rebajar mucho en este débito, aunque no tanto como en el difícilmente admisible que el propio Proust se atribuye respecto a Las mil y una noches), la onda inspiradora vendría de mucho más adentro: de ciertas semejanzas, también muy ostensibles, entre «el gran mundo» fin de siécle del Faubourg Saint-Germain novelado en La recherche y la cortesana grey histórica pintada en las Memorias. Espero que en los retratos saintsimonianos aquí seleccionados y en los hechos, historias e historietas que les sirven de fondo, tan divertidas y procaces a veces y hasta, a veces, salaces (sin quererlo y quizá sin saberlo el pu­dibundo autor); espero que en las damas exuberantes a lo Montespan, o severas, inteligentes y tortuosas a lo Maintenon, en las ingenuas y en las intrincadas, en la esperpénticas, en las disimuladas y en las des­vergonzadas, y en los caballeros de corte o caballeros de industria (o de ambos títulos unidos, que pululan en torno a Luis XIV, empezando por algún fils de France; espero, digo, que los que hayan leído La recherche busquen y encuentren, no muy escondidos en las siguientes páginas, claros antecedentes de madame Verdurin, o de las Guermantes —por citar sólo estos ejemplares de primera línea—, y que el hermano de «el Rey Sol» (Monsieur con antonomástica ma­yúscula) les recuerde a monsieur de Charlus5, y, cerca de él, hasta a su violinista, y aun a su chale­quero, pero sin necesidad de emparejar figuras y con­trafiguras del mundo novelesco de Proust y del his­tórico de Saint-Simon, el parecido de conjunto entre uno y otro es bastante palmario.

      El inglés George Painter ha inquirido con paciencia y sagacidad detectivesca digna de Scotland Yard quiénes son, quiénes fueron en la vida real los personajes del Faubourg que Proust transfiguró con los encantamientos de su quintaesenciante alquimia. Saint-Simon retrata a sus personajes sin la menor in­tención de transfigurarlos buscándoles recónditos trasfondos, sólo de pintarlos tales como los conoció, como los tropezó en los jardines, en los salones, en las antecámaras, en las cámaras y casi en las alcobas de Versalles, salpimentándolos a menudo con las anécdotas subidas de color que le contaban otros chismosos de la corte de no tan gran cuantía como este duque y par de Francia cuya cotillería se reviste de vigilante celo por la limpieza de la sangre real, por el rigor condenatorio de que Luis XIV elevara a las más altas dignidades y a los más altos casamientos a los hijos bastardos que hubo de la Montespan y que la Maintenon patrocinó, mientras se transgredían los sacratísimos privilegios debidos exclusivamente a du­ques y duquesas, a pares y paresas. En este impla­cable rigor por la meticulosa observancia de jerar­quías, préséances y demás sacratísimas reglas de la coreografía palaciega, por la adjudicación debida o indebida del «derecho al taburete» (equivale, creo, al «derecho de almohada» en la pasada corte borbónica española) o el de sostener la palmatoria alumbrando a Su Majestad Cristianísima cuando se va a la cama, Saint-Simon llega a una especie de neurosis obsesiva que Bastide satiriza en muchas páginas de su citado libro, sin dejar de rendir más adelante el debido y muy explícito homenaje al escritor extraordinario («le plus grand écrivain de notre langue»), que llevó a cabo una obra tan enorme y sugestiva que, cuando pasado medio siglo de la muerte del autor, salieron del secuestro oficial sus millares y millares de folios y se publicaron, incompletos, esta primera edición y las subsiguientes suscitaron la admiración y hasta el asombro manifiesto de muchos de los grandes escri­tores franceses del xix.

      Tal vez el primero y con seguridad el más apa­sionado y más constante fue Stendhal. En la biblio­teca stendhaliana de Grenoble se conserva la citada primera edición de las Memorias, esmaltados de no­tas sus ejemplares. Releyéndolos está en Civitavechia, pasada la cincuentena, mientras comienza a escribir sus propias memorias —Vida de Henri Brulard—, en las que hace constar su más conocida profesión de fe saintsimoniana: «... Mi único placer era Shakespeare y las Memorias de Saint-Simon, entonces en siete volúmenes6, que posteriormente compraré en doce, con caracteres Baskerville, pasión que ha durado como las espinacas en lo físico».

      Y entre las muchas notas al margen de varios to­mos de las Memorias (e incluso de otros libros) exalta a Saint-Simon como escritor y hasta le envidia su fuerza de palabra y de frase.

      Tras Stendhal fueron brotando surtidores de pasmo de historiadores y sobre todo de escritores. Bastide (limitándose a los franceses) recoge algunas de esas loas asombradas: Michelet, Chateaubriand, Sainte-Beuve, Taine... Entre los de este siglo, Alain, Montherlant, Cocteau...

      No sé si en los no muchos escritores españoles importantes del XIX tuvo eco este entusiasmo saint-simonista de sus colegas franceses. En mis contem­poráneos del primer tercio del XX, yo no recuerdo haberlo encontrado (sin buscarlo, porque hasta 1944, yo misma, como he dicho, ignoraba totalmente a Saint-Simon). Pero creo que en los de la posguerra será difícil encontrar más de unos pocos interesados por el gran suceso histórico-literario que fueron, son y serán las Memorias. (Con ingenua alegría descubrí hace poco en la prensa una excepción del muy ex­cepcional y muy excepcionado Juan Benet. En la lec­tura pública de unos fragmentos de un libro suyo, después de declarar que no soporta a los enciclopedistas franceses, da sus tres nombres preferidos entre los clásicos vecinos: Montaigne, Montesquieu y... ¡Saint-Simon!) También lo cita alguna vez Rafael Sánchez Ferlosio y supongo que algún otro escritor de primera fila.

      En consecuencia, así como muchos lectores de otras lenguas, no sólo de la francesa, han gustado y degustado las Memorias de Saint-Simon o alguna parte de su imponente volumen, creo que en España, descontados los que hayan leído mis tres citadas se­lecciones, pueden contarse con los dedos de no mu­chas manos los españoles no inscritos en el censo de autores que tienen noticia directa, ni apenas in­directa, de la monumental pintura que Saint-Simon dejó de un reinado y de una corte superpoblada de grandes, de medianos y de pequeños personajes, protagonistas o testigos desde la escena, desde el pros­cenio o desde el gallinero, de grandes o curiosos he­chos, acontecimientos históricos y trastrueques geográficos, todo ello acaecido y comentado a lo largo de un reinado de setenta y siete años que ha dado inagotable tema a historiadores y cronistas (y hasta título a uno de los libros de Voltaire, El siglo de Luis XIV.

      Habrá, pues, que añadir a las precedentes obser­vaciones mías excesivamente libertarias, como siem­pre, unas páginas informativas de la vida mortal del duque de Saint-Simon y de la elaboración de su obra prodigiosa.

      En una muy insuficiente noticia autobiográfica que figura al principio de las Memorias y con la que abro esta muestra, informa Saint-Simon de la fecha, lugar y circunstancias de su nacimiento, su linaje y su inicial rumbo formativo, sin afición «al estudio y a las letras», contrapesada con «la que poseo innata a la lectura y a la Historia».

      Esta curiosa oposición entre «las letras» y «la lec­tura» parece hoy difícil de compaginar con las gran­des calidades de escritor que resplandecen en las Memorias, pero quizá se puede hallar cierta coherencia entre el desapego del niño Saint-Simon por «las letras» (que debían de ser para él lo que hoy llaman, yo no sé bien por qué, «literatura de creación») y un hecho señalado como extraño por Cabanis ayer, por Bastide hoy y supongo que por otros exegetas de las Me­morias: entre los muchos y detenidos retratos que Saint-Simon hace de casi todos los grandes y menos grandes personajes de la Corte y de sus aledaños, sólo de pasada dedica algunas líneas —despectivas casi siempre— a sus contemporáneos de «las letras», que eran Moliere, Racine, Montesquieu, La Fontaine, La Bruyère, La Rochefoucauld y otros varios inmortales.

      En 1692, su padre, modelo de «virtud» y de fi­delidad devotísima a su rey, el «casto» Luis XIII —«virtud» y «castidad» son palabras muy repetidas en las Memorias como primeras cualidades tanto de hombres como de mujeres—, le presenta a Luis XIV para servirle en una de las compañías de mosquete­ros.

      El Rey Sol le encuentra demasiado joven —die­cisiete años— y bastante esmirriado; sin embargo, se incorpora «al servicio» con una suite de treinta y cinco caballos. Llega a participar en el sitio de Namur y en la batalla de Neerwinden mandando una compañía de caballería.

      «La guerra ne lui va pas», dice Bastide, «pero sabrá siempre describir las batallas al dedillo (par le petit bout

      La guerra no es lo suyo, en efecto. De niño había dicho a su madre que quería «llegar a ser algo me­diante la lectura de memorias antiguas». Y a los die­cinueve años, ya en el ejército, empieza a tomar notas y a reunir papeles para las suyas.

      En 1702 cuelga la espada. Tiene veintisiete años, el castillo de La Ferié con sus gouvernements, unas cien mil libras de renta y la considerable dote de su mujer, hija del mariscal de Lorge, con la que se ha­bía casado a los veinte años y a la que, en diversos párrafos de las Memorias, presenta como un tesoro de virtudes, discreción ejemplar y tacto salvador para frenar los arrebatos del duque cuando se le disparan los resortes cada vez que se infringen los privilegios nobiliarios y las sagradas normas etiquetarias.

      Durante algunos años vive en un pequeño hotel particular de Versalles, fuera del inmenso recinto cor­tesano, avizorando y anotando, con rigor de fiscal más que de juez, lo que pasaba dentro. Acaba por obtener un departamento entre los dos mil del com­plejo palaciego y, ya en el teatro mismo de la farsa, afina su implacable vigilancia de la vida de la corte; tiene en ella unos pocos amigos importantes, bien ga­nados a golpes de arremetida lenguaraz contra mu­chos personajes de la gobernación cortesana, de la bastardía real escandalosamente enaltecida y aun de Monseñor el Gran Delfín, cuya camarilla («la cabale de Meudon») es uno de los más insalvables obs­táculos que le impiden subir a las altas esferas que él cree debidas a su rango y a sus talentos y saberes.

      La muerte de Monseñor es para él una «libera­ción inesperada». Desde hace años, Saint-Simon ha cabalé (el verbo, que equivale a intrigar, es de Bas­tide) por el nuevo delfín, hasta ahora duque de Bourgogne. Espera mucho de este próximo heredero de la corona —Luis XIV está ya muy enfermo—, de su vir­tud, de su religiosidad, de su discreción, méritos éstos y otros que fueron severa y suavemente cultivados por un «mentor» llamado nada menos que François Salignac de la Mothe-Fénelon, obispo de Cambrai, gran moralista, teólogo, pedagogo, autor de varios libros muy preciados, uno de los más famosos escri­tores de su tiempo y en su especialidad de formación de jóvenes (¡cómo recuerdo, y no con especial cariño, su Traité de l’éducation des filles, no apto para nuestras jóvenes feministas!).

      En funciones de preceptor del joven nieto de Luis XIV, y seguramente a él destinado, escribió el sabio obispo, afiliado a «el quietismo», su más co­nocido libro, Aventures de Télémaque, que los jó­venes de los años veinte leímos con el título de El joven Telémaco.

      Saint-Simon tiene el mayor respeto por Fénelon, cuyos libros (suponiendo que los haya leído) no debe él de incluir en el desdeñado ramo de «las letras», y cuando, por abstractas e indirectas pero muy claras críticas que el mentor de Telémaco (el propio Féne­lon) escribe pensando en el monarca disoluto y en su corte, es apartado del delfín, Saint-Simon asume su formación política, extraoficialmente y con triunfal alegría. Llega a escribir para el futuro monarca un Projet de gouvernement que completa verbalmente con recomendaciones de lo que deben ser principios básicos de un buen rey: «conocer a los hombres, des­preciar las ciencias, manifestarse en la corte, huir de las bagatelas, atacar a los ministros, esos plebeyos». Y, ante todo, degradar a los bastardos de Luis XIV y de la Montespan, empezando por el duque de Maine, principal bête noire del oficioso consejero.

      Pero en 1712 muere el joven delfín y se le hunden a Saint-Simon el Projet de gouvernement y todas sus quimeras personales: «J’ai goûté un peu de miel et voici que je meurs», escribe.

      Una pequeña resurrección en 1715, año en que se extingue, al fin, el longevo Luis XIV. A Saint-Simon le queda en la corte un valedor, el duque de Orleans, amigo suyo desde la infancia y que lo sigue siendo pese a su grave libertinaje y a sus horribles desvia­ciones hacia las ciencias y las artes. Como primer y legítimo sobrino de Luis XIV, asume la regencia del que va a ser Luis XV, que tiene cinco años, y Saint-Simon empieza a los cuarenta «su carrera política».

      Forma parte del Conseil de Régence e inicia ofi­cialmente la batalla que durante tantos años planeó. El primer objetivo es desposeer al duque del Maine (hijo de Luis XIV y de la Montespan) de sus más escandalosos títulos. El segundo, arremeter contra los miembros del parlamento y contra los ministros, gente de poco más o menos, villanos, roturiers. En el lit de justice de 1718, obtiene en buena parte la victoria. La descripción, en las Memorias, de este acontecimiento es, dice Bastide, «su gran grito de odio», la fecha cumbre de su felicidad. Se siente «baigné dans la rage, muerto de alegría como se muere de embriaguez o de apoplejía».

      Pero su gloria no va, de momento, más lejos de estos goces casi sensuales. Lo suficiente como para caer en los dominios de los chanteurs satíricos de Pa­rís, siempre al acecho de lo que ocurre en las alturas, siempre más cerca, claro está, de los routiers que de los duques. Véase, reproducido del libro de Bastide, uno de aquellos couplets, dedicado a Saint-Simon, le petit furibond.

      La culminación, oficial y personal, de «la ca­rrera» de Saint-Simon se cumple en los años 1721-1722. El Regente le envía de embajador extraordi­nario con la misión de concertar una futura boda de Luis XV con una hija de Felipe V, ambos todavía niños, y, de paso, asistir a la del Príncipe de Asturias con una hija del Regente francés.

      Más que «extraordinario», era, fue un embajador que ni pintado. Su embajada —«Mi embajada en Es­paña» titula su larguísimo relato— le arruinó, pero le reportó honores y orgías de ceremoniales palaciegos con los que ni siquiera había soñado en lo que para él era vergonzoso desbarajuste etiquetario de la corte del Rey Sol.

      Vale la pena copiar de Bastide —ahora literal­mente—: «Saint-Simon parte con seis nobles de alta graduación (seigneurs), ocho gentilhombres, doce pajes y treinta y seis lacayos (...). En los relevos del camino de Madrid invita a comer a toda la nobleza de la región, en Rouffet, en Burdeos, en Bayonne (donde salen a su encuentro a una legua au moins,) (...). Pero en Madrid, la cosa cambia, ¡estos espa­ñoles! Esta sí que es una nobleza que sabe lo que vale, que se siente fuerte y sabe responder; ¡qué lejos de "ces insectes de cour" de Versalles! Se baña en un raudal de oro y de grandeza, de grandes inqui­sidores, de mayordomos.
      »Habla de los españoles como Stendhal de los ita­lianos; tienen su pasión, la etiqueta, como los italia­nos tienen la del amor (...). Los derechos que recibe en la corte, como duque, o par de Francia, o em­bajador, o grande de España, son todos diferentes y no se confunden siempre, ¡qué deleite! (...). Los re­yes de España le han honrado con una amitié charmante (...). En una comida han llegado a honrarle (se supone que algunos comensales) con regüeldos sonoros; esto le ha parecido delicioso...».

      Pero el entusiasmo de Saint-Simon por su em­bajada en España y por los españoles no proviene única y desinteresadamente de la impecable ordena­ción de graduaciones, de las correctas préséances, de la perfección ceremonial. En un año de su embajada en España obtuvo, para él y para sus dos hijos —los bassets les llamaban, tan bajitos eran—, honores tales que ni en sueños lograra durante los dos lustros vi­vidos y sufridos cerca de Luis XIV: además de los suntuosos y cordiales agasajos, la grandeza de Es­paña, transmisible al primogénito, y el toisón de oro para el segundón.

      Pero cuando vuelve a París, este magnífico bagaje no le sirve de nada en la nueva situación dinástica. La salud del Regente acusa ya en grado extremo los efectos de su «vida depravada» (el calificativo es del Larousse), y muere, a los cuarenta y nueve años, en 1723, sin que, viviendo todavía el Regente, lograra Saint-Simon un lugar prioritario en la ceremonia de consagración del aún niño Luis XV en la catedral de Reims.

      Y renuncia. Se retira a su heredad de La Ferié. Ha reunido noventa y ocho cuadernos de apuntes que, con el diario de Dangeau, copiado y anotado por el propio Saint-Simon, y otros muchos materiales (les calculan un peso de 12.000 libras), componían los seis mil volúmenes que había reunido en la bi­blioteca de su hotel de la Rué Grenelle.

      Le quedan treinta y dos años de vida. Va a de­dicarlos casi enteramente a su grandiosa obra, las Memorias (más de 40.000 páginas), que escribe en La Ferté y en su casa de París (218, Boulevard Saint-Germain).

      A los setenta y cuatro años las suspende y, con el propósito de reanudarlas más adelante, se dedica a otros varios escritos (casi todos inéditos aún hoy), especialmente sus Notes sur les duches et pairies. De ellas recoge Bastide al final de su libro un precioso fragmento. En él, y en otros varios, se ve que Saint-Simon ha remansado sus furores en una perfecta se­renidad filosófica expresada con el mejor estilo, «el mejor escritor que ha tenido Francia», dice Bastide olvidando o superando la crítica cruelmente burlesca con que, en las primeras treinta páginas de su libro, assomme al pobre duque que huronea y denuncia los entuertos infligidos a la dignidad —o más bien a las dignidades— de la corona y de las altas clases llamadas a servirla.

      Sería interesante —ignoro si se ha hecho— marcar la fecha en que —dentro aún de las Memorias— em­pieza a notarse este cambio de tono en la escritura de Saint-Simon. Pero lo cierto es que, si antes le bro­taba en chorro, al volar de la pluma, la palabra pre­cisa, la frase rotunda, el juicio contundente y directo, ahora, en los fragmentos de sus años postreros que reproduce Bastide, le mana el pensamiento, le canta el sentimiento en metáforas bellísimas. Véase una pe­queña muestra cuya hermosura da pena rebajar tra­duciéndola:

    «Un grand loisir qui tout à coup succède à des occupations continuelles de tous les divers temps de la vie forme un grand vide qui n’est pas aisé ni à supporter ni à remplir (...). L’esprit languissant de vide effleure ainsi bien des objects qui se présentent avant que d’essayer d’accrocher son ennui sur pas un...».

      Y el hombre que ahora escribe así (y que antes escribió de otra manera, una manera de no menos alta calidad) escribe en la terminación de las Me­morias, sin el menor sentido autocrítico, con la más pura inocencia literaria, las líneas de disculpa de su estilo que reproduje al principio de estas páginas y que continúan humildemente así:

      «... Me he dado cuenta de estos defectos, no he podido evitarlos, arrastrado siempre por la materia y menos atento a la forma de tratarla que a la de ex­plicarla. Nunca fui un académico y no he podido co­rregirme de la costumbre de escribir rápidamente (...). Sólo he pensado en la exactitud y en la verdad (...). En gracia a las mismas, el estilo merece cierta indulgencia...».

      En efecto, nunca fue un académico, y por fortuna si pensamos en el sentido que esta palabra arrastra, al menos desde que Rubén Darío escribió su famosa receta preventiva («De las academias, líbranos, Se­ñor»).

      Nunca fue un académico, pero el superacadémico Chateaubriand, sentenció: «Saint-Simon escribía a la diabla para la inmortalidad».

Consuelo Berges (1899-1988), traductora, escritora y biógrafa autodidacta. Nacida en Ucieda Cantabria, España.

NOTAS

1. Carta de Gabriela Mistral a la que suscribe.

* De hecho, el título al que Consuelo Berges hace referencia aquí era Retratos proustianos de Saint-Simon, figurando su nom­bre como autora del libro. Asumimos, nosotros los editores, a responsabilidad del título que lleva ahora y del orden en que pre­sentamos aquí los autores de este libro. (N. del E.)

3. «Le Monde», 9 de julio de 1971.

4. N.° 15 de la colección «Écrivains de toujours», Editions du Seuil, París.

5. Bastide reproduce de las Memorias, en la página 119 de su libro, una divertida anécdota-retrato de la marquesa de Charlus

6. (Euvres completes de Louis de Saint-Simon, Strasbourg, 1791, in-8°, 12 tomes en 7 volumes.

Más información:

Mémoires de Louis de Rouvroy, duc de Saint-Simon
. Texto íntegro (en francés) de la 1ª edición editada por Chéruel (1856) de las  Mémoires de Saint-Simon: lista de tomos:

tome 01 - 1691-1697

tome 02 - 1697-1700

tome 03 - 1700-1702

tome 04 - 1702-1705

tome 05 - 1705-1707

tome 06 - 1707-1708

tome 07 - 1708-1709

tome 08 - 1710-1711

tome 09 - 1711-1712

tome 10 - 1712-1713

tome 11 - 1713-1715

tome 12 - 1715

tome 13 - 1715-1716

tome 14 - 1716-1717

tome 15 - 1717-1718

tome 16 - 1718

tome 17 - 1718-1720

tome 18 - 1720-1721

tome 19 - 1721-1723

tome 20 - 1723

*** Consuelo Berges: Duque de Saint-Simon: Retratos proustianos de cortesanas y otros personajes de sus memorias
Tusquets-Margina
les
ISBN: 978-84-7223-086-6

07/11/2010 16:37. Editado por Gatopardo enlace permanente. RECOMENDAMOS

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gravatar.comAutor: Carmen a Gatopardo

Excelente texto. Me viene a la mente, como muchas veces, lo que decía Flaubert: "La littérature est ce qui console le mieux de vivre". Pensamiento autoconsolador: tengo que leer a Saint-Simon. Y a tantos otros, así que adelante.

Fecha: 12/11/2010 01:43.


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Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
mentes inmisericordes,
por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
ni meapilas ni legales:
somos los Irregulares,
somos gente de Zapata.

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